EL CALLEJÓN DEL OLVIDO

EL CALLEJÓN DEL OLVIDO
No tenía este nombre porque hubiese acontecido un hecho en la antigüedad, era así renombrado por ser esta la realidad de este reducto infecto.
Estaba situado al norte de la población, un lugar donde ni siquiera el verano era capaz de calmar las humedades que lo decoraban, siempre hacía un frío que se te enganchaba al cuerpo y por mucho que quisieras no te lo quitabas de encima hasta bien pasadas unas horas, después de haberte tomado algo caliente o unos vasos de alcohol cualquiera y desde luego, a una milla de ahí.
Recibía este nombre desde el interior de las familias, y estaba prohibido acercarse, ningún muchacho del lugar dejaba que le tentase la hombría el pasar por este lugar, daba igual que alguien te propusiese demostrar la valentía o quedar como un gallina, se quedaban gallinas para siempre porque allí no se podía entrar.
Para hacer un callejón se necesita un par de edificaciones a los lados, aquí las había y no eran especialmente ruinosas; dos viviendas con vecinos normales, gente obrera de la que a veces tenían que ir al auxilio social a por comida o cuando tenían trabajo lo era de sobra y podían organizar fiestas callejeras intempestivas, con bailes y cantos hasta altas horas, pero siempre sin entrar en el callejón.
Las pocas ventanas que daban a él estaban cegadas, nadie las abría jamás y nada había colgado de las cuerdas que, en algún tiempo servían como tendederos de ropa, aquí la ropa se ponía ruinosa, cogiendo un olor a humedad y putrefacción que nadie soportaba.
El callejón del Olvido era un lugar a respetar. No se podía decir que nadie lo utilizase, porque sí se hacía, pero eran personas comidas por la necesidad, por una imperiosa necesidad.
El nombre dado no podía ser más real y cierto, allí se producían casos de verdadero olvido.
Hubo un tiempo en que este lugar era punto de encuentro para los amantes, ahí se escondías de las miradas curiosas y tenían relaciones sexuales sin mayor problema ya que no era recto, tenía cierta forma angular y un par de columnas de la finca de la izquierda que le daba buen cobijo a los que ahí se metían. Muchachos que hacían novillos y llegaban a esconderse en él, gente que vendía cosas ilegales… Incluso una vieja moto destartalada que un vecino dejó con la idea de arreglarla cuando tuviese unas perras.
En esta época no olía tan mal, aunque la humedad ya estaba pendiente de cualquier cosa seca que apareciese, el sol, ni se acercaba a las doce, que es cuando casi nada se puede escapar de su luz.
Un día, al anochecer, llegó la Juana que había quedado con el Manuel. Juana era una muchacha hermosa, por ser joven y estar fresca, y él era un buen chico del barrio, uno que ya empezaba a trabajar y que se veía a sí mismo en la lejanía como un fontanero afamado.
Ella entró rápida, sin mirar atrás, mejor así para no levantar sospechas. Lo buscó en el punto dónde no hacía mucho ya habían sellado el amor “de para siempre” que tiene la juventud. Lo vio apoyado en la pared, casi caído. Gritó y corrió a pedir ayuda a los vecinos. Nadie salió, nadie la escuchó o no quisieron escucharle. Zarandeó al hombre que, borracho, dormitaba en la esquina, no se inmutó. Regresó sobre sus pasos para ver si por el otro lado alguien podía ayudar y vio correr calle abajo a los vendedores de droga.
Como pudo, a rastras, sacó al hombre y comprobó que ya estaba muerto. Una cuchillada le había atravesado el corazón. Los gritos de la muchacha se escucharon en todo el barrio y sin remedio los vecinos bajaron a ver el sucedido.
La policía preguntó a Juana si había visto algo y quien estaba en el lugar en esos momentos. No pudo recordar nada, ni siquiera sabía cómo se llamaba, el lugar dónde estaba o quien era el fallecido. Pasaron los días y de Juana nada más se supo, algunos decían que deambulaba de un lado a otro con la mirada perdida, sin rumbo y que la familia estaba pensando si era posible meterla en algún centro para locos.
Parecía que la historia de estos dos amantes se había terminado cuando otro cadáver apareció en el mismo lugar, esta vez era el borracho que lo venía frecuentando como parada antes de llegar a su casa. La persona que lo encontró, un obrero que se metía por el callejón para acortar el camino a casa, ya no trabajó más, tampoco recordaba nada, ni quien era, o a qué se dedicaba. La policía no daba crédito.
Los vendedores de droga dejaron de ir, demasiados curiosos a la entrada o la salida, demasiados que tampoco se atrevían a cruzar de un lado a otro. Los vecinos, aquellos que sus ventanas daban a este lugar, se quejaban de los malos olores y unos ruidos extraños que por las noches no les dejaban dormir. Uno cerró, otro tapió, y el paso quedo oscuro para siempre.
El hijo del panadero, por llegar a tiempo al horno, pasó, al salir se encontraba en un estado lamentable. Llevaban días buscándole, y por lo que parecía había estado ahí dentro, sin saber encontrar la salida. No se recuperó, si bien hacía lo que se le mandaba no era el mismo, carecía de la más mínima emoción.
El callejón empezó a ser llamado “del Olvido” Las madres prohibieron a sus hijos el paso y hasta se pidió al ayuntamiento su cierre, cosa que no sucedió porque no estaba previsto que las tonterías de los vecinos fuesen a cargo de las arcas públicas.
La gente ni siquiera pasaba cerca, se cruzaban de calle; tanto miedo le cogieron al lugar que la idea de aparcar ahí el coche y así cerrar la entrada fue truncada porque rara era la semana que no salía una persona que había querido ver, o conocer, o lo mismo sentir lo que les pasó a los otros y la encontraban hecha un pingajo, como un fantasma mudo, uno que no era capaz de decir lo que había visto o sentido en este maldito lugar.
Al principio todos se alejaron, queriendo no saber, como si así el agujero negro que tenían cerca se fuese a terminar; la gente seguía pasando, entrando como personas, saliendo sin memoria y sin sentimientos.
Cada vez había más personas que entraban al callejón, casi todos por la noche, con lo que para acallar las quejas de los vecinos se colocó un policía municipal, uno que prohibiese la entrada. Fue inútil, él también entró y salió como un muerto en vida más. Ahora se podía ver una procesión de personas entrando y saliendo así.
La ciudad se convirtió en un centro de gentes sin luz, tristes, personas sin memoria de lo que eran, lo que hacían o a la familia que pertenecían. Deambulaban por todas partes, sin rumbo, y como no recordaban que tenían que comer o beber, iban muriendo.
Pocos quedaban sanos y por mucho que quisieran no podían ni pensar en el callejón del Olvido, porque les entraba unas ganas irrefrenables de ir allí y cruzar.
La madre se quedó callada, miro a todos a la cara y les dijo: Ahora ya sabéis porqué no quiero que ninguno vaya por ese callejón ¿lo tenéis claro?
Todos los chiquillos, con los ojos muy abiertos, muertos de miedo, juraron y perjuraron que jamás cruzarían por ese callejón. No solo era el hijo de la Juana, también los primos, los vecinos. Una vez al año, justo cuando el verano acaba, la mujer cuenta a los niños la misma historia y nunca, ninguno de ellos, tuvo la valentía de cruzar por ese lugar. A la mañana siguiente, cuando iban camino al colegio, miraban a los adultos y tenían claro que era una historia verdadera. Esas gentes mayores, con aquellas caras, no podían ser menos que muertos vivientes.

