YO TENGO TIEMPO (Cuento juvenil)

Sonó bajito, como las palabras que se dicen a escondidas, mezclando las ganas de ser escuchadas y a la vez intentando que pasen desapercibidas. En otro tiempo esto era una costumbre.
.- Yo tengo tiempo.
Lo dijo Paula que por lo general no hablaba en clase, ni en el patio, ni en el comedor. Paula intentaba desaparecer de la faz de la tierra desde que se levantaba. Era tan así, que ni su madre le tenía que llamar, como lo hacía con su hermano, que era insoportable a la hora de levantarse para ir a la escuela. Ella, tal salía la claridad por la ventana, se levantaba. El sol no entraba nunca por aquella pequeña ventana, daba a un triste patio interior del que solo recibía algo de claridad, olores mezclados de fritangas, guisos y ropa recién lavada. Para cualquiera este cuarto interior de la casa podría parecer horrible, para ella no, le había cogido el gusto y se entretenía con lo que le llegaba.
De buena mañana, a la vez que despertaba, el vecino del quinto abría el grifo personal y el otro. Se afeitaba canturreando y cuando se cortaba soltaba alguna palabra malsonante; las apuntaba en un cuaderno secreto que tenía como el mayor tesoro personal que una chica de catorce años puede tener. Los exabruptos de los tajos no se repetían, siempre uno distinto y es que el hombre era un viejo sargento al que le quedaba poco tiempo para jubilarse, pero entre esas le habían pasado al servicio de cocina, donde los jóvenes soldados hacían las labores de limpieza, cocina y demás cosas obligadas, esas que rotan. Ella suponía que aquello no era un buen trabajo, porque ningún trabajo es bueno si te hace decir tantos tacos; ni agradable si es lo que aprendes de los chicos que llegan al cuartel de muchos y dispares lugares del país. Es por esto que podía escuchar un “zalapastrán” o un “broceras” o cualquier otra cosa que sin entender, se las imaginaba y las escribía en el cuaderno. Allí las dejaba esperando un rato de aburrimiento que le permitía indagar en el diccionario el significado de aquellas palabrotas. A veces eran tan retorcidas que no las tenía en el tomo de la RAE, una edición pasada, pasadísima, lo menos de hacía siete años; esa que llegó a casa sin que nadie la llamase, pero que te la regalaban al comprar una máquina de coser. Tuvo suerte, porque su hermano no tenía visos de querer un libro gordo, así que se lo enchufaron a ella como si fuese un regalo, que lo fue, y sin que se diesen cuenta le dieron todas las palabras del mundo para poder jugar.
Las poseía, era la dueña de aquel enorme tomo, que nadie quería para nada, ni le veían utilidad, pero ella al primer vistazo, ya se había dado cuenta de que era mucho más grande que las miles de páginas que tenía.
De pequeña se sentaba encima solo por ver si así se le pegaba algo de la mucha información contenida, aun sabiendo que era tonto, aquello le gustaba. A los catorce ya se había leído todas las palabras y aunque no podía recordar todos los significados, incluso algunos que no llegaba a instalar en la conversación diaria, los tenía como quien lleva un collar, de millones de cuentas, al cuello.
Seguido del que se afeitaba y sus palabras sueltas, aparecían los ruidos de los desayunos y las madres preparando los almuerzos. Por las mañanas había más ruidos, más música que letra, y en algunos casos se podía ver si las concertistas se habían levantado de buen o mal humor según el ruido que provocaban.
Al contrario de lo que pueda parecer a más ruido, más alegría en los vecinos. Cuando bajaba la intensidad, Paula pensaba que algo había ocurrido en esa casa, y no se solía equivocar. Las riñas de la noche anterior también marcaban los tiempos, y había algunas señoras que no olvidaban los agravios.
Entre sonidos de corral ajeno y del propio amanecía la chiquilla, se levantaba por necesidad y haciendo del cálculo una costumbre. Su padre salía de casa media hora antes que ellos a la escuela, así que el hombre podía entrar en el baño, solo tenían uno para todos, a eso de las siete y media, y hacía lo mismo que otros vecinos, pero no se cortaba nunca cuando se afeitaba, utilizaba una máquina eléctrica que metía un ruido muy parecido al del gato de la abuela del segundo, como un ronroneo. Ella suponía que lo hacía para despertarlo suavemente.
Allí el hombre se pasaba un cuarto de hora, más o menos, luego iba a la cocina donde su madre ya le tenía preparado un café con leche caliente, y un trozo de pan con aceite. Cuando terminaba volvía al servicio y hacía los ruidos propios del que evacua cosas mayores, terminando con el fluflú del que se echa colonia como si estuviese liquidando un hormiguero completo. Podía olerlo desde la habitación, sobre todo porque su ventanuco también tenía compañeras, a un lado el del aseo y al otro, la cocina.
Luego se levantaba ella y se iba un rato a lavarse con cuidado, lo hacía rápido porque la madre también utilizaba ese tiempo muerto para entrar a sus propias cosas mayores. El olor no era agradable, pero la colonia del hombre tapaba todo lo anterior.
Allí, por este compartir el baño entre tantos, no se quejaba nadie más que su hermano. Siempre estaba esperando hasta el último minuto para entrar. Lo hacía adrede, queriendo retrasarla, ponerla nerviosa porque llegarían tarde al cole y esto a ella no le gustaba nada. Los que quieren pasar desapercibidos nunca llegan ni demasiado pronto, ni tarde, llegan puntuales para mezclarse con los unos y los otros.
La última nota vecinal la escuchaba ya en el portal; la madre de los gemelos que los acababa de soltar escaleras abajo y que tenía la costumbre de lanzarles besos mientras ellos bajaban a toda prisa avergonzados. El golpear de sus zapatos en la madera vieja acercándose, el ruido de la besucona que perdía fuerza, su hermano dando un repaso con una canica a los buzones de chapa, le daba el empujón necesario para salir de casa y encaminarse a una especie de tortura.
El camino se hacía corto pero aun tenía tiempo de ir memorizando las novedades. Se había dado cuenta de que la peluquera de la esquina llevaba el mismo vestido del día anterior y no estaba abriendo la persiana por fuera, si no por dentro, como si hubiese dormido en la peluquería. Esto lo tenía que apuntar.
Hoy la escuela está como siempre, repleta de críos gritando por todas partes. La puerta ya está abierta y comienzan a introducirse, unos aprisa como si les gustase y otros tan lentos que hacen cuello de botella. Al cabo de un rato casi todo el mundo está en su aula, los profesores ya han entrado también. Paula está en su pupitre, uno en una de las filas de la esquina, al lado del ventanal, en el medio. Se alegró mucho al poder tener este asiento, fue una suerte, así, suerte en el reparto que la profesora hizo por orden alfabético. Le encantó eso de poder tener, por lo menos en clase, una gran ventana a su disposición.
Se perdía en ella con ensoñaciones varias, a lo que la maestra no le decía nada ya que pocos alumnos eran tan aplicados y le daban menos problemas. Todo lo más cuando alguno de los otros aprovechaba la timidez de la chica para hacer un chiste poco gracioso que sin remedio llegaba a causar rubor en ella y risas en el resto.
Ese día, como todos los anteriores días, la profesora intentaba hacer que los alumnos tuviesen un mínimo de interés en el temario. A primera hora tocaba literatura, una de esas asignaturas que suelen provocar un aburrimiento terrible entre los menos dados al estudio.
Hoy como cosa excepcional la señorita García trae una idea que ha visto en un libro para docentes. Hoy les va a poner la tarea de escribir un cuento, un gran cuento entre todos, uno que entregarán en un concurso para optar a uno de los premios que se ofrecen.
La directora y el profesor de matemáticas le han avisado, que con el nivel que tiene, ella en la clase, no iba a conseguir ni un pequeño cuento decente, pero su entusiasmo y esa fe que nunca pierden los educadores le dicen que si no lo intenta va a ser muy triste, mucho más que el no conseguir el premio.
Les ha explicado que hay dos fases. Una preselección a la que optarán los mejores trabajos, unos ocho, y otra en la que estos elegidos acudirán a una gran fiesta donde se repartirán los premios. El primer premio es la edición del cuento y un viaje a París para todos los participantes.
Los chicos al escuchar la palabra París se emocionan, no tanto por ir a la Ciudad Eterna, ni por ver uno de los mayores museos del mundo, más bien por la idea de salir de las casas como si fuesen mayores, en una excursión qué a los veinte minutos de revuelo ya era la más impresionante de sus vidas.
