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OTRO HIJO QUE SALE AL MUNDO DE LA MANO DE DOBLESPACIO MAGAZINE

Comienza un nuevo año y llega un nuevo número de la revista cultural DOBLESPACIO MAGAZINE. Llega rebosante de letras, imaginación y buen hacer, no tiene ni un hueco baldío, todo está perfectamente encajado para hacerte pasar un buen rato.

En la página 46 lo tengo acunado, un artículo sobre la cultura, la comunicación, los movimientos, la transmisión… y es que la cultura lo es todo, es el saber entendiendo.

Ródeate de cultura por un rato y disfruta. Con todos ustedes:

http://es.calameo.com/read/0026036588f43dee01ff5

Y si lo que quieres es conocer a los editores, y las muchas inquietudes culturales que manejan, esta es su dirección:

http://dedoblespacio.wordpress.com/

¡Qué ustedes lo pasen bien!

 

LA CINTA AMERICANA

Nosotros no hemos sido nunca tan patriotas como los americanos con su cinta adhesiva… ellos tienen cintas que invitan al amor a por la patria, y nosotros… ni al maldito celo sabemos cómo llamarlo, que usamos un nombre comercial. Hay una que bien podrían haberla hecho nuestra, pero se la cogieron los carroceros y nos quedamos sin el lujo de tener una cosa de estas como propia.

La cinta americana no se llamaba así, tenía su buen nombre comercial que recordaba al inventor. Uno que no recuerdo, por no haber nacido aun, pero que podría tener un toque parecido a los que ponemos nosotros, tipo: “Patatas Charitín” o algo similar.

Lo que ocurrió me lo contó un americano borracho perdido, que no pudo aguantar una corrida de toros. Salió de la plaza y se acercó al bar de la esquina, y por casualidad estaba allí, esperando a un novio que tenía y que por esos días se sacaba unos cuartos como camillero; que digo yo, vaya trabajo idiota; el chico solo cobraba si eran necesarios sus servicios y lo tenían esperando a ver si alguno de aquellos taurinos era corneado. Le dejaban mirar la corrida y todos se extrañaban que en su caso leyese un libro y no gozase con aquella encarnizada batalla del hombre y la bestia. El pobre volvía siempre lleno de manchurrones con tanta sangre que parecía un caído en combate.

Esperaba con el periódico abierto, sentada en la mesita de la calle, al sol y lo vi llegar. Ya a esas horas vomitaba, supongo que el asco por la escabechina. No pudo entrar en el local, se quedó sentado a mi lado, con una peste que echaba para atrás, pero como soy una señorita, me hice la loca y seguí a lo mío, a ver si se aburría y me dejaba en paz.

No hubo suerte, llamó a gritos al camarero, gritos en un “chapurreau” castellano que se hacía hasta gracioso. Pepe se asomó y me hizo gestos para que entrase, como si así me fuese a salvar de este bárbaro. Era americano sin remedio por aquella indumentaria que usaba, parecía, en estos años, que no podían venir sin esos pantalones de cuadros o las camisas floreadas, y esas gafas tan clásicas de las películas. El tipo, no llegué a entender cómo se llamaba así que le llamamos Charly, que es muy americano.