AQUELLA CARA…

Aquella cara…
Me costó mucho decidirme y en silencio comencé a preguntarle por sus rasgos.
No pareció entenderme, creo que estaba absorto en otras cosas, a lo mejor en algo de mí o de la luna, o quizás le gustasen las sombras que se reflejaban en la pared de la habitación y que parecían no ser, no pertenecer a nadie, porque iban solas de acá para allá, haciendo piruetas o bailes más que de salón.
Le pregunté por las arrugas, pero no por las predominantes, esas que sobresalen cuando sonríe; le preguntaba por las pequeñas, las que casi pasan desapercibidas. Me dijo que las pequeñas, las arrugas, pugnaban por ser cicatrices para tener algo más de prestancia, pero que, en el fondo, solo eran instantes de momentos pasados que había que recordar.
Aquella cara…
Tenía una frente amplia. No era de esas que se crecen con el tiempo, cuando el pelo se va retirando del mundo y deja que la vista tenga más apertura de campo. Era una frente poderosa, estiraba la piel como nadie lo hacía, en algunos momentos parecía que se iba a romper, que se resquebrajaría de un momento a otro, quizás por las inclemencias del tiempo, o solo ante una duda cualquiera, una sencilla duda, inocente.
Le tocaba la frente como quien toca un huevo de un pájaro que acaba de morir y no hay más, este era el último de su especie a no ser por ese huevo que tocas con la yema del índice esperando que te transmita algo.
Lo que más me gusta es su entrecejo.
El entrecejo es la parte de las cejas dónde poner la respiración. Comienzas amablemente por un lado poblado de alborotados pelos, pareciese que, a pesar de lo que dicen todos, no son las alas de las caras. Y esto lo sé porque lo he tocado, tocado a la vez que visto y oído. Son brazos. Los brazos del que baila, con esa manera que tienen de confundir, que no son alas, son potentes apéndices que vienen a ser el cobijo de una madre. Esos pelillos revoltosos, marcando las diferencias entre lo que podría ser una decencia y un delito. Y se repiten tras la respiración del entrecejo y guardan los ojos, esos grandes pozos que se llenan o vacían según las inclemencias de la vida.
Aquellos ojos…
Los ojos no los podía tocar. Tendían a cerrarse si me acercaba demasiado. Jugaban al despiste pareciendo los dos iguales, pero no lo eran. Estoy segura de que cuando llegaba mi mano a su cercanía se ponían a hablar, de sus cosas, de mis cosas, de las cosas de ninguno que flotan en el aire para ir aprendiendo a amoldarse a las miradas, sobre todo a las furtivas.
Amaba el pestañeo. Aquí podría decir algo tonto como “aleteo” pero no lo parecía, porque sus pestañas eran manos que aplaudían lo que el ojo, sí, el ojo, independientemente uno del otro. Aplaudían lo que veían. El derecho buscaba lo interesante, lo peculiar, mientras que el izquierdo sostenía el roce hasta el cansancio, como no queriendo aplaudir nada. A veces me parecía que la piel de los párpados era de seda salvaje y que en cualquier momento una ráfaga de aire, provocada por mi roce, podría hacerla volar, con las pestañas como plumones desesperados, los que parece se agarren a los lugares dónde se posan, como si pesasen mucho.
Le tocaba las pestañas con cuidado. Sé que sonaban, como un instrumento musical, las pestañas sonaban, cada una con su nota diferente, melódicamente, solo esperando el ritmo causado por el roce. Una vez las soplé, solo por ver qué pasaba. Se enredaron unas con otras. Es costoso desenredar pestañas que no quieren ser desenredadas.
La nariz era napoleónica, merecía un sombrero. Quizás era un embellecimiento de un antiguo faraón del viejo Egipto, y en ocasiones dudé de que fuese un esperpento geográfico escapado de algún mapa infantil hecho con papel maché.
Daba vueltas y más vueltas por ella, subiendo a la cima, imaginando que ponía allí mi bandera por ser única y primera en llegar a lo más alto, para después precipitarme al vacío de una comisura labial bien formada. La nariz no era un impedimento, era una barrera geológica de la caricia, un choque con las estructuras que sostenían unos pasajes suaves a cada lado y que debajo podías tener una playa o un bosque.
Aquellos labios…
Estos, los labios, eran un infierno. No sabía por dónde empezar, si por la palabra o por las esquinas.
¡Dios! Cómo me gustaban sus labios, tan llenos de vida, tan útiles a la hora de descansar en ellos; me parecían un exquisito filete de ternera roja, o un fruto salvaje de esos que no se sabe nombrar y que podría haber estado en el paraíso y entonces las manzanas no serían el problema.
Aquí me perdía en la locura. Pasaba mi pulgar, descansaban tres de ellos, o dos, y se abrían hacía los lados, lentamente, como no queriendo que esta poesía se terminase y entonces, entonces sonreías, y a mí se me volvía loca la vida y no podía más. Me costaba dejarlos para continuar el camino.
Luego, con las dos manos, recogía la barbilla en un intento de guardar estas sensaciones para quedármelas, para siempre, por siempre, quería tener tu cara en la mía, y sentir el olor que tienen los poros, el aroma de las pestañas al viento, el frescor de las cimas y en su caso la humedad de los huecos.
Y las arrugas todas parecían los mil ríos del Amazonas, secos en la alegría, húmedos en el amor.
Aquella cara, tu cara, pasaba a ser de mi propiedad porque la había absorbido toda entre mis manos.

ATISBADURA NOCTURNA

Casi no la tocaba, y no era porque no le gustase, que por las noches, cuando la miraba desde los rayos de luz que entraban por la ventana gracias a la farola de la calle, se volvía loco por ella. De tanto mirarla se sabía el volumen correcto de su nariz, el efecto transformador que tenía la tenue luz que le iluminaba las alas un día, las aletas, las narinas, que tenían distintos nombres y todos el mismo, los brazos, que a él le parecían eso, pertenecientes a un algo que saliese desde el centro y los aupase en júbilo para su alegría.
¡Qué alegre tenía la cara mientras dormía!
Esto le traía una sucesión de miradas únicas, deliciosas delectaciones de cada instante, y era, precisamente esto lo que le producía ese miedo a tocarla, no fuese a desgastarse, o quizás se quedaría pegado porque ¿quién no quiere adherirse a tanta belleza?
Había más lugares que le impresionaban, tantos que le habían producido espasmos respiratorios, solía jadear, siempre muy bajito, como lo hacen los que empiezan a ser viejos y no quieren que nadie lo note.
Ese lugar exótico que tiene al final del ojo, donde se juntan las pestañas superiores y las inferiores, ese que es un encuentro floral y que no tiene nombre. Un ángulo exquisito que tiembla de vez en cuando; un motivo habrá pero seguirá siendo una incógnita para él, porque no le importaba, solo lo disfrutaba. ¡Qué dolor no saber el nombre!
Sin nombres el recuerdo tenía que ser, forzosamente, descriptivo, ocupando mucho espacio en el lugar que tenía destinado para ella.
A veces contenía la respiración, lo tenía dominado, tanto como el movimiento, que era de gato y se acercaba y la aspiraba, no solo para olerla, además para retener también su aroma que luego le había de acompañar todo el día.
Era, en el día, cuando se tomaba un respiro de su quehacer habitual, cuando se entretenía abriendo el recuerdo y rescatando los lugares hermosos dónde había estado por la noche, mientras la observaba. La curiosidad y la necesidad también le obligaba a buscar los nombres que no tenía; buscaba literatura referente en lo médico, lo artístico o incluso en el lenguaje de los especialistas de la estética, que no dejan nada al azar, marcando como el orgullo de la especie cualquier depresión de un cuerpo.
Supo que sus cejas tenían un puente que se llamaba glabela, y que le sonaba al nombre que él le daría al ángulo que toma una tela atada al viento del norte, que parece se encoja de frío sin dejar ese don de las banderas, aunque no lo sea. Y se enamoró de un filtrum que parecía latín para remarcar la depresión que justo parte la faz encima de los preciosos labios.
Hizo del rostro un tratado y lo disfrutaba por entero, sin perder un detalle, ni uno solo.
Un día alguien le comentó que hay idiomas que sí tienen palabras para definir cosas que él había inventado, incluso algunas que imaginaba, sin llegar a saber si eran reales o inventadas en la noche.
Aprendió ¡maldita sea! que hay una palabra hermosa que habla del abrazo, apapacho, una especie de cielo consciente de la realidad de un abrazar. Y quiso hacerlo.
Resolvió su incógnita del ángulo ocular, se llama canto esa parte de unión de pestañas. Y quiso besarlo.
Iba pasando la vida entre miradas nocturnas y más silencios diurnos, y ella no aguantó más. Se hizo unas fotografías y en la nevera, después de un desayuno, las clavó. Se fue a ver si tenía más suerte y le tocaba otro que no fuese tan romántico, porque hay miradas que matan, miradas que silencian y en casos, miradas que queman.