Paula escuchaba tranquila, bien sabía que sus compañeros no serían capaces de hacer una frase coordinada, todo lo más Alberto, que era el más listo de la clase, también el más repelente. Era el hijo único del boticario, con la suerte de tener un profesor particular todas las tardes en la casa.
La maestra consiguió poner orden en aquel gallinero devolviéndoles a la realidad.
.- Señores, no se animen tanto, hay que pensar qué es lo que quieren hacer. Este trabajo les ha de subir nota, seguramente a todos los participantes les dará el aprobado de la asignatura, solo por el empeño que demuestren. Los que no quieran participar deben decirlo ahora, ellos tampoco participaran del premio, si es que lo hay.
Se hizo un silencio rotundo, muchos de aquellos niños aunque tuviesen ya una edad, no es que no fuesen capaces, es que no se veían preparados, sentían que ellos tenían un tope en cuanto al saber y por mucho que se empeñasen iba a ser imposible.
El más chulo de la clase se levantó.
.- Yo no juego a esto, pá perder, mejor me quedo en casa.
La ignorancia suele ser chula y tener pocos arrestos por mucho que parezca lo contrario.
.- A ver, quién de ustedes ha de participar y quien no; los que sí, que se pongan en la ventana y los otros al lado de la puerta.
Matías se aproximó a la puerta y Alberto corrió a la ventana. Poco a poco la clase se fue dividiendo. El grupo de los que no querían participar era menor, cinco chicos y tres chicas. De las niñas una era medio novia de Matías y las otras dos, amigas íntimas de esta. La señorita que no era tonta, les hizo desistir enseguida obligándoles un poco a cambiar de lugar. Quedaban cinco que a pesar de su postura chulesca daban un poco de pena.
Paula se había quedado en el pupitre, todos daban por hecho que ella era la mejor para escribir un cuento, lo triste es que no la conocían lo suficiente y pensaban que no tenía gracia alguna, demasiado seria todo el tiempo.
La profesora ordenó que todos menos los que no querían hacer el trabajo se sentasen. A estos, delante de todo el mundo les fue llamando uno por uno a la mitad de la pizarra, para que explicasen por qué no querían unirse al grupo.
Hubo un silencio tras otro, realmente estaban siendo humillados y casi parecía que en cualquier momento iban a salir corriendo del aula.
Cómo no hubo manera de sacarles nada, les dejó que volviesen a sus respectivos lugares.
.- Bien, vamos a hacer un esquema a ver cómo empezamos la historia.
Hizo un gesto y Alberto saltó como por un resorte a limpiar la pizarra. Bien limpia la dejaba siempre, aunque esto le hiciese estornudar durante un buen rato. La señorita no quería que esto pasase, pero el chico no le daba tiempo a decidir que otro alumno hiciese este trabajo.
.- Quiero que todos cojáis una hoja y escribáis ideas para ir organizando el cuento. Lo que se os ocurra. Puede ser una historia romántica, de aventuras, de espías, o ciencia ficción, lo que más os guste, y por supuesto, no solo me sirve un enunciado, quiero un poco de desarrollo de la idea que tengáis.
Mañana por la mañana recogeré todas las hojas.
No solo había pasado la hora de literatura de una manera increíblemente rápida, además el profesor de matemáticas estaba ya entrando por la puerta. Las siguientes horas de clase, incluso el recreo se hicieron largas para Paula que no tenía otra cosa en la cabeza que aquella historia del escribir. Los chicos andaban cuchicheando unos con otros sobre el tema de la novela y hacían chistes y bromas sobre esto. Los cuatro que no quisieron participar se aislaron en un rincón, enfadados porque por una vez había algo más importante que ellos en la clase.
Paula comió en silencio, en la esquina donde siempre se sentaba, junto a tres compañeras más que por una vez le preguntaban con interés sobre algo de la clase. Ella les dijo la verdad, estaba demasiado nerviosa para pensar y que mejor lo dejaba para casa después de terminar los deberes.
De regreso ni siquiera prestaba atención a las tonterías que hacía su hermano. El muchacho siempre caminaba a saltos, se subía por los bancos, saltaba los muros bajos de las casas, o golpeaba lo primero que se cruzaba en su camino, haciendo mucho ruido, sabiendo lo molesto que era.
Su madre andaba despistada planchando y viendo la televisión, así que Paula tuvo que preparar la merienda para ambos. Hizo dos bocadillos de Nocilla, le llevó el suyo al hermano que ya se había sentado en la sala delante de la tele y con la excusa de tener muchos deberes se metió en su cuarto.
Le gustaba esa hora porque olía a café con leche, a pan tostado y en ocasiones, generalmente los fines de semana, a chocolate. Hoy solo había café para los que ya iban regresando a las casas.
Cerró la ventana, a esas horas ya empezaban todos a tener la tele encendida y le molestaba mucho, no se podía concentrar.
Una parte de ella le decía que hiciese los deberes, esos complicados problemas que le costaba tanto resolver, un mapa geográfico de la península y varios dibujos pretendidamente artísticos.
Por mucho que le gustase sentir que tenía todo hecho, hoy no había manera, su mente se iba hacía otros lados, se liaba imaginando una historia con trazas románticas, personajes jóvenes y bellos que pasan mil calamidades para tener un final feliz; una buena invasión extraterrestre donde los marcianos secuestraban a un grupo de niños y se los llevaban a su planeta, o quizás una de aventuras como el mismísimo capitán Ahad y esa enorme ballena.
Su padre acababa de llegar del trabajo, pasó a quitarse la ropa y se metió en el baño, ella sabía que era hora de ir a poner la mesa para cenar y que no tenía mucho tiempo antes de que le mandasen apagar la luz para dormir. Había iniciado una hoja tres veces, el borrador, leía lo escrito y le parecía una tontería, nada iba a ser digno de ganar un premio y mucho menos un viaje a París.
Ayudó a lavar los cacharros y se despidió para irse a la cama, cosa que tampoco le importó a ninguno. En la habitación volvió a retomar los deberes, se le había pasado la tarde sin poder hacerlos, era la primera vez que esto le pasaba. Revisó los que tenía para el día siguiente y atacó solo los de matemáticas, el resto podían esperar.
En la cama le daba mil vueltas a la historia, le venían tantas conocidas que no le dejaban inventar una por ella misma. Se durmió cansada por la emoción.
¡Caparrut!
Esta palabra despertó con sobresalto a Paula, era el vecino militar que ya estaba dándose cortes en la cara al afeitarse. No saltó de la cama, cerró los ojos y recordó un montón de sueños raros que había tenido, esto solo le había pasado un par de veces, esas en que tenía una buena novela entre manos y no podía seguir leyendo, su madre ponía las normas y apagaba la luz.
Hizo lo que todos los días, esperó paciente al hermano, escuchó los besos de la madre de los gemelos que por una vez coincidieron en el portal con ellos. No podían ser más feos aquellos niños. Algo no iba bien, ella nunca había sido mala al pensar, pero esa mañana le parecieron especialmente feuchos, eran muy blancos, como si en vez de sangre tuviesen leche en las venas; era normal que su madre los quisiese mucho, seguramente en el cole los machacaban como solía pasar con ella.
Justo al entrar al patio del colegio se dio cuenta de que no llevaba la tarea que había impuesto la profesora el día anterior, un sudor frío le recorrió la espalda, pero no le pareció mal. Le gustó mucho esto, lo había leído tantas veces que ahora lo reconocía como propio. Ella no lo sabía pero se estaba haciendo mayor, estaba creciendo por momentos, algo que le daba cierta iluminación, que no lo notaba ella, pero sus compañeros la percibían. Nadie le dijo nada al sentarse, pero la miraban.
La profesora se plantó con el culo apoyado en la mesa, miró a los chicos con satisfacción, había conseguido su propósito, tenía un grupo de personas que estaban dispuestas a trabajar por una meta, tenían interés.
.- Dos cosas: primero me vais pasando la hoja con las ideas. Y segundo: lo he pensado bien y para nada os vais a librar. Sí, vosotros cuatro. Sea como sea vais a participar en la novela de la clase. Si hacemos algo bien, será cosa de todos, pero si no obtenemos un premio tangible por nuestro trabajo, el tener algo hecho en común por todos, será el mejor de los regalos y en mi clase si hay un compromiso, seremos todos los que lo asumamos.
Paula se dio cuenta de lo acertada de esta situación, le pareció muy buena idea y eso que ella, especialmente hoy, hubiese podido escribir lo que quisiese.
