Decir un “Te quiero”

Habían sido muy amigas, esas que la pubertad llama “intimas” porque se lo cuentan todo, se conocen hasta el último detalle y esto, no volverá a pasar ni con el amor de su vida o el marido más querido. Se conocían desde primaria y vivían en el mismo barrio, a dos calles, por lo que siempre estaban juntas. Al llegar esa edad en la que los caminos dejan de ser paralelos con el mundo, se separaron. La una se fue a recorrer la vida con un novio impulsivo y rockero, la otra se instaló en el viejo pueblo familiar con un precioso chiquillo en los brazos. Quedarse embarazada a muy temprana edad era algo casi inevitable en esos años y aceptar el desafío de la maternidad solo se le podía ocurrir a una loca por la vida.

Un día antes de la verdadera separación habían quedado a charlar y despedirse. Se dijeron cosas repetidas de cariño y amistad, pero no salió un “te quiero”. No por falta, más bien porque antes no se veía tanta serie de televisión americana donde esto parece que sea lo normal. Se quiere al novio, al marido, al querido… se quiere al que te rodea y te hace la vida mejor, pero no se le dice, se ocultan las palabras que ni siquiera son mágicas y no conducen a un “quiero tenerte cerca”, “quiero vivir contigo siempre”, para esto se suele usar el “te amo” que es mucho menos posesivo y nos dijeron que más trascendental.

Ellas entre lágrimas y risas se dijeron adiós, no sin antes quedar en un futuro, porque una amistad como esta no se puede dejar aparcada en la memoria. Pero como el futuro no tiene dirección la cosa quedó solo en eso, intenciones traducidas a palabras con esperanza.

Muchos años pasaron y muchas cosas que hicieron que las dos fuesen felices o desgraciadas a su manera. Cuantas veces se nombraron en los pensamientos que llevan hacia atrás y que nos muestran una felicidad caduca, que no tiene sentido al no poderse recuperar. A veces se vive más en el recuerdo de otro que en la vida misma y esto te hace sentir como una viuda plañidera, que no encuentra consuelo en la ventaja que es vivir.

Las vidas se organizaron para volverse cotidianas, ambas tuvieron y perdieron hijos y maridos; ambas se pelearon por sobrevivir y hacer que la madurez fuese un pequeño resquicio de lo que aprendieron aquellos días de intimidad. Habían cambiado mucho, el camino las había cansado pero no dejaban de echarse de menos y rememorar, como quien mira una foto, los buenos ratos pasados, por muy infantiles que pareciesen desde la lejanía. Iban ganando a medida que se contaban en voz alta. Los demás sin vivirlo, envidiaban esta amistad, aunque muchos años después parecía hablasen de un tiempo muerto.

Una mañana recién levantada se miró al espejo y supo que sería un buen día. Se vio más bonita, las arrugas sonreían haciendo garabatos en su cara. Desayunó y se vistió como para algo importante, porque no se puede ser feliz sin cuidar los detalles. Y se sentó a esperar. Su hijo que la vio como en tantas otras ocasiones, no le dijo nada, no tenía remedio esta mujer que vive en otro mundo. Ya no le animaba a que saliese, que si quería encontrar algo tenía que salir en su búsqueda ella misma, que a las puertas no llega la vida. Por mucho que le decían ella no hacía nada, solo se sentaba esperando. SE había imaginado que la vida era como una cinta de aeropuerto donde las maletas pasan delante de ti y coges la que más te gusta, que siempre suele ser la tuya. “Si la vida pasa por delante, me espero y tomo lo que me guste” no calibraba la anchura de la cinta, ni la velocidad, ni nada, porque este ejemplo que ella usaba, era del todo tonto.

Esta mañana a la hora que la vecina baja a por el pan y el cartero deja las notificaciones se escuchó a lo lejos una tonadilla. La escuchó dos veces y se quedo sin aire. Era su canción la que le había enseñado su amiga. Una popular, infantil y en otro idioma. Dio un salto y bajo las escaleras como si tuviese quince años, esa era su canción. En la calle no vio al cartero que saludaba curioso por verla salir, no se fijó en el cielo azul salpicado por miles de golondrinas, solo escuchaba la tonadilla y se puso ella misma a cantar mientras corría calle arriba.

Allí la vio, en la esquina, en el cruce de todas las calles, cantando y esperando. Su amiga la sintió cerca y cantaron juntas en un abrazo. Le contó que entonaba su canción desde hacía unos años, que la vida se había portado duro con ella y que un día decidió salir en su busca, porque nunca había podido decir a nadie más un “te quiero”.

Cantaba la tonadilla y las personas le echaban unas monedas, “pobre loca” decían, pero no le importaba, sabía que esta era la única manera de encontrarla.

Nunca más se separaron y ahora se sientan cada mañana a recordar, cogen las maletas que la vida les muestra y son felices. Lamentan el tiempo ganado solo por los recuerdos y saben que nunca más se separaran.