LA IMPORTANCIA DE RECOLECTAR COSAS PEQUEÑAS

Las cosas pequeñas siempre me gustaron, es para pensar que el tamaño de mi casa era propicio para este gusto mío, pero con el tiempo he comprendido que no, que me gustan porque son pequeñas y muy útiles.
La casa en la que vivo es del tamaño de un suspiro y cuando llego de la calle, sobre todo si estoy algo cansada, se me escapa una exhalación, y aunque sea una pequeñita la casa queda ocupada casi por completo. Voy apartando el suspiro a los lados para que me deje pasar hasta la ventana, que, al abrirla de par en par, sale disparado hacía la calle, porque a los suspiros les gusta mucho estar en la calle.
Me han dicho que no pertenecen a nadie, aunque creas que tienes un suspiro, uno de esos profundos, los que se instalan entre el pecho y la espalda, no es tuyo, es de todos, y ellos se van repartiendo entre la gente que anda por la calle y abre la boca con demasiada felicidad.
Sé que muchas personas entran en este lugar y no ven lo mismo que yo veo, es normal, porque cuando retienes cosas, te conviertes en el guarda de su historia y aunque la cuentes una y otra vez sigue siendo un lazo que te une. No sé si contar esto, pero a veces, cuando llego y el suspiro se ha ido, les saludo, y me parece que me contestan.
Mucha gente tiene este mismo disfrute con las cosas pequeñas, unos por una cosa, otros por otra, pero todos, todos lo hacen porque se sienten bien, es una relación amorosa.
No me había dado cuenta de que estas pequeñeces son como notas, guardan el recuerdo de lo que hice tal día, con quien estaba y cuál fue la intención que tuve al guardármela en el bolsillo. Es por esto por lo que siempre llevo bolsillos, porque nunca se sabe qué cosa te has de encontrar.
No las tengo ordenadas, porque no es una colección, es lo que es y me gusta que me sorprendan, al abrir un libro, por ejemplo.
A ver, creo que me he de explicar mejor; los viajes, esto será un muy buen ejemplo del porque me gustan las cosas pequeñas.
Cuando he viajado hice muchas fotografías, es lo normal para el recuerdo de lo vivido, retener instantes que te llevarán a un instante preciso y precioso, pero esto me parece poco, lo veo y quiero oler, tocar la escena. Además de esto hago otra cosa, recojo pequeñas muestras de los lugares por dónde paso.
Mira, te mostraré lo que digo, vamos a caminar por aquí.
¿Ves ese tornillo tan robusto? Lo encontré en el aeropuerto, en París, estoy segura que pertenecía al enorme avión que nos llevó y si bien es posible que no fuese necesario, lo cogí pensando en que de ocurrir algo, yo tendría el tornillo y nada podría pasar.
Aquella semilla con alas calló delante de mí en una calle de Dublín; íbamos corriendo porque había empezado a llover y la vi en un loco giro caer. Me paré un instante para recogerla y pensé que al llegar lo mismo la podría plantar en un jardín cercano. Ahí la tengo esperando su siembra, pero en el tiempo la huelo y recuerdo la llovizna y a la gente que iba de prisa sin mirar que de los árboles caían aviones de semillas.
Tropecé con esa piedra brillante. Apareció de la nada en un castillo de Castilla, en uno dónde todas las piedras estaban bien sujetas, que las gentes de hoy se empeñan en que lo viejo no caiga. A veces la froto y sale polvo que tiñe mis dedos; regreso al momento en que quise ser rey de un lugar donde todos fuesen felices.
Abre ese libro, a ver qué encontramos. ¡Ah! Es un billete de tren al que nunca subí. Estábamos en aquella estación donde la gente corría de un lado a otro y parecía que tenían gran interés por llegar a alguna parte. Unos salían, otros llegaban, pero todos, todos, tenían prisa y allí nos paramos. Siempre es reconfortante darse cuenta de que se puede parar, y ver, y pensar, sentir el sudor caliente de los otros que corren y corren. Los ves tan vestidos, tan limpios que tienes envidia inversa y no querrías parecerte a ellos; les agradeces que ahora tu tiempo es valorado.
Siempre que quiero valorar mi tiempo miro ese billete.
Aquella vela desgastada, en las últimas, no dará luz, se ve que si la encendiese sería un peligro, pero en cambio me transporta a un santuario lleno de fieles que pedían cosas al santo. Ellos llegaban emocionados, compraban una de estas velas, blancas y largas, y las colocaban en un lugar junto a otras, no llegué a contarlas, pero podrían ser miles, muchas ya como esta, apagadas, en las últimas.
No he sabido para qué ponen las velas los religiosos, supongo que querrán que los santos o su dios les vea. La huelo y me lleva a ese lugar donde todo era esperanza.
Esperanza por conseguir alguna cosa, tener salud, trabajo, amor, paz… las gentes cuando carecen de algo buscan apoyo en la familia, los amigos o los encargados del bienestar en los ayuntamientos o el gobierno, pero si ven que esto no es suficiente, o se cansan de intentar conseguir lo que quieren y se rinden, entonces esperan que una fuerza superior, una creencia, les haga el favor. Nunca lo hacen, siguen en su pobreza que puede mejorar, o recuperan la salud porque al final el trabajo de los médicos funciona, y el amor llega, porque siempre llega, aunque sea el de un cachorrillo que te encontraste por la calle, pero ellos, ellos tienen algo que me produce desazón, tienen fe.
Dicen que la fe no se toca, ni huele, ni tiene calor, pero cuando toco el final de esta vela entiendo su fe, su necesidad de tener algo más serio que les haga el favor, aunque no responda nunca, no importa, porque la fe les dice que algo que no ven les protege, y que si tienen pesares no es más que un empuje para demostrar su valía.
Esta vela es mi fe, pequeñita y deshecha, sin futuro.
Ese botón de ahí pertenece a un traje de princesa, por eso es tan brillante. Era una pequeña niña que pedía limosna junto a una señora con pintas de reina madre enferma. El botón lo tenía en la taza junto a unas monedas. Le pregunté ¿eres una princesa?
Tenía la cara sucia, adornada por unos enormes ojos que miraban como si absorbieran hasta el aire. Estaba seria, muy seria, porque pedir limosna siempre fue un trabajo duro y serio. Le pregunté si me vendía el botón, le mostré un billete y asintió con la cabeza. Con su mano derecha hizo un gesto de princesa, me agaché ante ella, cogí el botón y dejé el billete. Juro que me detuve unos minutos esperando su bendición, y no sé si la obtuve porque mi cabeza estaba agachada en señal de respeto.
Di las gracias y me fui con mi pequeña cosa de princesa. Cuando lo miro veo a la niña, a la madre enferma y puedo sentir la dignidad aparcada en una acera.
Esa flor seca, aquel trozo de metal, esa madera del mar, aquella caracola, esa estrella, el pedazo de nube, un pico de montaña, la sal de un soso, la huella de un dinosaurio, los anteojos de Mahoma, la magia de un espejo… todas esas cosas están aquí, en esta pequeña casa, de pequeño tamaño y de gran valor.
Cuando muera me las llevaré conmigo, porque nadie más que yo sabe su contenido y a más saber, a nadie le han de servir, porque las pequeñas cosas que guardo solo me hacen el favor a mí.
¿Ves? Para esto es para lo que guardo las pequeñas cosas, tengo además otras muchas de los días pasados con amigos, un sobre de azúcar que sobró, un tapón de una gran botella de vino que nos hizo graciosos a todos, la pluma que me dejó en prenda una gaviota o la servilleta que contuvo los labios del que amo.
No abultan, no pesan, pero son mis contenedores de historias, con ellas viajo, paseo o disfruto de una buena velada; son el camino de regreso a la felicidad.

¿QUÉ LE PASABA A LAS PALABRAS?