La profesora fue recogiendo cada una de las hojas. Las organizó; pidió a Paula que fuese a la pizarra y apuntase las ideas y no le incomodó, se sintió bien, por una vez, no deseaba salir corriendo de aquella clase.
.- Señorita Vega, haga usted casilleros con los distintos estilos y vaya marcando los que salgan.
Paula de la Vega, que así era todo su apellido, que ella lo llamaba “colgajo” y sabía bien qué significaba esta palabra, pero le había dado tantos pesares los insultos, los motes por ese apellido que terminó por no gustarle nada. A un Pérez, un García no le pasa lo mismo.
Trazó una horizontal en lo alto y la dividió en cinco pedazos amplios.
Romántico, Aventuras, Terror, Humor, Ciencia Ficción.
La profesora le corrigió y en vez de humor tuvo que poner Comedia, y añadir Policiaca, cosa que le pareció una pena, no le gustaban nada las cosas estas de guardias y ladrones, pero entendía que a los chicos principalmente era lo que más les atraía.
Nada se dijo de la poesía, que tanto amaba, o de la novela histórica que a ella siempre le había parecido algo con mucho de aventura.
Fueron colocando, primero los estilos propuestos; incluso se tuvo que remodelar la lista porque salió uno que animaba a escribir una biografía, la de la maestra misma, y todos supieron que era el tonto listo de la clase, el pelota profesional del Alberto.
De los veintitrés alumnos que eran estaba ganando lo romántico, se podría apostar que era notable el mayor número de niñas; por la otra parte estaban casi igualadas las aventuras y el terror. Había que ponerse de acuerdo, pero antes, la señorita fue leyendo en voz alta algunas de las ideas que habían acompañado a los estilos.
.- A ver, este es del grupo de lo romántico.
Pocas veces se hacía un silencio tan respetuoso en esa clase, hoy ya la cosa había empezado a cambiar.
.- “A mí me gustaría un cuento romántico de princesas que todo lo arreglan con su varita mágica y viven en una casa enorme con perro”
“Una historia de chicos y chicas que se ven en un parque y que descubren un cadáver…”
Esta ya va mezclando estilos, como en las películas.
No os perdáis esta que es muy buena: “Un grupo de chicos que decide cambiar el mundo y conecta con naves espaciales para que les ayude.”
No está mal, eh! También tenemos tontunas que mejor no voy a leer.
Miró la hora en su reloj de muñeca y se sentó en el escritorio haciendo un gesto a Paula para que se sentase también.
.- A ver, quiero que salgáis a defender vuestra idea para que podamos votarla y empezar a pensar en la historia. ¿Quién es el primero?
Alberto ya estaba a punto de saltar de la silla cuando recibió un dedo de stop desde la mesa, fue increíble ese gesto, por una vez todos se alegraron de poder tener algo que no se les quitaba, se les iba restando a medida que ganaba espacio en el aula, algo terrible, la desidia.
Se vieron tres, cuatro manos levantadas al cielo y fueron pasando en orden, dando explicaciones de cómo querrían ellos que fuese su historia, la de todos. Porque esto era importante y todo el tiempo se dejaba claro por parte de la señorita “esta historia es de toda la clase”. Ya habían salido los primeros cinco valientes, luego fue llamando a los que ella pensaba que se habían molestado un poco en pensar qué hacer; incluso hizo salir a Matías, que al principio se hizo el remolón, pero al ver que de nada le servía y que los compañeros dejaban de parecer asustados por sus amenazas, comenzó a soltarse.
.- Yo… yo escribiría sobre todos vosotros, que parecéis tontos pensando que vamos a ganar. Esto no ha de servir de nada.
No hubo risas como en otras ocasiones, ni cuchicheos, solo hubo espera a ver cómo reaccionaba la maestra.
.- Vale Matías, pero aparte de creer que esto no servirá para nada, se te ha ocurrido el tipo de relato que podríamos hacer?
Esta reacción de la mujer hizo que el muchacho no siguiese enfadándose, porque no le recriminó nada, simplemente lo unió al grupo con el mismo engrudo que a los demás.
.- Yo contaría una historia de esas que cuentan las cosas que le pasan a la gente en la escuela o en su casa y que no salen en la televisión.
Todo esto lo dijo de carrerilla, como si no tuviese espacios para la respiración, una idea de esas que parecen una foto de lo que ocurre a tu alrededor, costando mucho que salga.
.- Bien, hemos descubierto algo interesante, un estilo donde pueden entrar todos los estilos.
Creo que no es mala idea. Matías, acabas de abrir una puerta, espero que no la cierres y que dejes entrar tanto como salir.
.- ¿Puedo salir al váter?
.- Venga vete, y vuelve pronto, aquí y ahora todos somos necesarios.
Cuando el chico salió se quedaron allí hablando de más ideas y formas de escribir la historia. Matías se metió en el primer váter que había, se sintió bien y mal, por una vez se dio cuenta de que había algo más que violentar para que te escuchen. No era algo que lo viese en su casa de forma habitual.
En la clase, que ya estaba terminando, se repartieron unos cuadernos nuevos, la señorita los había pagado de su bolsillo, uno para cada niño. Había escrito en las portadas una frase en letras grandes y cuidadas, con rotulador verde que resaltaba mucho.
“La historia de cuarto C”
Debajo de cada título estaba escrito el nombre del alumno, cosa que les sorprendió. Los chicos piensan que los maestros cuando salen del colegio olvidan sus nombres, sus caras y dejan paso a la vida normal, sin preocuparse por ellos. En este caso podía ser algo así, pero también para ella estaba siendo una nueva manera de hacer las cosas.
.- Es viernes, quiero que para el lunes me traigáis preparado los personajes, esos que os parece que son imprescindibles para realizar una novela. Luego dividiremos el trabajo e intentaremos empezar con la arquitectura, quiero decir que hay que buscar los escenarios donde va a pasar la historia. Por lo que veo va a ser una novela con muchas historias, muchas.
A última hora de la tarde tocaba inglés, pero el profesor se había ido antes de tiempo y apareció el de matemáticas. El hombre sabiendo que los críos estaban emocionados con el cuento del concurso se dedicó toda la hora a dejarles hacer. Se hacían corrillos y comentaban las ideas que tenían, todo esto sin levantar la voz, casi en susurros. Nunca había estado en una clase donde la gente estuviese tan calmada, o les obligaba a callar y nadie hablaba, o cuando lo hacían tenía que obligarles a callar porque eran insoportables. Preguntó cómo iba la cosa y algunos se acercaron a contar que para el fin de semana tenían que ir pensando en los protagonistas. Hizo una broma diciendo que el aunque parecía muy soso era muy simpático y que bien podían hacer que fuese protagonista de algo. Tuvo que escuchar cosas como que parecía un extraterrestre, pero que a lo mejor no era de este tipo la novela.
Cuando salió de la clase, ya en el despacho de los profesores, se acercó a la señorita García.
.- Mónica, has tenido una idea buena. He estado con tu grupo a última hora y estaban todos emocionados con lo de la novela. Es una pena que no pueda hacer nada por echar una mano, nunca los vi tan entusiasmados y receptivos.
.- Oye, pues ahora que lo dices, porque no nos ayudas con las matemáticas. Podrías acoplarte con la repartición de la historia, meterte con nosotros a contar las palabras, dividir los tiempos, multiplicar…
No le dejó terminar, se echó a reír, como si hubiese escuchado un buen chiste.
.- Pero bueno, no pretenderás que corte el temario para algo que lo mismo no tiene futuro.
.- No digas tonterías ¿Qué podría hacer por ti para que nos ayudases con la novela?
.- No sé. ¿Todavía está tu madre en la casa? Pues si es así y nos invitas a cenar mojete y sopa vuelta, me apunto. ¡Ah, pero que lo haga tu madre! Y hablamos del tema a ver qué podemos hacer.
La madre de Mónica era manchega, de un pequeño pueblo de la provincia de Ciudad Real, justamente el mismo que el de don Roque, así le llamaban los niños. No era la primera vez que iba a casa de ella, en otra ocasión la madre al llegar le había llamado para que recogiese un paquete del pueblo.
El lunes Paula se levantó al son de un “alcucero” muy sonoro, los lunes eran especialmente dolorosos a la hora del afeitado. Ya llevaba un buen rato despierta, incluso sin haber llegado la luz a la ventana, ella se hacía sus recuentos de la historia que estaba escribiendo.