Volvió a llamar al camarero, daba palmas, silbaba y tanto saltaba en la silla que esta termino por romperse. Parece que se le pasó algo la borrachera cuando se vio estrellado en el suelo; le ayudaron a levantarse y le trajeron un vaso de agua, nadie en su juicio quiere ver un yanqui muerto en su bar. Se recuperó y pidió un café, hay que reconocer que haberse comportado tan brutamente, al hombre le hizo reaccionar. Allí estábamos los dos esperando, él a sus amigos que disfrutaban de la corrida y yo a mi novio que esperaba lo mismo que los otros, ver sangre. En cuanto se recompuso se dio cuenta de los estragos, y de un impulso y muy serio, buscó en el bolsillo de su cazadora. Sacó un rollo de cinta ancha, de color plateada y muy serio dijo: “Cinta americana” y en un pispas había recompuesto la silla. Se quitó el polvo de los pantalones, volvió a llamar al camarero con educación y se pidió un whisky con hielo para él y un “Chus” para mí. Le avisamos que no pasaba nada, que se sentase en otra silla y no hubo manera. Me contó la historia de cómo esta cinta se llamó así y que en sus inicios se denominaba “duck tape”, cinta de pato, y que se llegó a usar para recubrir los cables de no sé qué puente enorme en Brooklyn. En los años cuarenta los de Jhonson pusieron pegamento a la cinta más usada por los americanos y nació algo que serviría incluso en las armas de la Segunda Guerra Mundial. Pero lo de llamarse Cinta Americana era, y esto lo sabía de primera mano, ya que era una historia familiar, había sido a causa de su padre. Los americanos llegaron a Europa para salvarnos del nazismo y en esas estaban cuando el batallón de su señor sargento padre se encontraba en la vieja Italia. El hombre se había quedado solo en medio de la batalla y en esas encontró un regimiento entero haciendo resistencia a la entrada de un pueblo. Todos los vecinos se habían encerrado en la iglesia, muertos de miedo. Me decía que no entendía muy bien aquel empeño por pensar que una figura venerada en aquella capilla les iba a salvar de la masacre a la que estaban destinados. El sabía que su tropa no le dejaría solo y que llegarían en breve, pero no las tenía todas consigo y aquellos pueblerinos no iban a buscar cómo defenderse, solo sabían rezar. Recordó que llevaba en su mochila dos rollos de esta cinta y en esas desde fuera comenzó a tejer una tela que iba desde la verja de una pequeña ventana al lado derecho de la puerta, a la otra que estaba en el lado izquierdo. Así gastó una de aquellas cintas. Con la otra trazó, de árbol a árbol, justo al comienzo del camino, dos tiras que se mantenían tersas y se escondió. Los milicianos de Duce llegaron en sus motos y los cuatro primeros cayeron al suelo taponando la entrada, con lo que el contingente, que no eran muchos, tuvieron que parar para ayudar a estos y retirar la cinta a base de machetazos.

Llegaron a la vieja ermita y viendo que aquello estaba cerrado comenzaron a cortar las pasadas. La cinta no es fácil de cortar, y con las manos es imposible romperla. Se iban cabreando, pero esto dio tiempo a los americanos a llegar y hacer que saliesen huyendo a toda prisa. Al bueno del sargento le dieron una medalla y desde ese día la cinta de color plateado, que es adhesiva y ancha, le llamaron, cinta americana. Esto se fue corriendo como la pólvora por toda Europa.

La historia era de lo más increíble, pero desde luego hizo que el tiempo, unos cuatro toros y medio, se me hiciese corto. Llegó mi novio enfadado porque no hubo torero herido, ni un pobre muletilla que saltase a la arena. Allí nos juntamos con los demás amigos del americano y nos fuimos de juerga por el viejo Madrid, brindando por la cinta americana con cada trago de whisky que dábamos. Tenía que haberme quedado con un rollo de aquellos… mi novio se fue con una de esas rubias de tetas grandes y labios rojos, si lo hubiese prendido con la cinta, ahora estaría casada y no contando historias hasta altas horas de la madrugada.

 

Muchas, muchas gracias Señor Dios!

Muchas gracias por todo lo que me has quitado en esta vida. Ya sabes que soy un obrero de baja categoría desde que aquél verano mi padre me dijo que me tenía que poner a trabajar, que me fuese a la costa, que allí había trabajo de camarero. Gracias por haber podido trabajar toda la vida en eso, sin mayores intenciones, que ya se sabe que camarero lo puede ser cualquiera, pero uno bueno, siempre dispuesto con los clientes, siempre aguantando a los jefes con un humor cambiante.

Gracias por no dejarme comprar un piso en el dos mil, estaba claro que con mi sueldo de camata era imposible pagar las letras, incluso cuando juraba que de media conseguía el doble en propinas. No hay palabra que cubra mis juramentos y ni el jefe quiso ayudar en este caso… en este, ni en ningún otro, que tampoco lo ponía fácil si quería tener un día de fiesta. No pude ir ni al funeral de padre que murió en agosto y ya se sabe ese mes es sagrado, perdón, para los hosteleros.

Gracias por todos los puestos de trabajo que he tenido, incluso por esos que al ser de temporada no me querían dar de alta y ahora parece que nunca trabajé. Gracias por no dejarme casar con la cocinera, tantos años ahorrando para la entrada del piso y al final, lo que quería es irse al pueblo, tantos años esperando que se aburrió de cocinar, de turistas, de mí. Gracias por dejarme comprar la moto con parte de aquel dinero y por permitir que el resto se me fuese en alcohol. Menos mal que tuve ese accidente, porque de no ser así, hoy seguiría bebiendo y habría olvidado darte las gracias.

