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ATISBADURA NOCTURNA

Casi no la tocaba, y no era porque no le gustase, que por las noches, cuando la miraba desde los rayos de luz que entraban por la ventana gracias a la farola de la calle, se volvía loco por ella. De tanto mirarla se sabía el volumen correcto de su nariz, el efecto transformador que tenía la tenue luz que le iluminaba las alas un día, las aletas, las narinas, que tenían distintos nombres y todos el mismo, los brazos, que a él le parecían eso, pertenecientes a un algo que saliese desde el centro y los aupase en júbilo para su alegría.
¡Qué alegre tenía la cara mientras dormía!
Esto le traía una sucesión de miradas únicas, deliciosas delectaciones de cada instante, y era, precisamente esto lo que le producía ese miedo a tocarla, no fuese a desgastarse, o quizás se quedaría pegado porque ¿quién no quiere adherirse a tanta belleza?
Había más lugares que le impresionaban, tantos que le habían producido espasmos respiratorios, solía jadear, siempre muy bajito, como lo hacen los que empiezan a ser viejos y no quieren que nadie lo note.
Ese lugar exótico que tiene al final del ojo, donde se juntan las pestañas superiores y las inferiores, ese que es un encuentro floral y que no tiene nombre. Un ángulo exquisito que tiembla de vez en cuando; un motivo habrá pero seguirá siendo una incógnita para él, porque no le importaba, solo lo disfrutaba. ¡Qué dolor no saber el nombre!
Sin nombres el recuerdo tenía que ser, forzosamente, descriptivo, ocupando mucho espacio en el lugar que tenía destinado para ella.
A veces contenía la respiración, lo tenía dominado, tanto como el movimiento, que era de gato y se acercaba y la aspiraba, no solo para olerla, además para retener también su aroma que luego le había de acompañar todo el día.
Era, en el día, cuando se tomaba un respiro de su quehacer habitual, cuando se entretenía abriendo el recuerdo y rescatando los lugares hermosos dónde había estado por la noche, mientras la observaba. La curiosidad y la necesidad también le obligaba a buscar los nombres que no tenía; buscaba literatura referente en lo médico, lo artístico o incluso en el lenguaje de los especialistas de la estética, que no dejan nada al azar, marcando como el orgullo de la especie cualquier depresión de un cuerpo.
Supo que sus cejas tenían un puente que se llamaba glabela, y que le sonaba al nombre que él le daría al ángulo que toma una tela atada al viento del norte, que parece se encoja de frío sin dejar ese don de las banderas, aunque no lo sea. Y se enamoró de un filtrum que parecía latín para remarcar la depresión que justo parte la faz encima de los preciosos labios.
Hizo del rostro un tratado y lo disfrutaba por entero, sin perder un detalle, ni uno solo.
Un día alguien le comentó que hay idiomas que sí tienen palabras para definir cosas que él había inventado, incluso algunas que imaginaba, sin llegar a saber si eran reales o inventadas en la noche.
Aprendió ¡maldita sea! que hay una palabra hermosa que habla del abrazo, apapacho, una especie de cielo consciente de la realidad de un abrazar. Y quiso hacerlo.
Resolvió su incógnita del ángulo ocular, se llama canto esa parte de unión de pestañas. Y quiso besarlo.
Iba pasando la vida entre miradas nocturnas y más silencios diurnos, y ella no aguantó más. Se hizo unas fotografías y en la nevera, después de un desayuno, las clavó. Se fue a ver si tenía más suerte y le tocaba otro que no fuese tan romántico, porque hay miradas que matan, miradas que silencian y en casos, miradas que queman.

¿QUÉ LE PASABA A LAS PALABRAS?