Había preparado sus cosas la noche anterior, incluso tenía el cuaderno de letras verdes metido en una pequeña bolsa de plástico para que no se estropeara. Desayunó y hasta su madre se dio cuenta de que tenía otra cara, la mujer no estaba acostumbrada a verla tan sonrosada.
Su hermano pareció darse cuenta y se pasó medio camino gritando: Paula está enamorada! Paula está embobada! Pero cuando se dio cuenta de que con esto no conseguía molestarle acabó liado con otras tonterías más dadas al camino.
El autobús que transportaba al colegio a los gemelos paso a su lado; los dos estaban mirando por la ventana, con el mismo gesto, la misma cara blanquecina que guardaba una mueca tonta de mofa. Se rió para sus adentros, estos dos pintas iban a ser sus protagonistas. La peluquería estaba cerrada, pero el dueño del bar de al lado había cambiado su oscura apariencia por un peinado más normal y la oscura barba que le solía cubrir el rostro había dejado paso a un bigote simpático. Sin saber cómo había inventado una realidad, porque ella imaginó que algún día la peluquera y el del bar se amaban y ella le peinaba por las noches.
Había muchos niños en el patio, pero los de cuarto C estaban agrupados, eran un grupo, y hasta los padres se quedaban asombrados por este cambio.
La profesora estaba radiante, ellos la veían así y no era para menos; llegar a clase contenta, con ganas de ver a los alumnos y de hacer cosas era lo mejor que le pasaba desde hacía mucho tiempo.
Empezaron por ir leyendo los apuntes de todos. Algunos habían hecho más que otros, pero todos traían algo para ir empezando.
.- Paula, por favor, sal a la pizarra.
La niña no se imaginaba que iba a inaugurar el día, pero no se amedrentó, salió despacio saboreando el momento.
.- Paula, no he podido ver cuál era el estilo que pensaste, ni la idea que aportabas. ¿Nos puedes comentar cómo lo llevas?
Allí delante de todos no tuvo ese miedo a meter la pata, eso que les pasa a todos cuando se saben mirados, porque los que miran estaban dispuestos a escuchar, no querían ver un descuido para reírse, esto era la primera vez que le pasaba.
.- A mí me gusta mucho la novela de aventuras, te hace ir a sitios y ver cosas que nunca te imaginaste. Te colocas al lado de los protagonistas y eres uno más. Las románticas son un poco aburridas, cuesta mucho imaginar que el amor es así, siempre rodeados de cosas y lugares que no parecen reales. El terror o las de suspense te tienen en un ahí y si son buenas historias son aventuras con sorpresa. Las demás no me gustan mucho, por eso creo que deberíamos hacer una historia de aventuras, las nuestras, lo que nos pasa todos los días pero con toques de todo lo demás. Es aburrido tener que venir a clase a diario y saber de antemano lo que se ha de hacer, todo está colocado para que no tengamos que cambiar nada, por eso es tan aburrido.
Para mí es una aventura imaginar la vida de los demás sin conocerla, solo por los pequeños datos que me dan cuando les miro, cuando les escucho de lejos.
Tenía preparados mis protagonistas, que no son actores de las películas, son gente normal.
La señorita se daba cuenta del poder de Paula a la hora de exponer ideas, toda la clase estaba callada escuchando y se les notaba en la cara que habían descubierto una persona que no conocían.
.- ¿Os parece bien la idea de Paula?
Se escuchó un sonoro sí, casi al unísono.
.- Bien, pues ahora vamos a ver si vuestros personajes, entran en una novela de muchachos de cuarto C.
Fueron pasando todos, unos habían descrito personajes estrambóticos, raros, y otros levantaban la mano para interrumpir y contar que lo reconocían. Era el panadero, o la tía vieja de uno de ellos. Más o menos todos los personajes podían entrar en esta historia.
Se hicieron grupos para ir preparando la arquitectura, la localización o los personajes. Y decidieron que iban a narrar la aventura de ser muchachos de trece, catorce años en un barrio normal y corriente de una ciudad cualquiera.
Estaban preparando las tareas cuando entraba el profesor de matemáticas. Escuchó un “oh!” que no le hizo mucha gracia, pero no por esto dejó de sonreír. Justo después de una copiosa cena manchega había decidido ponerse a la tarea y ayudar a Mónica con el tema del cuento.
La clase de mates de ese lunes pasaría a la historia del centro como la más divertida de todas las realizadas. Los niños la recordarían el resto de sus vidas y seguramente alguno de ellos habrá cogido las ciencias puras para crearse un futuro.
Al día siguiente el profesor de geografía e historia, también entraba en el aula con la sonrisa puesta. Viendo lo contento que estaba Roque, había querido participar. Hoy todo andaba revuelto, los grandes lagos habían sido desplazados por las acequias que en tiempos recorrían el subsuelo, el mismo donde pisaban, y la historia de reyes pasó a ser la de los que protagonizaron batallas allí mismo.
Hubo un momento en que a todos se les amontonaban los trabajos. Los que tenían que hacer para la novela y los que pedían en los distintos temarios de las asignaturas. Después de comer se habían reunido en la clase, tenían mucho por hacer y poco tiempo.
Muchos chicos tenían tareas, bien ayudar con los hermanos pequeños, hacer recados o trabajar en los negocios familiares. Paula los miraba y lamentaba la preocupación.
Había leído cosas sobre los favores, los que se hacen porque sí y los que se pagan. Pensó que todos necesitaban de otros para funcionar y se planteó como deberían hacer para no perder el ritmo que habían cogido y que tanto le gustaba.
.- Yo tengo tiempo.
Dijo Paula con voz bajita y provocó que todos la mirasen. Ahora esto no le parecía terrible, al contrario, se sorprendió de atraer su atención con un tono de voz que parecía un susurro.
.- Puedo llevar tus recados de camino a mi casa, le dijo a Juan Carlos, pero necesito que alguien me ayude con el inglés.
.- Yo puedo hacer eso.
Otra chiquilla planteó que tenía que cuidar de sus hermanas y que no le dejaban ni un rato para ponerse a escribir. Enseguida uno de los muchachos peleones le dijo que a él le gustaban los niños y que se llevaba muy bien con ellos.
Poco a poco fueron planeando el tiempo para que todos pudiesen hacer lo que les gustaba.
Los padres fueron llamados por el director un mismo día para recibirlos juntos. Allí se iban acercando poco a poco. Algunos pensaban que sus hijos estaban haciendo algo mal y que por esto les llamaban, nada más lejos de la realidad.
Los muchachos de cuarto C habían empezado a cambiar las cosas, con entusiasmo los pequeños favores que se hacían unos a otros, habían traspasado las aulas. Hasta los profesores se habían picado con este virus que se expandía sin medida por todas partes.
Había familias que notaron el cambio de sus hijos, más alegría a la hora de ir al colegio pero pensaron que solo les pasaba a ellos. Otros veían que no había malas caras si les mandaban algo para hacer y que había paz en las casas donde siempre había gritos y ruidos. La madre de Matías estaba encantada, era una pobre mujer a la que el marido abandonó cuando el chico era pequeño y tenía que trabajar muchas horas para mantener la familia, ahora el muchacho ayudaba en la casa, se le veía interesado en otras cosas que no fuese estar tirado viendo la televisión.
El director animó a los padres a que se reuniesen por lo menos una vez al mes y lo organizó todo para que se pudiese utilizar las instalaciones del centro.
Las madres que pertenecían a la asociación de amas de casa, aceptaron contentas las reuniones y prometieron llevar la merienda para todos.
Este barrio cambió porque una persona tuvo una idea. Cambió porque unos niños fueron bien dirigidos y se les dio felicidad en grupo.
Paula que siguió levantándose con palabras raras, se apresuraba para poder desayunar con sus padres, hasta su hermano dejó de molestarla y parecía que un poco la admiraba. Se sintió bien perteneciendo a un grupo y sabiendo que lo que hacía era bueno para alguien.
No ganaron el concurso, pero consiguieron editar el cuento, un pequeño tomo de cien páginas que cuenta la historia de las vidas de los vecinos de un barrio cualquiera. Todos querían uno y tuvieron ganancias, que utilizaron para irse al mar, a un centro que también iba a ir a su barrio a pasar unos días, porque ahora la gente hacía intercambios de cosas, de trabajos, de favores y sobre todo de valores.
Paula creció esos días, supo lo que quería ser de mayor y no solo ella, varios compañeros acabarían dando clases a niños y muchachos que a buen seguro iban a disfrutar de lo que ellos aprendieron que se puede llegar a hacer con un poco de empeño.
Marixa Gil
24, abril, 2016

