LAS COSAS NO HABLAN CON CUALQUIERA

Tuvo un infancia insulsa, como insulsos eran sus padres; ni bien, ni mal, porque cuando crees que no hay remedio, las cosas suceden tranquilas, sin sobresaltos, ni siquiera en días de fiesta o de luto, hasta la muerte es esperada y se recibe casi como si fuese uno más de la familia.
Pasó de color triste al negro de un día para otro, quizás un abuelo al que nunca habló o un hermano que no llegó a tener cara y en la casa ya no se guardaba luto, se mostraba hasta el final de los tiempos, sin remedio.
Comprendió a la insulsa de su madre cuando se vio en esas, cuando casi hacía los mismos gestos y es entonces cuando la conoció.
A su padre, también un hombre desleído por la vida, lo empezó a apreciar en la ausencia. Recordaba su impronta al llegar a la casa, algo achispado, gritando a su manera, la que era propia de él, y que parecía su gracia, aunque nadie se la encontraba por ningún lado.
Pobre hombre liso.
A ella, la madre, le hablaba aunque estuviese muerta, lo mismo que a su abuela, la que vivió con ellos, ennegrecida también durante muchos años. La vieja tenía más palabras que todos ellos juntos, se las había comido todas en una merienda con sus recuerdos y sus manías.
Tuvo un par de hijos y el marido necesario para tal fin; un hombre trabajador, fiel a medias y a pagos, que las putas del barrio le sonreían cuando se la cruzaban, eso era muestra inefable de que tenían algo más en común que una acera sucia.
Los hijos llegaron y se fueron rápido, los dejó ir sin remordimientos, por necesidad. Pasaron por el lugar unos sacerdotes, vestidos de ese negro tan familiar, ofertando educación gratis y entrada al cielo, trabajo fijo con Dios y tres comidas diarias ¿quién se iba a negar?
Algún vecino se negó, esos que hablan alto en la tasca o a las puertas de sus empleos, los que tenían esperanzas de que algo tenía que cambiar. Los vio desde que era niña y nunca pudo ver mayores cambios que los remiendos que todos hacían en sus ropas. Aún así, a veces los envidiaba, se hablaban mucho entre ellos, aunque fuese gritando.
Sola, en la casa, tenía un ritual que se había ido tejiendo poco a poco; casi sin darse cuenta poseía una vida toda llena de remiendos y parches, pero solo cuando estaba sola, algo para sí misma que ocultaba como se oculta lo malo.
Una mañana, cuando el marido se había ido a trabajar, se descalzó, sintió por primera vez el limpio suelo de su casa y estaba frio, le gustó esa sensación de frescor que le subía por las pantorrillas y le hacía parecer más liviana, casi más joven.
Otro día recordó que tenía hijos y que si llamasen a la puerta casi no los reconocería, crecían tan rápido y se alejaban al mismo ritmo de ellos. Se los imaginó allí con ella, descalzos, se sentó e hizo el gesto de los abrazos y besos que nunca les dio, muchos caían en sus manos propias y esto también le agradaba, porque en ese momento supo que su madre, de saber besar y abrazar, lo habría hecho con ella. Se los imaginaba enganchados a sus pechos, mamando, parando para hablar de sus cosas, de lo bien que se lo pasaban en el colegio, de los curas que jugaban al fútbol o de que Dios está en todas partes y que todos somos sus hijos; se parecía, ella, a los insulsos padres que había conocido, nada decían, nada hacían, poco vivían.
Creyó escuchar risas y se extrañó, en esta casa de paredes finas, ni los vecinos reían. Volvió a creer y le parecieron los sonidos que emiten los niños cuando juegan, pero aquí, en la vecindad los niños no están, y de estar, no sabrían reír porque las paredes finas se comen los mejores sonidos; hacen malas las conversaciones, guisan mal los amores y ellas parece que sufren y de mientras, de encontrarse, en el portal, una niña joven enamorada de un buen mozo, callaría, incluso silenciaría las chanzas que se les supone, porque este lugar no está para risas.
Otro día, comenzó a hablar con el palo de la escoba; salió espontáneamente, sin pensar, le dio las gracias por el servicio y le animó recalcando lo bien que lo hacía. A partir de ese día le saludaba o le pedía permiso para tomarla entre sus manos, incluso varias veces bailó con ella al son de la música que subía por el patio, la de la radio del vecino de abajo que tenía ese placer.
Ella lo conocía todo, qué tonta no era, pero como a toda la gente que no ha tenido una buena infancia las cosas le colmaban enseguida, poco le faltaba para que se le escapasen, estar, estaban, aunque no produjesen todo eso que muchos decían tener, tranquilidad, que poco se parece a la felicidad.
La cama recibía un tratamiento especial, le llamaba con el doña, doña cama esto, doña cama lo otro… así en un sin vivir porque recordaba lo soñado y ella era la confidente adecuada. Obtuvo espectadores que eran las mesillas, la pequeña lamparita de noche y hasta las zapatillas, que ahora descansaban a la entrada de la habitación, no fuese que alguna vecina llamase para algo y le pillase sin ellas.
.- Doña cama has dormido bien? Yo hoy he visto el mar, una cosa enorme llena de agua por todas partes. Sí, ya sé que ves mis sueños, pero es agradable recordarlos.
Señorita mesilla ¿sabe usted que tiene un pretendiente al otro lado de la cama? Ya podría usted “señá” cama ser buena y presentárselo, es un buen partido y harán una estupenda pareja.
Muchos días hablaba con los cacharros cuando los necesitaba para un guiso o los estaba lavando en la pila; siempre con prudencia, no fuese a ser descubierta por alguna vecina cotilla y le preguntasen a ver si tenía visita, o lo que sería peor, que su marido pensase que algún otro se colaba en la casa mientras él no estaba. Era imposible dejar de hacer esto, le gustaba coger familiaridad con lo que le rodeaba y se inventaba noticias, cosas simples de la calle que ella hacía importantes.
Había decidido no dejar de hablar, y luego cuando salía a la calle se le notaba más suelta, ya no ponía cara de susto por todo, ahora tenía cosas en qué pensar, nunca mejor dicho, nunca más literal.
Una tarde después de comer, cuando su marido ya había salido al taller, recogía la cocina; los platos manchados eran preguntados si deseaban estar limpios y si les había gustado el arroz; se excusaba con ellos sobre la poca carne que ponía, pero no había remedio a causa del también poco dinero que le daba el hombre para comprar comida.
.- ¿Ya se ha enterado? – le dijo a la cazuela que había servido para el guiso – Hice arroz con poco, ya ni siquiera le pongo cariño a esto, cocinar me aburre, sobre todo si no puedo comprar nada para alegrar el guiso.
No se sabe cómo pasó, la cazuela que estaba enjuagando, le contestó.
.- Tranquila, me gustan los platos que usted me guisa.
La dejó caer en la fregadera, se echó para atrás y calló sentada en la silla más cercana. Al suelo no hubiese podido caer de tan pequeña que era la estancia.
¡Ya está, se había vuelto loca! No sabía qué hacer, lloró un buen rato, mientras se repetía a si misma “estás loca mujer, estás loca”
Pasaron unos días hasta que volvió a decirle algo a la escoba o a cualquier otro de los trastos de la casa. Hasta las vecinas se dieron cuenta y le preguntaban qué le pasaba porque su cara tenía un color pálido que daba pena.
Se ve que el marido también se había dado cuenta y sintiéndose culpable se presentó con una radio en la casa. Le dio una gran alegría tener un aparato de estos, ahora ya no estaría tan sola.
Se iba el hombre y ella ponía la radio, y le hablaba, la radio a ella, como si fuese que la conociese de toda la vida. Contestaba a los buenos días, incluso había empezado a bailar cuando sonaba música; tomaba el palo de la escoba y se movía por toda la casa como si fuese una gran pista de baile.
.- Me estás mareando – le dijo la escoba.
La soltó y esta vez no se echó a llorar, esta vez le preguntó si no le gustaba la música.
Entablaron una buena conversación sobre los estilos musicales y que a ella, a la escoba, lo que le gustaba era escuchar música clásica, que lo moderno no era para ella.
Volvió a charlar con todos los muebles, los cacharros, incluso hasta las zapatillas, que le decían que se las pusiese que lo de bailar a ellas les encantaba.
Podía ser un encantamiento, había escuchado que a las personas se las podía encantar y que entonces hacían cosas sin pensar, y a veces hasta les dominaban. Teniendo estos pensamientos corrió a la iglesia y allí se dio cuenta de que también estaba sola, dios no le respondía por mucho que le preguntase o le diese los buenos días. Estuvo en un tris de confesarse y contar al cura lo que le ocurría, pero desconfió de aquel hombre que vestía tan de negro como su madre y su abuela.
En la casa las cosas iban cambiando, había conseguido pintar las habitaciones con colores cálidos, y dibujos de cisnes que flotaban en un estanque con juncos. A veces cuando los miraba podía verlos nadar y cómo jugaban entre ellos.
Cambió las cortinas por unas más vaporosas, como el tul de las novias, blancas y brillantes. Puso hasta calcomanías en los azulejos del cuarto de baño. A veces se alejaba un poco del barrio, a las afueras, tres calles más allá, y recogía unas cuantas flores y ramas con las que adornar la sala y darle a todo un color mucho más vivo.
Aquella casa, en soledad, parecía un mercado, todas las cosas hablaban, algunas, entre ellas, tenían largas charlas sobre lo que se escuchaba en la radio y ella aprendía cada día más.
Las vecinas empezaban a sentir una curiosidad morbosa por lo que ocurría a aquella mujer que siempre había sido una simple más y ahora parecía que tenía una vida nueva.
La mesa donde comían le dijo que tenía que ver mundo, que con la radio se viven cosas, pero que no se fiase solo en lo que ella decía, que un aparato que habla tanto no puede ser bueno, tenía que comprobar que todo aquello que se le mostraba existía.
Empezó por salir con un bolso enorme, dentro portaba un vaso con el que se llevaba muy bien y sus zapatillas, que le habían pedido encarecidamente que las sacase de casa.
Hizo algo que no era soso, cogió un autobús y se bajó donde más gente vio correr de un lado a otro, en el centro. Por el recorrido le había pasado una cosa extraña, todo parecía ir lento, muy lento; había intentado arreglarse el pelo y tuvo la sensación de que aquello se llevó una hora por lo menos. Los coches, las casas, todo pasaba tan lento que dudaba si estaba en la calle o en uno de sus sueños. Temía despertarse.
En el centro la gente corría lentamente, hacían cosas que reconocía, pero ahora todo se mostraba mucho más asequible para poder admirarlo.
Había preguntado al revisor dónde tenía que coger otra vez el autobús para regresar y a qué hora lo hacía. Lo tenía todo planeado, y a pesar de no moverse de la plaza donde se bajó tuvo la sensación de que aquel fue el viaje de su vida.
Los objetos, los de la calle, incluso los que pertenecían a otras personas, también le hablaban. Había empezado por casualidad, mirando uno de los puestos de venta callejera. Era una gran caja, grandísima, donde todo colgaba a su alrededor; podías encontrar desde unos caramelos hasta la prensa del día, pero también pequeños juguetes para los niños y algunos útiles de esos que llevan cerca las personas, peines, espejitos y hasta pañuelos.
Un peine de plástico que imitaba el viejo carey le chistó cuando miraba otras cosas y estuvo contándole la cantidad de inventos que se podían ver desde aquel preciso punto y las no menos interesantes conversaciones que escuchan a los que por allí se acercaban.
Le dio la sensación de que el peine lo sabía todo, pero no pudo comprarlo porque no llevaba más que el dinero justo para el autobús. Se despidió de él apenada, habían hecho una muy buena amistad y en esas pensaba volver otro día y hacerlo suyo para así poder tener más entretenidas conversaciones.
Hizo muchos más viajes hasta que se sabía de memoria los recorridos de todos los tranvías, de todos los autobuses. Un día, siempre con las zapatillas en el bolso y su amigo el vaso, llegó a la estación.
Aquel lugar le pareció un regalo del cielo, hacía mucho que el tiempo no frenaba para ella, pero ese día, ese día ocurrió de nuevo. Revisó los carteles donde informan de las paradas, de los lugares lejanos donde esas enormes máquinas llevan a la gente y se montó, simplemente se subió a la primera puerta que vio abierta, se sentó en uno de aquellos asientos vacíos y se dejó llevar.
Nada pasó, ningún revisor vino para poder comprar un billete, nadie se sentó a su lado. Escuchaba la música de la estación donde el tren se había parado, no pudo ver el cartel donde pone el lugar porque era entrada la noche; pensó que tenía que bajar y seguir su camino o el camino de otros, pero sin parar.
Ni siquiera tenía sueño, lo había dejado en aquel cómodo sillón. Al salir a la calle pudo oler algo desconocido, lo pudo escuchar, el mar y a las zapatillas que pedían por favor que las sacase. Lo hizo, se cambió los zapatos de calle por sus amigas familiares, sacó el vaso y caminó hasta lo que se veía oscuro, negrura total.
La emoción de alguien que llega al mar por primera vez y no lo puede ver, es casi superior al que lo ve a pleno día; porque lo intuye, se lo imagina de un color azul oscuro que el sol aclara. El suave sonido de las olas se hace música para los sentidos y el olor se te mete en los huesos.
Se sentó allí en un pequeño pretil que separaba la calle de la arena y las rocas que se veían poco. Esperó.
Hay un momento en que todo se ilumina, adquieren tonos las cosas, le recordó a la luz que se aprecia cuando un vecino la enciende y entra, sin pedir permiso, en una habitación. Poco a poco una pequeña chispa roja se percibe a lo lejos y el cielo, por encima, se ilumina. Luego, en pocos minutos, aparece una lenteja de color anaranjado brillante, que sube y sube y baña cada roca, cada pedazo de tierra, pero sobre todo, el mar que coge toda su potencia volviéndose rosa y blanco y amarillo y los azules cambian y el blanco de las olas y las gaviotas que vuelan felices…
Hay un hermoso rayo reflejado en el mar y en la arena, como un camino listo para ser andado.
Se fue caminando con sus zapatillas, despacio, lentamente como si fuese parte de aquella alfombra solar. Nunca más se supo de ella, las mujericas del barrio animaban al marido diciéndole que con lo insulsa que era se había tenido que perder, incluso la buscaron por los alrededores, pero a ninguno se le ocurrió entrar en la casa y preguntar a sus cosas, aquellas que ahora también le echaban de menos, ninguna, nunca jamás volvió a hablar porque las cosas no hablan con cualquiera.