¿Qué le pasaba a las palabras?
Ellas, que tan a gusto parecía que estaban con él y ahora, ahora no las encontraba; se ve que les había asustado de tanto nombrarlas, como se asustan los animales de compañía de las calles, esos que son de todos y de nadie.
Descubrió, en la niñez, que las palabras eran gratas compañeras, vecinas y amigas, y que cuando se aprendían se daba el siguiente paso y se comprendían. Se hizo el propósito de saber el significado de todas, incluso las que no usaba normalmente, pero la vida le dejó poco tiempo para esta monumental tarea, hizo lo que pudo.
Pensaba que los libros, las poesías, sobre todo las poesías, eran un poco suyas cuando las memorizaba y que aunque no conocía a los autores se sentía inmensamente agradecido por el regalo que es la escritura, porque él se guardaba para sí sus historias, que se contaba cada noche en la cama.
Cuando todos se habían acostado revisaba los cierres, las luces, el agua y los sonidos de todos, luego se metía en la cama tranquilo, pensando que todo estaba dentro de ese orden en el que uno nunca tiene el dominio por entero, y allí comenzaba una página nueva o ponía fin a la historia que había empezado el día anterior.
Sus historias variaban según el día, había podido ver algo que le asombrase, que el mundo iba cambiando deprisa y sin preguntar, o quizás la sonrisa de alguien al ver algo que le parecía bonito o le enternecía.
Cuando se escriben historias para uno la cosa es igual que si fuese en papel, lo único que tienes que tener a tu favor es una gran memoria y además tenerla ordenada.
En el silencio de la noche aparecían los protagonistas, con sus ropas y sus olores, toda una minuciosidad en los detalles que componían aquella historia; las tramas iban desarrollándose como si ya estuviesen cosidas a un hilo argumental que desconocía la procedencia, pero estaba ahí, para él y sus noches. Había relatado tantos cuentos que se volvió a dar cuenta de que era otra cosa más para hacer cuando tuviese tiempo. No conocía el significado de todas las palabras, aunque muchas, con los años, se le iban presentando, así, como con la elegancia que tienen los muchachos educados, siempre expectantes y mucho más felices si pudiesen dar un buen apretón de manos. Sus historias iban a esperar, las palabras iban a esperar y llegó el momento en que quitaron la parada.
Un día le preguntaron algo y no encontraba la palabra adecuada para responder; rebuscó y allí no estaba, alguien se dio cuenta del silencio incómodo y contestó por él. La palabra en cuestión era conocida, su significado, la había usado miles de veces, pero no supo dónde andaba. No le dio mucha importancia a este detalle que le pareció una anécdota y prosiguió con su vida, con los suyos y con las esperanzas de poder tener más tiempo para recoger significados y recapitular historias.
Todos los días leía con gusto; en la que el resto reposa la comida echándose una siesta, él leía, era un gran cliente de la biblioteca, podía devorar un libro a la semana, a veces dos, cuando eran de pocas páginas. Ahora había descubierto que algunas palabras se le escapaban, no es que no las conociese, sabía que sí, que eran de uso corriente, pero no las reconocía. La leía, la escuchaba en su pensamiento, la repetía una veintena de veces, pero esa palabra no quería salir del archivo de las utilidades.
Al principio, mucho antes de que se diese cuenta de que las palabras se estaban perdiendo, ocurría que salían a trompicones, o cuando les daba la gana, disimulando. Podía estar en una conversación y referirse a algo concreto y no querer salir, como si tuviese vergüenza y la razón de la palabra, que es hacerse oír, se hubiese quedado dormida.
Se había dado cuenta de que no solo esto lo perdía, también su archivo de olores y sabores. Desde muy joven tenía el gusto de hacer algo que para el resto pasaba desapercibido, pero a él le había servido de acompañamiento el resto de su vida.
Cuando era pequeño cada vez que iba a casa de su abuelo, este abría la botella de anís de moras, que hacía él mismo cada temporada, y le daba una para comer. Tenía buenos recuerdos de su abuelo y no hubo cumplido los doce cuando el hombre le dejó de dar este aguinaldo tan sabroso, murió; al tiempo la madre, ya repuesta de la pérdida, acudió a la casona a poner un poco de orden en los restos de aquél hombre que tanto había hecho por todos. Entre otras cosas sacó un par de botellas con el anís de moras y las llevó a la casa como un tesoro que iba a guardar con cariño.
Llegaron las navidades y como algo especial sacó una de las botellas y fue sirviendo a todos los comensales. A los niños les repartió una mora a cada uno. Él no había olvidado a su abuelo, lo tenía presente pero es cierto que la imagen se diluía cada día más. Al momento de meterse en la boca aquella fruta cerró los ojos, allí, de la manera más real que uno pueda imaginar apareció su abuelo. Lo pudo oler, sentir, incluso le dijo unas palabras mentalmente. Supo que cada vez que quisiese volver a tenerlo cerca solo tenía que ponerse una mora anisada en la boca y todos los tiempos vividos, todas las palabras, los gustos, los olores, iban a regresar. Durante toda su vida hizo por ir a recoger moras poco antes del otoño y siguió metiéndolas en el anís para que le trajeran a su abuelo.
A partir de este momento cada vez que deseaba recordar algo con todo detalle preparaba ese alimento que llevarse a la boca. Como quien tiene un momento lúcido cuando pasa por un olor, o ve una fotografía, lo que había comido le llevaba inevitablemente al lugar que quería recordar. Por ejemplo, cuando fue por primera vez a París llevaba en el bolsillo una manzana; sabía de antemano que la ciudad le iba a gustar, había leído mucho sobre ella, y quiso que algo tan habitual como la manzana le llevase a este lugar hermoso. A lo largo de los años, cada vez que comía una manzana, con solo cerrar los ojos, podía sentir las calles, el frescor del Sena, las avenidas llenas de gente o el olor a madera vieja del portal donde estuvieron visitando a unos familiares. Lo recordaba todo al detalle.
Hizo esto para tener siempre a mano algunos buenos momentos de su vida, no solo viajes, también con las personas. El primer día que vio a su hija, su primera y única hija, se metió en la boca una ramita de menta. Lo hizo adrede porque así cuando comiese un caramelo también podría volver a sentir el que fue uno de los días más felices de su vida.
Pero las palabras se estaban perdiendo, no solo no las recordaba, tampoco las reconocía.
La gente a su alrededor se fue dando cuenta, los médicos también y ninguno quería decirle qué le pasaba. No hacía falta, se notaba que algo grave estaba ocurriendo y que no había cura posible para esta desgracia.
Una mañana se levantó, no había nadie cerca y por unos momentos no pudo recordar el nombre de su mujer. El terror le vino a las venas, esto era grave, nunca jamás había tenido tanto miedo.
Se vistió con las prendas que ella le dejaba todos los días sobre la silla, no se puso los zapatos, continuó con las zapatillas, esas que alguien le había regalado por su cumpleaños. Fue a la cocina y ella tampoco estaba allí. Buscó el cesto donde solía ir a por moras, se puso la gorra y salió de la casa con paso firme.
Por el camino encontró un rosal, probó con el olor, era ella, sin duda alguna, cogió un pétalo y se lo puso entre los labios. Allí estaba tan lozana, con esa risa que siempre le encandilaba y ese talento tan suyo para hacer que todo fuese fácil, la tuvo tan cerca que extendió la mano para poderla tocar. Encontró moras y manzanas, peras, ciruelas, que le llevaron a París, a la capital o al día en que la hija se casó con ese buen muchacho. Pudo coger una ramita de menta y la vio recién nacida, llorando a pleno pulmón, con un cuerpecito rosado, pálido.
Al cabo de mucho rato de estar caminando se sentó debajo de un pino alto, uno que olía especialmente bien y que cuando quiso nombrarlo no pudo, no encontró la palabra; tampoco las encontró cuando escuchaba su nombre en la lejanía, no les hubiese podido dar seña de dónde estaba y la noche ya empezaba a cerrarse a su alrededor. La noche no tenía sabor, ni olor, solo pequeños claros que no le decían nada. Allí se quedó sentado, apoyado en el pino que le pasó un poco de calor.
Por un momento recordó todas las palabras, todos los libros que había leído, los lugares dónde había estado y las personas que había conocido. Se comió una mora y vio a su abuelo que le hacía gestos, nunca antes le había hecho indicación alguna, con él se fue, con todas sus palabras colocadas en las mil historias que había soñado, en los versos que nunca debió olvidar, con los olores y los sabores de toda su vida.