¿Qué le pasaba a las palabras?
Ellas, que tan a gusto parecía que estaban con él y ahora, ahora no las encontraba; se ve que les había asustado de tanto nombrarlas, como se asustan los animales de compañía de las calles, esos que son de todos y de nadie.
Descubrió, en la niñez, que las palabras eran gratas compañeras, vecinas y amigas, y que cuando se aprendían se daba el siguiente paso y se comprendían. Se hizo el propósito de saber el significado de todas, incluso las que no usaba normalmente, pero la vida le dejó poco tiempo para esta monumental tarea, hizo lo que pudo.
Pensaba que los libros, las poesías, sobre todo las poesías, eran un poco suyas cuando las memorizaba y que aunque no conocía a los autores se sentía inmensamente agradecido por el regalo que es la escritura, porque él se guardaba para sí sus historias, que se contaba cada noche en la cama.
Cuando todos se habían acostado revisaba los cierres, las luces, el agua y los sonidos de todos, luego se metía en la cama tranquilo, pensando que todo estaba dentro de ese orden en el que uno nunca tiene el dominio por entero, y allí comenzaba una página nueva o ponía fin a la historia que había empezado el día anterior.
Sus historias variaban según el día, había podido ver algo que le asombrase, que el mundo iba cambiando deprisa y sin preguntar, o quizás la sonrisa de alguien al ver algo que le parecía bonito o le enternecía.
Cuando se escriben historias para uno la cosa es igual que si fuese en papel, lo único que tienes que tener a tu favor es una gran memoria y además tenerla ordenada.
En el silencio de la noche aparecían los protagonistas, con sus ropas y sus olores, toda una minuciosidad en los detalles que componían aquella historia; las tramas iban desarrollándose como si ya estuviesen cosidas a un hilo argumental que desconocía la procedencia, pero estaba ahí, para él y sus noches. Había relatado tantos cuentos que se volvió a dar cuenta de que era otra cosa más para hacer cuando tuviese tiempo. No conocía el significado de todas las palabras, aunque muchas, con los años, se le iban presentando, así, como con la elegancia que tienen los muchachos educados, siempre expectantes y mucho más felices si pudiesen dar un buen apretón de manos. Sus historias iban a esperar, las palabras iban a esperar y llegó el momento en que quitaron la parada.
Un día le preguntaron algo y no encontraba la palabra adecuada para responder; rebuscó y allí no estaba, alguien se dio cuenta del silencio incómodo y contestó por él. La palabra en cuestión era conocida, su significado, la había usado miles de veces, pero no supo dónde andaba. No le dio mucha importancia a este detalle que le pareció una anécdota y prosiguió con su vida, con los suyos y con las esperanzas de poder tener más tiempo para recoger significados y recapitular historias.
Todos los días leía con gusto; en la que el resto reposa la comida echándose una siesta, él leía, era un gran cliente de la biblioteca, podía devorar un libro a la semana, a veces dos, cuando eran de pocas páginas. Ahora había descubierto que algunas palabras se le escapaban, no es que no las conociese, sabía que sí, que eran de uso corriente, pero no las reconocía. La leía, la escuchaba en su pensamiento, la repetía una veintena de veces, pero esa palabra no quería salir del archivo de las utilidades.
Al principio, mucho antes de que se diese cuenta de que las palabras se estaban perdiendo, ocurría que salían a trompicones, o cuando les daba la gana, disimulando. Podía estar en una conversación y referirse a algo concreto y no querer salir, como si tuviese vergüenza y la razón de la palabra, que es hacerse oír, se hubiese quedado dormida.
Se había dado cuenta de que no solo esto lo perdía, también su archivo de olores y sabores. Desde muy joven tenía el gusto de hacer algo que para el resto pasaba desapercibido, pero a él le había servido de acompañamiento el resto de su vida.
Cuando era pequeño cada vez que iba a casa de su abuelo, este abría la botella de anís de moras, que hacía él mismo cada temporada, y le daba una para comer. Tenía buenos recuerdos de su abuelo y no hubo cumplido los doce cuando el hombre le dejó de dar este aguinaldo tan sabroso, murió; al tiempo la madre, ya repuesta de la pérdida, acudió a la casona a poner un poco de orden en los restos de aquél hombre que tanto había hecho por todos. Entre otras cosas sacó un par de botellas con el anís de moras y las llevó a la casa como un tesoro que iba a guardar con cariño.
Llegaron las navidades y como algo especial sacó una de las botellas y fue sirviendo a todos los comensales. A los niños les repartió una mora a cada uno. Él no había olvidado a su abuelo, lo tenía presente pero es cierto que la imagen se diluía cada día más. Al momento de meterse en la boca aquella fruta cerró los ojos, allí, de la manera más real que uno pueda imaginar apareció su abuelo. Lo pudo oler, sentir, incluso le dijo unas palabras mentalmente. Supo que cada vez que quisiese volver a tenerlo cerca solo tenía que ponerse una mora anisada en la boca y todos los tiempos vividos, todas las palabras, los gustos, los olores, iban a regresar. Durante toda su vida hizo por ir a recoger moras poco antes del otoño y siguió metiéndolas en el anís para que le trajeran a su abuelo.
A partir de este momento cada vez que deseaba recordar algo con todo detalle preparaba ese alimento que llevarse a la boca. Como quien tiene un momento lúcido cuando pasa por un olor, o ve una fotografía, lo que había comido le llevaba inevitablemente al lugar que quería recordar. Por ejemplo, cuando fue por primera vez a París llevaba en el bolsillo una manzana; sabía de antemano que la ciudad le iba a gustar, había leído mucho sobre ella, y quiso que algo tan habitual como la manzana le llevase a este lugar hermoso. A lo largo de los años, cada vez que comía una manzana, con solo cerrar los ojos, podía sentir las calles, el frescor del Sena, las avenidas llenas de gente o el olor a madera vieja del portal donde estuvieron visitando a unos familiares. Lo recordaba todo al detalle.
Hizo esto para tener siempre a mano algunos buenos momentos de su vida, no solo viajes, también con las personas. El primer día que vio a su hija, su primera y única hija, se metió en la boca una ramita de menta. Lo hizo adrede porque así cuando comiese un caramelo también podría volver a sentir el que fue uno de los días más felices de su vida.
Pero las palabras se estaban perdiendo, no solo no las recordaba, tampoco las reconocía.
La gente a su alrededor se fue dando cuenta, los médicos también y ninguno quería decirle qué le pasaba. No hacía falta, se notaba que algo grave estaba ocurriendo y que no había cura posible para esta desgracia.
Una mañana se levantó, no había nadie cerca y por unos momentos no pudo recordar el nombre de su mujer. El terror le vino a las venas, esto era grave, nunca jamás había tenido tanto miedo.
Se vistió con las prendas que ella le dejaba todos los días sobre la silla, no se puso los zapatos, continuó con las zapatillas, esas que alguien le había regalado por su cumpleaños. Fue a la cocina y ella tampoco estaba allí. Buscó el cesto donde solía ir a por moras, se puso la gorra y salió de la casa con paso firme.
Por el camino encontró un rosal, probó con el olor, era ella, sin duda alguna, cogió un pétalo y se lo puso entre los labios. Allí estaba tan lozana, con esa risa que siempre le encandilaba y ese talento tan suyo para hacer que todo fuese fácil, la tuvo tan cerca que extendió la mano para poderla tocar. Encontró moras y manzanas, peras, ciruelas, que le llevaron a París, a la capital o al día en que la hija se casó con ese buen muchacho. Pudo coger una ramita de menta y la vio recién nacida, llorando a pleno pulmón, con un cuerpecito rosado, pálido.
Al cabo de mucho rato de estar caminando se sentó debajo de un pino alto, uno que olía especialmente bien y que cuando quiso nombrarlo no pudo, no encontró la palabra; tampoco las encontró cuando escuchaba su nombre en la lejanía, no les hubiese podido dar seña de dónde estaba y la noche ya empezaba a cerrarse a su alrededor. La noche no tenía sabor, ni olor, solo pequeños claros que no le decían nada. Allí se quedó sentado, apoyado en el pino que le pasó un poco de calor.
Por un momento recordó todas las palabras, todos los libros que había leído, los lugares dónde había estado y las personas que había conocido. Se comió una mora y vio a su abuelo que le hacía gestos, nunca antes le había hecho indicación alguna, con él se fue, con todas sus palabras colocadas en las mil historias que había soñado, en los versos que nunca debió olvidar, con los olores y los sabores de toda su vida.