EL CAMBIO.

Se levantó con el mismo grado de cómo se acostó, con el sueño rebosando por los poros; y es que él llevaba años sin dormir bien, siempre trastabillando por los rincones de las sábanas, buscando un poco de paz que los sueños no permitían.
Buscó a tientas las zapatillas, esas roñosas que siempre se peleaban en la nocturnidad, y enfadadas se separaban una de la otra. Solo una vez las encontró tal las había dejado, en armonía; le pareció tan curiosa la cosa que les hizo una foto con el teléfono y luego, mientras se tomaba el café la subió a internet, a su facebook, para demostrar que un día bien podía llegar la paz al mundo. Nadie entendió nada y ni uno solo de sus veintitantos amigos fue capaz de marcar que la toma, o el comentario, le gustaba. Con el tiempo hubo quien le echó en cara que hiciese demostraciones de su ratería, que las zapatillas eran de un balneario al que había ido y se las había quedado, lo mismo que el albornoz, las tollas y el gorro de la ducha, ese que nunca más apareció entre sus cosas, y no dijo nada, temiendo hubiera escapado y diese algún tipo de mensaje inerte a los gorros de las duchas de todos los balnearios del mundo, que ya se sabe ni dios usa y menos si eres un calvo cabreado al verlo, que se lo toma todo a la tremenda.
Optó por ir al baño solo con una zapatilla y dejar que los dedos, del pie descalzo, aguantasen el eterno frío de este suelo viejo. Tuvo cuidado, le jodía más darse con la silla o la cajonera que ver el normal morado que cogía el cuerpo, allí siempre hacía un frío infernal.
Entró en el váter como siempre, sin mirar, se acercó a la taza, y meó de a pocos, sin el menor orgullo, arrastrando el sueño, el enfado y el frío, así no se podía mear y esta próstata cansina que no mira lo que molesta.
Al terminar hizo lo que tenía por costumbre, se metió en la ducha y casi al minuto ya se estaba arrepintiendo, maldita agua… no sabía en quien cagarse, si en el agua fría o en la caliente, porque por una o por la otra, el primer contacto era siempre el mismo, helada.
¿Quién diablos inventa un grifo monomando, qué en estando a tope el agua caliente, siempre sale fría? Un desgraciado, pensó.
Se estaba enjabonando cuando le pareció que había tardado poco, sería, seguramente, que con los años que llevaba haciendo lo mismo y el conocimiento de cómo escatimar el roce se había profesionalizado.
También al secarse tuvo esa sensación.
Por fin había ido espabilando los poros, la mente y las ideas, que él era muy de separar estas cosas. La mente es eso que hace que las ideas fluyan y por lo tanto pueden funcionar como las zapatillas de balneario, a veces no congenian bien.
Se quedó absorto mirándose, con la maquinilla de afeitar en la mano.
No lo podía creer, tenía un ojo más pequeño, una oreja, un ala de la nariz, media boca, más pequeña que la otra. Como tenía el grifo abierto se apresuró a juntar sus manos y echarse agua en la cara, como si la ducha no hubiese servido suficientemente de despertador.
Las manos, sus magníficas manos de camionero, no eran iguales. Se secó brutamente con la toalla, que también era del mismo balneario y se las quedó mirando.
La izquierda era más pequeña que la derecha, mucho más pequeña. Lo podía notar a simple vista, pero es que además al juntarlas, una frente a la otra, se veía perfectamente esta variación.
¿Y si se metía en la cama otra vez? A ver si esto era un sueño de esos que la gente dice que son muy reales, qué parecen reales, y la cosa es que está aún dormido y por esto la mente anda tonteando con los sueños y nada es real.
A la vez que lo pensaba daba pasos hacia atrás, como quien quiere deshacer un hechizo o desdecirse de algo.
Tropezó con la cama y se dejó caer. A rastras se volvió a colocar en posición, con cuidado se tapó y cerró los ojos.
No se sabe el tiempo en que se quedó allí, pero cuando los volvió a abrir el sol ya pegaba fuerte por las paredes, debía ser tarde porque esto solo lo había visto los domingos o cualquier otro día en que no trabajase.
Apartó la manta y la sábana con cuidado, sin dejar de mirar la luz del sol que hacía esos juegos extraños con el polvo y que parece esté todo lleno de bichos.
Buscó las zapatillas, a tientas, y no las encontró, sonrió pensando que esta vez se habían cabreado de verdad. Descalzo se fue en tres pasos de bailarina al baño; parado, delante del lavabo, se miró.
¡Por dios! ¡Por dios! Dijo en voz alta, su media cara era mucho más pequeña que la otra, pero mucho más que en el sueño, o lo que él había decidido que fuese un sueño, tenía. Las manos, ya no eran ni parecidas, una, la suya, con sus buenos nudillos y los callos que siempre le acompañaban, la otra una cosa pequeña, casi femenina.
Se sentó en la taza como si le acabasen de dar la peor noticia del mundo. Se miró los pies descalzos y aún conservaban la forma original, las piernas más o menos eran simétricas, la barriga, estaba, el pecho… ¿qué coño le pasaba al pecho?
Ahora despuntaba un pezón, hasta tenía una aureola más grande y brillaba.
¡Joder, cómo brillaba!
Sintió que la próstata le daba consejos, mea… ¡qué mees te he dicho! Pero él no se atrevía a mirar si aquello también se estaba haciendo más pequeño, así que no hizo nada, siguió con ese dolorcillo del que anda “avejigau”.
Regresó al cuarto a por un cigarrillo, lo sacó del paquete con la mano fina y lo encendió con la recia y tuvo la sensación de que no estaba solo, era como si ahora fuese dos.
El teléfono sonaba, pero no estaba para dar explicaciones, ni siquiera a los del trabajo, que seguro eran ellos los que llamaban. La mente le decía que se relajase, pero la idea de que si no daba seña iban a mandar a alguien, por si le pasaba algo, le hizo contestar.
El que le llamaba era su jefe, que preguntaba qué coño había pasado, estaba el camión cargado desde las ocho y él no aparecía, no contestaba las llamadas y le esperaba. Empezó a dar explicaciones de que no se encontraba bien, y que no podía tenerse en pie.
Nunca antes hubiese pensado que su jefe se tragaría tal mentira, pero lo hizo, le dijo que ya le notaba la voz tomada, que no parecía él. Hizo alguna broma idiota, por costumbre, y le dijo que no se preocupase, que mandaba a Fulano a llevar el pedido.
Acabó meando por tiempos y viendo que allá abajo no pasaba nada, se tranquilizó un poco, lo justo para vestirse y salir a tomar un café, seguía pensando que era un mal sueño, pero por si acaso no quiso mirarse al espejo y rehuía verse las manos.
Se encontraba bien y mal. Bien porque no sentía dolor alguno, mal porque se sentía raro, muy raro.
Bebió una taza de café, uno de esos polvos de bote que no puede ser más asqueroso; al terminar se pasó la mano izquierda por la mejilla para evitar un goteo. Esa no era su cara.
Tuvo que sentarse y allí estuvo como ido lo menos dos horas, hasta que se decidió a mirar, porque nada podía hacer, que esto no era culpa suya; no había bebido más de la cuenta, no había tomado drogas, ni se había acostado con ninguna puta desconocida, esto era algo que le sobrepasaba.
Regresó al cuarto y se volvió a meter en la cama.
Pudo dormir, porque le pegó un trago lago, o dos, tres, no se sabe, a la botella de whisky que siempre tenía al lado de la radio. Al despertar lo hizo sonriendo y con un fuerte dolor de cabeza, esto le desconcertó.
¿Sonreír? Hacía años que ya no sabía manejar esa mueca.
Se levantó sin buscar las zapatillas, fue al baño y allí acabó la vida de un camionero normal.
Tenía media cara afeminada completamente. Una teta pequeñita despuntaba de su pecho, su brazo había perdido el bello y terminaba en una mano de mujer con pintas de ser algo suave.
Se miró las piernas y ellas también tenían su diferencia, incluso los pies se remataban con dedos dispares. Bajó con miedo el calzoncillo, metió la mano buscando lo que siempre había sido suyo, su identidad, y allí estaba el pequeñín mirando a la izquierda, el muy sinsorgo babeada.
Nunca más fue el mismo, era de esperar. Dejó el trabajo, la casa, el país y se fue al sur, donde hace calor, pero siempre iba vestido, y cuando tenía que bajar al pueblo a por algo lo hacía con las manos enguantadas y la cabeza tapada. Las gentes decían de todo sobre él, pero si algo tenían claro es que era feliz, un hombre feliz al que no le quitaba nada una mueca que parecía una sonrisa. Allá en la montaña estaba cambiando, ahora tenía un cuarto de cuerpo lleno de plumas, otro con pelos para hartar y las escamas ya parecía que empezaban a despuntar del lado inferior derecho.