GIRAR Y VER LA LIBERTAD A LO LEJOS…

 

Llevábamos años con una crisis memorable, por lo menos eso decía mi padre que la vio nacer y crecer, mezclarse entre las clases sociales. El pobre tenía tan buenos recuerdos de la lucha que guardaba un roído sillón donde se ve que pasaba largos ratos viendo el mundo a través de un aparato que tenían; contaba que con eso se conectaban con todo el mundo… siempre fue un exagerado, pero esas historias bien valían la pena.

Solo tengo unas pocas referencias de cómo era antes y gracias a que me enseñó, mi madre, a leer, puedo traducir estos vestigios que me voy encontrando. Mi trabajo es el mejor del mundo, no conozco otro, no conocí en otro a mi padre tampoco. Se ve que no siempre los hijos heredábamos los trabajos de los padres; hubiese podido escoger el de mi madre, pero no me gusta estar en la fábrica poniendo ganchos a las leyes. Ella hace un turno de doce horas, casi sin descansos, colocando esos ganchitos estúpidos a la ley. Dice que es un trabajo que le deja exhausta, cada cartel pesa según la ley que lleva impreso y a veces la contundencia es tal que debe ser costoso moverlos, pero como ya casi nadie sabe leer, suelen tener figuras representativas para que veamos lo que es de obligado cumplimiento, todo.

La ventaja, la única ventaja que tiene su trabajo es que ella ve gente, vecinos, antiguos colegas, muchos están ahora allí. Consiguieron lo que pretendían, la igualdad.

Hay otros trabajos, pero no puedo acceder, no se pueden heredar, solo los de los padres y eso, cuando están, por pura estadística a punto de morir. Sea como sea, si no cuadran las fechas, semana arriba, semana abajo, vendrán y lo harán las Fuerzas de Compromiso. No me gustan, me aterran, pero no hay otra, si no hubiesen firmado esto los gobernantes hubiesen muerto todos.

Al principio fue la economía la que mataba a las personas, pero salía caro; luego se puso a la venta los terrenos y como no llegaba para pagar las deudas, compraron a los habitantes. Hicieron de este lugar un sitio mejor. Nadie se tenía que preocupar por nada, ya tenían amo para que guardase de su alimentación, su moral o su salud. A cambio solo había que ser obediente, comer lo justo y no ponerse enfermo. Lo de la vejez es inevitable, ya marcaron la edad perfecta para morir, justo cuando se deja de producir como ellos piensan que se debe de hacer. Padre cuenta que hubo un tiempo en que la gente se reunía para divertirse, para escuchar música o ver películas, que son trozos de la vida inventados que se ven como en los carteles con movimiento.

La música, la conozco, mi madre cuando estamos solos en el refugio me canta viejas canciones. No sabe que dice, ha olvidado el significado de las letras y aunque lo supiese no me lo diría, ella cree que es mejor no saber para no sufrir. No entiendo muy bien que es la palabra “sufrir”, claro que tampoco entiendo que significa “libertad” o mil otras que a veces se les escapan en sueños o cuando llego con uno de los tesoros que encuentro en mi trabajo.

Trabajo de Lustroso Vial. Es un poco pesado en invierno pero me gusta tenerla siempre a punto, la carretera, aunque nadie pase por aquí. Mi trozo consta de seis kilómetros y tengo que mantenerla limpia a diario. Por la mañana hago la parte contraria a la salida del sol y por la tarde la de la puesta. Así no me molesta tanto la luz, llevo protectores, unas viejas e incómodas gafas repegadas con cola para que duren, seguramente si algún día tengo suerte me tocará tener un heredero para estas monturas, las tengo que cuidar. Cuando mi padre me pasó las herramientas para este trabajo, pensé que no se podía tener nada mejor; equivocado estaba, mucho y con suerte.

Los primeros meses no me fijaba en nada, pero luego a poco que mirase me iba encontrando pequeños tesoros, trozos del pasado que recogía con cuidado y miraba por la noche, a la vuelta a casa. Los tengo escondidos en el refugio, en una caja que me hice con unas bolsas y unas maderas que también encontré. Mi madre es la que se encarga de contarme para que servían esas cosas y él nos mira con miedo y pena, ya no recuerda, no quiere recordar ni sentado en su sillón, como hemos llegado hasta aquí.