BACARAMANGA ES…

Es esto y aquello. Lo que puede o no puede ser y nace de la mirada curiosa de una chinche que se sienta para hacer el viaje en una pelusa que vive en el sofá de un abuelo, en una barandilla de la escalera mas alta, en el agujero por donde nunca pasa el cordón de la zapatilla, en el cenicero del que ya no fuma, en la grieta oscura que hay entre los azulejos de la cocina cuando el tiempo los descoyunta, en el lápiz del ciego, en el monedero del tacaño, en un llavero colgado en un bar, en la hoja seca que decora una consulta, en el pupitre del mas listo que no usa ni libros, en la solapa del potentado que ya no tiene criados para que le sacudan el polvo, en la lengua de un can que vive la vida chupándolo todo…
Soy la que mira y como no ve bien, todo se lo inventa. Y soy una mas de Bacaramanga, que es un país, un reino sin monarca, un lugar donde todo es posible y donde Todo es un nombre propio.
Bienvenidos a este inexistente lugar.

PINOCHO NO ES FELIZ

Pinocho estaba cabreado, tanto era así que en las noches cuando regresaba a la casa, le crujían los andares. La habitación que su padre había hecho encima de la carpintería, donde este le esperaba sentado en la mecedora que miraba a la ventana, medio dormido, roncando como solo lo hacen los carpinteros, ris ras, ris ras, al run del aserrar. Una manta le cubría las piernas ya que aquí por mucho frío que hiciese estaban negadas las chimeneas. No le daba pena despertarlo, al revés, lo hacía solo por fastidiar.
Nadie se pregunta cómo se calienta la madera, que también aguanta el frío, como todos. Maldecía los ensambles de hierro que con la humedad, dolían y no acababa de acostumbrarse a este cuerpo vinílico que le había regalado la madrina. Estaba bien para salir, porque ninguno podría llamarle “palillo” o cuando los otros chicos le decían que andaba todo el día palote, le entraba un calentón, que de no controlarlo un simple manotazo hubiese roto dientes. Siempre controlando, siempre aguantando los absurdos comentarios y ahora que ya tenía una edad no podía ni de lejos pensar en largarse. ¿A dónde iba a ir? Un chico de madera con cuerpo de vinilo, el mismo con el que se hacen los miembros para los amputados. El miedo que vive con él no es solo por su vulnerabilidad física, es, sobre todo, por esa maldición que no puede quitarse por mucho que lo desee. Por eso cuando padre despierta le dice todo lo que piensa. Esas frases que los hijos acostumbran a esputar y son como pequeñas cuchillas que cortan el corazón. “¿Por qué me has traído a este mundo? ¿Crees que eres mi dueño? No haberme fabricado.” Frases de este tipo salían por su boca y sin lamentarlo se iba a tumbar sobre el colchón de virutas que le proporcionaba cierta tranquilidad. Se sentía muy desgraciado, mucho. No tanto porque su cuerpo fuese diferente, no tanto porque su aspecto tuviese ese aire aniñado al carecer de pelos que le diesen un poco de masculinidad, no. Sobre todo le amargaba tener que decir siempre la verdad. Nadie dice toda la verdad, ni siquiera cuando se calla por aquello de no herir. En su caso aún era mucho peor. Si hablaba, mentía y si mentía le crecía la nariz. Cuando era pequeño crecía de una manera tranquila, casi graciosa pero ahora aquella protuberancia se lanzaba hacia fuera como un resorte inaudito.
Dos años llevaba intentando besar. Le daba igual si era un hombre o una mujer, lo que él quería era saber que era aquello de besar y ser besado. Nadie regala esos besos; en los carrillos ya le habían besado y la sensación había sido tan agradable que ahora quería saber cómo se recibían, como se daban los besos en la boca.
La primera vez que sintió que se acercaba a esto fue una noche vieja. Se mezclo con la gente en una fiesta popular, esas que organizan con uvas, champan y confeti en la plaza. Alguien le pasó un cucurucho con las uvas, las manoseo un rato y las tiro disimulando, los muchachos de madera y vinilo no necesitan comer. Se acercó a un grupo que cantaba y se colocó al lado de dos chicas que le parecieron hadas. Cuando dejaron de sonar las campanas un jolgorio general irrumpió en el lugar y todos comenzaron a abrazarse besándose en la boca. Una de las chicas se giró y sin pensarlo se abalanzó sobre él. Ambos se abrazaron, sintió lo caliente que estaba ella. Le dijo al oído: “Feliz año nuevo…¿eres feliz?” lo dijo tan animada que no se atrevió a decirle que no, qué no lo era y un estúpido “Sí” salió por su boca.
La sangre corría como el champan y antes de que nadie se diese cuenta se soltó de sus brazos y se escabullo entre la multitud. ¿Por qué le había mentido? Pobre chica ahora tenía un ojo en la nuca.
Pasaron varios meses antes de volver a salir a la calle. Cada vez que pensaba en la muchacha más ganas tenia de ser besado pero también más miedo le entraba. Volvió a salir y a intentar no mentir, sobre todo cuando se acercaba a las bocas. Descubrió que si se vestía con ropas oscuras, como si fuese un antiguo las chicas se emocionaban y si le preguntaban si era feliz bien podía responder que no. Lo malo es que tanto ellas como ellos cuando besan quieren pensar que te gustan, que te sientes bien, que coincides en pareceres y sobre todo en eso tan raro que es cuando preguntan si les amas. La madera no ama a las hojas, ni al leñador o al tallista. La madera simplemente no ama, y en este caso, no miente porque no puede hacerlo, se le nota.
Buscaban un asesino que no hacia distingos entre hombres o mujeres. Uno que usaba una estaca que clavaba a sus víctimas en la cabeza. En la prensa se volvían locos porque no encontraban una explicación para tanta barbarie.
Pinocho se sentía solo, con frío y malnacido. Se acercó al fuego callejero que hacen los desgraciados, esos que son generosos a pesar de su miseria; le ofrecieron beber de una botella escondida en una bolsa de papel, bebió. El hombre le preguntó: ¿Estás solo? Dijo que sí por no decir que no y el alcohol barato se desparramó cayéndole encima.
Siempre pensó que el fuego era el infierno real, solo para la madera que todos queman alegremente, por eso cuando empezó a arder se sintió morir de asco, el vinilo quema muy mal y huele que apesta.

EL SOL Y LAS LETRAS

Se levantó antes de que el sol saliese del escondite y saludase a los peces. Ella ahora tenía trabajo y no era cosa de desperdiciar ni un solo segundo. Tanto valoraba el lapso, que tenia colgado un cubito debajo del reloj, por si se diese el caso de que algún minuto se cayese de las horas. Miraba el cubo por curiosidad y solo encontraba las lágrimas de este. Le habían dicho que los relojes de cuco no lloran, que seguramente, seguro, serian gotas de rocío; incluso uno supuso que la madera sudaba. “¡Sudar la madera!” se dijo y le tomó la temperatura.
Después de beberse las gotas mezcladas con el café, secaba cuidadosamente el recipiente y lo volvía a colocar en el pequeño gancho que no era otra cosa que un clip de él. Uno de esos que regularmente encontraba prendido de los papeles que tiraba y que le parecían eslabones de un collar inacabado. Seguido de esto y ya con el sol como invitado volaba por la casa, medio encorvada, recogiendo las letras que sin cuidado alguno él dejaba caer en las noches.
Lo metía con cuidado en una bolsa de tela, como si fuese pan; usaba las siguientes horas para disponerlas y organizarlas.
El dormía con un sueño torpe, nervioso, ese tipo de dormilón que uno identifica con el que no se porta bien. Sabía que no era malo, no lo era porque lo sabía y podía decir sin equivocarse que los sueños con tiemblos eran causados por las palabras que guardaba. Un día lo supo cuando lo vio toser hasta casi morir, esputaba letras que se agarraban unas a otras queriendo tener un significado. Ella las recaudaba todas, las limpiaba y las atusaba e incluso les obligaba a tener un sentido. Luego las recortaba cuidadosamente, planchándolas en una pulcra hoja de papel de seda.
Así lo hacia todos los días.
Había compuesto un sinfín de cuadernos que bien cosidos iba entregando a la editorial para que ellos los tapasen. Se los devolvían oliendo mal, a desconocidos que querían conocerle, no a ella, a él y a veces se conocían en el portal a la hora del paseo.
Un día él se despertó y tomó café con lágrimas del tiempo y vio como el sol al entrar en la casa hablaba con ella. Se puso nervioso al ver esto, dudó y se quedó sin palabras. No volvió a soñar, ni a escupir letras. Había enfermado de necesidad.
Ella le hizo una almohada con recortes de frases, las inacabadas. Le lavaba la cara con admiraciones escurridas y para merendar le daba diptongos con miel.
El día en que se murió, él, salió el cuco del reloj a pedir un pañuelo. Las palabras se descompusieron y ella se arrancó los ojos para no volver a verlas.
Los que venían, no volvieron. Los que hablaban, no dijeron nada y el sol metía los dedos en el cubito y le remojaba los labios a ver si podía volver a recordar.
Un segundo faltó del tiempo ese que es malo per se y con el que todo se acaba.