EL TIEMPO ENAMORADO

Pocas veces ocurría, que el tiempo se detenía, lo traía loco. Loco de amor, de pasión, de indignación por verse de esta manera, que no era la suya, seguramente no era la manera de nadie, pero ella, ella le ponía en guardia cuando la rodeaba. No quería rozarla, no fuese que le hiciese daño con sus prisas, esas con las que empujaba al resto de las cosas, los lugares, las gentes.
No se había dado cuenta del mucho poder que ella tenía sobre él, y de que se frenaba cuando la notaba presente.
El tiempo tiende a hacer esto cuando las situaciones son propicias, puede ralentizarse a voluntad, pero aquellos que deberían saberlo no lo conocen, ni siquiera se lo han planteado. Los campos, por ejemplo, pocas veces son conscientes de que esto pasa, son campos, pero ocurre que cuando se da la ocasión y se mezcla, por ejemplo, un amanecer con un cielo manchado por esas nubes densas que pareciesen creadas para ser manto blanco, espeso, que el viento hace caminar con cierta celeridad, solo por mostrarlas, y están allí sin perder detalle de la inmensa luz que el sol produce y se mezclan con esa rama que posee tesoros en forma de capullo que se abren para mirar y ocurre que una abeja despierta acude sin remedio al olor que los estambres y los pistilos expulsan y que se mezcla con el rocío en forma de una simple gota, acontece el milagro de que el tiempo, que por todas partes pasa, se detiene, y la gota cae despacito reflejando la luz, el color de los pétalos nuevos, el blanco de las nubes y los ojos de la abeja y nada respira, se contiene el mundo para que el tiempo disfrute de este encantamiento que si bien es en lo natural vulgar, él hace que sea especial.
Ella todo lo hace despacio. Juega con los tiempos de todos los tiempos, como si nunca antes hubiese sucedido nada y todo quisiera ser nuevo, de nuevo, sin que nada se parezca a lo anterior.
Se levanta con el sol porque ama la amanecida, que le regala una luz diferente cada día, lo hace muy despacio, consciente de que algo está cambiando. Ya no está en la horizontal cómoda de la cama, y por lo tanto la sangre, los huesos, la piel, se tienen que acostumbrar a la nueva situación. Les espera paciente a que se recompongan. Anda descalza por la casa para que los pies reconozcan el suelo, cada grieta de la vieja madera donde ahora se posan.
Si la vieses, es como si flotase, como cuando los copos de nieve caen del cielo y se van despidiendo de sus madres nubes y ellas quieren llorar y no pueden porque hace mucho frío. Toma un vestido cualquiera, todos son bellos, hechos con distintas telas y diferentes composiciones, con lazos que flotarán al caminar, con botones que se unirán en matrimonio a ojales que son como abrazos, o quizás esos hilos que se hicieron a sí mismos. Y lo deja caer en su justa medida, encajando con ella misma y queriendo ser parte de su figura.
El tiempo se pone nervioso cuando la ve, todos los vestidos le gustan pero esa falsa dejadez cuando caen por sus caderas le enervan, y sale corriendo a buscar otro nervioso, o a meter prisa al viento para que organice una galerna en la calle y los hombres pierdan los sombreros y les vuelen los periódicos y las señoras llamen al orden a los niños y se pongan pañuelos que jugarán a que son banderas.
Tiene, ella, la costumbre de caminar rozando. A veces deja caer la mano y la abre ligeramente, solo su meñique repasa la pared, para ante un saliente y juguetea a saltarlo, sin prisas; resbala por una silla y la acaricia. Al pasar por la mesa extiende su mano como si se fuese a posar, pero no lo hace, no la roza, solo la siente y está caliente, que se emociona por la cercanía. En silencio la mesa pierde la mesura y palpita.
Unos ojos extraños no notarían nada, porque los espacios entre ella y el tiempo se acortan solo para ellos. No se daría cuenta de que los polvos casi negros del café caen en fila de a diez y que se bañan en el agua que borbotea con un ritmo decadente. La taza siente que vuela sin miedo, como si pudiese volar sola, que no es así, es ella que la baja de la alacena con calma y la asienta en un plato redondo que también voló y que ahora está allí esperando como quien sabe que un amigo pasará todos los días, a la misma hora, por el mismo lugar y vas y le esperas con cierta ansiedad cariñosa, porque sabes que pasará, siempre pasará.
Todo lo hace, ella, con la misma pausa, el mismo sentir cada pieza que toca, cada gramo de aire que rodea lo que le acompaña.
El tiempo está enamorado de la mujer pausada y sola. Siente que no fue bueno con ella, que la traicionó aquel día en que esperaba en la esquina de la costumbre y algo le hizo volverse loco, que sería la forma en que ella bajaba los párpados haciendo que todo se parara a su alrededor, que sintió eran órdenes al mundo para que parase y todo paraba ante su lento caer y hasta las respiraciones se cortaban. El muchacho sintió que el aire se le metía en los huesos, casi como el frío, y le pareció que no llegaba; corrió sin mirar y un maldito coche quiso ser más que él y allí lo dejó parado, sin poder ver nada, solo sintiendo que no llegaba a ninguna parte, nunca más. El tiempo supo que había hecho mal y se descontroló.
Enfadó a las nubes con sus prisas y éstas chocaban unas con otras provocando lluvias que parecían chispas y ruidos que ensordecían a todos, y se asustaron, y el sol se fue a otra parte, y las flores se plegaron dejando a muchas abejas sin comer, y la madera se contrajo poniéndose dura como piedra y los hombres pensaron que algo se acababa y corrían desesperados, y los sombreros volaban junto a las hojas de los periódicos que solo traían malas noticias y las señoras ataban a sus hijos con los pañuelos.
Ella, que nunca había volado, voló, supo que jamás podría poner los pies en el suelo de la misma manera. Supo que el tiempo se había detenido y decidió que nunca más esperaría.
Cuando salía a la calle las gentes le sonreían como se sonríe a un cachorro, le regalaban una flor o le lanzaban palabras hermosas que titilaban en sus oídos hasta hacerse música. Ya no estaba aquí en la misma medida, ella sentía todos y cada uno de los instantes, y esto, el resto, solo lo podía ver en lo que ella hacía.
Se dedicaba a pintar lentamente. Disfrutaba de cada una de las pasadas del pincel sobre la tela. Alguna persona que la había visto pintar, la describía como el vaivén que hacen los trigos cuando son mecidos por una suave brisa y esto se dejaba ver en los cuadros que producían una calma difícil de encontrar.
Pintaba lugares hermosos en los que nunca había estado, cielos y mares, amaneceres. El tiempo le susurraba al oído los colores, las formas, los tonos, le tomaba la mano y ella se dejaba llevar.
El tiempo se detenía solo para ella, necesitaba volver a ver como caían esas pestañas y parar aunque fuese solo para ella.