Aquí estoy en el asilo del pueblo, con una botella atada a la pierna para mear, compartiendo habitación con tres viejos más y sin nadie que me visite. Ahora me alegro de no haber tomado drogas, mi cirrosis estaría peor. Veía a mis jefes irse, al cerrar al casino y envidiaba eso, pero gracias a Dios nunca tuve suficiente dinero, ni una buena corbata para poder acercarme aunque solo fuese a mirar.

Gracias por no dejarme tener mayores agujeros, esos que la gente desea pagar con la quiniela. Gracias por la vez que me toco los ciegos y compre sellos de no sé qué galería de coleccionista. Menos mal que se perdieron, no hubiese sabido que hacer con ellos. La chica que me los ofreció no paraba de frotar sus tetas en mi brazo y no lo pude remediar.

Agradezco tu favor al ponerme al lado a esa buena mujer, con aquella manera dulce de hablar, pero podrías haber hecho un esfuerzo y no dejarle que me robase todo lo que había ahorrado, que no era mucho, lo justo para volver al pueblo y arreglar un poco la casa de los padres.

Agradezco este dolor que no se me deja en paz, que no es cosa de tomar nada mejor, total he de morir lo mismo y los médicos dicen que no hay para pruebas. Les he oído decir que es normal pá lo que me queda. A ver si tengo suerte y duro unos meses más, porque me han dicho que mis sobrinos vendrán de Alemania, si hubiese sido tan listo como mi hermana, a ella le habría puesto contenta ver que los suyos están haciendo lo mismo que hizo ella y que conocer el terreno ha servido a los nietos. Es de agradecer esta vida sin sobresaltos que me has dado y espero que me perdones las veces que te ofendí yendo de putas o bebiendo. Me gustaría pedirte si no es mucha molestia que mi equipo gane la copa, por una vez; seguramente hay muchos solitarios como yo que en día de gloria se deja abrazar por otros hinchas y nadie sabe lo que se alegra uno. No dejes que esta enfermera que escribe lo que le digo se vaya a la calle, ella es como yo, una agradecida, que se pudo quitar de encima a ese cabrón que la pegaba y ahora se ha quedado con los dos críos y la hipoteca. No permitas que le quiten la ayuda por su madre, que la mujer no vivirá mucho y de mientras pueden ir pagando.

Muchas, muchas gracias Señor Dios! Si muero ahora, sé que soy una ayuda, ya no estaré en el paro y eso algo es, no consumiré recursos, no gastaré una cama que hay muchos esperando. Espero que llegue el cura para que me bendiga y me cuente que todo esto que digo llega a tus oídos, que no sé yo si he de llegar al cielo o quedarme por el camino y poder ver la vida de los demás que siempre me pareció tan como de película. Ser espectador es lo que tiene, te aprendes los diálogos y sueñas con repetirlos.

Gracias por todo. Lo que me diste y lo que, está visto no tenía derecho.

Dormir es un poco morir. La siesta.

Dormir es un poco morir. Si la petite mort es eso, la gran mort es la inevitable, la siesta es un tocarla suavemente, con la punta de los dedos, pero casi rondando la consciencia.

El sonido horrible del aparato maldito, el invento del diablo a la hora de una siesta le dice al durmiente que debe romper con la parte lucida de la muerte y dejar de ver el otro plano. Estira la mano, a tientas, sobando los restos del postre y el café, tocando a ciegas como en un concurso de la televisión donde hay que acertar para llegar al destino. Allí está el causante, los causantes, que te acuerdas del mismísimo Bell, por conocido y del espíritu maldito que hace despertar a la bestia. Buscas de entre todos los botones uno que apague el ruido, uno que no te obligue a la comunicación, que deje entrever al que llama que no estás, sin ofender, no sea que sea un amigo o una noticia triste, entonces las maldiciones se vuelven en tu contra. Desearías tocar la tecla pero el fabricante debió ponerla debajo de la cavidad de las pilas e irremediablemente le das y aceptas una llamada, como se acepta algo irremediable.