DE HOMBRES Y GAVIOTAS

La Tierra toda era un colmado de aguas revueltas, tan revueltas estaban que ni los propios lugareños sabían cómo hacer para controlarlas. Se levantaban por las mañanas húmedos y mojados. No es lo mismo estar lo uno o lo otro, no señor!
Antes de que las aguas pensasen por cuenta propia, lo hacían por natural sentimiento hacia todo lo que tocaban, tanto es así que eran las amantes de las plantas y los arboles, hijas de las nubes y del sol, fieles compañeras de juegos de todos los animales, incluido el hombre, al que querían de especial manera.
A causa de esto los hombres estaban húmedos y el agua siempre estaba a su lado. Lagrimas en la emoción, saliva en las palabras, pis, mocos o sudor en el esfuerzo, todo lo que hacían estaba relacionado con el agua; vivían, los hombres, en las orillas de los ríos o junto al mar, ninguna aldea estaba desprovista de un buen pozo o una fuentecilla que acababa convirtiéndose en laguna o a lo largo del tiempo en lago, dándose casos de llegar a tal amplitud que se hacía mar. Eso era estar húmedo y feliz.
Estar mojado era una condición que se estaba dando en los últimos tiempos. Al principio no había sido muy notable el asunto, la alegría en el caminar se había hecho palpable con la construcción de miles, cientos de miles de puentes. Las gentes eran capaces de puentear un rio antes que hacerse una casa y una vez que lo habían construido se pasaban el día cruzándolo, unas veces corriendo, como haciendo ejercicio y otras paseando, intentando cruzarse en el camino con esos otros lugareños que fuesen de su agrado y se paraban en la mitad a charlar gustosamente. También se utilizaban los puentes para el amor, generalmente al atardecer, cuando la luna alumbraba por su cuenta y daba a todo unas sombras plateadas dignas de un gran momento. Andaban tan a lo suyo que no se percataron que a las aguas no les gusta que las anden tapando por cualquier motivo. En el afán que tenían había tantos pasos en un mismo lugar que quedaba cubierta toda la capa de agua y esta se entristecía sobremanera, casi hasta el punto de secarse.
Algunas veces se enfadaba y en modo lluvia caía con toda la fuerza posible, tanto que arrastraba las piedras o los maderos que ellos habían puesto en su camino. Esas cosas acababan haciendo montañas y las montañas cordilleras y las cordilleras nuevos trozos de tierra donde no crecía nada porque el agua estaba enojada. Era en esos momentos cuando todo se mojaba y las gentes esperaban pacientes a ver si se le pasaba para volver a estar solo húmedos.
En esa época los pájaros hablaban con los otros animales, todos podían comunicarse estupendamente. Muchas aves bajaban a la altura de los humanos para decirles que no podían seguir haciendo eso, que era una manera egoísta de vivir, que se tenía que pensar en las consecuencias que tanta construcción podía acarrear. Ellos, las miraban despectivos ¡qué sabría un pájaro del agua! Estos volantines ni siquiera pueden llorar.
Un día de buena mañana vieron asombrados como había subido mucho la marea, tanto que algunos despertaron flotando al lado de sus zapatillas; otros habían sido arrastrados por las corrientes hasta quedar varados en las faldas de las montañas de escombros.
Todo aquello que les parecía tan bonito y tan gustoso de ser puenteado, había cambiado. Los que pudieron treparon por las montañas, por las cordilleras y llegaron tan alto que podían ver como había quedado lo que antes era un lugar hermoso para vivir.
Los animales también tuvieron que trepar, pero no todos subieron a las montañas, algunos se quedaron en el agua y es por esto que nacieron los peces. Las gentes no sabían qué hacer, cada vez había menos tierra y más agua y estaban, definitivamente, mojados y no húmedos. Lamentaban ser tan bobos y no haber aprovechado lo que tenían.
Andaban los ahora mojados mezclando las lagrimas con los mocos y el sudor y todo empezaba a parecer que no tenía remedio. De las muchas aves que rondaban aquel desastre, había unas que metían unos ruidos insoportables, parecía que se reían, pero nadie contaba nada gracioso Algunos se dieron cuenta de que, a su modo, ellos eran los causantes de tanta risa. Era del todo cierto, las llenas de plumas con picos anaranjados no podían parar de reír, a su modo, que era un poco desentonado y estruendoso, se estaban muriendo de risa. Una de ellas, la más grande de todas, la más blanca; que eran totalmente blancas en esos años las gaviotas y todos los pájaros, se puso sería. Hizo un gesto con un ala y todas las demás se callaron. Los pájaros no estaban terminados, todos eran muy parecidos y sus plumas rugosas, para nada suaves, solo les distinguía el tamaño. Unas eran enormes y cabezonas, con unas patas alargadas como cañas; otras podían ser chiquititas y nerviosas, saltarinas tontas que no pueden parar.
A veces cuando las nubes cubrían el cielo, con su color más suave, no se las distinguía si no te miraban a los ojos; estos, los ojos, los tenían realmente muy oscuros, tanto como la noche.
La gran voladora hizo uno de sus magníficos vuelos, planeó sobre las cabezas de aquellos animales tan tontos que no sabían volar y después de un rato de exhibición donde quedó demostrado lo bien que volaba, se posó encima de un saliente y habló:
.- A ver, ¿quién es el que manda aquí?
Los humanos no sabían qué era eso de mandar, ni nada parecido, porque entre ellos siempre se había dado un sistema de igualdad, donde nadie era más que nadie, solo se sentía alguna grandeza cuando se terminaba uno de los puentes y todos se acercaban a ver lo bien que había quedado, o en su singularidad, era un autentico puente del amor.
.- No sabemos qué es eso, pero podemos aprender. Fíjate si aprendimos que una rata nos enseño a hacer puentes e hicimos muchos.
.- Está visto – dijo la gaviota – que no solo sois tontos, además no tenéis ni idea de las consecuencias que acarrean las cosas que uno hace. No sé si tenéis remedio…
.- Por favor, ayúdanos!
Esto lo dijo sin saber muy bien lo que decía, porque tampoco habían pedido ayuda a nadie nunca, todo era colaboración. La gaviota que por mucho que fuese un pájaro de los que no pueden llorar, se sintió apenada por aquellas gentes que en pocos días acabarían muertos en tan pobres montañas.
.- Bien, nosotras os ayudaremos a salir de esta, pero algo nos tenéis que dar a cambio. Algo que hace mucho tengo ganas y a vosotros os sobra.
.- Por favor, di que es lo que deseas y será del todo vuestro. Lo único que queremos es volver a vivir al lado del agua, ser gentes solo húmedas y no mojadas, ni secas como ahora.
Como ya habían llegado a un acuerdo la gaviota se fue volando a reunirse con los demás pájaros que poblaban el cielo. Por unas horas todo se volvió oscuro, no por las aves que eran blancas, más bien porque taparon el sol de tantas que allí se congregaron. Casi se quedan sordos de las voces que daban. Discutían como volver a colocar el agua en su sitio. Todos saben que es muy escaposa, si la intentas tomar en las manos se escurre, y no hay manera de sujetarla. La gaviota grande y bonita, era también el pájaro más listo de todos, mucho más que esas tontas grullas que andan por la tierra como si bailasen o que unas con forma puntiaguda, famosas por lo alto que ascendían y lo en picado que bajaban.
.- Bien – dijo la gaviota – vamos a hacer una cosa, solo una, por una vez y aunque nos costará trabajo, conseguiremos que todo el agua vuelva a sus respectivos cauces.
Aquella multitud de aves se pusieron por una vez de acuerdo, casi en formación. Primero las aves más grandes, los cisnes y pelícanos; luego las medianas para terminar con las pequeñitas nerviosas. Un grito impresionante surcó el cielo y al momento todas ellas se lanzaron al agua, por tiempos… Entraban las enormes y se zambullían enteras… al momento salían para dejar paso a las medianas y luego a las pequeñas. Se encaminaron a las cordilleras hechas con pedazos de puentes y dejaron caer allí el agua que habían recogido con sus plumas. Al cabo de unas horas había bajado el agua que cubría todo y los árboles ya se podían ver, así como muchas plantas, que ahora estaban enormes de tanta agua que habían bebido.
Muchos peces quedaron esparcidos por los campos, dando bandazos e intentando llegar de nuevo al agua. Los humanos bajaron corriendo y también empezaron a saltar, estaban tan contentos por ir secándose… No había quedado ni un solo puente, pero esto ya no les importaba, ahora se lo pensarían dos veces antes de hacer nada parecido.
Al poco tiempo la gaviota se puso sería e instó a que cumpliesen con lo prometido.
Las gentes corrieron a coger todos los peces que ya poco se movían y a quitarles las escamas. Hicieron montañas enormes con todas ellas y los pájaros bajaban y se rebozaban. Unos no quisieron y se quedaron blancos, otros lo hicieron demasiado y sus plumas tomaron unos colores brillantes, variados, increíblemente bonitos. Desde lo alto las gaviotas miraban la escena de como todos los pájaros se coloreaban y cuando ya casi todos lo habían hecho los humanos se juntaron para dar las gracias.
.- Gaviota… ¿y vosotras, no queréis colores?
Las pobres que habían dejado paso a todos los demás, casi habían olvidado que ellas también querían tener un nuevo diseño. No quedaban muchas escamas y las pocas que se veían en unos pequeños montoncitos estaban demasiado manchadas como para darles tonos vivos. Entonces los hombres hicieron un caldo con esas escamas por ver si se podía hacer algo. Al cabo de un rato había una sopa oscura. La gaviota se lo pensó y vio que era la última oportunidad para poder tomar color. Se lanzó en picado a ese caldo…
Quedó con un tono gris, un poco triste. Esto no era lo que esperaban. Las gentes se apresuraron a limpiarla pero solo lo consiguieron a medias. Tenía una parte blanca y otra gris. Esto no podía quedar así, pobrecillas, con lo bien que se habían portado, ahora iban a ser las voladoras con peor tono de todas.
Unos que andaban a la orilla del mar se lanzaron a pescar a ver si podían conseguir algunos peces a quienes quitar las escamas y solucionar esto. Solo consiguieron que los pulpos se enfadasen y les lanzasen toda la tinta que tenían para estos casos de susto. Con eso en las manos y gran pena en su corazón, acariciaban a las buenas gaviotas.
Es por esto que estos pájaros son de color blanco, gris y negro, porque no quedaban más escamas para poder pintarlas. Ahora todas las gaviotas tienen un sitio preferente en los puentes, que se hicieron pocos para no enfadar al agua.
Y fin.

