LEYENDO PERSONAS .- 7

Estamos solas en la terraza de este agradable lugar; la calidez de las maderas recicladas, muy a la moda última, le da una apariencia de algo casero con aires hippies, me gusta el olor que tiene, a café refinado con las plantas de hierba buena recién regadas. Es hora del desayuno, acaban de abrir y han regado el suelo y las macetas.

Me pido un cortado mientras saco el táblet para escribir, no quiero perder un detalle de ella.

Estamos solas; yo me senté en la sombra, no por calor, más bien porque así veo mejor la pantalla, ella está, con toda su inmensidad en el lado por el que el sol seca el suelo y hace brillar los ceniceros.

Me pongo las gafas de sol, veo bien con ellas, están graduadas y me dan nitidez, detalles, además, nadie ve al lugar dónde llevo mis ojos, dan cierta libertad para poder escrudiñar.

Es preciosa. Ya sé que pareciera un recurso fácil hablar de alguien con bastante peso y decir que tiene una cara bonita, pero en este caso no son flores lanzadas a la concurrencia, lo es, tiene un aire a como me imaginé siempre a la hermosa Aldonza, la inspiración del hidalgo. Nada leí sobre su peso, sé que habla de lozanía, pero en mi cabeza era esta chica.

Es bella por grande, por el rosa de todo su expuesto cuerpo, lleva un vestido corto de tirantes, que deja ver mucha piel. Es bella por su pelo ondulado que decora una faz feliz.

Noto su lenta respiración que no es causa de la estrechez de sus pulmones y la gran necesidad de aire, no, es que respira lento, pausadamente, como disfrutando. Ha utilizado cerca de medio minuto para levantar la cabeza del periódico que tiene entre las manos y mirar, primero a mí y luego hacía la puerta de la terraza, como quien espera a un ser deseado, supongo el camarero.

Todo en ella refleja algo excepcional, tiene un gran secreto, uno que es como un hatillo que al abrir el nudo deja al descubierto otros secretos más pequeños, más personales.

Pensé que no veía nada especial, salvo su belleza, pero no, lo tiene, sólo que lo tiene en proporción a su persona entera.

Su secreto no es que duerme desnuda por placer, que lo es, porque si alguna vez otra persona entra en su vida, le dice que es porque tiene calor; tiene más, de distintos tamaños, por ejemplo, el que se escribe notas cariñosas en pequeños papeles y los guarda por toda la casa. Los pega en la nevera, los mete en el tarro del azúcar, debajo de la almohada o entre los pliegues del papel del váter. Son frases amables sobre ella, casi órdenes; que has de ser más cuidadosa, que te pares cinco minutos y te des un poco de crema en los codos, que te mires al espejo y te sonrías dos minutos, o aquellos en que se obliga a comer una fruta o un bombón.

Otro secreto que tiene, y que nadie sabe, es que ha programado su teléfono para que suene, como una llamada a distintas horas del día, unas veinte o veinticinco llamadas que ella, con lentitud, atiende sonriente, hablando a la nada, unas veces haciéndose la sorprendida y otras, como si estaría muy atareada. No lo está, nunca ha trabajado, vive de las rentas familiares y sabe hacerlo muy bien.

Toma el café sujetando el platillo con una mano y la taza con la otra, se ven muy chiquitos entre esos dedos regordetes. Lo toma lentamente, como si estuviera muy caliente o muy dulce, o muy lejano.

Devano cuatro, cinco secretos más, pero no son peculiares, no me hacen feliz, sobre todo uno dónde se muestra una gran soledad no escogida. Ella es la gran decoradora de la soledad, la hace hermosa. Ha conseguido hacer de su vida un ritual en solitario donde ella es el eje del universo, el resto no tenemos más valor que el de admirarla, incluso en los casos en que se giran para ver el volumen de su persona, se volverán admiración. Este secreto la afea, y yo quiero ser admiradora, y no lo sabe, pero ella lo vale en toda su dimensión.