LA HISTORIA DE EMILIA

Emilia solo tenía una historia, solo una nada más, ni nada menos, porque era una gran historia que se podía contar de distintas maneras. Ella no siempre la había tenido a flor de piel, o de lengua, hubo ocasiones, sobre todo al principio que no podía relatarla; los demás decían que no lo recordaba, que si el trauma, que si el miedo, y que seguramente algún día volverían los recuerdos.
Emilia no lo contaba porque pensaba que si abría la boca y hacía que los recuerdos tomasen forma de palabras, su historia se iría diluyendo poco a poco, como si fuese de agua que se evapora.
En aquella casa, los vivos, los que quedaron en pie tenían una historia que contar y cada uno la iba relatando cuando se les preguntaba, y funcionó, poco a poco la fueron olvidando, la dejaron escapar y con los años casi no recordaban el sucedido y mucho menos los detalles.
Ella lo vio venir y se la guardó como una prenda que te da alguien a cuenta de algo importante.
Un día, siendo ya moza se enamoró de un muchacho muy bruto, el hijo de un pastor de un pueblo vecino. Le gustó el olor a heno que desprendía cuando movía los brazos al explicarse, o la sonrisa bobalicona que tenía de nacimiento, que no era risa, qué era mueca como defecto.
El chico, siendo debidamente informado de este amor, no se lo pensó dos veces, Emilia era una moza con un aspecto muy agradable, no parecía enferma y venía de buena familia, así que la rondó hasta que por fin llegaron las fiestas y no se pudo aguantar más.
Le hizo un hijo en el pajar sin que ella se diese ni cuenta, qué fue rápido como los conejos, luego el padre le llamó para irse con las cabras a lo alto de las montañas y allí perdió la vida el rapaz, sin saber siquiera que había dejado un conejito a la pobre de la Emilia.
En el pueblo ya empezaban a mirarle mal, caía algún insulto de vez en cuando, por fortuna el cura se apiadó de ella y la colocó en una casa de la capital a servir, a condición de que empezase una nueva vida y el fruto de un instante en un pajar fuese a parar a manos de las monjas que lo iban a colocar en algún sitio bien, con futuro.
No se negó. No podía hacer nada y a cambio tendría un trabajo con el que iba a ganar más que toda su familia junta.
En la capital perdió el niño a la segunda paliza. La casa donde empezó a trabajar tenía buenos amos, pero había un matrimonio de guardeses que le obligaban a trabajar día y noche. La primera vez que rompió algo perdió un diente, la segunda un hijo y ninguna monja pudo hacer chance con la criatura. No volvió más por aquel lugar.
Un portero de una finca la vio mirar con demasiado interés el pan que colgaba de la puerta de un bar y le aconsejó que esperase allí al dueño, que buscaba una mujer para la limpieza y la cocina. Al poco ella sola se manejaba entre platos, ollas, botellas y vasos de vino tinto.
Al principio dormía en el almacén junto a un batallón de ratones y cucarachas, pero luego de dos meses ya tenía lo suficiente para una habitación cercana al local. Llegó a un acuerdo con la patrona y se levantaba a eso de las cinco a preparar los desayunos de los pupilos, lavar las sábanas o limpiar.
Con el tiempo encontró un buen hombre con el que se casó. Un ferroviario con el que apenas se veía ya que tenía el turno de noche y por el día mientras él dormía ella se iba a trabajar.
El día que su marido estaba a punto de morir le pidió que le contara su historia y así lo hizo durante un mes. Las vecinas llamaban, el del bar se desesperaba y nadie suponía que ese mal olor que reinaba en el rellano venía de un marido muerto que escuchaba una historia terrible.
La llevaron a un centro limpio y bonito. El tipo era agradable, guapo, con aquel traje siempre impecable y muy serio; se empeño en que debía contar su historia. Emilia le dijo que no se podía hacer en una tarde y como a él le pagaban por escuchar no le importó.
Dos años estuvo en aquél lugar, dos. Regresó a su casa y otros dos sola, recordando una historia que había contado dos veces en toda su vida.
Una mañana se levantó, se puso su mejor vestido y regresó al bar. Allí estaba el dueño, las cucarachas, los ratones y otra mujer a la que no se le daba bien atender la barra así que se puso el mandil y salió a servir vinos tintos, cafés, copas y a impregnarse del aroma de puro los domingos.
Sin darse cuenta le contó su historia a la cocinera y luego al del bar, y a un cliente que venía con su sobrina que no lo era pero le llamaba tío.
Todos estaban de acuerdo que aquella historia era para ser contada y se corrió la voz.
Por las tardes llegaban gentes para que ella les contase eso que tanta fama estaba cogiendo y ella se apoyaba en la barra y empezaba a escupir, a salpicar palabra tras palabra, recuerdo tras recuerdo.
Poco a poco se hizo verdad lo que tanto temía y los recuerdos se fueron diluyendo; con los retazos que le quedaban iba zurciendo palabras y un día ya no recordaba nada, entonces fue realmente feliz.
Cuanto más pasaba el tiempo, lo que contaba más curioso se hacía, porque a día de hoy aún se recuerda en el barrio a la buena de Emilia que tuvo una vida terrible hasta que contó su historia, esa que nunca era igual a la anterior.

¡NO MIRAR!

Entró, y cuando miró, los ojos se le hicieron añicos. Caían las esquirlas de cornea; pensaba que no era justo.
Estúpido cartel para humanos desobedientes.
No mirar.
¿Quién deja de hacerlo si lee eso? No mirar, no mirar y preguntarse ¿el qué? Entonces, miras y no es normal que los ojos estallen, todo lo más, podría darse el caso de que pasase como aquella vez que tocó y no perdió los dedos, solo obtuvo un reconocimiento médico por la electrocución.
Uno de los parpados se le había quedado enganchado entre los pelos de la barba, lo notaba húmedo y viscoso. Sacó un pañuelo y se limpió.
Intentaba recordar lo visto, pero la imagen que le venía a la cabeza era la suya propia. El rabillo del ojo le aplastaba el sentido, había girado por completo.

SOÑAR, VIVIR

Resultó que sus sueños no se condensaban, se esparcían a lo largo de la noche, como capítulos de una novela seriada. En general las historias eran viajeras, situaciones revueltas donde bien podía terminar un viaje nada más acostarse y luego ir devanando las inmensas oportunidades que lo hicieron posible; pero los sueños no los controlas, no hay un hilo que vaya tirando de nada, solo ocurre y no te opones, porque tampoco podrías hacerlo.

De niño tenía recuerdos sensacionales sobre lo que soñaba, no se parecían a nada que él viviese, o hubiese vivido, ni siquiera a lo que veía en la televisión. Cuando estaba despierto no imaginaba que era un héroe de película, o un protagonista de alguna de las series preferidas, ni siquiera el de un libro que le hubiese gustado mucho, no, él era un protagonista de sueños realizados.

Sus compañeros se reían de él porque eso no se hace, no se puede ir por la vida, creciendo e inventando aventuras que no te las hubiesen contado antes. Él no inventaba, solo daba otra forma a lo que ya había vivido. ¿Cómo explicarlo? Tiene su dificultad si eres un crío al que nadie presta atención, las palabras exactas no se inventan a según qué edades.

Como no sabía muy bien si esto era una novedad, o era la soledad misma de la edad lo que le hacía pensar que algo raro estaba pasando, se decidió a escribir lo soñado, de tal manera que tomase cuerpo con las palabras.

Cuando cumplió los catorce, no recibió una bicicleta como los demás chicos, ni una pelota de esas que parecen hechas para un gran futbolista, acogió un armario y diez cuadernos nuevos con sus respectivos bolígrafos. A todo el mundo le pareció un desperdicio aquel regalo, pero su madre bien sabía que era lo que más ilusión le iba a hacer y su padre estaba más que harto de ver cuadernos por todas partes, así que un lugar, algo personal, para guardarlos era una muy buena idea.

Para los dieciséis el armario era un muro cerrado del que se había perdido la llave y no quería ser abierto. Hacía mucho que había dejado de soñar, cosa que fue pasando sin saber muy bien el motivo. Un ojo externo habría dicho que la vida real se le metió en las venas, que de no ser por esto hubiese muerto de extrañísimo y que los que le querían lo hubiesen encerrado en algún lugar sórdido y aislado. Le dieron poco a poco medicinas para olvidar, leche fresca, huevos, sexo, ciencia barata, estudios que son estudios de otros, retención, repetición… Todo esto mezclado con granos y pelos púbicos, una medicación que no falla nunca, te hace crecer hacía lo ancho, como el resto de la gente y ese pequeño cordón que te sujeta a los sueños, un día cualquiera se rompe.