EL TIEMPO ENAMORADO

Pocas veces ocurría, que el tiempo se detenía, lo traía loco. Loco de amor, de pasión, de indignación por verse de esta manera, que no era la suya, seguramente no era la manera de nadie, pero ella, ella le ponía en guardia cuando la rodeaba. No quería rozarla, no fuese que le hiciese daño con sus prisas, esas con las que empujaba al resto de las cosas, los lugares, las gentes.
No se había dado cuenta del mucho poder que ella tenía sobre él, y de que se frenaba cuando la notaba presente.
El tiempo tiende a hacer esto cuando las situaciones son propicias, puede ralentizarse a voluntad, pero aquellos que deberían saberlo no lo conocen, ni siquiera se lo han planteado. Los campos, por ejemplo, pocas veces son conscientes de que esto pasa, son campos, pero ocurre que cuando se da la ocasión y se mezcla, por ejemplo, un amanecer con un cielo manchado por esas nubes densas que pareciesen creadas para ser manto blanco, espeso, que el viento hace caminar con cierta celeridad, solo por mostrarlas, y están allí sin perder detalle de la inmensa luz que el sol produce y se mezclan con esa rama que posee tesoros en forma de capullo que se abren para mirar y ocurre que una abeja despierta acude sin remedio al olor que los estambres y los pistilos expulsan y que se mezcla con el rocío en forma de una simple gota, acontece el milagro de que el tiempo, que por todas partes pasa, se detiene, y la gota cae despacito reflejando la luz, el color de los pétalos nuevos, el blanco de las nubes y los ojos de la abeja y nada respira, se contiene el mundo para que el tiempo disfrute de este encantamiento que si bien es en lo natural vulgar, él hace que sea especial.
Ella todo lo hace despacio. Juega con los tiempos de todos los tiempos, como si nunca antes hubiese sucedido nada y todo quisiera ser nuevo, de nuevo, sin que nada se parezca a lo anterior.
Se levanta con el sol porque ama la amanecida, que le regala una luz diferente cada día, lo hace muy despacio, consciente de que algo está cambiando. Ya no está en la horizontal cómoda de la cama, y por lo tanto la sangre, los huesos, la piel, se tienen que acostumbrar a la nueva situación. Les espera paciente a que se recompongan. Anda descalza por la casa para que los pies reconozcan el suelo, cada grieta de la vieja madera donde ahora se posan.
Si la vieses, es como si flotase, como cuando los copos de nieve caen del cielo y se van despidiendo de sus madres nubes y ellas quieren llorar y no pueden porque hace mucho frío. Toma un vestido cualquiera, todos son bellos, hechos con distintas telas y diferentes composiciones, con lazos que flotarán al caminar, con botones que se unirán en matrimonio a ojales que son como abrazos, o quizás esos hilos que se hicieron a sí mismos. Y lo deja caer en su justa medida, encajando con ella misma y queriendo ser parte de su figura.
El tiempo se pone nervioso cuando la ve, todos los vestidos le gustan pero esa falsa dejadez cuando caen por sus caderas le enervan, y sale corriendo a buscar otro nervioso, o a meter prisa al viento para que organice una galerna en la calle y los hombres pierdan los sombreros y les vuelen los periódicos y las señoras llamen al orden a los niños y se pongan pañuelos que jugarán a que son banderas.
Tiene, ella, la costumbre de caminar rozando. A veces deja caer la mano y la abre ligeramente, solo su meñique repasa la pared, para ante un saliente y juguetea a saltarlo, sin prisas; resbala por una silla y la acaricia. Al pasar por la mesa extiende su mano como si se fuese a posar, pero no lo hace, no la roza, solo la siente y está caliente, que se emociona por la cercanía. En silencio la mesa pierde la mesura y palpita.
Unos ojos extraños no notarían nada, porque los espacios entre ella y el tiempo se acortan solo para ellos. No se daría cuenta de que los polvos casi negros del café caen en fila de a diez y que se bañan en el agua que borbotea con un ritmo decadente. La taza siente que vuela sin miedo, como si pudiese volar sola, que no es así, es ella que la baja de la alacena con calma y la asienta en un plato redondo que también voló y que ahora está allí esperando como quien sabe que un amigo pasará todos los días, a la misma hora, por el mismo lugar y vas y le esperas con cierta ansiedad cariñosa, porque sabes que pasará, siempre pasará.
Todo lo hace, ella, con la misma pausa, el mismo sentir cada pieza que toca, cada gramo de aire que rodea lo que le acompaña.
El tiempo está enamorado de la mujer pausada y sola. Siente que no fue bueno con ella, que la traicionó aquel día en que esperaba en la esquina de la costumbre y algo le hizo volverse loco, que sería la forma en que ella bajaba los párpados haciendo que todo se parara a su alrededor, que sintió eran órdenes al mundo para que parase y todo paraba ante su lento caer y hasta las respiraciones se cortaban. El muchacho sintió que el aire se le metía en los huesos, casi como el frío, y le pareció que no llegaba; corrió sin mirar y un maldito coche quiso ser más que él y allí lo dejó parado, sin poder ver nada, solo sintiendo que no llegaba a ninguna parte, nunca más. El tiempo supo que había hecho mal y se descontroló.
Enfadó a las nubes con sus prisas y éstas chocaban unas con otras provocando lluvias que parecían chispas y ruidos que ensordecían a todos, y se asustaron, y el sol se fue a otra parte, y las flores se plegaron dejando a muchas abejas sin comer, y la madera se contrajo poniéndose dura como piedra y los hombres pensaron que algo se acababa y corrían desesperados, y los sombreros volaban junto a las hojas de los periódicos que solo traían malas noticias y las señoras ataban a sus hijos con los pañuelos.
Ella, que nunca había volado, voló, supo que jamás podría poner los pies en el suelo de la misma manera. Supo que el tiempo se había detenido y decidió que nunca más esperaría.
Cuando salía a la calle las gentes le sonreían como se sonríe a un cachorro, le regalaban una flor o le lanzaban palabras hermosas que titilaban en sus oídos hasta hacerse música. Ya no estaba aquí en la misma medida, ella sentía todos y cada uno de los instantes, y esto, el resto, solo lo podía ver en lo que ella hacía.
Se dedicaba a pintar lentamente. Disfrutaba de cada una de las pasadas del pincel sobre la tela. Alguna persona que la había visto pintar, la describía como el vaivén que hacen los trigos cuando son mecidos por una suave brisa y esto se dejaba ver en los cuadros que producían una calma difícil de encontrar.
Pintaba lugares hermosos en los que nunca había estado, cielos y mares, amaneceres. El tiempo le susurraba al oído los colores, las formas, los tonos, le tomaba la mano y ella se dejaba llevar.
El tiempo se detenía solo para ella, necesitaba volver a ver como caían esas pestañas y parar aunque fuese solo para ella.

