LEYENDO PERSONAS .- 6

No sé qué miraba, quizás el origen de las cosas, el mar o simplemente no veía el horizonte. Vestía como joven, bebía cerveza y su cabello era gris.
Dicen que las arrugas son las marcas que la vida te deja y que señalan las vivencias, sus marcas muestran el miedo, la perturbación a la vida misma. Le tiemblan las manos, la respiración y esa ropa no disimula que no está entera.
Fue maestra en escuela pequeña, con niños y niñas sin otro futuro que el de montarse en el mismo carro que sus padres. Y le llamaban doña a los veinte tres y los padres agradecidos le llevaban frutos y conejos muertos.
Empezaron a enfadarse cuando encaminó a uno, a uno sólo, al instituto, a un futuro mejor, porque la chiquilla podía. La niña excepcional le sirvió de excusa, y lo consiguió, aun siendo duro para todos, la niña salió del agujero, con su ayuda y el rechazo de todos.
Un día lo expuso en clase “los impedimentos, los rechazos, son escaleras que hay que subir” y ella subió sin ver las altas metas. Los padres dejaron de ser amables y se acabaron los presentes, poco a poco la fueron echando del pueblo.
La veo ahí, con sus arrugas y sus argumentos que no han desvanecido, sigue mirando desafiante. Vino a morir aquí, ya no estaba entera, un poco de ella, otro poco se había muerto, como cuando les daba clases, en el pueblo o en la barriada dónde nadie quería ir.
Cada alumno era un ser particular, una arruga nueva, una cana más. Sólo tuvo un hijo, una hija, aquella niña que saltó del instituto a la universidad y que ahora vive feliz en ese horizonte al que tanto mira. Nunca fue suya, pero se la quedó, porque estaba perdida entre la tristeza de la incultura y el futuro predeterminado al que enseñó a leer entre frutos y conejos.