YO TENGO TIEMPO (Cuento juvenil)

Sonó bajito, como las palabras que se dicen a escondidas, mezclando las ganas de ser escuchadas y a la vez intentando que pasen desapercibidas. En otro tiempo esto era una costumbre.
.- Yo tengo tiempo.
Lo dijo Paula que por lo general no hablaba en clase, ni en el patio, ni en el comedor. Paula intentaba desaparecer de la faz de la tierra desde que se levantaba. Era tan así, que ni su madre le tenía que llamar, como lo hacía con su hermano, que era insoportable a la hora de levantarse para ir a la escuela. Ella, tal salía la claridad por la ventana, se levantaba. El sol no entraba nunca por aquella pequeña ventana, daba a un triste patio interior del que solo recibía algo de claridad, olores mezclados de fritangas, guisos y ropa recién lavada. Para cualquiera este cuarto interior de la casa podría parecer horrible, para ella no, le había cogido el gusto y se entretenía con lo que le llegaba.
De buena mañana, a la vez que despertaba, el vecino del quinto abría el grifo personal y el otro. Se afeitaba canturreando y cuando se cortaba soltaba alguna palabra malsonante; las apuntaba en un cuaderno secreto que tenía como el mayor tesoro personal que una chica de catorce años puede tener. Los exabruptos de los tajos no se repetían, siempre uno distinto y es que el hombre era un viejo sargento al que le quedaba poco tiempo para jubilarse, pero entre esas le habían pasado al servicio de cocina, donde los jóvenes soldados hacían las labores de limpieza, cocina y demás cosas obligadas, esas que rotan. Ella suponía que aquello no era un buen trabajo, porque ningún trabajo es bueno si te hace decir tantos tacos; ni agradable si es lo que aprendes de los chicos que llegan al cuartel de muchos y dispares lugares del país. Es por esto que podía escuchar un “zalapastrán” o un “broceras” o cualquier otra cosa que sin entender, se las imaginaba y las escribía en el cuaderno. Allí las dejaba esperando un rato de aburrimiento que le permitía indagar en el diccionario el significado de aquellas palabrotas. A veces eran tan retorcidas que no las tenía en el tomo de la RAE, una edición pasada, pasadísima, lo menos de hacía siete años; esa que llegó a casa sin que nadie la llamase, pero que te la regalaban al comprar una máquina de coser. Tuvo suerte, porque su hermano no tenía visos de querer un libro gordo, así que se lo enchufaron a ella como si fuese un regalo, que lo fue, y sin que se diesen cuenta le dieron todas las palabras del mundo para poder jugar.
Las poseía, era la dueña de aquel enorme tomo, que nadie quería para nada, ni le veían utilidad, pero ella al primer vistazo, ya se había dado cuenta de que era mucho más grande que las miles de páginas que tenía.
De pequeña se sentaba encima solo por ver si así se le pegaba algo de la mucha información contenida, aun sabiendo que era tonto, aquello le gustaba. A los catorce ya se había leído todas las palabras y aunque no podía recordar todos los significados, incluso algunos que no llegaba a instalar en la conversación diaria, los tenía como quien lleva un collar, de millones de cuentas, al cuello.
Seguido del que se afeitaba y sus palabras sueltas, aparecían los ruidos de los desayunos y las madres preparando los almuerzos. Por las mañanas había más ruidos, más música que letra, y en algunos casos se podía ver si las concertistas se habían levantado de buen o mal humor según el ruido que provocaban.
Al contrario de lo que pueda parecer a más ruido, más alegría en los vecinos. Cuando bajaba la intensidad, Paula pensaba que algo había ocurrido en esa casa, y no se solía equivocar. Las riñas de la noche anterior también marcaban los tiempos, y había algunas señoras que no olvidaban los agravios.
Entre sonidos de corral ajeno y del propio amanecía la chiquilla, se levantaba por necesidad y haciendo del cálculo una costumbre. Su padre salía de casa media hora antes que ellos a la escuela, así que el hombre podía entrar en el baño, solo tenían uno para todos, a eso de las siete y media, y hacía lo mismo que otros vecinos, pero no se cortaba nunca cuando se afeitaba, utilizaba una máquina eléctrica que metía un ruido muy parecido al del gato de la abuela del segundo, como un ronroneo. Ella suponía que lo hacía para despertarlo suavemente.
Allí el hombre se pasaba un cuarto de hora, más o menos, luego iba a la cocina donde su madre ya le tenía preparado un café con leche caliente, y un trozo de pan con aceite. Cuando terminaba volvía al servicio y hacía los ruidos propios del que evacua cosas mayores, terminando con el fluflú del que se echa colonia como si estuviese liquidando un hormiguero completo. Podía olerlo desde la habitación, sobre todo porque su ventanuco también tenía compañeras, a un lado el del aseo y al otro, la cocina.
Luego se levantaba ella y se iba un rato a lavarse con cuidado, lo hacía rápido porque la madre también utilizaba ese tiempo muerto para entrar a sus propias cosas mayores. El olor no era agradable, pero la colonia del hombre tapaba todo lo anterior.
Allí, por este compartir el baño entre tantos, no se quejaba nadie más que su hermano. Siempre estaba esperando hasta el último minuto para entrar. Lo hacía adrede, queriendo retrasarla, ponerla nerviosa porque llegarían tarde al cole y esto a ella no le gustaba nada. Los que quieren pasar desapercibidos nunca llegan ni demasiado pronto, ni tarde, llegan puntuales para mezclarse con los unos y los otros.
La última nota vecinal la escuchaba ya en el portal; la madre de los gemelos que los acababa de soltar escaleras abajo y que tenía la costumbre de lanzarles besos mientras ellos bajaban a toda prisa avergonzados. El golpear de sus zapatos en la madera vieja acercándose, el ruido de la besucona que perdía fuerza, su hermano dando un repaso con una canica a los buzones de chapa, le daba el empujón necesario para salir de casa y encaminarse a una especie de tortura.
El camino se hacía corto pero aun tenía tiempo de ir memorizando las novedades. Se había dado cuenta de que la peluquera de la esquina llevaba el mismo vestido del día anterior y no estaba abriendo la persiana por fuera, si no por dentro, como si hubiese dormido en la peluquería. Esto lo tenía que apuntar.
Hoy la escuela está como siempre, repleta de críos gritando por todas partes. La puerta ya está abierta y comienzan a introducirse, unos aprisa como si les gustase y otros tan lentos que hacen cuello de botella. Al cabo de un rato casi todo el mundo está en su aula, los profesores ya han entrado también. Paula está en su pupitre, uno en una de las filas de la esquina, al lado del ventanal, en el medio. Se alegró mucho al poder tener este asiento, fue una suerte, así, suerte en el reparto que la profesora hizo por orden alfabético. Le encantó eso de poder tener, por lo menos en clase, una gran ventana a su disposición.
Se perdía en ella con ensoñaciones varias, a lo que la maestra no le decía nada ya que pocos alumnos eran tan aplicados y le daban menos problemas. Todo lo más cuando alguno de los otros aprovechaba la timidez de la chica para hacer un chiste poco gracioso que sin remedio llegaba a causar rubor en ella y risas en el resto.
Ese día, como todos los anteriores días, la profesora intentaba hacer que los alumnos tuviesen un mínimo de interés en el temario. A primera hora tocaba literatura, una de esas asignaturas que suelen provocar un aburrimiento terrible entre los menos dados al estudio.
Hoy como cosa excepcional la señorita García trae una idea que ha visto en un libro para docentes. Hoy les va a poner la tarea de escribir un cuento, un gran cuento entre todos, uno que entregarán en un concurso para optar a uno de los premios que se ofrecen.
La directora y el profesor de matemáticas le han avisado, que con el nivel que tiene, ella en la clase, no iba a conseguir ni un pequeño cuento decente, pero su entusiasmo y esa fe que nunca pierden los educadores le dicen que si no lo intenta va a ser muy triste, mucho más que el no conseguir el premio.
Les ha explicado que hay dos fases. Una preselección a la que optarán los mejores trabajos, unos ocho, y otra en la que estos elegidos acudirán a una gran fiesta donde se repartirán los premios. El primer premio es la edición del cuento y un viaje a París para todos los participantes.
Los chicos al escuchar la palabra París se emocionan, no tanto por ir a la Ciudad Eterna, ni por ver uno de los mayores museos del mundo, más bien por la idea de salir de las casas como si fuesen mayores, en una excursión qué a los veinte minutos de revuelo ya era la más impresionante de sus vidas.
Paula escuchaba tranquila, bien sabía que sus compañeros no serían capaces de hacer una frase coordinada, todo lo más Alberto, que era el más listo de la clase, también el más repelente. Era el hijo único del boticario, con la suerte de tener un profesor particular todas las tardes en la casa.
La maestra consiguió poner orden en aquel gallinero devolviéndoles a la realidad.
.- Señores, no se animen tanto, hay que pensar qué es lo que quieren hacer. Este trabajo les ha de subir nota, seguramente a todos los participantes les dará el aprobado de la asignatura, solo por el empeño que demuestren. Los que no quieran participar deben decirlo ahora, ellos tampoco participaran del premio, si es que lo hay.
Se hizo un silencio rotundo, muchos de aquellos niños aunque tuviesen ya una edad, no es que no fuesen capaces, es que no se veían preparados, sentían que ellos tenían un tope en cuanto al saber y por mucho que se empeñasen iba a ser imposible.
El más chulo de la clase se levantó.
.- Yo no juego a esto, pá perder, mejor me quedo en casa.
La ignorancia suele ser chula y tener pocos arrestos por mucho que parezca lo contrario.
.- A ver, quién de ustedes ha de participar y quien no; los que sí, que se pongan en la ventana y los otros al lado de la puerta.
Matías se aproximó a la puerta y Alberto corrió a la ventana. Poco a poco la clase se fue dividiendo. El grupo de los que no querían participar era menor, cinco chicos y tres chicas. De las niñas una era medio novia de Matías y las otras dos, amigas íntimas de esta. La señorita que no era tonta, les hizo desistir enseguida obligándoles un poco a cambiar de lugar. Quedaban cinco que a pesar de su postura chulesca daban un poco de pena.
Paula se había quedado en el pupitre, todos daban por hecho que ella era la mejor para escribir un cuento, lo triste es que no la conocían lo suficiente y pensaban que no tenía gracia alguna, demasiado seria todo el tiempo.
La profesora ordenó que todos menos los que no querían hacer el trabajo se sentasen. A estos, delante de todo el mundo les fue llamando uno por uno a la mitad de la pizarra, para que explicasen por qué no querían unirse al grupo.
Hubo un silencio tras otro, realmente estaban siendo humillados y casi parecía que en cualquier momento iban a salir corriendo del aula.
Cómo no hubo manera de sacarles nada, les dejó que volviesen a sus respectivos lugares.
.- Bien, vamos a hacer un esquema a ver cómo empezamos la historia.
Hizo un gesto y Alberto saltó como por un resorte a limpiar la pizarra. Bien limpia la dejaba siempre, aunque esto le hiciese estornudar durante un buen rato. La señorita no quería que esto pasase, pero el chico no le daba tiempo a decidir que otro alumno hiciese este trabajo.