PINOCHO NO ES FELIZ

Pinocho estaba cabreado, tanto era así que en las noches cuando regresaba a la casa, le crujían los andares. La habitación que su padre había hecho encima de la carpintería, donde este le esperaba sentado en la mecedora que miraba a la ventana, medio dormido, roncando como solo lo hacen los carpinteros, ris ras, ris ras, al run del aserrar. Una manta le cubría las piernas ya que aquí por mucho frío que hiciese estaban negadas las chimeneas. No le daba pena despertarlo, al revés, lo hacía solo por fastidiar.
Nadie se pregunta cómo se calienta la madera, que también aguanta el frío, como todos. Maldecía los ensambles de hierro que con la humedad, dolían y no acababa de acostumbrarse a este cuerpo vinílico que le había regalado la madrina. Estaba bien para salir, porque ninguno podría llamarle “palillo” o cuando los otros chicos le decían que andaba todo el día palote, le entraba un calentón, que de no controlarlo un simple manotazo hubiese roto dientes. Siempre controlando, siempre aguantando los absurdos comentarios y ahora que ya tenía una edad no podía ni de lejos pensar en largarse. ¿A dónde iba a ir? Un chico de madera con cuerpo de vinilo, el mismo con el que se hacen los miembros para los amputados. El miedo que vive con él no es solo por su vulnerabilidad física, es, sobre todo, por esa maldición que no puede quitarse por mucho que lo desee. Por eso cuando padre despierta le dice todo lo que piensa. Esas frases que los hijos acostumbran a esputar y son como pequeñas cuchillas que cortan el corazón. “¿Por qué me has traído a este mundo? ¿Crees que eres mi dueño? No haberme fabricado.” Frases de este tipo salían por su boca y sin lamentarlo se iba a tumbar sobre el colchón de virutas que le proporcionaba cierta tranquilidad. Se sentía muy desgraciado, mucho. No tanto porque su cuerpo fuese diferente, no tanto porque su aspecto tuviese ese aire aniñado al carecer de pelos que le diesen un poco de masculinidad, no. Sobre todo le amargaba tener que decir siempre la verdad. Nadie dice toda la verdad, ni siquiera cuando se calla por aquello de no herir. En su caso aún era mucho peor. Si hablaba, mentía y si mentía le crecía la nariz. Cuando era pequeño crecía de una manera tranquila, casi graciosa pero ahora aquella protuberancia se lanzaba hacia fuera como un resorte inaudito.
Dos años llevaba intentando besar. Le daba igual si era un hombre o una mujer, lo que él quería era saber que era aquello de besar y ser besado. Nadie regala esos besos; en los carrillos ya le habían besado y la sensación había sido tan agradable que ahora quería saber cómo se recibían, como se daban los besos en la boca.
La primera vez que sintió que se acercaba a esto fue una noche vieja. Se mezclo con la gente en una fiesta popular, esas que organizan con uvas, champan y confeti en la plaza. Alguien le pasó un cucurucho con las uvas, las manoseo un rato y las tiro disimulando, los muchachos de madera y vinilo no necesitan comer. Se acercó a un grupo que cantaba y se colocó al lado de dos chicas que le parecieron hadas. Cuando dejaron de sonar las campanas un jolgorio general irrumpió en el lugar y todos comenzaron a abrazarse besándose en la boca. Una de las chicas se giró y sin pensarlo se abalanzó sobre él. Ambos se abrazaron, sintió lo caliente que estaba ella. Le dijo al oído: “Feliz año nuevo…¿eres feliz?” lo dijo tan animada que no se atrevió a decirle que no, qué no lo era y un estúpido “Sí” salió por su boca.
La sangre corría como el champan y antes de que nadie se diese cuenta se soltó de sus brazos y se escabullo entre la multitud. ¿Por qué le había mentido? Pobre chica ahora tenía un ojo en la nuca.
Pasaron varios meses antes de volver a salir a la calle. Cada vez que pensaba en la muchacha más ganas tenia de ser besado pero también más miedo le entraba. Volvió a salir y a intentar no mentir, sobre todo cuando se acercaba a las bocas. Descubrió que si se vestía con ropas oscuras, como si fuese un antiguo las chicas se emocionaban y si le preguntaban si era feliz bien podía responder que no. Lo malo es que tanto ellas como ellos cuando besan quieren pensar que te gustan, que te sientes bien, que coincides en pareceres y sobre todo en eso tan raro que es cuando preguntan si les amas. La madera no ama a las hojas, ni al leñador o al tallista. La madera simplemente no ama, y en este caso, no miente porque no puede hacerlo, se le nota.
Buscaban un asesino que no hacia distingos entre hombres o mujeres. Uno que usaba una estaca que clavaba a sus víctimas en la cabeza. En la prensa se volvían locos porque no encontraban una explicación para tanta barbarie.
Pinocho se sentía solo, con frío y malnacido. Se acercó al fuego callejero que hacen los desgraciados, esos que son generosos a pesar de su miseria; le ofrecieron beber de una botella escondida en una bolsa de papel, bebió. El hombre le preguntó: ¿Estás solo? Dijo que sí por no decir que no y el alcohol barato se desparramó cayéndole encima.
Siempre pensó que el fuego era el infierno real, solo para la madera que todos queman alegremente, por eso cuando empezó a arder se sintió morir de asco, el vinilo quema muy mal y huele que apesta.