LAS COSAS NO HABLAN CON CUALQUIERA

Tuvo un infancia insulsa, como insulsos eran sus padres; ni bien, ni mal, porque cuando crees que no hay remedio, las cosas suceden tranquilas, sin sobresaltos, ni siquiera en días de fiesta o de luto, hasta la muerte es esperada y se recibe casi como si fuese uno más de la familia.
Pasó de color triste al negro de un día para otro, quizás un abuelo al que nunca habló o un hermano que no llegó a tener cara y en la casa ya no se guardaba luto, se mostraba hasta el final de los tiempos, sin remedio.
Comprendió a la insulsa de su madre cuando se vio en esas, cuando casi hacía los mismos gestos y es entonces cuando la conoció.
A su padre, también un hombre desleído por la vida, lo empezó a apreciar en la ausencia. Recordaba su impronta al llegar a la casa, algo achispado, gritando a su manera, la que era propia de él, y que parecía su gracia, aunque nadie se la encontraba por ningún lado.
Pobre hombre liso.
A ella, la madre, le hablaba aunque estuviese muerta, lo mismo que a su abuela, la que vivió con ellos, ennegrecida también durante muchos años. La vieja tenía más palabras que todos ellos juntos, se las había comido todas en una merienda con sus recuerdos y sus manías.
Tuvo un par de hijos y el marido necesario para tal fin; un hombre trabajador, fiel a medias y a pagos, que las putas del barrio le sonreían cuando se la cruzaban, eso era muestra inefable de que tenían algo más en común que una acera sucia.
Los hijos llegaron y se fueron rápido, los dejó ir sin remordimientos, por necesidad. Pasaron por el lugar unos sacerdotes, vestidos de ese negro tan familiar, ofertando educación gratis y entrada al cielo, trabajo fijo con Dios y tres comidas diarias ¿quién se iba a negar?
Algún vecino se negó, esos que hablan alto en la tasca o a las puertas de sus empleos, los que tenían esperanzas de que algo tenía que cambiar. Los vio desde que era niña y nunca pudo ver mayores cambios que los remiendos que todos hacían en sus ropas. Aún así, a veces los envidiaba, se hablaban mucho entre ellos, aunque fuese gritando.
Sola, en la casa, tenía un ritual que se había ido tejiendo poco a poco; casi sin darse cuenta poseía una vida toda llena de remiendos y parches, pero solo cuando estaba sola, algo para sí misma que ocultaba como se oculta lo malo.
Una mañana, cuando el marido se había ido a trabajar, se descalzó, sintió por primera vez el limpio suelo de su casa y estaba frio, le gustó esa sensación de frescor que le subía por las pantorrillas y le hacía parecer más liviana, casi más joven.
Otro día recordó que tenía hijos y que si llamasen a la puerta casi no los reconocería, crecían tan rápido y se alejaban al mismo ritmo de ellos. Se los imaginó allí con ella, descalzos, se sentó e hizo el gesto de los abrazos y besos que nunca les dio, muchos caían en sus manos propias y esto también le agradaba, porque en ese momento supo que su madre, de saber besar y abrazar, lo habría hecho con ella. Se los imaginaba enganchados a sus pechos, mamando, parando para hablar de sus cosas, de lo bien que se lo pasaban en el colegio, de los curas que jugaban al fútbol o de que Dios está en todas partes y que todos somos sus hijos; se parecía, ella, a los insulsos padres que había conocido, nada decían, nada hacían, poco vivían.
Creyó escuchar risas y se extrañó, en esta casa de paredes finas, ni los vecinos reían. Volvió a creer y le parecieron los sonidos que emiten los niños cuando juegan, pero aquí, en la vecindad los niños no están, y de estar, no sabrían reír porque las paredes finas se comen los mejores sonidos; hacen malas las conversaciones, guisan mal los amores y ellas parece que sufren y de mientras, de encontrarse, en el portal, una niña joven enamorada de un buen mozo, callaría, incluso silenciaría las chanzas que se les supone, porque este lugar no está para risas.
Otro día, comenzó a hablar con el palo de la escoba; salió espontáneamente, sin pensar, le dio las gracias por el servicio y le animó recalcando lo bien que lo hacía. A partir de ese día le saludaba o le pedía permiso para tomarla entre sus manos, incluso varias veces bailó con ella al son de la música que subía por el patio, la de la radio del vecino de abajo que tenía ese placer.
Ella lo conocía todo, qué tonta no era, pero como a toda la gente que no ha tenido una buena infancia las cosas le colmaban enseguida, poco le faltaba para que se le escapasen, estar, estaban, aunque no produjesen todo eso que muchos decían tener, tranquilidad, que poco se parece a la felicidad.
La cama recibía un tratamiento especial, le llamaba con el doña, doña cama esto, doña cama lo otro… así en un sin vivir porque recordaba lo soñado y ella era la confidente adecuada. Obtuvo espectadores que eran las mesillas, la pequeña lamparita de noche y hasta las zapatillas, que ahora descansaban a la entrada de la habitación, no fuese que alguna vecina llamase para algo y le pillase sin ellas.
.- Doña cama has dormido bien? Yo hoy he visto el mar, una cosa enorme llena de agua por todas partes. Sí, ya sé que ves mis sueños, pero es agradable recordarlos.
Señorita mesilla ¿sabe usted que tiene un pretendiente al otro lado de la cama? Ya podría usted “señá” cama ser buena y presentárselo, es un buen partido y harán una estupenda pareja.
Muchos días hablaba con los cacharros cuando los necesitaba para un guiso o los estaba lavando en la pila; siempre con prudencia, no fuese a ser descubierta por alguna vecina cotilla y le preguntasen a ver si tenía visita, o lo que sería peor, que su marido pensase que algún otro se colaba en la casa mientras él no estaba. Era imposible dejar de hacer esto, le gustaba coger familiaridad con lo que le rodeaba y se inventaba noticias, cosas simples de la calle que ella hacía importantes.
Había decidido no dejar de hablar, y luego cuando salía a la calle se le notaba más suelta, ya no ponía cara de susto por todo, ahora tenía cosas en qué pensar, nunca mejor dicho, nunca más literal.
Una tarde después de comer, cuando su marido ya había salido al taller, recogía la cocina; los platos manchados eran preguntados si deseaban estar limpios y si les había gustado el arroz; se excusaba con ellos sobre la poca carne que ponía, pero no había remedio a causa del también poco dinero que le daba el hombre para comprar comida.
.- ¿Ya se ha enterado? – le dijo a la cazuela que había servido para el guiso – Hice arroz con poco, ya ni siquiera le pongo cariño a esto, cocinar me aburre, sobre todo si no puedo comprar nada para alegrar el guiso.
No se sabe cómo pasó, la cazuela que estaba enjuagando, le contestó.
.- Tranquila, me gustan los platos que usted me guisa.
La dejó caer en la fregadera, se echó para atrás y calló sentada en la silla más cercana. Al suelo no hubiese podido caer de tan pequeña que era la estancia.
¡Ya está, se había vuelto loca! No sabía qué hacer, lloró un buen rato, mientras se repetía a si misma “estás loca mujer, estás loca”
Pasaron unos días hasta que volvió a decirle algo a la escoba o a cualquier otro de los trastos de la casa. Hasta las vecinas se dieron cuenta y le preguntaban qué le pasaba porque su cara tenía un color pálido que daba pena.
Se ve que el marido también se había dado cuenta y sintiéndose culpable se presentó con una radio en la casa. Le dio una gran alegría tener un aparato de estos, ahora ya no estaría tan sola.
Se iba el hombre y ella ponía la radio, y le hablaba, la radio a ella, como si fuese que la conociese de toda la vida. Contestaba a los buenos días, incluso había empezado a bailar cuando sonaba música; tomaba el palo de la escoba y se movía por toda la casa como si fuese una gran pista de baile.
.- Me estás mareando – le dijo la escoba.
La soltó y esta vez no se echó a llorar, esta vez le preguntó si no le gustaba la música.
Entablaron una buena conversación sobre los estilos musicales y que a ella, a la escoba, lo que le gustaba era escuchar música clásica, que lo moderno no era para ella.
Volvió a charlar con todos los muebles, los cacharros, incluso hasta las zapatillas, que le decían que se las pusiese que lo de bailar a ellas les encantaba.
Podía ser un encantamiento, había escuchado que a las personas se las podía encantar y que entonces hacían cosas sin pensar, y a veces hasta les dominaban. Teniendo estos pensamientos corrió a la iglesia y allí se dio cuenta de que también estaba sola, dios no le respondía por mucho que le preguntase o le diese los buenos días. Estuvo en un tris de confesarse y contar al cura lo que le ocurría, pero desconfió de aquel hombre que vestía tan de negro como su madre y su abuela.
En la casa las cosas iban cambiando, había conseguido pintar las habitaciones con colores cálidos, y dibujos de cisnes que flotaban en un estanque con juncos. A veces cuando los miraba podía verlos nadar y cómo jugaban entre ellos.
Cambió las cortinas por unas más vaporosas, como el tul de las novias, blancas y brillantes. Puso hasta calcomanías en los azulejos del cuarto de baño. A veces se alejaba un poco del barrio, a las afueras, tres calles más allá, y recogía unas cuantas flores y ramas con las que adornar la sala y darle a todo un color mucho más vivo.
Aquella casa, en soledad, parecía un mercado, todas las cosas hablaban, algunas, entre ellas, tenían largas charlas sobre lo que se escuchaba en la radio y ella aprendía cada día más.
Las vecinas empezaban a sentir una curiosidad morbosa por lo que ocurría a aquella mujer que siempre había sido una simple más y ahora parecía que tenía una vida nueva.
La mesa donde comían le dijo que tenía que ver mundo, que con la radio se viven cosas, pero que no se fiase solo en lo que ella decía, que un aparato que habla tanto no puede ser bueno, tenía que comprobar que todo aquello que se le mostraba existía.
Empezó por salir con un bolso enorme, dentro portaba un vaso con el que se llevaba muy bien y sus zapatillas, que le habían pedido encarecidamente que las sacase de casa.
Hizo algo que no era soso, cogió un autobús y se bajó donde más gente vio correr de un lado a otro, en el centro. Por el recorrido le había pasado una cosa extraña, todo parecía ir lento, muy lento; había intentado arreglarse el pelo y tuvo la sensación de que aquello se llevó una hora por lo menos. Los coches, las casas, todo pasaba tan lento que dudaba si estaba en la calle o en uno de sus sueños. Temía despertarse.
En el centro la gente corría lentamente, hacían cosas que reconocía, pero ahora todo se mostraba mucho más asequible para poder admirarlo.
Había preguntado al revisor dónde tenía que coger otra vez el autobús para regresar y a qué hora lo hacía. Lo tenía todo planeado, y a pesar de no moverse de la plaza donde se bajó tuvo la sensación de que aquel fue el viaje de su vida.
Los objetos, los de la calle, incluso los que pertenecían a otras personas, también le hablaban. Había empezado por casualidad, mirando uno de los puestos de venta callejera. Era una gran caja, grandísima, donde todo colgaba a su alrededor; podías encontrar desde unos caramelos hasta la prensa del día, pero también pequeños juguetes para los niños y algunos útiles de esos que llevan cerca las personas, peines, espejitos y hasta pañuelos.
Un peine de plástico que imitaba el viejo carey le chistó cuando miraba otras cosas y estuvo contándole la cantidad de inventos que se podían ver desde aquel preciso punto y las no menos interesantes conversaciones que escuchan a los que por allí se acercaban.
Le dio la sensación de que el peine lo sabía todo, pero no pudo comprarlo porque no llevaba más que el dinero justo para el autobús. Se despidió de él apenada, habían hecho una muy buena amistad y en esas pensaba volver otro día y hacerlo suyo para así poder tener más entretenidas conversaciones.
Hizo muchos más viajes hasta que se sabía de memoria los recorridos de todos los tranvías, de todos los autobuses. Un día, siempre con las zapatillas en el bolso y su amigo el vaso, llegó a la estación.
Aquel lugar le pareció un regalo del cielo, hacía mucho que el tiempo no frenaba para ella, pero ese día, ese día ocurrió de nuevo. Revisó los carteles donde informan de las paradas, de los lugares lejanos donde esas enormes máquinas llevan a la gente y se montó, simplemente se subió a la primera puerta que vio abierta, se sentó en uno de aquellos asientos vacíos y se dejó llevar.
Nada pasó, ningún revisor vino para poder comprar un billete, nadie se sentó a su lado. Escuchaba la música de la estación donde el tren se había parado, no pudo ver el cartel donde pone el lugar porque era entrada la noche; pensó que tenía que bajar y seguir su camino o el camino de otros, pero sin parar.
Ni siquiera tenía sueño, lo había dejado en aquel cómodo sillón. Al salir a la calle pudo oler algo desconocido, lo pudo escuchar, el mar y a las zapatillas que pedían por favor que las sacase. Lo hizo, se cambió los zapatos de calle por sus amigas familiares, sacó el vaso y caminó hasta lo que se veía oscuro, negrura total.
La emoción de alguien que llega al mar por primera vez y no lo puede ver, es casi superior al que lo ve a pleno día; porque lo intuye, se lo imagina de un color azul oscuro que el sol aclara. El suave sonido de las olas se hace música para los sentidos y el olor se te mete en los huesos.
Se sentó allí en un pequeño pretil que separaba la calle de la arena y las rocas que se veían poco. Esperó.
Hay un momento en que todo se ilumina, adquieren tonos las cosas, le recordó a la luz que se aprecia cuando un vecino la enciende y entra, sin pedir permiso, en una habitación. Poco a poco una pequeña chispa roja se percibe a lo lejos y el cielo, por encima, se ilumina. Luego, en pocos minutos, aparece una lenteja de color anaranjado brillante, que sube y sube y baña cada roca, cada pedazo de tierra, pero sobre todo, el mar que coge toda su potencia volviéndose rosa y blanco y amarillo y los azules cambian y el blanco de las olas y las gaviotas que vuelan felices…
Hay un hermoso rayo reflejado en el mar y en la arena, como un camino listo para ser andado.
Se fue caminando con sus zapatillas, despacio, lentamente como si fuese parte de aquella alfombra solar. Nunca más se supo de ella, las mujericas del barrio animaban al marido diciéndole que con lo insulsa que era se había tenido que perder, incluso la buscaron por los alrededores, pero a ninguno se le ocurrió entrar en la casa y preguntar a sus cosas, aquellas que ahora también le echaban de menos, ninguna, nunca jamás volvió a hablar porque las cosas no hablan con cualquiera.