.- Quiero que todos cojáis una hoja y escribáis ideas para ir organizando el cuento. Lo que se os ocurra. Puede ser una historia romántica, de aventuras, de espías, o ciencia ficción, lo que más os guste, y por supuesto, no solo me sirve un enunciado, quiero un poco de desarrollo de la idea que tengáis.
Mañana por la mañana recogeré todas las hojas.
No solo había pasado la hora de literatura de una manera increíblemente rápida, además el profesor de matemáticas estaba ya entrando por la puerta. Las siguientes horas de clase, incluso el recreo se hicieron largas para Paula que no tenía otra cosa en la cabeza que aquella historia del escribir. Los chicos andaban cuchicheando unos con otros sobre el tema de la novela y hacían chistes y bromas sobre esto. Los cuatro que no quisieron participar se aislaron en un rincón, enfadados porque por una vez había algo más importante que ellos en la clase.
Paula comió en silencio, en la esquina donde siempre se sentaba, junto a tres compañeras más que por una vez le preguntaban con interés sobre algo de la clase. Ella les dijo la verdad, estaba demasiado nerviosa para pensar y que mejor lo dejaba para casa después de terminar los deberes.
De regreso ni siquiera prestaba atención a las tonterías que hacía su hermano. El muchacho siempre caminaba a saltos, se subía por los bancos, saltaba los muros bajos de las casas, o golpeaba lo primero que se cruzaba en su camino, haciendo mucho ruido, sabiendo lo molesto que era.
Su madre andaba despistada planchando y viendo la televisión, así que Paula tuvo que preparar la merienda para ambos. Hizo dos bocadillos de Nocilla, le llevó el suyo al hermano que ya se había sentado en la sala delante de la tele y con la excusa de tener muchos deberes se metió en su cuarto.
Le gustaba esa hora porque olía a café con leche, a pan tostado y en ocasiones, generalmente los fines de semana, a chocolate. Hoy solo había café para los que ya iban regresando a las casas.
Cerró la ventana, a esas horas ya empezaban todos a tener la tele encendida y le molestaba mucho, no se podía concentrar.
Una parte de ella le decía que hiciese los deberes, esos complicados problemas que le costaba tanto resolver, un mapa geográfico de la península y varios dibujos pretendidamente artísticos.
Por mucho que le gustase sentir que tenía todo hecho, hoy no había manera, su mente se iba hacía otros lados, se liaba imaginando una historia con trazas románticas, personajes jóvenes y bellos que pasan mil calamidades para tener un final feliz; una buena invasión extraterrestre donde los marcianos secuestraban a un grupo de niños y se los llevaban a su planeta, o quizás una de aventuras como el mismísimo capitán Ahad y esa enorme ballena.
Su padre acababa de llegar del trabajo, pasó a quitarse la ropa y se metió en el baño, ella sabía que era hora de ir a poner la mesa para cenar y que no tenía mucho tiempo antes de que le mandasen apagar la luz para dormir. Había iniciado una hoja tres veces, el borrador, leía lo escrito y le parecía una tontería, nada iba a ser digno de ganar un premio y mucho menos un viaje a París.
Ayudó a lavar los cacharros y se despidió para irse a la cama, cosa que tampoco le importó a ninguno. En la habitación volvió a retomar los deberes, se le había pasado la tarde sin poder hacerlos, era la primera vez que esto le pasaba. Revisó los que tenía para el día siguiente y atacó solo los de matemáticas, el resto podían esperar.
En la cama le daba mil vueltas a la historia, le venían tantas conocidas que no le dejaban inventar una por ella misma. Se durmió cansada por la emoción.
¡Caparrut!
Esta palabra despertó con sobresalto a Paula, era el vecino militar que ya estaba dándose cortes en la cara al afeitarse. No saltó de la cama, cerró los ojos y recordó un montón de sueños raros que había tenido, esto solo le había pasado un par de veces, esas en que tenía una buena novela entre manos y no podía seguir leyendo, su madre ponía las normas y apagaba la luz.
Hizo lo que todos los días, esperó paciente al hermano, escuchó los besos de la madre de los gemelos que por una vez coincidieron en el portal con ellos. No podían ser más feos aquellos niños. Algo no iba bien, ella nunca había sido mala al pensar, pero esa mañana le parecieron especialmente feuchos, eran muy blancos, como si en vez de sangre tuviesen leche en las venas; era normal que su madre los quisiese mucho, seguramente en el cole los machacaban como solía pasar con ella.
Justo al entrar al patio del colegio se dio cuenta de que no llevaba la tarea que había impuesto la profesora el día anterior, un sudor frío le recorrió la espalda, pero no le pareció mal. Le gustó mucho esto, lo había leído tantas veces que ahora lo reconocía como propio. Ella no lo sabía pero se estaba haciendo mayor, estaba creciendo por momentos, algo que le daba cierta iluminación, que no lo notaba ella, pero sus compañeros la percibían. Nadie le dijo nada al sentarse, pero la miraban.
La profesora se plantó con el culo apoyado en la mesa, miró a los chicos con satisfacción, había conseguido su propósito, tenía un grupo de personas que estaban dispuestas a trabajar por una meta, tenían interés.
.- Dos cosas: primero me vais pasando la hoja con las ideas. Y segundo: lo he pensado bien y para nada os vais a librar. Sí, vosotros cuatro. Sea como sea vais a participar en la novela de la clase. Si hacemos algo bien, será cosa de todos, pero si no obtenemos un premio tangible por nuestro trabajo, el tener algo hecho en común por todos, será el mejor de los regalos y en mi clase si hay un compromiso, seremos todos los que lo asumamos.
Paula se dio cuenta de lo acertada de esta situación, le pareció muy buena idea y eso que ella, especialmente hoy, hubiese podido escribir lo que quisiese.
La profesora fue recogiendo cada una de las hojas. Las organizó; pidió a Paula que fuese a la pizarra y apuntase las ideas y no le incomodó, se sintió bien, por una vez, no deseaba salir corriendo de aquella clase.
.- Señorita Vega, haga usted casilleros con los distintos estilos y vaya marcando los que salgan.
Paula de la Vega, que así era todo su apellido, que ella lo llamaba “colgajo” y sabía bien qué significaba esta palabra, pero le había dado tantos pesares los insultos, los motes por ese apellido que terminó por no gustarle nada. A un Pérez, un García no le pasa lo mismo.
Trazó una horizontal en lo alto y la dividió en cinco pedazos amplios.
Romántico, Aventuras, Terror, Humor, Ciencia Ficción.
La profesora le corrigió y en vez de humor tuvo que poner Comedia, y añadir Policiaca, cosa que le pareció una pena, no le gustaban nada las cosas estas de guardias y ladrones, pero entendía que a los chicos principalmente era lo que más les atraía.
Nada se dijo de la poesía, que tanto amaba, o de la novela histórica que a ella siempre le había parecido algo con mucho de aventura.
Fueron colocando, primero los estilos propuestos; incluso se tuvo que remodelar la lista porque salió uno que animaba a escribir una biografía, la de la maestra misma, y todos supieron que era el tonto listo de la clase, el pelota profesional del Alberto.
De los veintitrés alumnos que eran estaba ganando lo romántico, se podría apostar que era notable el mayor número de niñas; por la otra parte estaban casi igualadas las aventuras y el terror. Había que ponerse de acuerdo, pero antes, la señorita fue leyendo en voz alta algunas de las ideas que habían acompañado a los estilos.
.- A ver, este es del grupo de lo romántico.
Pocas veces se hacía un silencio tan respetuoso en esa clase, hoy ya la cosa había empezado a cambiar.
.- “A mí me gustaría un cuento romántico de princesas que todo lo arreglan con su varita mágica y viven en una casa enorme con perro”
“Una historia de chicos y chicas que se ven en un parque y que descubren un cadáver…”
Esta ya va mezclando estilos, como en las películas.
No os perdáis esta que es muy buena: “Un grupo de chicos que decide cambiar el mundo y conecta con naves espaciales para que les ayude.”
No está mal, eh! También tenemos tontunas que mejor no voy a leer.
Miró la hora en su reloj de muñeca y se sentó en el escritorio haciendo un gesto a Paula para que se sentase también.
.- A ver, quiero que salgáis a defender vuestra idea para que podamos votarla y empezar a pensar en la historia. ¿Quién es el primero?
Alberto ya estaba a punto de saltar de la silla cuando recibió un dedo de stop desde la mesa, fue increíble ese gesto, por una vez todos se alegraron de poder tener algo que no se les quitaba, se les iba restando a medida que ganaba espacio en el aula, algo terrible, la desidia.
Se vieron tres, cuatro manos levantadas al cielo y fueron pasando en orden, dando explicaciones de cómo querrían ellos que fuese su historia, la de todos. Porque esto era importante y todo el tiempo se dejaba claro por parte de la señorita “esta historia es de toda la clase”. Ya habían salido los primeros cinco valientes, luego fue llamando a los que ella pensaba que se habían molestado un poco en pensar qué hacer; incluso hizo salir a Matías, que al principio se hizo el remolón, pero al ver que de nada le servía y que los compañeros dejaban de parecer asustados por sus amenazas, comenzó a soltarse.
.- Yo… yo escribiría sobre todos vosotros, que parecéis tontos pensando que vamos a ganar. Esto no ha de servir de nada.
No hubo risas como en otras ocasiones, ni cuchicheos, solo hubo espera a ver cómo reaccionaba la maestra.
.- Vale Matías, pero aparte de creer que esto no servirá para nada, se te ha ocurrido el tipo de relato que podríamos hacer?
Esta reacción de la mujer hizo que el muchacho no siguiese enfadándose, porque no le recriminó nada, simplemente lo unió al grupo con el mismo engrudo que a los demás.
.- Yo contaría una historia de esas que cuentan las cosas que le pasan a la gente en la escuela o en su casa y que no salen en la televisión.
Todo esto lo dijo de carrerilla, como si no tuviese espacios para la respiración, una idea de esas que parecen una foto de lo que ocurre a tu alrededor, costando mucho que salga.
.- Bien, hemos descubierto algo interesante, un estilo donde pueden entrar todos los estilos.
Creo que no es mala idea. Matías, acabas de abrir una puerta, espero que no la cierres y que dejes entrar tanto como salir.
.- ¿Puedo salir al váter?
.- Venga vete, y vuelve pronto, aquí y ahora todos somos necesarios.
Cuando el chico salió se quedaron allí hablando de más ideas y formas de escribir la historia. Matías se metió en el primer váter que había, se sintió bien y mal, por una vez se dio cuenta de que había algo más que violentar para que te escuchen. No era algo que lo viese en su casa de forma habitual.
En la clase, que ya estaba terminando, se repartieron unos cuadernos nuevos, la señorita los había pagado de su bolsillo, uno para cada niño. Había escrito en las portadas una frase en letras grandes y cuidadas, con rotulador verde que resaltaba mucho.
“La historia de cuarto C”
Debajo de cada título estaba escrito el nombre del alumno, cosa que les sorprendió. Los chicos piensan que los maestros cuando salen del colegio olvidan sus nombres, sus caras y dejan paso a la vida normal, sin preocuparse por ellos. En este caso podía ser algo así, pero también para ella estaba siendo una nueva manera de hacer las cosas.