EL SOL Y LAS LETRAS

Se levantó antes de que el sol saliese del escondite y saludase a los peces. Ella ahora tenía trabajo y no era cosa de desperdiciar ni un solo segundo. Tanto valoraba el lapso, que tenia colgado un cubito debajo del reloj, por si se diese el caso de que algún minuto se cayese de las horas. Miraba el cubo por curiosidad y solo encontraba las lágrimas de este. Le habían dicho que los relojes de cuco no lloran, que seguramente, seguro, serian gotas de rocío; incluso uno supuso que la madera sudaba. “¡Sudar la madera!” se dijo y le tomó la temperatura.
Después de beberse las gotas mezcladas con el café, secaba cuidadosamente el recipiente y lo volvía a colocar en el pequeño gancho que no era otra cosa que un clip de él. Uno de esos que regularmente encontraba prendido de los papeles que tiraba y que le parecían eslabones de un collar inacabado. Seguido de esto y ya con el sol como invitado volaba por la casa, medio encorvada, recogiendo las letras que sin cuidado alguno él dejaba caer en las noches.
Lo metía con cuidado en una bolsa de tela, como si fuese pan; usaba las siguientes horas para disponerlas y organizarlas.
El dormía con un sueño torpe, nervioso, ese tipo de dormilón que uno identifica con el que no se porta bien. Sabía que no era malo, no lo era porque lo sabía y podía decir sin equivocarse que los sueños con tiemblos eran causados por las palabras que guardaba. Un día lo supo cuando lo vio toser hasta casi morir, esputaba letras que se agarraban unas a otras queriendo tener un significado. Ella las recaudaba todas, las limpiaba y las atusaba e incluso les obligaba a tener un sentido. Luego las recortaba cuidadosamente, planchándolas en una pulcra hoja de papel de seda.
Así lo hacia todos los días.
Había compuesto un sinfín de cuadernos que bien cosidos iba entregando a la editorial para que ellos los tapasen. Se los devolvían oliendo mal, a desconocidos que querían conocerle, no a ella, a él y a veces se conocían en el portal a la hora del paseo.
Un día él se despertó y tomó café con lágrimas del tiempo y vio como el sol al entrar en la casa hablaba con ella. Se puso nervioso al ver esto, dudó y se quedó sin palabras. No volvió a soñar, ni a escupir letras. Había enfermado de necesidad.
Ella le hizo una almohada con recortes de frases, las inacabadas. Le lavaba la cara con admiraciones escurridas y para merendar le daba diptongos con miel.
El día en que se murió, él, salió el cuco del reloj a pedir un pañuelo. Las palabras se descompusieron y ella se arrancó los ojos para no volver a verlas.
Los que venían, no volvieron. Los que hablaban, no dijeron nada y el sol metía los dedos en el cubito y le remojaba los labios a ver si podía volver a recordar.
Un segundo faltó del tiempo ese que es malo per se y con el que todo se acaba.

SOÑAR, VIVIR

Resultó que sus sueños no se condensaban, se esparcían a lo largo de la noche, como capítulos de una novela seriada. En general las historias eran viajeras, situaciones revueltas donde bien podía terminar un viaje nada más acostarse y luego ir devanando las inmensas oportunidades que lo hicieron posible; pero los sueños no los controlas, no hay un hilo que vaya tirando de nada, solo ocurre y no te opones, porque tampoco podrías hacerlo.

De niño tenía recuerdos sensacionales sobre lo que soñaba, no se parecían a nada que él viviese, o hubiese vivido, ni siquiera a lo que veía en la televisión. Cuando estaba despierto no imaginaba que era un héroe de película, o un protagonista de alguna de las series preferidas, ni siquiera el de un libro que le hubiese gustado mucho, no, él era un protagonista de sueños realizados.

Sus compañeros se reían de él porque eso no se hace, no se puede ir por la vida, creciendo e inventando aventuras que no te las hubiesen contado antes. Él no inventaba, solo daba otra forma a lo que ya había vivido. ¿Cómo explicarlo? Tiene su dificultad si eres un crío al que nadie presta atención, las palabras exactas no se inventan a según qué edades.

Como no sabía muy bien si esto era una novedad, o era la soledad misma de la edad lo que le hacía pensar que algo raro estaba pasando, se decidió a escribir lo soñado, de tal manera que tomase cuerpo con las palabras.

Cuando cumplió los catorce, no recibió una bicicleta como los demás chicos, ni una pelota de esas que parecen hechas para un gran futbolista, acogió un armario y diez cuadernos nuevos con sus respectivos bolígrafos. A todo el mundo le pareció un desperdicio aquel regalo, pero su madre bien sabía que era lo que más ilusión le iba a hacer y su padre estaba más que harto de ver cuadernos por todas partes, así que un lugar, algo personal, para guardarlos era una muy buena idea.

Para los dieciséis el armario era un muro cerrado del que se había perdido la llave y no quería ser abierto. Hacía mucho que había dejado de soñar, cosa que fue pasando sin saber muy bien el motivo. Un ojo externo habría dicho que la vida real se le metió en las venas, que de no ser por esto hubiese muerto de extrañísimo y que los que le querían lo hubiesen encerrado en algún lugar sórdido y aislado. Le dieron poco a poco medicinas para olvidar, leche fresca, huevos, sexo, ciencia barata, estudios que son estudios de otros, retención, repetición… Todo esto mezclado con granos y pelos púbicos, una medicación que no falla nunca, te hace crecer hacía lo ancho, como el resto de la gente y ese pequeño cordón que te sujeta a los sueños, un día cualquiera se rompe.

No voy a contar la carrera vital de alguien que no recuerda sus sueños, porque no es para nada interesante. Quizás sea una historia demasiado vulgar para merecer unas palabras y termina donde empieza otra historia.

Un día – aquí empieza – se despertó sin querer, no sonó ningún dispositivo para que esto sucediera. La luz del sol le marcó la cara como una bofetada sincera y no le quedó más remedio que abrir, primero un ojo, luego el otro y al final, la boca. Intentó reponerse de una horizontal pesada, una que le dolía, porque a ciertas edades todo duele. Las sábanas se te pegan como queriendo ser una segunda piel, y es culpa tuya porque sudas y resoplas, tanto que parece les llamas a ser parte de tu epidermis; se enroscan a tus piernas y a veces a tu cuello mismo llevándote a un ahogamiento miserable.