No voy a contar la carrera vital de alguien que no recuerda sus sueños, porque no es para nada interesante. Quizás sea una historia demasiado vulgar para merecer unas palabras y termina donde empieza otra historia.

Un día – aquí empieza – se despertó sin querer, no sonó ningún dispositivo para que esto sucediera. La luz del sol le marcó la cara como una bofetada sincera y no le quedó más remedio que abrir, primero un ojo, luego el otro y al final, la boca. Intentó reponerse de una horizontal pesada, una que le dolía, porque a ciertas edades todo duele. Las sábanas se te pegan como queriendo ser una segunda piel, y es culpa tuya porque sudas y resoplas, tanto que parece les llamas a ser parte de tu epidermis; se enroscan a tus piernas y a veces a tu cuello mismo llevándote a un ahogamiento miserable.

Este día, que no era diferente al resto de los días, estaba previsto, hacía mucho que había sido implantada la peor de las monotonías, la que te ofrecen para tener una vida normalizada y sencilla, solo rota por las impresiones de alguna cosa que se salga de tu pequeño tiesto moral y personal. Tenía familia pero tampoco importaban mucho, porque estaba todo tan bien manipulado que aunque se hubiese muerto, todo seguiría el cauce establecido.

La mañana se vio comprometida por algo inaudito, recordó lo soñado. Una verdadera aventura que ahora tenía un sentido. Se quiso hacer el loco, pero no pudo, la recordaba tan claramente que no le quedó más remedio que saltar de la cama, buscar una hoja, un bolígrafo y trascribirla, como hacía cuando era un chaval.

Al minuto de hacer esto, escribirla, la historia desaparecía de su cabeza, volvía a reincorporarse a la vida habitual. Esto, al principio le ocurría una o dos veces a la semana, luego tuvo que ir comprando más y más cuadernos y los llenaba con nuevos sueños, unos sin sentido, trozos, pasajes de historias que no comprendía bien,  y otros parecían cuentos enteros,  como esos libros que uno lee y que siempre escriben otros.

Se planteó dormir más para soñar más. Ideó una enfermedad curiosa que no le dejaba levantarse de la cama; muchos fueron los doctores que lo visitaron a ver si podían solucionar aquello que para todos, para el resto del mundo era un problema. Es increíble ver que durante tu vida no le importas a nadie mientras sigas haciendo lo que está establecido, pero si decides cortar, dejarte llevar y cambiar las costumbres, se crea un revuelo. Se ponen todos de acuerdo para no dejarte en paz, y empieza una lucha, casi una guerra donde terminas por no hablar, no comer, no sentir y consigues ganar.

Un día la familia ya no se dirigía a él, hablaban en la habitación mientras la aseaban por costumbre, le dejaban una bandeja con comida y bebida, pero ya no le dirigían la palabra. Él había conseguido que no le faltasen los cuadernos, los bolígrafos, e iba llenando de historias aquellas hojas en blanco.

Sin darse cuenta pasaba más tiempo en el “otro” lado que en este, y cuando despertaba solo deseaba poner marcas extrañas, de un lenguaje que él solo sabía. Había notado que en los sueños, sin saber cómo también se despertaba por la luz del sol, aunque fuese otro, mucho más brillante y que cambiaba de color según le diese la gana. No había sábanas, ni familia, ni necesitaba comer o beber. Por fin había vuelto a ser un héroe del sueño que viajaba por mundos extraños y vivía vidas singulares.

Alguien se le acercó y ya nunca más volvió a despertarse.

Esta historia es la que se puede entender tras haber encontrado en la basura cientos y cientos de cuadernos llenos de notas y símbolos extraños que cuentan historias de cómo hay un lugar que aparece cuando dormimos. Creo que me voy a ir a pasar unas vacaciones a esos dominios donde puedes hacer lo que quieras, tener el escenario que desees y ser un héroe del sueño.

UNA HACHE CUALQUIERA

H… qué no, que no quiero empezar con una palabra que inicie con una hache. No es que no me guste, la palabra, es que la hache me resulta vacía de sonido, y no, no se puede empezar así.

Una tiene en la cabeza el folio en blanco y para romper el hielo ¿qué hace el que escribe? nada. Mira esa ventana y se mira por dentro buscando una buena historia, un monólogo en soledad que tratas de transmitir, porque crees que alguien te hará el favor de leerte, con un ansia oculta, piensa que puede ser que algo de eso entretenga.

No es lo mismo cuando escribes, de historia o matemáticas, por ejemplo; uno sabe algo y lo trasmite, esto no pasa con las historias. Un poco eres la cigarra que solo entretiene y poco más.

Miro el papel en blanco y pongo una letra, la que sea, al tuntún, y espero que esa sirva de atadura para que vayan recolocándose las demás. Una hache atrae, lo sé, que miles de historias empiezan con un: “Hace mucho tiempo en un lugar…” Pero a mí no me corta el blanco, lo enmudece.

Yo creo que esto me viene de la niñez, cuando una monja chula me dio un pescozón por leer “harta” con acento andaluz, que estaba así “jarta” de aquella estúpida monja y sus aburridísimas clases. Me golpeaba diciendo: “La hache es muy valiosa, hay que tenerle respeto” y yo pensaba que esa mujer estaba “haburrida” con hache, y “hamargada”  porque no era normal. Luego pasé a inventarme palabras con muchas haches intercaladas, que pronunciaba absorbiendo el aire con ruidos de la garganta.

No me duró mucho esto, porque se organizó la dios cuando otra monja, más pardilla, se pensó que me estaba ahogando (hubiese dicho “Aghogando”) y la pobre me obligó a tumbarme en el suelo todo lo larga que era, y yo, sin querer seguir con la broma y no dejarle mal, abrí mucho los ojos, tirando el iris hacía arriba, lo que le dio una sensación de ataque, posiblemente epiléptico.

Aquella mujer embutida en los hábitos se arrodilló a mi lado. La vi colorada como un tomate, muy asustada, y aquí ya no tenía marcha atrás. Se buscaba algo en los bolsillos intentando seguir la primera disposición ante un ataque de estos, buscar algo para meterle en la boca al atacado. Se ve que no tenía otra cosa que un Cristo de madera y latón, así que esto fue lo que acabó entre mis dientes.

Me entró la risa, que una era buena, pero no tanto como para soportar todo aquel teatro; nadie sabe lo difícil que es reírse con un crucifijo en la boca, te dan toses, babeas… y al intentar ponerme de pies, ella me empujaba desde los hombros, con lo que me hacía resbalar y entonces sí que parecía un auténtico ataque.

Lo peor llegó cuando otra de las hermanas se presentó allí y al verme solo se le ocurrió decir en voz alta: “¡Ave María Purísima, esta niña está endemoniada!”

Mi cabeza no rulaba bien, sacaba haches por todas partes, risas con toses y babas, ganas de salir corriendo y un temor a las consecuencias que me hacía pugnar porque me tragase la tierra.

Acabé como bien lo puede hacer una niña “jarta” del colegio, de las monjas, de las niñas bobas que se arremolinan a la que salta; de lo que me iba a pasar si no hacía algo rápido.

Me desmayé. Lo de los desmayos lo tenía bien ensayado, no hay cosa más sencilla que esto. Uno va por la calle, una bien llena de gente, y es muy molesto, más a más si eres bajita como yo, no te dejan respirar, te llevas todos los codazos posibles y nadie te mira. Pues te desmayas y listo.

Todos se apartan de un desmayado, aunque siempre hay un par de buenas personas que te socorren, siempre hay espíritus enfermeros, creo que podría decir que el porcentaje es de diez a uno.

Cuando vayas por la calle cuenta diez personas, les preguntas qué es lo que les hubiese gustado ser, y de no serlo, uno, uno te dice que médico o enfermera, y estos son los que se lanzan, sin sacar el carnet de primeros auxilios, que lo tienen, o el broche de la Cruz Roja, que también lo tienen.

Si te desmayas en la calle para hacerte hueco, tal lo haces, te levantas, te sacudes el polvo y listo, respiras. Muy fácil este social-consejo que recomiendo a los de baja estatura.

En el pasillo de la segunda planta de mi colegio, con dos monjas locas tratando de ser enfermera y exorcista, lo del desmayo era la única salida digna.

Cierras los ojos, despacio, muy despacio, escupes el crucifijo y ladeas la cabeza… esperas un minuto y mueves lentamente un brazo, abres los ojos y preguntas con tu mejor voz “¿Qué ha pasado?”

Luego te incorporas y pones cara de asustada.

