UN VIAJE, EL VIAJE

El camino ya se había vislumbrado antes en guías caducas, por aquello de que de tanto manoseo caen las hojas, guías con directrices concretas, sin dobles lecturas, como si el autor estuviese empezando a no creer en el escrito. No era un riesgo a sabiendas de lo mucho que una mira por todas partes; el mundo está lleno de posibilidades, pero es mejor llevar el recorrido ya de antemano, no sea que te pierdas entre las calles y las gentes y te pase algo inimaginable.

Apareció como aparecen todos los lugares, en la lejanía, mostrándose altivo y poderoso, todas las ciudades del mundo lo son, y siempre, impepinablemente las vemos a distancia y pensamos en si alguien pensó el lugar exacto para su construcción, la progresión que tendría la arquitectura, el sol y sus horas de luz y sombras, o quizás simplemente el auge de los habitantes fue creando un caos que ahora sirve para dar un perfil exquisito en las fotografías.

Me habían dicho que no tomara un taxi, que las distancias son cortas aunque parezcan largas y que la calle es el mejor de los museos. No se equivocaron, todo estaba salpicado de notas musicales escritas a modo de puertas, tapas de alcantarillas, o esculturas. Se dispersaba la historia en este lugar y sus habitantes se sentaban cómodos entre las columnas esparcidas por todas partes, dispuestas y durmientes.

Me perdí.

Despistarse en este lugar es ganar tiempo, tener un gesto educado demostrando que no temes a lo desconocido; vuelves a las hojas sueltas de la manoseada guía y la calle no aparece, porque en las guías solo salen las calles que sonríen, las otras, las que son más tímidas se quedan sin nombre y casi son un hilo fino que une las otras. Perderse es obligado en un viaje y encontrar el camino correcto es una posibilidad de animarse a la charla arriesgada con el primero que pasa.

No fue el primero, que no fue capaz de esbozar una sonrisa (esta es mi marca para saber a quién me tengo que dirigir) fue una señora mayor, de pelo cano hermoso, la que me sonrió con afecto. Hicimos lo imposible por entendernos y nos entendimos. Estaba lejos de la meta, y ella tenía aquellas bolsas en las manos que pesaban considerablemente. Me ofrecí para ayudarle. Caminamos por callejuelas aun mas ocultas, llegamos a una casa que era monumento a la arquitectura local. Entré invitada y sin querer queriendo pasé allí mis vacaciones. Renuncié a un hotel sencillo, con baño en la habitación y desayuno en el bar, para tener el sol en la cara al despertarme, la amabilidad de una familia que me recibía como si me conociesen de toda la vida. Allí pasé mis vacaciones y ellos consiguieron hacer que la ciudad entrase en mis cálculos de lo que deberían ser.

Abandoné la urbe mirando atrás, llevándome un trozo de aquel paisaje, pensando en algo curioso que ocurre cuando lo has disfrutado, volver, he de regresar, ahora tengo amigos aquí y soy un poco parte de la ciudad.

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