Este día, que no era diferente al resto de los días, estaba previsto, hacía mucho que había sido implantada la peor de las monotonías, la que te ofrecen para tener una vida normalizada y sencilla, solo rota por las impresiones de alguna cosa que se salga de tu pequeño tiesto moral y personal. Tenía familia pero tampoco importaban mucho, porque estaba todo tan bien manipulado que aunque se hubiese muerto, todo seguiría el cauce establecido.

La mañana se vio comprometida por algo inaudito, recordó lo soñado. Una verdadera aventura que ahora tenía un sentido. Se quiso hacer el loco, pero no pudo, la recordaba tan claramente que no le quedó más remedio que saltar de la cama, buscar una hoja, un bolígrafo y trascribirla, como hacía cuando era un chaval.

Al minuto de hacer esto, escribirla, la historia desaparecía de su cabeza, volvía a reincorporarse a la vida habitual. Esto, al principio le ocurría una o dos veces a la semana, luego tuvo que ir comprando más y más cuadernos y los llenaba con nuevos sueños, unos sin sentido, trozos, pasajes de historias que no comprendía bien,  y otros parecían cuentos enteros,  como esos libros que uno lee y que siempre escriben otros.

Se planteó dormir más para soñar más. Ideó una enfermedad curiosa que no le dejaba levantarse de la cama; muchos fueron los doctores que lo visitaron a ver si podían solucionar aquello que para todos, para el resto del mundo era un problema. Es increíble ver que durante tu vida no le importas a nadie mientras sigas haciendo lo que está establecido, pero si decides cortar, dejarte llevar y cambiar las costumbres, se crea un revuelo. Se ponen todos de acuerdo para no dejarte en paz, y empieza una lucha, casi una guerra donde terminas por no hablar, no comer, no sentir y consigues ganar.

Un día la familia ya no se dirigía a él, hablaban en la habitación mientras la aseaban por costumbre, le dejaban una bandeja con comida y bebida, pero ya no le dirigían la palabra. Él había conseguido que no le faltasen los cuadernos, los bolígrafos, e iba llenando de historias aquellas hojas en blanco.

Sin darse cuenta pasaba más tiempo en el “otro” lado que en este, y cuando despertaba solo deseaba poner marcas extrañas, de un lenguaje que él solo sabía. Había notado que en los sueños, sin saber cómo también se despertaba por la luz del sol, aunque fuese otro, mucho más brillante y que cambiaba de color según le diese la gana. No había sábanas, ni familia, ni necesitaba comer o beber. Por fin había vuelto a ser un héroe del sueño que viajaba por mundos extraños y vivía vidas singulares.

Alguien se le acercó y ya nunca más volvió a despertarse.

Esta historia es la que se puede entender tras haber encontrado en la basura cientos y cientos de cuadernos llenos de notas y símbolos extraños que cuentan historias de cómo hay un lugar que aparece cuando dormimos. Creo que me voy a ir a pasar unas vacaciones a esos dominios donde puedes hacer lo que quieras, tener el escenario que desees y ser un héroe del sueño.

UNA HACHE CUALQUIERA

H… qué no, que no quiero empezar con una palabra que inicie con una hache. No es que no me guste, la palabra, es que la hache me resulta vacía de sonido, y no, no se puede empezar así.

Una tiene en la cabeza el folio en blanco y para romper el hielo ¿qué hace el que escribe? nada. Mira esa ventana y se mira por dentro buscando una buena historia, un monólogo en soledad que tratas de transmitir, porque crees que alguien te hará el favor de leerte, con un ansia oculta, piensa que puede ser que algo de eso entretenga.

No es lo mismo cuando escribes, de historia o matemáticas, por ejemplo; uno sabe algo y lo trasmite, esto no pasa con las historias. Un poco eres la cigarra que solo entretiene y poco más.

Miro el papel en blanco y pongo una letra, la que sea, al tuntún, y espero que esa sirva de atadura para que vayan recolocándose las demás. Una hache atrae, lo sé, que miles de historias empiezan con un: “Hace mucho tiempo en un lugar…” Pero a mí no me corta el blanco, lo enmudece.

Yo creo que esto me viene de la niñez, cuando una monja chula me dio un pescozón por leer “harta” con acento andaluz, que estaba así “jarta” de aquella estúpida monja y sus aburridísimas clases. Me golpeaba diciendo: “La hache es muy valiosa, hay que tenerle respeto” y yo pensaba que esa mujer estaba “haburrida” con hache, y “hamargada”  porque no era normal. Luego pasé a inventarme palabras con muchas haches intercaladas, que pronunciaba absorbiendo el aire con ruidos de la garganta.

No me duró mucho esto, porque se organizó la dios cuando otra monja, más pardilla, se pensó que me estaba ahogando (hubiese dicho “Aghogando”) y la pobre me obligó a tumbarme en el suelo todo lo larga que era, y yo, sin querer seguir con la broma y no dejarle mal, abrí mucho los ojos, tirando el iris hacía arriba, lo que le dio una sensación de ataque, posiblemente epiléptico.

Aquella mujer embutida en los hábitos se arrodilló a mi lado. La vi colorada como un tomate, muy asustada, y aquí ya no tenía marcha atrás. Se buscaba algo en los bolsillos intentando seguir la primera disposición ante un ataque de estos, buscar algo para meterle en la boca al atacado. Se ve que no tenía otra cosa que un Cristo de madera y latón, así que esto fue lo que acabó entre mis dientes.

Me entró la risa, que una era buena, pero no tanto como para soportar todo aquel teatro; nadie sabe lo difícil que es reírse con un crucifijo en la boca, te dan toses, babeas… y al intentar ponerme de pies, ella me empujaba desde los hombros, con lo que me hacía resbalar y entonces sí que parecía un auténtico ataque.

Lo peor llegó cuando otra de las hermanas se presentó allí y al verme solo se le ocurrió decir en voz alta: “¡Ave María Purísima, esta niña está endemoniada!”

Mi cabeza no rulaba bien, sacaba haches por todas partes, risas con toses y babas, ganas de salir corriendo y un temor a las consecuencias que me hacía pugnar porque me tragase la tierra.

Acabé como bien lo puede hacer una niña “jarta” del colegio, de las monjas, de las niñas bobas que se arremolinan a la que salta; de lo que me iba a pasar si no hacía algo rápido.