EL CAMBIO.

Se levantó con el mismo grado de cómo se acostó, con el sueño rebosando por los poros; y es que él llevaba años sin dormir bien, siempre trastabillando por los rincones de las sábanas, buscando un poco de paz que los sueños no permitían.
Buscó a tientas las zapatillas, esas roñosas que siempre se peleaban en la nocturnidad, y enfadadas se separaban una de la otra. Solo una vez las encontró tal las había dejado, en armonía; le pareció tan curiosa la cosa que les hizo una foto con el teléfono y luego, mientras se tomaba el café la subió a internet, a su facebook, para demostrar que un día bien podía llegar la paz al mundo. Nadie entendió nada y ni uno solo de sus veintitantos amigos fue capaz de marcar que la toma, o el comentario, le gustaba. Con el tiempo hubo quien le echó en cara que hiciese demostraciones de su ratería, que las zapatillas eran de un balneario al que había ido y se las había quedado, lo mismo que el albornoz, las tollas y el gorro de la ducha, ese que nunca más apareció entre sus cosas, y no dijo nada, temiendo hubiera escapado y diese algún tipo de mensaje inerte a los gorros de las duchas de todos los balnearios del mundo, que ya se sabe ni dios usa y menos si eres un calvo cabreado al verlo, que se lo toma todo a la tremenda.
Optó por ir al baño solo con una zapatilla y dejar que los dedos, del pie descalzo, aguantasen el eterno frío de este suelo viejo. Tuvo cuidado, le jodía más darse con la silla o la cajonera que ver el normal morado que cogía el cuerpo, allí siempre hacía un frío infernal.
Entró en el váter como siempre, sin mirar, se acercó a la taza, y meó de a pocos, sin el menor orgullo, arrastrando el sueño, el enfado y el frío, así no se podía mear y esta próstata cansina que no mira lo que molesta.
Al terminar hizo lo que tenía por costumbre, se metió en la ducha y casi al minuto ya se estaba arrepintiendo, maldita agua… no sabía en quien cagarse, si en el agua fría o en la caliente, porque por una o por la otra, el primer contacto era siempre el mismo, helada.
¿Quién diablos inventa un grifo monomando, qué en estando a tope el agua caliente, siempre sale fría? Un desgraciado, pensó.
Se estaba enjabonando cuando le pareció que había tardado poco, sería, seguramente, que con los años que llevaba haciendo lo mismo y el conocimiento de cómo escatimar el roce se había profesionalizado.
También al secarse tuvo esa sensación.
Por fin había ido espabilando los poros, la mente y las ideas, que él era muy de separar estas cosas. La mente es eso que hace que las ideas fluyan y por lo tanto pueden funcionar como las zapatillas de balneario, a veces no congenian bien.
Se quedó absorto mirándose, con la maquinilla de afeitar en la mano.
No lo podía creer, tenía un ojo más pequeño, una oreja, un ala de la nariz, media boca, más pequeña que la otra. Como tenía el grifo abierto se apresuró a juntar sus manos y echarse agua en la cara, como si la ducha no hubiese servido suficientemente de despertador.
Las manos, sus magníficas manos de camionero, no eran iguales. Se secó brutamente con la toalla, que también era del mismo balneario y se las quedó mirando.
La izquierda era más pequeña que la derecha, mucho más pequeña. Lo podía notar a simple vista, pero es que además al juntarlas, una frente a la otra, se veía perfectamente esta variación.
¿Y si se metía en la cama otra vez? A ver si esto era un sueño de esos que la gente dice que son muy reales, qué parecen reales, y la cosa es que está aún dormido y por esto la mente anda tonteando con los sueños y nada es real.
A la vez que lo pensaba daba pasos hacia atrás, como quien quiere deshacer un hechizo o desdecirse de algo.
Tropezó con la cama y se dejó caer. A rastras se volvió a colocar en posición, con cuidado se tapó y cerró los ojos.
No se sabe el tiempo en que se quedó allí, pero cuando los volvió a abrir el sol ya pegaba fuerte por las paredes, debía ser tarde porque esto solo lo había visto los domingos o cualquier otro día en que no trabajase.
Apartó la manta y la sábana con cuidado, sin dejar de mirar la luz del sol que hacía esos juegos extraños con el polvo y que parece esté todo lleno de bichos.
Buscó las zapatillas, a tientas, y no las encontró, sonrió pensando que esta vez se habían cabreado de verdad. Descalzo se fue en tres pasos de bailarina al baño; parado, delante del lavabo, se miró.
¡Por dios! ¡Por dios! Dijo en voz alta, su media cara era mucho más pequeña que la otra, pero mucho más que en el sueño, o lo que él había decidido que fuese un sueño, tenía. Las manos, ya no eran ni parecidas, una, la suya, con sus buenos nudillos y los callos que siempre le acompañaban, la otra una cosa pequeña, casi femenina.
Se sentó en la taza como si le acabasen de dar la peor noticia del mundo. Se miró los pies descalzos y aún conservaban la forma original, las piernas más o menos eran simétricas, la barriga, estaba, el pecho… ¿qué coño le pasaba al pecho?
Ahora despuntaba un pezón, hasta tenía una aureola más grande y brillaba.
¡Joder, cómo brillaba!
Sintió que la próstata le daba consejos, mea… ¡qué mees te he dicho! Pero él no se atrevía a mirar si aquello también se estaba haciendo más pequeño, así que no hizo nada, siguió con ese dolorcillo del que anda “avejigau”.
Regresó al cuarto a por un cigarrillo, lo sacó del paquete con la mano fina y lo encendió con la recia y tuvo la sensación de que no estaba solo, era como si ahora fuese dos.
El teléfono sonaba, pero no estaba para dar explicaciones, ni siquiera a los del trabajo, que seguro eran ellos los que llamaban. La mente le decía que se relajase, pero la idea de que si no daba seña iban a mandar a alguien, por si le pasaba algo, le hizo contestar.
El que le llamaba era su jefe, que preguntaba qué coño había pasado, estaba el camión cargado desde las ocho y él no aparecía, no contestaba las llamadas y le esperaba. Empezó a dar explicaciones de que no se encontraba bien, y que no podía tenerse en pie.
Nunca antes hubiese pensado que su jefe se tragaría tal mentira, pero lo hizo, le dijo que ya le notaba la voz tomada, que no parecía él. Hizo alguna broma idiota, por costumbre, y le dijo que no se preocupase, que mandaba a Fulano a llevar el pedido.
Acabó meando por tiempos y viendo que allá abajo no pasaba nada, se tranquilizó un poco, lo justo para vestirse y salir a tomar un café, seguía pensando que era un mal sueño, pero por si acaso no quiso mirarse al espejo y rehuía verse las manos.
Se encontraba bien y mal. Bien porque no sentía dolor alguno, mal porque se sentía raro, muy raro.
Bebió una taza de café, uno de esos polvos de bote que no puede ser más asqueroso; al terminar se pasó la mano izquierda por la mejilla para evitar un goteo. Esa no era su cara.
Tuvo que sentarse y allí estuvo como ido lo menos dos horas, hasta que se decidió a mirar, porque nada podía hacer, que esto no era culpa suya; no había bebido más de la cuenta, no había tomado drogas, ni se había acostado con ninguna puta desconocida, esto era algo que le sobrepasaba.
Regresó al cuarto y se volvió a meter en la cama.
Pudo dormir, porque le pegó un trago lago, o dos, tres, no se sabe, a la botella de whisky que siempre tenía al lado de la radio. Al despertar lo hizo sonriendo y con un fuerte dolor de cabeza, esto le desconcertó.
¿Sonreír? Hacía años que ya no sabía manejar esa mueca.
Se levantó sin buscar las zapatillas, fue al baño y allí acabó la vida de un camionero normal.
Tenía media cara afeminada completamente. Una teta pequeñita despuntaba de su pecho, su brazo había perdido el bello y terminaba en una mano de mujer con pintas de ser algo suave.
Se miró las piernas y ellas también tenían su diferencia, incluso los pies se remataban con dedos dispares. Bajó con miedo el calzoncillo, metió la mano buscando lo que siempre había sido suyo, su identidad, y allí estaba el pequeñín mirando a la izquierda, el muy sinsorgo babeada.
Nunca más fue el mismo, era de esperar. Dejó el trabajo, la casa, el país y se fue al sur, donde hace calor, pero siempre iba vestido, y cuando tenía que bajar al pueblo a por algo lo hacía con las manos enguantadas y la cabeza tapada. Las gentes decían de todo sobre él, pero si algo tenían claro es que era feliz, un hombre feliz al que no le quitaba nada una mueca que parecía una sonrisa. Allá en la montaña estaba cambiando, ahora tenía un cuarto de cuerpo lleno de plumas, otro con pelos para hartar y las escamas ya parecía que empezaban a despuntar del lado inferior derecho.