No hagáis esto que acaba mal. Si no te descubren acaban llamando a tu casa para que tus padres te vayan a buscar y en un par de días tengas que ir al médico y te líen con pruebas que no van a servir para nada. Ni se te ocurra contar la aventura a nadie, porque siempre hay idiotas que no pueden aguantar un secreto, o gente que no tiene vida propia y disfrutan de la ajena. Si por lo que sea, en el mejor momento del pseudo exorcismo se te ocurre guiñarle un ojo a tu mejor amiga, mal, te pueden pillar y supongo, solo lo supongo, la bronca será terrible.

No me pillaron, ni en esta, ni en ninguna de las otras que hice, porque una desde bien pequeña sabía que las haches no se pronuncian, salvo si eres andaluz y estás “jartá” de tanta tontería como la que te rodea.

No sé, creo que voy a empezar poniendo una jota, en honor a mi infancia que por lo menos, vista desde la distancia fue muy entretenida.

“Juntas en el tiempo, en un lugar… iban de la mano, el aburrimiento y la locura.”

ZOG, REY DE LAS ROSAS DE ALBANIA.

“Mama, quiero ser rey, rey de Albania”… esto era lo que escuchaba la madre de Zoguito todas las mañanas.

Su madre, como no quería contrariar al niño, que se cogía unos berrinches que pá que, le animaba en el asunto. Lo levantaba con cuidado para no estropear los rizos que iban empaquetados en aquellos bigudíes, cubiertos por un gorrito con puntillas. Le quitaba el camisón y lo lavaba cuidadosamente con paños calientes, para a posteriori rociarlo de polvos de talco y perfume, uno para cada parte del cuerpo, pero todos con aroma a rosa.

Rosas de Pitiminí para los pequeños hoyuelos que tenía junto a la boca, Rosas de Mongolia para los huecos detrás de las rodillas, o Rosas salvajes del Caribe para la línea que separa la nuca del pelo.

Así el pequeño Zoguito se enfrentaba a un desayuno a base de frutas y bollos machacados en su jugo, que la sirvienta vienesa le daba a la boca todas las mañanas con una cuchara de oro. No voy a contar la profusión de encajes y perlas que podía acompañar la vestimenta del chico, sería tan largo y complicado de describir que no acabaríamos en dos semanas largas y de invierno.

La familia no tenía nada que ver con la nobleza real, ni mucho menos, pero cómo quitarle al niño esa ilusión, total, solo tenían un hijo y porque no dejar que se sintiese príncipe. Ya se le pasaría cuando tuviese esa edad en la que uno deja de ser amante de sí mismo para amar a otra persona.

Todo en él era real, su paso, que más parecía un deslizamiento por losas que pusiesen los mismísimos ángeles, acompañaba la entrada en cualquier lugar, cual escenario de opera prima.

Con los años, no se cumplían sus deseos, y los berrinches se oían desde la otra punta del pueblo. Su padre vendió todo lo que tenía para que el chico marchase a la capital, Ortodoksit (Tierra de ortodontistas) y allí se hiciesen realidad sus deseos. El séquito que lo acompañó en aquel viaje se componía de doscientos de los más fornidos muchachos de la comarca, todos uniformados al modo de gala y bien adiestrados en el baile, que es muy parecido a la marcha militar pero en bonito.

Cuando lo vieron llegar en vez de pensar que era un visitante o un nuevo vecino se rindieron a sus pies, lo tomaron como un conquistador y en esas que aquel sin darse cuenta de nada y como si la cosa no fuese con él, dejó que le llamasen majestad, alteza y demás cosas de estas que van marcando lo que propiamente es un rey, aunque en este caso fuese una broma de los ortodoncios.

Un día unos desaprensivos quisieron apoderarse del país y él como persona educada que era les ofreció un almuerzo para ver sus pretensiones. Al llegar al postre no se habían puesto de acuerdo en que el país, Albania, era de los albaneses y que por mucho que Zog, ahora era ya Zog primero, quisiese, no podía complacerlos; no quería para nada, ni siquiera cuando le dijeron que podían pertenecer a un mucho más grande que tenía millones de almas dentro de sus dominios.

Zog I de Albania, a pesar de que la gente no se había enterado muy bien de que él era, sin remedio, un rey por naturaleza, se tomó muy en serio el papel y ofreció a sus invitados uno de los dulces que de la tierra eran famosos. No pudieron aguantar el olor a rosas que tenía aquella crema y ese tono verdoso que recordaba más a la deposición de una vaca que a una comida gustosa. Se lo comieron porque eran educados; fueron muriendo de a pares, hasta terminar todos tiesos y malolientes tirados en el pozo de la plaza del pueblo, que luego se taponó con piedras y cal.

Esto hizo que se dividieran las opiniones; unos se alegraban por no pertenecer a otro país y seguir siendo independientes y el resto estaban enfadados porque se quedaron sin el único pozo que proporcionaba agua clara a la ciudad.

Lo que más le gustaba al hombre, ya príncipe de los cuentos y hermosura de los jardines, era la pasta italiana y sin darse cuenta dejo que en las tierras se instalasen todos los macarronis que quisiesen. Triste decisión, poco a poco estos italianos cocineros se fueron haciendo con las recetas ancestrales de la población albanesa, por robarles, les robaron hasta los dos idiomas que hablaban y lo más terrible que podía pasar: mataron todos los rosales que allí se cultivaban.

Como esto les hacía muy desgraciados no sabían muy bien a quien culpar, la rabia les colmó y expulsaron del país a Zog y a todos sus familiares. Hizo las maletas llorando, se llevó todo aquello que le parecía debía pertenecerle, sobre todo lo que le recordaba a su estado real y se fue a Inglaterra, que es el país más amante de las rosas del mundo.

Allí vivió como en una burbuja, desentendido de lo que pasaba en su país y rencoroso, no perdonaba que le hubiesen echado. Murió en Francia, donde se trasladó pensando que le dejarían un ala de un edificio bonito, donde antaño había vivido un tal Luis. Tenía, la casa, unos jardines hermosos, llenos de rosas sin olor; no pudo ser, pero adquirió un pisito de dos habitaciones, salón comedor, esquinado y con vistas a un bello patio interior donde por suerte había un gran rosal que era primorosamente cuidado por la señora portera; una italiana a la que escupía cada vez que veía, pero ella, como buena mamma, recogía aquel escupitajo y lo echaba en el rosal. Era increíble lo bien que le venía a esta planta los jugos del real inquilino.

Murió un día de excursión en Suresnes, que es un bonito lugar cerca de Paris, famoso por la carencia de todo tipo de plantas, salvo unas rosas que no huelen, evidentemente, son de pegatinas que se usan a modo de decoración política, recuerdo de viejos encuentros. Regresó al piso por comodidad.

Hace unos días lo encontraron en la casa, allí, en estado cadavérico ha estado veinte años. Silencioso, con pago automático de los gastos, nadie, excepto la portera le echaba de menos, pero como bien dice la mujer: “Olía divinamente a rosas y no era cosa de enfadarlo, que tenía muy mal humor”

La policía ha sacado el cadáver en estado incorrupto, oliendo a la tan famosa flor; en una caja de cartón ha salido al aeropuerto camino de su querida Albania donde lo querían enterrar sin honores.

Ha sido imposible, ya desde que la caja acartonada con su cadáver llego al aeropuerto de Nënë Tereza, en la mal llamada Tirana (el nombre que le pusieron a la capital los italianos era Tarara, en honor a la canción esa que dice: “La tarara, si, la tarara, no, la tarara madre me la quedo yo”)

El país que es pequeño se ha quedado sin habla, olía primorosamente a rosas y tanto hombres como mujeres o niños se quedaban impregnados con el aroma. Tanto les ha gustado que por fin han nombrado a Zoguito, rey, solo Rey de las Rosas. Todos saben que esta era su verdadera pasión y que no hubiese cambiado por nada este título tan importante.

Descanse en paz rodeado de rosas nuestro gran monarca Zog I, rey de las Rosas de Albania.

Un regalo me hicieron.

Cinco palabras me dan, son un regalo. Solo cinco y ni una más, vaya dádiva.

Con cinco puedo decirte en la uno que te amo, en la dos que te quiero y así me sobran tres si ando romántica.

Si te odio puedo no decirte nada, y me sobra el obsequio, que para despreciar con no hablar es más que suficiente.

Me dieron cinco y me pregunto porque no me dan más, si tengo tanto que decir y con tan pocas palabras no me podré expresar.

Las palabras no son las que me hubiesen gustado, pero soy educada y con solo una puedo quedar bien, gracias.

Hay trucos y podría multiplicarlas, o quizás utilizar las cinco que fuesen una, y en sinónimos me he de perder en el dicho, para decir lo mismo en usando una.

No quiero gastarlas, así que me las guardo; voy a ver si las puedo plantar, que lo mismo si las riego se me multiplican.

El gato mudo.