LA IMPORTANCIA DE RECOLECTAR COSAS PEQUEÑAS

Las cosas pequeñas siempre me gustaron, es para pensar que el tamaño de mi casa era propicio para este gusto mío, pero con el tiempo he comprendido que no, que me gustan porque son pequeñas y muy útiles.
La casa en la que vivo es del tamaño de un suspiro y cuando llego de la calle, sobre todo si estoy algo cansada, se me escapa una exhalación, y aunque sea una pequeñita la casa queda ocupada casi por completo. Voy apartando el suspiro a los lados para que me deje pasar hasta la ventana, que, al abrirla de par en par, sale disparado hacía la calle, porque a los suspiros les gusta mucho estar en la calle.
Me han dicho que no pertenecen a nadie, aunque creas que tienes un suspiro, uno de esos profundos, los que se instalan entre el pecho y la espalda, no es tuyo, es de todos, y ellos se van repartiendo entre la gente que anda por la calle y abre la boca con demasiada felicidad.
Sé que muchas personas entran en este lugar y no ven lo mismo que yo veo, es normal, porque cuando retienes cosas, te conviertes en el guarda de su historia y aunque la cuentes una y otra vez sigue siendo un lazo que te une. No sé si contar esto, pero a veces, cuando llego y el suspiro se ha ido, les saludo, y me parece que me contestan.
Mucha gente tiene este mismo disfrute con las cosas pequeñas, unos por una cosa, otros por otra, pero todos, todos lo hacen porque se sienten bien, es una relación amorosa.
No me había dado cuenta de que estas pequeñeces son como notas, guardan el recuerdo de lo que hice tal día, con quien estaba y cuál fue la intención que tuve al guardármela en el bolsillo. Es por esto por lo que siempre llevo bolsillos, porque nunca se sabe qué cosa te has de encontrar.
No las tengo ordenadas, porque no es una colección, es lo que es y me gusta que me sorprendan, al abrir un libro, por ejemplo.
A ver, creo que me he de explicar mejor; los viajes, esto será un muy buen ejemplo del porque me gustan las cosas pequeñas.
Cuando he viajado hice muchas fotografías, es lo normal para el recuerdo de lo vivido, retener instantes que te llevarán a un instante preciso y precioso, pero esto me parece poco, lo veo y quiero oler, tocar la escena. Además de esto hago otra cosa, recojo pequeñas muestras de los lugares por dónde paso.
Mira, te mostraré lo que digo, vamos a caminar por aquí.
¿Ves ese tornillo tan robusto? Lo encontré en el aeropuerto, en París, estoy segura que pertenecía al enorme avión que nos llevó y si bien es posible que no fuese necesario, lo cogí pensando en que de ocurrir algo, yo tendría el tornillo y nada podría pasar.
Aquella semilla con alas calló delante de mí en una calle de Dublín; íbamos corriendo porque había empezado a llover y la vi en un loco giro caer. Me paré un instante para recogerla y pensé que al llegar lo mismo la podría plantar en un jardín cercano. Ahí la tengo esperando su siembra, pero en el tiempo la huelo y recuerdo la llovizna y a la gente que iba de prisa sin mirar que de los árboles caían aviones de semillas.
Tropecé con esa piedra brillante. Apareció de la nada en un castillo de Castilla, en uno dónde todas las piedras estaban bien sujetas, que las gentes de hoy se empeñan en que lo viejo no caiga. A veces la froto y sale polvo que tiñe mis dedos; regreso al momento en que quise ser rey de un lugar donde todos fuesen felices.
Abre ese libro, a ver qué encontramos. ¡Ah! Es un billete de tren al que nunca subí. Estábamos en aquella estación donde la gente corría de un lado a otro y parecía que tenían gran interés por llegar a alguna parte. Unos salían, otros llegaban, pero todos, todos, tenían prisa y allí nos paramos. Siempre es reconfortante darse cuenta de que se puede parar, y ver, y pensar, sentir el sudor caliente de los otros que corren y corren. Los ves tan vestidos, tan limpios que tienes envidia inversa y no querrías parecerte a ellos; les agradeces que ahora tu tiempo es valorado.