Me desmayé. Lo de los desmayos lo tenía bien ensayado, no hay cosa más sencilla que esto. Uno va por la calle, una bien llena de gente, y es muy molesto, más a más si eres bajita como yo, no te dejan respirar, te llevas todos los codazos posibles y nadie te mira. Pues te desmayas y listo.

Todos se apartan de un desmayado, aunque siempre hay un par de buenas personas que te socorren, siempre hay espíritus enfermeros, creo que podría decir que el porcentaje es de diez a uno.

Cuando vayas por la calle cuenta diez personas, les preguntas qué es lo que les hubiese gustado ser, y de no serlo, uno, uno te dice que médico o enfermera, y estos son los que se lanzan, sin sacar el carnet de primeros auxilios, que lo tienen, o el broche de la Cruz Roja, que también lo tienen.

Si te desmayas en la calle para hacerte hueco, tal lo haces, te levantas, te sacudes el polvo y listo, respiras. Muy fácil este social-consejo que recomiendo a los de baja estatura.

En el pasillo de la segunda planta de mi colegio, con dos monjas locas tratando de ser enfermera y exorcista, lo del desmayo era la única salida digna.

Cierras los ojos, despacio, muy despacio, escupes el crucifijo y ladeas la cabeza… esperas un minuto y mueves lentamente un brazo, abres los ojos y preguntas con tu mejor voz “¿Qué ha pasado?”

Luego te incorporas y pones cara de asustada.

No hagáis esto que acaba mal. Si no te descubren acaban llamando a tu casa para que tus padres te vayan a buscar y en un par de días tengas que ir al médico y te líen con pruebas que no van a servir para nada. Ni se te ocurra contar la aventura a nadie, porque siempre hay idiotas que no pueden aguantar un secreto, o gente que no tiene vida propia y disfrutan de la ajena. Si por lo que sea, en el mejor momento del pseudo exorcismo se te ocurre guiñarle un ojo a tu mejor amiga, mal, te pueden pillar y supongo, solo lo supongo, la bronca será terrible.

No me pillaron, ni en esta, ni en ninguna de las otras que hice, porque una desde bien pequeña sabía que las haches no se pronuncian, salvo si eres andaluz y estás “jartá” de tanta tontería como la que te rodea.

No sé, creo que voy a empezar poniendo una jota, en honor a mi infancia que por lo menos, vista desde la distancia fue muy entretenida.

“Juntas en el tiempo, en un lugar… iban de la mano, el aburrimiento y la locura.”

EL PINTOR Y LA LUNA (cuento infantil)

Miraba confusa, la niña, al pintor que mezclaba los churretones de colores en el plato.

.- Tengo sed.

Y con algo de sorpresa la miró, tomó un papel blanco y le pintó un vaso de agua azulada. Se lo ofreció pensando que la niña se daría cuenta de que él, solo era un pintor.

Antes de que pudiese hacer nada la pequeña se había tragado el papel, el vaso y la azul agua.

.- Tengo hambre.

Volvió a tomar un trozo de papel y estampó un círculo plano, como si fuese un plato, dentro pintó una papa roja, y se lo pasó sonriente.

Se la acercó y la olió. Tendió el pedazo de pliego y le dijo:

.- Está cruda, la quiero asada.

Frunció el entrecejo, esta niña no le iba a dejar pintar. La sombreó bien, recién salida del horno, incluso tenía retazos de sal y un poco de humo.

Ahora agitaba el papel, lo soplaba ligeramente. Había acertado, la papa estaba bien guisada. La sonrisa se recortó cuando vio a la chiquilla tragarse el papel, el plato y la papa.

.- Niña, eso no se come.

Siguió mezclando colores y dispuesto estaba a empezar con su lienzo cuando de nuevo la cría le pidió algo más.

.- Píntame la luna.

.- Y no te la comerás?

.- No.

Se esforzó, tomó un lienzo grande. Pintó el suelo, el cielo, la luna y una estrella que brillaba cercana. Le gustó mucho como le estaba quedando, pero aun así le preguntó a la niña si era de su gusto.

.- Sigue.

Y se esforzó más.

Tenía una bella noche, apacible, caliente, con una gran luna y una estrella brillante.

Cuando se quiso dar cuenta la niña no estaba sentada a su lado, ahora se despedía desde dentro de aquella pintura.

No salía de su asombro, pero tampoco le invadían las preguntas, era como si siempre hubiese pensado que existe la posibilidad de hacer real la pintura, tanto que se podía comer y beber, incluso irse hacía alguna estrella.

Se pintó así mismo debajo, con el brillo en la cara y un brazo agarrando el hilo invisible que hace ascender a las niñas a la luna.

Nunca más nadie la vio. Miraban el hermoso cuadro de la estrella y sentían que estaban viendo la vida misma.

EL ARTE QUE TENGO CERCA

El arte que me rodea está implícito en lo cotidiano. Elevar a grado artístico lo que se usa con normalidad, es costoso; no está la utilería pensada para esto, pero a mí me gusta, me hace sentir bien y el encontrar belleza, la que es posible que invente por las esquinas, me relaja, hace que la vida tenga un poco más valor.

Tomo feliz mi café de la misma taza madre. Siete años lleva dándome un agrado visual digno de mención; sus perfiladas curvas, la ligereza de la porcelana vieja, es singularmente agradable. Tiene venas como persona de trabajo duro y un asa que pareciese un ojo avizor. Cada marca es seña de su vida, como un anciano, personaje de una novela antigua, ella es mi arte del café; a veces le hablo bajito, y le digo que celebramos un nuevo azucarillo, o inauguramos un brick de leche; hacemos fiesta de la dedicación y el calor.

Un retorcido cable se abre paso entre un estante y otro. A modo de garabato entrañable de la casualidad, es, sin duda alguna la obra a la que le falta firma. Hace sombras según entra el sol por la ventana y al atardecer parece un signo, una clave de sol perdida en un mundo sin rectas.

Hay, a la derecha del trazo, un poco más arriba, una cesta que contiene. El contenido no es interesante, son restos de otras obras terminadas o que no llegaron a ser importantes y no merecen exponerse, como bocetos sin clasificación. Es, el cesto, la obra que me gusta mirar.