.- Es viernes, quiero que para el lunes me traigáis preparado los personajes, esos que os parece que son imprescindibles para realizar una novela. Luego dividiremos el trabajo e intentaremos empezar con la arquitectura, quiero decir que hay que buscar los escenarios donde va a pasar la historia. Por lo que veo va a ser una novela con muchas historias, muchas.
A última hora de la tarde tocaba inglés, pero el profesor se había ido antes de tiempo y apareció el de matemáticas. El hombre sabiendo que los críos estaban emocionados con el cuento del concurso se dedicó toda la hora a dejarles hacer. Se hacían corrillos y comentaban las ideas que tenían, todo esto sin levantar la voz, casi en susurros. Nunca había estado en una clase donde la gente estuviese tan calmada, o les obligaba a callar y nadie hablaba, o cuando lo hacían tenía que obligarles a callar porque eran insoportables. Preguntó cómo iba la cosa y algunos se acercaron a contar que para el fin de semana tenían que ir pensando en los protagonistas. Hizo una broma diciendo que el aunque parecía muy soso era muy simpático y que bien podían hacer que fuese protagonista de algo. Tuvo que escuchar cosas como que parecía un extraterrestre, pero que a lo mejor no era de este tipo la novela.
Cuando salió de la clase, ya en el despacho de los profesores, se acercó a la señorita García.
.- Mónica, has tenido una idea buena. He estado con tu grupo a última hora y estaban todos emocionados con lo de la novela. Es una pena que no pueda hacer nada por echar una mano, nunca los vi tan entusiasmados y receptivos.
.- Oye, pues ahora que lo dices, porque no nos ayudas con las matemáticas. Podrías acoplarte con la repartición de la historia, meterte con nosotros a contar las palabras, dividir los tiempos, multiplicar…
No le dejó terminar, se echó a reír, como si hubiese escuchado un buen chiste.
.- Pero bueno, no pretenderás que corte el temario para algo que lo mismo no tiene futuro.
.- No digas tonterías ¿Qué podría hacer por ti para que nos ayudases con la novela?
.- No sé. ¿Todavía está tu madre en la casa? Pues si es así y nos invitas a cenar mojete y sopa vuelta, me apunto. ¡Ah, pero que lo haga tu madre! Y hablamos del tema a ver qué podemos hacer.
La madre de Mónica era manchega, de un pequeño pueblo de la provincia de Ciudad Real, justamente el mismo que el de don Roque, así le llamaban los niños. No era la primera vez que iba a casa de ella, en otra ocasión la madre al llegar le había llamado para que recogiese un paquete del pueblo.
El lunes Paula se levantó al son de un “alcucero” muy sonoro, los lunes eran especialmente dolorosos a la hora del afeitado. Ya llevaba un buen rato despierta, incluso sin haber llegado la luz a la ventana, ella se hacía sus recuentos de la historia que estaba escribiendo.
Había preparado sus cosas la noche anterior, incluso tenía el cuaderno de letras verdes metido en una pequeña bolsa de plástico para que no se estropeara. Desayunó y hasta su madre se dio cuenta de que tenía otra cara, la mujer no estaba acostumbrada a verla tan sonrosada.
Su hermano pareció darse cuenta y se pasó medio camino gritando: Paula está enamorada! Paula está embobada! Pero cuando se dio cuenta de que con esto no conseguía molestarle acabó liado con otras tonterías más dadas al camino.
El autobús que transportaba al colegio a los gemelos paso a su lado; los dos estaban mirando por la ventana, con el mismo gesto, la misma cara blanquecina que guardaba una mueca tonta de mofa. Se rió para sus adentros, estos dos pintas iban a ser sus protagonistas. La peluquería estaba cerrada, pero el dueño del bar de al lado había cambiado su oscura apariencia por un peinado más normal y la oscura barba que le solía cubrir el rostro había dejado paso a un bigote simpático. Sin saber cómo había inventado una realidad, porque ella imaginó que algún día la peluquera y el del bar se amaban y ella le peinaba por las noches.
Había muchos niños en el patio, pero los de cuarto C estaban agrupados, eran un grupo, y hasta los padres se quedaban asombrados por este cambio.
La profesora estaba radiante, ellos la veían así y no era para menos; llegar a clase contenta, con ganas de ver a los alumnos y de hacer cosas era lo mejor que le pasaba desde hacía mucho tiempo.
Empezaron por ir leyendo los apuntes de todos. Algunos habían hecho más que otros, pero todos traían algo para ir empezando.
.- Paula, por favor, sal a la pizarra.
La niña no se imaginaba que iba a inaugurar el día, pero no se amedrentó, salió despacio saboreando el momento.
.- Paula, no he podido ver cuál era el estilo que pensaste, ni la idea que aportabas. ¿Nos puedes comentar cómo lo llevas?
Allí delante de todos no tuvo ese miedo a meter la pata, eso que les pasa a todos cuando se saben mirados, porque los que miran estaban dispuestos a escuchar, no querían ver un descuido para reírse, esto era la primera vez que le pasaba.
.- A mí me gusta mucho la novela de aventuras, te hace ir a sitios y ver cosas que nunca te imaginaste. Te colocas al lado de los protagonistas y eres uno más. Las románticas son un poco aburridas, cuesta mucho imaginar que el amor es así, siempre rodeados de cosas y lugares que no parecen reales. El terror o las de suspense te tienen en un ahí y si son buenas historias son aventuras con sorpresa. Las demás no me gustan mucho, por eso creo que deberíamos hacer una historia de aventuras, las nuestras, lo que nos pasa todos los días pero con toques de todo lo demás. Es aburrido tener que venir a clase a diario y saber de antemano lo que se ha de hacer, todo está colocado para que no tengamos que cambiar nada, por eso es tan aburrido.
Para mí es una aventura imaginar la vida de los demás sin conocerla, solo por los pequeños datos que me dan cuando les miro, cuando les escucho de lejos.
Tenía preparados mis protagonistas, que no son actores de las películas, son gente normal.
La señorita se daba cuenta del poder de Paula a la hora de exponer ideas, toda la clase estaba callada escuchando y se les notaba en la cara que habían descubierto una persona que no conocían.
.- ¿Os parece bien la idea de Paula?
Se escuchó un sonoro sí, casi al unísono.
.- Bien, pues ahora vamos a ver si vuestros personajes, entran en una novela de muchachos de cuarto C.
Fueron pasando todos, unos habían descrito personajes estrambóticos, raros, y otros levantaban la mano para interrumpir y contar que lo reconocían. Era el panadero, o la tía vieja de uno de ellos. Más o menos todos los personajes podían entrar en esta historia.
Se hicieron grupos para ir preparando la arquitectura, la localización o los personajes. Y decidieron que iban a narrar la aventura de ser muchachos de trece, catorce años en un barrio normal y corriente de una ciudad cualquiera.
Estaban preparando las tareas cuando entraba el profesor de matemáticas. Escuchó un “oh!” que no le hizo mucha gracia, pero no por esto dejó de sonreír. Justo después de una copiosa cena manchega había decidido ponerse a la tarea y ayudar a Mónica con el tema del cuento.
La clase de mates de ese lunes pasaría a la historia del centro como la más divertida de todas las realizadas. Los niños la recordarían el resto de sus vidas y seguramente alguno de ellos habrá cogido las ciencias puras para crearse un futuro.
Al día siguiente el profesor de geografía e historia, también entraba en el aula con la sonrisa puesta. Viendo lo contento que estaba Roque, había querido participar. Hoy todo andaba revuelto, los grandes lagos habían sido desplazados por las acequias que en tiempos recorrían el subsuelo, el mismo donde pisaban, y la historia de reyes pasó a ser la de los que protagonizaron batallas allí mismo.
Hubo un momento en que a todos se les amontonaban los trabajos. Los que tenían que hacer para la novela y los que pedían en los distintos temarios de las asignaturas. Después de comer se habían reunido en la clase, tenían mucho por hacer y poco tiempo.
Muchos chicos tenían tareas, bien ayudar con los hermanos pequeños, hacer recados o trabajar en los negocios familiares. Paula los miraba y lamentaba la preocupación.
Había leído cosas sobre los favores, los que se hacen porque sí y los que se pagan. Pensó que todos necesitaban de otros para funcionar y se planteó como deberían hacer para no perder el ritmo que habían cogido y que tanto le gustaba.
.- Yo tengo tiempo.
Dijo Paula con voz bajita y provocó que todos la mirasen. Ahora esto no le parecía terrible, al contrario, se sorprendió de atraer su atención con un tono de voz que parecía un susurro.
.- Puedo llevar tus recados de camino a mi casa, le dijo a Juan Carlos, pero necesito que alguien me ayude con el inglés.
.- Yo puedo hacer eso.
Otra chiquilla planteó que tenía que cuidar de sus hermanas y que no le dejaban ni un rato para ponerse a escribir. Enseguida uno de los muchachos peleones le dijo que a él le gustaban los niños y que se llevaba muy bien con ellos.
Poco a poco fueron planeando el tiempo para que todos pudiesen hacer lo que les gustaba.
Los padres fueron llamados por el director un mismo día para recibirlos juntos. Allí se iban acercando poco a poco. Algunos pensaban que sus hijos estaban haciendo algo mal y que por esto les llamaban, nada más lejos de la realidad.
Los muchachos de cuarto C habían empezado a cambiar las cosas, con entusiasmo los pequeños favores que se hacían unos a otros, habían traspasado las aulas. Hasta los profesores se habían picado con este virus que se expandía sin medida por todas partes.
Había familias que notaron el cambio de sus hijos, más alegría a la hora de ir al colegio pero pensaron que solo les pasaba a ellos. Otros veían que no había malas caras si les mandaban algo para hacer y que había paz en las casas donde siempre había gritos y ruidos. La madre de Matías estaba encantada, era una pobre mujer a la que el marido abandonó cuando el chico era pequeño y tenía que trabajar muchas horas para mantener la familia, ahora el muchacho ayudaba en la casa, se le veía interesado en otras cosas que no fuese estar tirado viendo la televisión.
El director animó a los padres a que se reuniesen por lo menos una vez al mes y lo organizó todo para que se pudiese utilizar las instalaciones del centro.
Las madres que pertenecían a la asociación de amas de casa, aceptaron contentas las reuniones y prometieron llevar la merienda para todos.
Este barrio cambió porque una persona tuvo una idea. Cambió porque unos niños fueron bien dirigidos y se les dio felicidad en grupo.
Paula que siguió levantándose con palabras raras, se apresuraba para poder desayunar con sus padres, hasta su hermano dejó de molestarla y parecía que un poco la admiraba. Se sintió bien perteneciendo a un grupo y sabiendo que lo que hacía era bueno para alguien.
No ganaron el concurso, pero consiguieron editar el cuento, un pequeño tomo de cien páginas que cuenta la historia de las vidas de los vecinos de un barrio cualquiera. Todos querían uno y tuvieron ganancias, que utilizaron para irse al mar, a un centro que también iba a ir a su barrio a pasar unos días, porque ahora la gente hacía intercambios de cosas, de trabajos, de favores y sobre todo de valores.
Paula creció esos días, supo lo que quería ser de mayor y no solo ella, varios compañeros acabarían dando clases a niños y muchachos que a buen seguro iban a disfrutar de lo que ellos aprendieron que se puede llegar a hacer con un poco de empeño.
Marixa Gil
24, abril, 2016

