LEYENDO PERSONAS .-4

 Sus dimensiones son importantes, hace mucho que no guarda medida, hasta la respiración es algo costosa. Se ha sentado de espaldas al mar, al sol que le agujerea los ojos.
Lleva un anillo de boda en una mano y otro en la otra, en el dedo pequeño, puede ser el de ella, lo podría jurar por su expresión, la de un hombre solo que estuvo acompañado.
Hay cierto descuido provocado en su ropa, como si así pareciera más joven, más actual.
Fue un verdadero innovador en su momento (¿cuál es el momento de una persona?) aquellos años de buen trabajo en la compañía eléctrica, el tiempo de tener una compañera, el de los hijos que ahora están desperdigados por el mundo.
Vino a España hace mucho, vino por amor al mar, al sol y adquirió la envidia que venía adosada al apartamento que compró con ella.
Envidiaba el poder de la familia que ataba en corto a sus miembros y no les permitía marchar ni después de muertos. Y ella se fue, en desobediencia; le había pedido que no se fuera, le rogó calma e incluso se lo ordenó una mañana soleada y ella no hizo caso.
Un despertar se levantó en una cama vacía, un llamar, un desesperar, una escueta nota… El mar se la devolvió destrozada, tanto que sintió que no era ella.
Llora todas las mañanas, en las noches dónde busca sus fríos pies, en silencio o a gritos en la ducha.
Ahí está sentado, de espaldas a un mar que no le ayudó. Mira envidioso a los otros, los presume más felices que él y espera una llamada, un saludo, algo que le saque de la soledad.
No son horas para el alcohol, pero es su desayuno, su almuerzo y quedará sin cena, es, ahora su triste amigo que le permite dormir en esa vida envidiosa que lleva.