Seguramente mano experta le dio vida a la simple piel de árbol, seguramente el tiempo le dio ese color entre tostado y quemado que tiene, pero a buen seguro hay sudor en sus entrelazadas formas. Lo veo avanzar y retroceder con la estación. Si es verano está constreñido, será el calor y cuando ya las lluvias llegan, se hincha, se relaja. De tanto que lo miro veo su sangre correr, esa que va rellenando los huecos y que se mezcla con el polvo. En ese estado de colgadura, desprende olores que identifico con el campo húmedo.

En un rincón hay una caja de mistos que debió tener vida propia. Ahora se empapa con el aceite y la grasa que fluyen de los guisos. Lo que fue blanco se hizo amarillo, la zona de rasca asemeja un mapa aéreo del desierto que avanza sin compasión. Tiene en su cara popular una vista de una obra famosa, me gustó la pintura y la agregué para que me acompañara en la cocina. Ahora la intento mantener erguida, en la postura donde se puede apreciar mejor el arte anexo, pero ella se empeña en colocarse de otra manera, de tal forma que las cerillas de cabeza roja se asoman y me miran.

A veces veo un Picasso en las mondas de las frutas. Su colocación es espontanea, compostura dolorosamente retorcida, lacia y que juega con sombras y huecos que la hacen hermosa. Un conjunto que retengo durante el tiempo en que una mano desconocida, bien puede ser el mismísimo aire, y que la hace degradarse como una pintura vieja. Con las patatas no pasa lo mismo, se me aproximan toques de paleta, más pequeños y soleados.

Un corcho que parece un Pollock. Un cacillo de acero que me permite ver la luna sin necesidad de mirar al cielo, con sus menguantes y crecientes, según el azar lo pose.

Tengo la vida rodeada de sombras adecuadas, de luces que las cortan, y de colores o formas que me ilustran en un lenguaje donde todo es arte y parte de mi. Hay sustos que se descomponen formando un bodegón asimétrico y caduco; hay renglones por donde se puede pasear para ver un paisaje lunar, que sin duda mereció ser horneado.

Yo misma me instalo a un lado, hago gestos de admiración y paso con sumo cuidado por las cosas cotidianas para que no se rompa el embrujo, sin ser esto una premisa, porque cada día resuena otra compostura y una nueva obra será descubierta y explorada.

Estoy rodeada de un arte sacro, que santa es mi vida. Estoy condenada al disfrute, donde las manchas se hacen figuras que se transforman en otras figuras, que se deshacen por las acciones intencionadas o no. Luego vendrán los artistas a pintarme los ojos, querrán que les diga que me gustó su obra, y yo tendré que discernir, imaginado que lo tendría en mi casa y saber si es posible servir el café usando la tela como bandeja.

CARTA DE AMOR ENFERMO.

 

“Ahora no estás pero todo huele aun a ti.

He limpiado la casa, es vieja y se enceró con tu sudor, tu ira y la rabia que desahogabas en mi cuerpo. Me he duchado con lejía y ahora huelo a retrete de estación y miro el armario sin saber qué ropa ponerme, simplemente me tapo.

Me dicen que ya no me puedes hacer nada, me dicen que te olvide qué eras malo y que remonte mi vida. Sin ti no tengo vida.

Hay una chica muy joven, ha estudiado no sé qué master y quiere animarme, me dice cosas que no entiendo, dice que he vuelto a nacer y no sé por qué.

Me da miedo decirle que te amo, que te necesito, no sé vivir sin ti. Si se entera de esta carta que te escribo se enfadara conmigo, es tan tierna; ya ha comenzado a renombrar a su madre, sus consejos expertos acaban con refranes viejos.

Y me pondría el mundo por montera…si tú me lo pidieses. ¿Qué puedo hacer para ayudarte? Ya no tengo marcas ni dolores, soy la mas ignorante del mundo, bien lo sabes, aquel medico tan serio, tan limpio, le rogué por mi vida y con la denuncia la vida misma se fue contigo.

Dicen que no te visite, que cambie de casa, de trabajo, de pueblo, ya no me llamo como antes, con el nombre que me diste, dicen que ya soy libre y no me dejan ni recordarte. Puedo vivir sin ti pero moriré poco a poco.

También tengo que testificar y contarle mi vida a un juez. ¿Qué le digo? Le diré que me sacaste de la basura, me diste casa y comida. Le diré que a veces te enfadabas porque soy boba, desobediente y te cansabas de enseñarme. Dicen que casi me matas y es ahora cuando lo vas a conseguir. Le diré que la culpa era mía, que te enfado porque soy descuidada. Le diré que me amas más que a nadie en el mundo, si no fuese así, no te preocuparías por mí.

El otro día salí a la calle y las vecinas me miraban, iba sin maquillaje porque ya no tengo marcas que ocultar, iba con un vestido verde que me dio la asistente social en el hospital y estaba sola. Nadie me miraba mal, algunas personas me sonreían y no era yo que les provocaba, la panadera me invito a café; cuando pagaba el pan se me callo una moneda, una persona se agacho por mi y no me sentí idiota. Volví a la casa que huele a lejía y te eché de menos, hice esfuerzos para comer y me encontré comiendo sola, con un vestido verde, con un pan oliendo a café y pensé que ya no te vería mas, que por un momento podía hacer lo que quisiese, me senté en tu sitio, bebí de tu licor en tu copa, encendí la luz y es de día, la apague, la encendí y así se quedo hasta la noche, porque ya no estas y he pensado que ahora en tu honor soy yo quien tiene que educarse, me he castigado en tu lado de la cama. Mañana me levantare tarde y le diré al juez que te amo, que cuando me pegabas no me hacías daño, que soy débil y no aguanto nada, que aún te amo, te amo tanto que voy a olvidarte, es mi mejor castigo, porque no te merezco.

Les diré a todos que ya soy libre, que nadie me pega y me pondré el maquillaje que me regalaste, no tapare nada, solo disimulare mi soledad y mi amor por ti.

Cuando salgas tendré otro nombre, otra casa, otro pueblo y a lo mejor como soy una descuidada, olvido lo que ahora es tan importante para mí.

Te quiero tanto que cuando te recuerdo me duelen todos los huesos.

Tuya, hasta tu final.”