BACARAMANGA ES…

Es esto y aquello. Lo que puede o no puede ser y nace de la mirada curiosa de una chinche que se sienta para hacer el viaje en una pelusa que vive en el sofá de un abuelo, en una barandilla de la escalera mas alta, en el agujero por donde nunca pasa el cordón de la zapatilla, en el cenicero del que ya no fuma, en la grieta oscura que hay entre los azulejos de la cocina cuando el tiempo los descoyunta, en el lápiz del ciego, en el monedero del tacaño, en un llavero colgado en un bar, en la hoja seca que decora una consulta, en el pupitre del mas listo que no usa ni libros, en la solapa del potentado que ya no tiene criados para que le sacudan el polvo, en la lengua de un can que vive la vida chupándolo todo…
Soy la que mira y como no ve bien, todo se lo inventa. Y soy una mas de Bacaramanga, que es un país, un reino sin monarca, un lugar donde todo es posible y donde Todo es un nombre propio.
Bienvenidos a este inexistente lugar.

PINOCHO NO ES FELIZ

Pinocho estaba cabreado, tanto era así que en las noches cuando regresaba a la casa, le crujían los andares. La habitación que su padre había hecho encima de la carpintería, donde este le esperaba sentado en la mecedora que miraba a la ventana, medio dormido, roncando como solo lo hacen los carpinteros, ris ras, ris ras, al run del aserrar. Una manta le cubría las piernas ya que aquí por mucho frío que hiciese estaban negadas las chimeneas. No le daba pena despertarlo, al revés, lo hacía solo por fastidiar.
Nadie se pregunta cómo se calienta la madera, que también aguanta el frío, como todos. Maldecía los ensambles de hierro que con la humedad, dolían y no acababa de acostumbrarse a este cuerpo vinílico que le había regalado la madrina. Estaba bien para salir, porque ninguno podría llamarle “palillo” o cuando los otros chicos le decían que andaba todo el día palote, le entraba un calentón, que de no controlarlo un simple manotazo hubiese roto dientes. Siempre controlando, siempre aguantando los absurdos comentarios y ahora que ya tenía una edad no podía ni de lejos pensar en largarse. ¿A dónde iba a ir? Un chico de madera con cuerpo de vinilo, el mismo con el que se hacen los miembros para los amputados. El miedo que vive con él no es solo por su vulnerabilidad física, es, sobre todo, por esa maldición que no puede quitarse por mucho que lo desee. Por eso cuando padre despierta le dice todo lo que piensa. Esas frases que los hijos acostumbran a esputar y son como pequeñas cuchillas que cortan el corazón. “¿Por qué me has traído a este mundo? ¿Crees que eres mi dueño? No haberme fabricado.” Frases de este tipo salían por su boca y sin lamentarlo se iba a tumbar sobre el colchón de virutas que le proporcionaba cierta tranquilidad. Se sentía muy desgraciado, mucho. No tanto porque su cuerpo fuese diferente, no tanto porque su aspecto tuviese ese aire aniñado al carecer de pelos que le diesen un poco de masculinidad, no. Sobre todo le amargaba tener que decir siempre la verdad. Nadie dice toda la verdad, ni siquiera cuando se calla por aquello de no herir. En su caso aún era mucho peor. Si hablaba, mentía y si mentía le crecía la nariz. Cuando era pequeño crecía de una manera tranquila, casi graciosa pero ahora aquella protuberancia se lanzaba hacia fuera como un resorte inaudito.
Dos años llevaba intentando besar. Le daba igual si era un hombre o una mujer, lo que él quería era saber que era aquello de besar y ser besado. Nadie regala esos besos; en los carrillos ya le habían besado y la sensación había sido tan agradable que ahora quería saber cómo se recibían, como se daban los besos en la boca.
La primera vez que sintió que se acercaba a esto fue una noche vieja. Se mezclo con la gente en una fiesta popular, esas que organizan con uvas, champan y confeti en la plaza. Alguien le pasó un cucurucho con las uvas, las manoseo un rato y las tiro disimulando, los muchachos de madera y vinilo no necesitan comer. Se acercó a un grupo que cantaba y se colocó al lado de dos chicas que le parecieron hadas. Cuando dejaron de sonar las campanas un jolgorio general irrumpió en el lugar y todos comenzaron a abrazarse besándose en la boca. Una de las chicas se giró y sin pensarlo se abalanzó sobre él. Ambos se abrazaron, sintió lo caliente que estaba ella. Le dijo al oído: “Feliz año nuevo…¿eres feliz?” lo dijo tan animada que no se atrevió a decirle que no, qué no lo era y un estúpido “Sí” salió por su boca.
La sangre corría como el champan y antes de que nadie se diese cuenta se soltó de sus brazos y se escabullo entre la multitud. ¿Por qué le había mentido? Pobre chica ahora tenía un ojo en la nuca.
Pasaron varios meses antes de volver a salir a la calle. Cada vez que pensaba en la muchacha más ganas tenia de ser besado pero también más miedo le entraba. Volvió a salir y a intentar no mentir, sobre todo cuando se acercaba a las bocas. Descubrió que si se vestía con ropas oscuras, como si fuese un antiguo las chicas se emocionaban y si le preguntaban si era feliz bien podía responder que no. Lo malo es que tanto ellas como ellos cuando besan quieren pensar que te gustan, que te sientes bien, que coincides en pareceres y sobre todo en eso tan raro que es cuando preguntan si les amas. La madera no ama a las hojas, ni al leñador o al tallista. La madera simplemente no ama, y en este caso, no miente porque no puede hacerlo, se le nota.
Buscaban un asesino que no hacia distingos entre hombres o mujeres. Uno que usaba una estaca que clavaba a sus víctimas en la cabeza. En la prensa se volvían locos porque no encontraban una explicación para tanta barbarie.
Pinocho se sentía solo, con frío y malnacido. Se acercó al fuego callejero que hacen los desgraciados, esos que son generosos a pesar de su miseria; le ofrecieron beber de una botella escondida en una bolsa de papel, bebió. El hombre le preguntó: ¿Estás solo? Dijo que sí por no decir que no y el alcohol barato se desparramó cayéndole encima.
Siempre pensó que el fuego era el infierno real, solo para la madera que todos queman alegremente, por eso cuando empezó a arder se sintió morir de asco, el vinilo quema muy mal y huele que apesta.

