LEYENDO PERSONAS .-2

Las calles son los volantes alegres de los edificios, ellos tienen excusas para hacer lo que quieran y es por eso por lo que los habitantes de las construcciones, mayormente casas dónde acudir, salen a contagiarse del entorno. Las casas son pequeñas para obligar a sus moradores a salir de ellas.
La vi sentada en un banco pequeño, debajo de un árbol bien cuidado. El asiento parecía muy pequeño a su lado, y es que ella era del tamaño de las copas y no de los troncos.
Su pelo negro como una noche tropical, parecía cálido, brillante, aun siendo de día se reflejaban los colores de las hojas que tenía encima.
La ropa le comprimía, más bien pareciera que era de otra persona, quizás de la que había sido hace unos años.
Escuchaba música, con los auriculares puestos, meneando los pies como si fuera un baile conocido.
El mundo está lleno de huecos y ella ya no cabía en el que le había sido asignado. Había recibido la notificación – – “En conformidad a lo dispuesto en el artículo tercero del… Éste tribunal ha decidido su división, para lo cual se deberá trasladar a la entidad correspondiente, sita… Ésta notificación es intransferible y de obligado cumplimiento…”
Levantarse había sido un esfuerzo, huir un error, pero acudir a la cita, no estaba preparada, ni siquiera le habían avisado, lo hacían siempre, no podía ser.
Sus manos están temblando, ya le han dado dos toques vía la pulsera que lleva, no irá, no la van a dividir.
La gente dividida no descansa, sienten que les falta algo y usar los sobrantes como mano de obra gratuita, no está bien; no tienen sentimientos, no parece que sufren y son un bien para la sociedad, pero las personas que fueron divididas tienen un reflejo de esta situación.
Esa preciosa cara está sonriente, de un momento a otro llegará el retén que la llevará a la fuerza. No lo harán, ya empieza el efecto de la fruta prohibida. Se muere.
Nunca antes había leído a una persona que se encontraba en esta situación, demasiadas imágenes de golpe; corrían las caras, los sentimientos, los gestos o los lugares, los aromas de su vida se mezclaban en un dulce humo. Hubo lapsus en los que se podía ver a la madre, la que cobija y convence de lo bello que eres y al instante la del ogro, varios en este caso, esos monstruos que te rompen el espejo de fuerza que te hicieron sentir.
Tenía una buena ocupación, simplemente hablaba con otros y les convencía de lo bello que es el mundo.
Ya llegan y ella, en toda su enormidad, no está.