Teniendo las cuerdas bocales atrofiadas por el sueño es complicado hablar, un “¿Si?” será más que suficiente… Preguntas y más preguntas que no entiendes. Se dará cuenta el interlocutor de que te daría igual que fuese el rey de un gran país o tu mismísima tía monja muerta. Contestas por inercia, con la seguridad de que el otro se ha dado cuenta de que no estás en tu sano juicio. Maldito el que llama a una hora en la que la gente debería de darse cuenta de que puedes no estar disponible, no querer estarlo. Contestas y lo más triste es que encima no es para ti. Maldito inventor que no hizo que el sonido del diablo tuviese un color, un tono para cada uno de los que están en la casa o en vez de ese ruido de estúpida onomatopeya, diga tu nombre en voz alta… no, casi mejor que no, esto podría tener connotaciones infantiles poco agradables.

Es igual, ya te han despertado y en vano intentas volver a que las sucias mantas de sofá te arropen, ellas solas podrían caminar hasta la lavadora, y hacer a la puerta una manifestación exigiendo un trato justo. Imposible, no es que no se pueda volver a dormir, se podría pero hay un velo luminoso que te quita la idea… la culpa. ¿Por qué será que todo lo que nos gusta acaba produciéndonos una culpa estúpida?, un sentimiento que no sirve para nada, salvo para amargarle a uno la vida.

Ya te has despertado y tomado la primera decisión a modo de bautizo, de prueba fehaciente de que estás ya en este otro lado y esa sensación conocida, cotidiana se siente cerca. La boca seca, sin pálpito en el corazón, la vista no encuadra y una terrible necesidad de orinar se apodera de ti. Buscas en vano el zapato sinvergüenza, ese que aprovecha y juega al escondite cuando sesteas. Los zapatos son como los hijos; tienes dos y a pesar de que quieras que ambos tomen el mismo camino de la bondad, sabes que la maldición de Caín y Abel nos persigue; uno de ellos desea la libertad y hay que retenerlo a tu lado o no servirá para nada, no tendrá futuro, romperá el del hermano.

Ya en el aseo, sentada en la fría taza intentas recordar los sueños, esos que el absurdo puebla y maneja a su antojo. Apoyas tus brazos en las rodillas parafigurando a Rodin y te das cuenta de que así podrías quedarte una o dos horas más. Los pensamientos se alejan, la tranquilidad te embriaga y… tienes que tener cuidado porque si no espabilas, bien podrías pegarte un trastazo contra el lavabo que inamovible espera tu frente.

Ya no hay vuelta atrás, necesitas espabilar y volver a tomar la vida como lo que es, un impasse entre un sueño y otro que se rompe por una llamada de teléfono, que tampoco te la ha de cambiar, ni siquiera te emociona lo suficiente como para desear despertar.

Esta es la historia de cómo tuve una revelación gracias a un “yugur”.

Hace unos años saltó a la palestra un nuevo yogur. No era el clásico ácido con su mejorado azucaramiento, con sus sabores y colores anormales o esos tropezones que le llamaban frutas, no. Tampoco tenía un vaso de material sólido alguno, seguía teniendo un recipiente de plástico parafinado, quizás más plásticoso que los simples, los vulgares que poblaban los estantes en las fresqueras de los frigoríficos. Este, en su empeño por alucinarnos tenía una forma cuidada y un color fuerte con letras que resaltaban en blanco. El color azul.

Primero nació de una conocida marca comercial que en seguida nos vendió la burra con anuncios potentes. Nos enseñaron una palabra nueva, joroña y sin decir que coño significaba le dimos un sabor, joroña es bueno, joroña es griego, joroña es sabor. El revuelo gustativo no se dio con la intensidad esperada; sí, era un nuevo yogur con textura más cremosa y sin esa acidez que muchos no soportamos. La palabra, con los años la he visto en prensa, en la zona de anuncios por palabras, donde las prostitutas se anuncian, usándola como referente a: “hacemos joroña que joroña”. Ante esto y sin saber muy bien que significaba telefonee a una de estas señoritas de vida alegre para preguntar. Mejor me callo la respuesta, entre otras cosas porque me insultó de mala manera y me animó a meterme por el orto el susodicho yogur con vasito y todo. En internet tampoco se sabe mucho de este servicio, me da a mí que estas propuestas son de chicas que trabajan en uno de esos macro supermercados tan populares.

Cambiando de tema, prosigo. Los centros de alimentación que tienen a bien copiar lo que las firmas sacan, hicieron lo que mejor saben hacer, llamar a las cosas con nombres parecidos y utilizar el color de los otros y no el precio. En un súper de estos se instaló el Griego con cuatro variantes: normal, azucarado, con chocolate y con frutos secos.