EL SOL Y LAS LETRAS

Se levantó antes de que el sol saliese del escondite y saludase a los peces. Ella ahora tenía trabajo y no era cosa de desperdiciar ni un solo segundo. Tanto valoraba el lapso, que tenia colgado un cubito debajo del reloj, por si se diese el caso de que algún minuto se cayese de las horas. Miraba el cubo por curiosidad y solo encontraba las lágrimas de este. Le habían dicho que los relojes de cuco no lloran, que seguramente, seguro, serian gotas de rocío; incluso uno supuso que la madera sudaba. “¡Sudar la madera!” se dijo y le tomó la temperatura.
Después de beberse las gotas mezcladas con el café, secaba cuidadosamente el recipiente y lo volvía a colocar en el pequeño gancho que no era otra cosa que un clip de él. Uno de esos que regularmente encontraba prendido de los papeles que tiraba y que le parecían eslabones de un collar inacabado. Seguido de esto y ya con el sol como invitado volaba por la casa, medio encorvada, recogiendo las letras que sin cuidado alguno él dejaba caer en las noches.
Lo metía con cuidado en una bolsa de tela, como si fuese pan; usaba las siguientes horas para disponerlas y organizarlas.
El dormía con un sueño torpe, nervioso, ese tipo de dormilón que uno identifica con el que no se porta bien. Sabía que no era malo, no lo era porque lo sabía y podía decir sin equivocarse que los sueños con tiemblos eran causados por las palabras que guardaba. Un día lo supo cuando lo vio toser hasta casi morir, esputaba letras que se agarraban unas a otras queriendo tener un significado. Ella las recaudaba todas, las limpiaba y las atusaba e incluso les obligaba a tener un sentido. Luego las recortaba cuidadosamente, planchándolas en una pulcra hoja de papel de seda.
Así lo hacia todos los días.
Había compuesto un sinfín de cuadernos que bien cosidos iba entregando a la editorial para que ellos los tapasen. Se los devolvían oliendo mal, a desconocidos que querían conocerle, no a ella, a él y a veces se conocían en el portal a la hora del paseo.
Un día él se despertó y tomó café con lágrimas del tiempo y vio como el sol al entrar en la casa hablaba con ella. Se puso nervioso al ver esto, dudó y se quedó sin palabras. No volvió a soñar, ni a escupir letras. Había enfermado de necesidad.
Ella le hizo una almohada con recortes de frases, las inacabadas. Le lavaba la cara con admiraciones escurridas y para merendar le daba diptongos con miel.
El día en que se murió, él, salió el cuco del reloj a pedir un pañuelo. Las palabras se descompusieron y ella se arrancó los ojos para no volver a verlas.
Los que venían, no volvieron. Los que hablaban, no dijeron nada y el sol metía los dedos en el cubito y le remojaba los labios a ver si podía volver a recordar.
Un segundo faltó del tiempo ese que es malo per se y con el que todo se acaba.

LA HISTORIA DE EMILIA

Emilia solo tenía una historia, solo una nada más, ni nada menos, porque era una gran historia que se podía contar de distintas maneras. Ella no siempre la había tenido a flor de piel, o de lengua, hubo ocasiones, sobre todo al principio que no podía relatarla; los demás decían que no lo recordaba, que si el trauma, que si el miedo, y que seguramente algún día volverían los recuerdos.
Emilia no lo contaba porque pensaba que si abría la boca y hacía que los recuerdos tomasen forma de palabras, su historia se iría diluyendo poco a poco, como si fuese de agua que se evapora.
En aquella casa, los vivos, los que quedaron en pie tenían una historia que contar y cada uno la iba relatando cuando se les preguntaba, y funcionó, poco a poco la fueron olvidando, la dejaron escapar y con los años casi no recordaban el sucedido y mucho menos los detalles.
Ella lo vio venir y se la guardó como una prenda que te da alguien a cuenta de algo importante.
Un día, siendo ya moza se enamoró de un muchacho muy bruto, el hijo de un pastor de un pueblo vecino. Le gustó el olor a heno que desprendía cuando movía los brazos al explicarse, o la sonrisa bobalicona que tenía de nacimiento, que no era risa, qué era mueca como defecto.
El chico, siendo debidamente informado de este amor, no se lo pensó dos veces, Emilia era una moza con un aspecto muy agradable, no parecía enferma y venía de buena familia, así que la rondó hasta que por fin llegaron las fiestas y no se pudo aguantar más.
Le hizo un hijo en el pajar sin que ella se diese ni cuenta, qué fue rápido como los conejos, luego el padre le llamó para irse con las cabras a lo alto de las montañas y allí perdió la vida el rapaz, sin saber siquiera que había dejado un conejito a la pobre de la Emilia.
En el pueblo ya empezaban a mirarle mal, caía algún insulto de vez en cuando, por fortuna el cura se apiadó de ella y la colocó en una casa de la capital a servir, a condición de que empezase una nueva vida y el fruto de un instante en un pajar fuese a parar a manos de las monjas que lo iban a colocar en algún sitio bien, con futuro.
No se negó. No podía hacer nada y a cambio tendría un trabajo con el que iba a ganar más que toda su familia junta.
En la capital perdió el niño a la segunda paliza. La casa donde empezó a trabajar tenía buenos amos, pero había un matrimonio de guardeses que le obligaban a trabajar día y noche. La primera vez que rompió algo perdió un diente, la segunda un hijo y ninguna monja pudo hacer chance con la criatura. No volvió más por aquel lugar.
Un portero de una finca la vio mirar con demasiado interés el pan que colgaba de la puerta de un bar y le aconsejó que esperase allí al dueño, que buscaba una mujer para la limpieza y la cocina. Al poco ella sola se manejaba entre platos, ollas, botellas y vasos de vino tinto.
Al principio dormía en el almacén junto a un batallón de ratones y cucarachas, pero luego de dos meses ya tenía lo suficiente para una habitación cercana al local. Llegó a un acuerdo con la patrona y se levantaba a eso de las cinco a preparar los desayunos de los pupilos, lavar las sábanas o limpiar.
Con el tiempo encontró un buen hombre con el que se casó. Un ferroviario con el que apenas se veía ya que tenía el turno de noche y por el día mientras él dormía ella se iba a trabajar.
El día que su marido estaba a punto de morir le pidió que le contara su historia y así lo hizo durante un mes. Las vecinas llamaban, el del bar se desesperaba y nadie suponía que ese mal olor que reinaba en el rellano venía de un marido muerto que escuchaba una historia terrible.
La llevaron a un centro limpio y bonito. El tipo era agradable, guapo, con aquel traje siempre impecable y muy serio; se empeño en que debía contar su historia. Emilia le dijo que no se podía hacer en una tarde y como a él le pagaban por escuchar no le importó.
Dos años estuvo en aquél lugar, dos. Regresó a su casa y otros dos sola, recordando una historia que había contado dos veces en toda su vida.
Una mañana se levantó, se puso su mejor vestido y regresó al bar. Allí estaba el dueño, las cucarachas, los ratones y otra mujer a la que no se le daba bien atender la barra así que se puso el mandil y salió a servir vinos tintos, cafés, copas y a impregnarse del aroma de puro los domingos.
Sin darse cuenta le contó su historia a la cocinera y luego al del bar, y a un cliente que venía con su sobrina que no lo era pero le llamaba tío.
Todos estaban de acuerdo que aquella historia era para ser contada y se corrió la voz.
Por las tardes llegaban gentes para que ella les contase eso que tanta fama estaba cogiendo y ella se apoyaba en la barra y empezaba a escupir, a salpicar palabra tras palabra, recuerdo tras recuerdo.
Poco a poco se hizo verdad lo que tanto temía y los recuerdos se fueron diluyendo; con los retazos que le quedaban iba zurciendo palabras y un día ya no recordaba nada, entonces fue realmente feliz.
Cuanto más pasaba el tiempo, lo que contaba más curioso se hacía, porque a día de hoy aún se recuerda en el barrio a la buena de Emilia que tuvo una vida terrible hasta que contó su historia, esa que nunca era igual a la anterior.

¡NO MIRAR!

Entró, y cuando miró, los ojos se le hicieron añicos. Caían las esquirlas de cornea; pensaba que no era justo.
Estúpido cartel para humanos desobedientes.
No mirar.
¿Quién deja de hacerlo si lee eso? No mirar, no mirar y preguntarse ¿el qué? Entonces, miras y no es normal que los ojos estallen, todo lo más, podría darse el caso de que pasase como aquella vez que tocó y no perdió los dedos, solo obtuvo un reconocimiento médico por la electrocución.
Uno de los parpados se le había quedado enganchado entre los pelos de la barba, lo notaba húmedo y viscoso. Sacó un pañuelo y se limpió.
Intentaba recordar lo visto, pero la imagen que le venía a la cabeza era la suya propia. El rabillo del ojo le aplastaba el sentido, había girado por completo.

SOÑAR, VIVIR

Resultó que sus sueños no se condensaban, se esparcían a lo largo de la noche, como capítulos de una novela seriada. En general las historias eran viajeras, situaciones revueltas donde bien podía terminar un viaje nada más acostarse y luego ir devanando las inmensas oportunidades que lo hicieron posible; pero los sueños no los controlas, no hay un hilo que vaya tirando de nada, solo ocurre y no te opones, porque tampoco podrías hacerlo.

De niño tenía recuerdos sensacionales sobre lo que soñaba, no se parecían a nada que él viviese, o hubiese vivido, ni siquiera a lo que veía en la televisión. Cuando estaba despierto no imaginaba que era un héroe de película, o un protagonista de alguna de las series preferidas, ni siquiera el de un libro que le hubiese gustado mucho, no, él era un protagonista de sueños realizados.

Sus compañeros se reían de él porque eso no se hace, no se puede ir por la vida, creciendo e inventando aventuras que no te las hubiesen contado antes. Él no inventaba, solo daba otra forma a lo que ya había vivido. ¿Cómo explicarlo? Tiene su dificultad si eres un crío al que nadie presta atención, las palabras exactas no se inventan a según qué edades.

Como no sabía muy bien si esto era una novedad, o era la soledad misma de la edad lo que le hacía pensar que algo raro estaba pasando, se decidió a escribir lo soñado, de tal manera que tomase cuerpo con las palabras.