Siempre que quiero valorar mi tiempo miro ese billete.
Aquella vela desgastada, en las últimas, no dará luz, se ve que si la encendiese sería un peligro, pero en cambio me transporta a un santuario lleno de fieles que pedían cosas al santo. Ellos llegaban emocionados, compraban una de estas velas, blancas y largas, y las colocaban en un lugar junto a otras, no llegué a contarlas, pero podrían ser miles, muchas ya como esta, apagadas, en las últimas.
No he sabido para qué ponen las velas los religiosos, supongo que querrán que los santos o su dios les vea. La huelo y me lleva a ese lugar donde todo era esperanza.
Esperanza por conseguir alguna cosa, tener salud, trabajo, amor, paz… las gentes cuando carecen de algo buscan apoyo en la familia, los amigos o los encargados del bienestar en los ayuntamientos o el gobierno, pero si ven que esto no es suficiente, o se cansan de intentar conseguir lo que quieren y se rinden, entonces esperan que una fuerza superior, una creencia, les haga el favor. Nunca lo hacen, siguen en su pobreza que puede mejorar, o recuperan la salud porque al final el trabajo de los médicos funciona, y el amor llega, porque siempre llega, aunque sea el de un cachorrillo que te encontraste por la calle, pero ellos, ellos tienen algo que me produce desazón, tienen fe.
Dicen que la fe no se toca, ni huele, ni tiene calor, pero cuando toco el final de esta vela entiendo su fe, su necesidad de tener algo más serio que les haga el favor, aunque no responda nunca, no importa, porque la fe les dice que algo que no ven les protege, y que si tienen pesares no es más que un empuje para demostrar su valía.
Esta vela es mi fe, pequeñita y deshecha, sin futuro.
Ese botón de ahí pertenece a un traje de princesa, por eso es tan brillante. Era una pequeña niña que pedía limosna junto a una señora con pintas de reina madre enferma. El botón lo tenía en la taza junto a unas monedas. Le pregunté ¿eres una princesa?
Tenía la cara sucia, adornada por unos enormes ojos que miraban como si absorbieran hasta el aire. Estaba seria, muy seria, porque pedir limosna siempre fue un trabajo duro y serio. Le pregunté si me vendía el botón, le mostré un billete y asintió con la cabeza. Con su mano derecha hizo un gesto de princesa, me agaché ante ella, cogí el botón y dejé el billete. Juro que me detuve unos minutos esperando su bendición, y no sé si la obtuve porque mi cabeza estaba agachada en señal de respeto.
Di las gracias y me fui con mi pequeña cosa de princesa. Cuando lo miro veo a la niña, a la madre enferma y puedo sentir la dignidad aparcada en una acera.
Esa flor seca, aquel trozo de metal, esa madera del mar, aquella caracola, esa estrella, el pedazo de nube, un pico de montaña, la sal de un soso, la huella de un dinosaurio, los anteojos de Mahoma, la magia de un espejo… todas esas cosas están aquí, en esta pequeña casa, de pequeño tamaño y de gran valor.
Cuando muera me las llevaré conmigo, porque nadie más que yo sabe su contenido y a más saber, a nadie le han de servir, porque las pequeñas cosas que guardo solo me hacen el favor a mí.
¿Ves? Para esto es para lo que guardo las pequeñas cosas, tengo además otras muchas de los días pasados con amigos, un sobre de azúcar que sobró, un tapón de una gran botella de vino que nos hizo graciosos a todos, la pluma que me dejó en prenda una gaviota o la servilleta que contuvo los labios del que amo.
No abultan, no pesan, pero son mis contenedores de historias, con ellas viajo, paseo o disfruto de una buena velada; son el camino de regreso a la felicidad.