En plena alegría económica tenían cantidad de azúcar y las pintas de chocolate parecían onzas; los mejores, sin duda, los de frutos secos donde podías distinguir perfectamente las avellanas, almendras, piñones o pasas enteras que le daban a esta crema un toque excepcional. Tanto era así que en ocasiones lo cambie de recipiente y dije con la boca pequeña que lo había hecho yo. Le llamé “sorbete de puta” y todos me rieron la gracia.

Grecia, el país, vivía feliz recibiendo turistas que no llegaban con ganas de ver piedras, todos querían probar de primera mano ese joroña que joroña y por el que muchas de sus viejas amas ganaron tanto dinero que se pudieron comprar casas y terrenos.

Vino la recesión y jamás lo hubiese dicho, el yogur estaba conectado con la decadencia griega. Cada vez que en los noticiarios alguien explicaba algo sobre esto, el vaso se desinflaba y en el interior ya no se apreciaban tantos complementos como antaño. Ahora tiene menos azúcar, para ser honestos, bien podría ser alimento principal de un diabético; el chocolate ni brilla por su ausencia, no son ni escamitas de un pez, son como pecas solo con el sabor de la imaginación. Las palabras “frutos secos” deberían quitarlas de las instrucciones del vaso, no hay tales frutos, no de la forma que se merecen para ser llamados así. Habría que decir: Tiene trazas… Trazas e ilusión, porque nada más. Parece broma esto que digo y no lo es. Hoy me ha salido una cosa blanda con un tono oscuro y ante la duda de si era una pasa o un bicho no me he atrevido a comerla. Y es que los yogures griegos son referentes al país de origen. Ya no dicen la palabra divertida que ha tomado más usos, ahora nadie la pronuncia como si decirla fuese algo que humilla, más aun si se puede, a este bonito y viejo país.

Aún siento el dolor.

Aún siento el dolor. Supongo que los tiempos del juego habían terminado. Y ahora descansando bajo el árbol siento que he crecido. Las palabras habían escapado a nuestro control. Todas se habían unido para la lucha hartas como estaban del desgaste y sobre todo de tanto desprecio. Salieron de los libros en fila de a dos y se fueron al bosque como un reducto de libertad. Costó mucho hacernos entender entre nosotros pero al final solo los gestos cariñosos se impusieron al descontrol. Las flores, hojas y todas las ramas sostenían las palabras, volvieron porque la necesidad es mutua. 

Letras sueltas.

He cerrado los ojos y te siento aquí. Percibo el calor de tus palabras. Siento como resbalan las eles por mis mejillas y a las íes que dejan los puntos en mi cara y ahora tengo pecas. Unas zetas se han enredado en mis cejas y las es mayúsculas tumbadas en mis parpados parecen pestañas. Tengo miedo a respirar por no comerme unas erres, sin embargo las eses son deliciosas. Me amas con tus letras, me acarician y dejo que las palabras se tornen ideas prendidas en mi pelo.

Tengo que traducírtelas, están un poco enredadas y me gusta el trabajo. No dejes de hablar, me estoy haciendo un vestido. 

Volverán a lamentar…

Tanto lo lamentaran que la exudación de la pena barnizará los recuerdos. Quedaran difusos en la memoria y comenzara una nueva vida. Por todas partes personas silbando, otras harán gestos de contrariedad, como cuando te has equivocado de calle.

Los trabajadores volverán a sentirse seguros. Las madres creerán que sus hijos son listos y vagos a la vez. Los bancarios pondrán pañuelos en las mesas para llorar con el cliente. El amante seguirá pensando que ella disfrutó y ella, que ya no recuerda nada está convencida de que el amor es así. Grande y lento. Lentamente volverá a rechazarlo.

Un saludo matemático… HI.

Plot3D[Exp[-3*((0.5+x)^2+y^2/2)]+Exp[-x^2-y^2/2]*Cos[4*x],{x,-5,5},{y,-5,5}]