Cuando cumplió los catorce, no recibió una bicicleta como los demás chicos, ni una pelota de esas que parecen hechas para un gran futbolista, acogió un armario y diez cuadernos nuevos con sus respectivos bolígrafos. A todo el mundo le pareció un desperdicio aquel regalo, pero su madre bien sabía que era lo que más ilusión le iba a hacer y su padre estaba más que harto de ver cuadernos por todas partes, así que un lugar, algo personal, para guardarlos era una muy buena idea.

Para los dieciséis el armario era un muro cerrado del que se había perdido la llave y no quería ser abierto. Hacía mucho que había dejado de soñar, cosa que fue pasando sin saber muy bien el motivo. Un ojo externo habría dicho que la vida real se le metió en las venas, que de no ser por esto hubiese muerto de extrañísimo y que los que le querían lo hubiesen encerrado en algún lugar sórdido y aislado. Le dieron poco a poco medicinas para olvidar, leche fresca, huevos, sexo, ciencia barata, estudios que son estudios de otros, retención, repetición… Todo esto mezclado con granos y pelos púbicos, una medicación que no falla nunca, te hace crecer hacía lo ancho, como el resto de la gente y ese pequeño cordón que te sujeta a los sueños, un día cualquiera se rompe.

No voy a contar la carrera vital de alguien que no recuerda sus sueños, porque no es para nada interesante. Quizás sea una historia demasiado vulgar para merecer unas palabras y termina donde empieza otra historia.

Un día – aquí empieza – se despertó sin querer, no sonó ningún dispositivo para que esto sucediera. La luz del sol le marcó la cara como una bofetada sincera y no le quedó más remedio que abrir, primero un ojo, luego el otro y al final, la boca. Intentó reponerse de una horizontal pesada, una que le dolía, porque a ciertas edades todo duele. Las sábanas se te pegan como queriendo ser una segunda piel, y es culpa tuya porque sudas y resoplas, tanto que parece les llamas a ser parte de tu epidermis; se enroscan a tus piernas y a veces a tu cuello mismo llevándote a un ahogamiento miserable.

Este día, que no era diferente al resto de los días, estaba previsto, hacía mucho que había sido implantada la peor de las monotonías, la que te ofrecen para tener una vida normalizada y sencilla, solo rota por las impresiones de alguna cosa que se salga de tu pequeño tiesto moral y personal. Tenía familia pero tampoco importaban mucho, porque estaba todo tan bien manipulado que aunque se hubiese muerto, todo seguiría el cauce establecido.

La mañana se vio comprometida por algo inaudito, recordó lo soñado. Una verdadera aventura que ahora tenía un sentido. Se quiso hacer el loco, pero no pudo, la recordaba tan claramente que no le quedó más remedio que saltar de la cama, buscar una hoja, un bolígrafo y trascribirla, como hacía cuando era un chaval.

Al minuto de hacer esto, escribirla, la historia desaparecía de su cabeza, volvía a reincorporarse a la vida habitual. Esto, al principio le ocurría una o dos veces a la semana, luego tuvo que ir comprando más y más cuadernos y los llenaba con nuevos sueños, unos sin sentido, trozos, pasajes de historias que no comprendía bien,  y otros parecían cuentos enteros,  como esos libros que uno lee y que siempre escriben otros.

Se planteó dormir más para soñar más. Ideó una enfermedad curiosa que no le dejaba levantarse de la cama; muchos fueron los doctores que lo visitaron a ver si podían solucionar aquello que para todos, para el resto del mundo era un problema. Es increíble ver que durante tu vida no le importas a nadie mientras sigas haciendo lo que está establecido, pero si decides cortar, dejarte llevar y cambiar las costumbres, se crea un revuelo. Se ponen todos de acuerdo para no dejarte en paz, y empieza una lucha, casi una guerra donde terminas por no hablar, no comer, no sentir y consigues ganar.

Un día la familia ya no se dirigía a él, hablaban en la habitación mientras la aseaban por costumbre, le dejaban una bandeja con comida y bebida, pero ya no le dirigían la palabra. Él había conseguido que no le faltasen los cuadernos, los bolígrafos, e iba llenando de historias aquellas hojas en blanco.

Sin darse cuenta pasaba más tiempo en el “otro” lado que en este, y cuando despertaba solo deseaba poner marcas extrañas, de un lenguaje que él solo sabía. Había notado que en los sueños, sin saber cómo también se despertaba por la luz del sol, aunque fuese otro, mucho más brillante y que cambiaba de color según le diese la gana. No había sábanas, ni familia, ni necesitaba comer o beber. Por fin había vuelto a ser un héroe del sueño que viajaba por mundos extraños y vivía vidas singulares.

Alguien se le acercó y ya nunca más volvió a despertarse.

Esta historia es la que se puede entender tras haber encontrado en la basura cientos y cientos de cuadernos llenos de notas y símbolos extraños que cuentan historias de cómo hay un lugar que aparece cuando dormimos. Creo que me voy a ir a pasar unas vacaciones a esos dominios donde puedes hacer lo que quieras, tener el escenario que desees y ser un héroe del sueño.

UNA HACHE CUALQUIERA

H… qué no, que no quiero empezar con una palabra que inicie con una hache. No es que no me guste, la palabra, es que la hache me resulta vacía de sonido, y no, no se puede empezar así.

Una tiene en la cabeza el folio en blanco y para romper el hielo ¿qué hace el que escribe? nada. Mira esa ventana y se mira por dentro buscando una buena historia, un monólogo en soledad que tratas de transmitir, porque crees que alguien te hará el favor de leerte, con un ansia oculta, piensa que puede ser que algo de eso entretenga.

No es lo mismo cuando escribes, de historia o matemáticas, por ejemplo; uno sabe algo y lo trasmite, esto no pasa con las historias. Un poco eres la cigarra que solo entretiene y poco más.

Miro el papel en blanco y pongo una letra, la que sea, al tuntún, y espero que esa sirva de atadura para que vayan recolocándose las demás. Una hache atrae, lo sé, que miles de historias empiezan con un: “Hace mucho tiempo en un lugar…” Pero a mí no me corta el blanco, lo enmudece.

Yo creo que esto me viene de la niñez, cuando una monja chula me dio un pescozón por leer “harta” con acento andaluz, que estaba así “jarta” de aquella estúpida monja y sus aburridísimas clases. Me golpeaba diciendo: “La hache es muy valiosa, hay que tenerle respeto” y yo pensaba que esa mujer estaba “haburrida” con hache, y “hamargada”  porque no era normal. Luego pasé a inventarme palabras con muchas haches intercaladas, que pronunciaba absorbiendo el aire con ruidos de la garganta.

No me duró mucho esto, porque se organizó la dios cuando otra monja, más pardilla, se pensó que me estaba ahogando (hubiese dicho “Aghogando”) y la pobre me obligó a tumbarme en el suelo todo lo larga que era, y yo, sin querer seguir con la broma y no dejarle mal, abrí mucho los ojos, tirando el iris hacía arriba, lo que le dio una sensación de ataque, posiblemente epiléptico.

Aquella mujer embutida en los hábitos se arrodilló a mi lado. La vi colorada como un tomate, muy asustada, y aquí ya no tenía marcha atrás. Se buscaba algo en los bolsillos intentando seguir la primera disposición ante un ataque de estos, buscar algo para meterle en la boca al atacado. Se ve que no tenía otra cosa que un Cristo de madera y latón, así que esto fue lo que acabó entre mis dientes.

Me entró la risa, que una era buena, pero no tanto como para soportar todo aquel teatro; nadie sabe lo difícil que es reírse con un crucifijo en la boca, te dan toses, babeas… y al intentar ponerme de pies, ella me empujaba desde los hombros, con lo que me hacía resbalar y entonces sí que parecía un auténtico ataque.

Lo peor llegó cuando otra de las hermanas se presentó allí y al verme solo se le ocurrió decir en voz alta: “¡Ave María Purísima, esta niña está endemoniada!”

Mi cabeza no rulaba bien, sacaba haches por todas partes, risas con toses y babas, ganas de salir corriendo y un temor a las consecuencias que me hacía pugnar porque me tragase la tierra.

Acabé como bien lo puede hacer una niña “jarta” del colegio, de las monjas, de las niñas bobas que se arremolinan a la que salta; de lo que me iba a pasar si no hacía algo rápido.

Me desmayé. Lo de los desmayos lo tenía bien ensayado, no hay cosa más sencilla que esto. Uno va por la calle, una bien llena de gente, y es muy molesto, más a más si eres bajita como yo, no te dejan respirar, te llevas todos los codazos posibles y nadie te mira. Pues te desmayas y listo.

Todos se apartan de un desmayado, aunque siempre hay un par de buenas personas que te socorren, siempre hay espíritus enfermeros, creo que podría decir que el porcentaje es de diez a uno.

Cuando vayas por la calle cuenta diez personas, les preguntas qué es lo que les hubiese gustado ser, y de no serlo, uno, uno te dice que médico o enfermera, y estos son los que se lanzan, sin sacar el carnet de primeros auxilios, que lo tienen, o el broche de la Cruz Roja, que también lo tienen.

Si te desmayas en la calle para hacerte hueco, tal lo haces, te levantas, te sacudes el polvo y listo, respiras. Muy fácil este social-consejo que recomiendo a los de baja estatura.

En el pasillo de la segunda planta de mi colegio, con dos monjas locas tratando de ser enfermera y exorcista, lo del desmayo era la única salida digna.

Cierras los ojos, despacio, muy despacio, escupes el crucifijo y ladeas la cabeza… esperas un minuto y mueves lentamente un brazo, abres los ojos y preguntas con tu mejor voz “¿Qué ha pasado?”

Luego te incorporas y pones cara de asustada.

No hagáis esto que acaba mal. Si no te descubren acaban llamando a tu casa para que tus padres te vayan a buscar y en un par de días tengas que ir al médico y te líen con pruebas que no van a servir para nada. Ni se te ocurra contar la aventura a nadie, porque siempre hay idiotas que no pueden aguantar un secreto, o gente que no tiene vida propia y disfrutan de la ajena. Si por lo que sea, en el mejor momento del pseudo exorcismo se te ocurre guiñarle un ojo a tu mejor amiga, mal, te pueden pillar y supongo, solo lo supongo, la bronca será terrible.

No me pillaron, ni en esta, ni en ninguna de las otras que hice, porque una desde bien pequeña sabía que las haches no se pronuncian, salvo si eres andaluz y estás “jartá” de tanta tontería como la que te rodea.

No sé, creo que voy a empezar poniendo una jota, en honor a mi infancia que por lo menos, vista desde la distancia fue muy entretenida.

“Juntas en el tiempo, en un lugar… iban de la mano, el aburrimiento y la locura.”