Salgo por la mañana después de haber tomado un cuenco de sopa caliente, saco la carretilla comienzo a barrer. No hay mucho que recoger, solo volver a la tierra no asfaltada las pequeñas piedras o las hojas que el viento mueve. Una vez al mes pasa un camión que reparte los víveres y el agua; recoge los desperdicios debidamente empaquetados y nos hacen un examen para ver si estamos bien, tanto física como mentalmente. Madre nos instruye a todos antes de que lleguen para que no olvidemos que es lo que debemos decir. Yo solo utilizo dos palabras, si, no, nunca otras; si se enfadan abro la boca como si fuese a hablar y subo los ojos como si se me fuesen a salir de las cuencas, les hace poner cara de asco y se van por donde han venido. A lo mejor tanta tontería hace que nunca me dejen tener relación con una mujer, pero casi no me importa. No voy a cambiar mi suerte por esto, ni necesidad que tengo, curiosamente al contrario de lo que opina padre que debo desear. Siempre dice que es algo que le ponen a la comida o al agua, algo que nos hace no tener aspiración alguna por reproducirnos o por movernos más allá de lo que nuestro trabajo nos impone. Solo vivo por salir a la carretera.

Un día me encontré una caja con extraña forma, era de metal oxidado, pero aun se podían ver algunas letras blancas sobre fondo rojo. Madre señala la pieza como arma diabólica y padre por fin ha recordado que la vida tenía una cosa que se llamaba “chispa” y que fue, entre otras, la causa de tanta desgracia, vivir, para la que le suponía la más terrible de las desgracias. Él también tenía sus secretos, no los escondía en el refugio, los tenía a unos metros del evacuadero, allí donde se iba a depositar lo que nos sobraba después de comer. Una pequeña construcción con dos depósitos, uno para la orina y otro para las defecaciones mayores; serán controlados y recogidos por los del camión una vez al mes. Si has comido algo que no corresponde a lo que ellos traen, o si no comiste eso, lo sabrán y puedes ser castigado. Nunca pasó, pero tampoco dimos motivos. A pocos metros, debajo de unas piedras, estaba el tesoro de mi padre y parte del de mi madre. El suyo era un museo de cosas que se había encontrado en la carretera, y el de ella una selección de ganchos de carteles que no colgaran nada nunca.

Este día es de los que tenemos que pasar todos en el refugio, llueve, casi parece que fuese a nevar; lo que cae del cielo dicen que es venenoso. El refugio es el sótano de la casa, una parte que no sale en los planos; se ve que el antiguo poblador de la misma lo construyó para guardar algunas herramientas, la caldera o un generador. Lo encontraron un día que el suelo cedió. Taparon la bajada con trozos de madera de otras partes y nos escondíamos allí cuando queríamos no estar vigilados, por las noches era mejor, porque los controles solo saltaban cuando había movimiento, no en la quietud a la luz de la luna.

Mis padres han traído sus tesoros y yo con un poco de miedo he sacado el mío. Los hemos colgado por las paredes, encima de las mesas y por una vez, van a contarme la verdadera historia de este mundo que desconozco. Uno a uno va pasando por sus palabras aquellos trozos que representaban una forma de vida, cuando la gente podía hablar usando todas las palabras, cuando no pertenecían a nadie y ser de un lugar u otro era un rito, un orgullo que se aplaudía. No saben la verdad de cómo llegamos a esta situación, yo tampoco la sé, pero visto desde estas piezas comprendo que lo echen tanto de menos. Me cuentan como la gente vivía unos junto a otros, sin miedo o con el miedo justo y como ellos tenían que proveerse de la comida, la ropa o lo que necesitasen. Buscar una pareja no era complicado y no siempre para procrear, pero que cuando llegaban los hijos era una fiesta. Había centros para todo, para nacer, para morir, para educarse, para guardar el dinero, comer… me enseña unas monedas y las comparamos con las que yo tengo, son diferentes pero iguales, lo que era por causa de haberse juntado un montón de países. La misma causa que hizo que ahora nos veamos donde nos vemos.

Hablaron del amor, que era algo inesperado que le pasaba a la gente, algo irremediable y maravilloso. Me costó entender esto y lo del sexo, también, tuve que fijarme que mi madre era distinta, que no tenía eso que nosotros usábamos para mear. Mi padre se puso muy pesado para que la mujer me diese un beso en los labios y así poder entrever de qué se trataba. Me dio un poco de asco, pero entendí que eso era, mezclarse, juntarse tanto que pareciesen uno.

Hablamos de todo toda la noche y me sentí feliz; ellos también, se reían ante mis preguntas y se sonreían cuando se miraban. Me senté mucho rato en aquel sillón que tanto le valía para ayudarse en el recuerdo.

Al día siguiente vino el camión del suministro y se llevo a mi padre, le obligaron a despedirse con una inclinación, no le dejaron besarnos. A la siguiente vuelta, se llevaron a ella, dijeron que estaba enferma y que me la devolverían, pero en los siguientes camiones no llegó nadie. Seguía manteniendo limpio mi trozo de mundo hasta que me aburrí, cogí algo de la comida del mes y mi caja con los tesoros de la familia. Comencé caminando por ese asfalto que estaba cuarteado y marcaba el camino. Era su camino, así que al llegar el medio día, después de tres o cuatro kilómetros rectos, giré. Nunca antes había girado y esto me hizo convertirme en un hombre libre.

Detrás, con suerte, puede estar el mar.