Esto es un saludo matemático en inglés, HI.
Bien… parece una tontería pero no lo es; quizás sea una de las gracias de las mates que siempre nos parecen de otro mundo y resultan bellas aun sin entender nada.
No salí de casa preparada, siempre pensando en lo poco afortunada de mollera que era para poder llegar a conclusiones como esta, un saludo, una regla o una de esas cosas que hacen los matemáticos y que cambian el mundo.
La vida es un poco como las mates, todos sabemos cosas sencillas, básicas para movernos en el circulo que vivimos y las complejas… ah! las complejas, amigo, se dejan ocultas en lugares a los que ni siquiera queremos acceder. Me gustan los trucos de esta asignatura que siempre me pareció un poco mágica, esotérica y sectaria. Qué bien empieza con la fe de que los números dirán siempre la verdad y luego nos demuestran que pueden ser hasta primos, como todos, con su retorcida complejidad y su encantadora presencia.
Me gustaría saber más, poder despejar todas las incógnitas que se me presentan, que son muchas y dispares.
Aquí, en este mundo todo tiene nombres exquisitos: “La Identidad de Euler” o el señor Gauss con su célebre: “ley de reciprocidad cuadrática” y la no menos famosa “Campana de Gauss” esa que algunos metimos en nuestra esencia para darnos cuenta de que el viejo dicho: Todo lo que sube baja, estaba más que acertado. Y en esas miramos la vida como esperando la maldición divina de los siete años, plaga va, plaga viene, que no se diga no somos ecuánimes.

El fin para Ilusión y Esperanza.

Habían quedado la Ilusión y la Esperanza en la esquina, esa en la confluyen la calle Desengaño y la avenida de Feliciano García. Llego primero la Esperanza que sale de casa con tiempo y aunque anda despacio llega puntual a todas partes; al minuto la Ilusión hacía gestos para que desde el otro lado de la calle ella la viera. Se abrazaron como siempre hacían apartándose luego un metro una de la otra para verse bien.

-Siempre estas guapa Esperanza.

-Tú sigues iluminando por dónde vas.

-Dejémonos de palabras. Caminemos.

Se encaminaron avenida arriba, hacia el final de la ciudad; el camino era largo pero no les importaba, el que sabe hacia dónde se dirige tiene medio camino hecho. Hablaban del hombre al que en homenaje habían dedicado la calle. Todo el mundo sabe que fue él quien instauro el sorteo y que pasados unos años acabó siendo una cosa más en las maternidades. Feliciano García, no se llamaba así, todos lo conocían como Félix El Ingenioso. Desde muy pequeño había dado muestras de tener una inteligencia excepcional, quedando claro para todo el mundo cuando descubrió que con solo llamar a las cosas por su nombre estás se convertían en realidad. Algunas palabras no gustaban mucho y se empeñó en cambiarlas. Cuando hubo renovado algo del lenguaje puso en camino una nueva manera de llamar a las personas. Entre todos decidieron que para tener armonía en la vida se necesitaban nombres cuyo contenido fuese el transporte adecuado para conseguir la felicidad. Se hicieron consultas a los sabios y se leyeron todos los libros escritos, incluso las notas de algunos autores y al final se decidió que los nuevos nombres serian: Ilusión y Esperanza. Daba igual que fuesen varones o hembras, estos nombres cabían en todas las personas. Se sortean los nombres en la maternidad, cara, Ilusión, cruz, Esperanza. Así lo hicieron y ahora, en estos momentos toda la población disfruta de ello.

Nuestras chicas llegan ya al borde de la ciudad, atrás dejan los edificios de colores que tanto decoran, al frente hay un prado con una calzada ascendente rodeada de flores. Es inevitable oler el aroma que desprenden, antes, cada una de ellas, las plantas, tenían un nombre con el que se identificaban, después de la renovación, gracias a Félix se decidió que nunca más se necesitaría clasificar a las personas, ni a las cosas y que era mucho más práctico que todo se unificase. Los árboles se llamaban así, árboles; los peces, peces, sucesivamente con todo lo que les rodeaba. Al final del camino estaba la Nada.

Ilusión y Esperanza habían caminado mucho hablando de las cosas que les rodeaban, esas que por obligación solo podían dar felicidad; todo era tan sencillo que cuando descubrieron que se amaban no pudieron por menos que asustarse. Eso no tenía nombre y de tenerlo hubiese sido una palabra nueva. Se nombraron una a la otra de diferente manera, jugando con silabas que sonaban bien.

Llegaron al final del camino, donde se corta a tajo la montaña y nada se ve. Se besaron, se abrazaron y una mirada bastó para saltar las dos a la vez al vacio. En ese momento supieron que la Nada es pareja del Vacio.

Durante un rato caían unidas por las manos y solo el viento cálido que las acariciaba les hizo soltarse; cerraron los ojos esperando llegar a alguna parte, un suelo blando hubiese estado bien. Se descalabraron porque lo que no esperaban es que en el fondo de aquella Nada estuviesen escondidas todas las necedades que sin duda, no tienen nombre.