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Muchas, muchas gracias Señor Dios!

Muchas gracias por todo lo que me has quitado en esta vida. Ya sabes que soy un obrero de baja categoría desde que aquél verano mi padre me dijo que me tenía que poner a trabajar, que me fuese a la costa, que allí había trabajo de camarero. Gracias por haber podido trabajar toda la vida en eso, sin mayores intenciones, que ya se sabe que camarero lo puede ser cualquiera, pero uno bueno, siempre dispuesto con los clientes, siempre aguantando a los jefes con un humor cambiante.

Gracias por no dejarme comprar un piso en el dos mil, estaba claro que con mi sueldo de camata era imposible pagar las letras, incluso cuando juraba que de media conseguía el doble en propinas. No hay palabra que cubra mis juramentos y ni el jefe quiso ayudar en este caso… en este, ni en ningún otro, que tampoco lo ponía fácil si quería tener un día de fiesta. No pude ir ni al funeral de padre que murió en agosto y ya se sabe ese mes es sagrado, perdón, para los hosteleros.

Gracias por todos los puestos de trabajo que he tenido, incluso por esos que al ser de temporada no me querían dar de alta y ahora parece que nunca trabajé. Gracias por no dejarme casar con la cocinera, tantos años ahorrando para la entrada del piso y al final, lo que quería es irse al pueblo, tantos años esperando que se aburrió de cocinar, de turistas, de mí. Gracias por dejarme comprar la moto con parte de aquel dinero y por permitir que el resto se me fuese en alcohol. Menos mal que tuve ese accidente, porque de no ser así, hoy seguiría bebiendo y habría olvidado darte las gracias.

Aquí estoy en el asilo del pueblo, con una botella atada a la pierna para mear, compartiendo habitación con tres viejos más y sin nadie que me visite. Ahora me alegro de no haber tomado drogas, mi cirrosis estaría peor. Veía a mis jefes irse, al cerrar al casino y envidiaba eso, pero gracias a Dios nunca tuve suficiente dinero, ni una buena corbata para poder acercarme aunque solo fuese a mirar.

Gracias por no dejarme tener mayores agujeros, esos que la gente desea pagar con la quiniela. Gracias por la vez que me toco los ciegos y compre sellos de no sé qué galería de coleccionista. Menos mal que se perdieron, no hubiese sabido que hacer con ellos. La chica que me los ofreció no paraba de frotar sus tetas en mi brazo y no lo pude remediar.

Agradezco tu favor al ponerme al lado a esa buena mujer, con aquella manera dulce de hablar, pero podrías haber hecho un esfuerzo y no dejarle que me robase todo lo que había ahorrado, que no era mucho, lo justo para volver al pueblo y arreglar un poco la casa de los padres.

Agradezco este dolor que no se me deja en paz, que no es cosa de tomar nada mejor, total he de morir lo mismo y los médicos dicen que no hay para pruebas. Les he oído decir que es normal pá lo que me queda. A ver si tengo suerte y duro unos meses más, porque me han dicho que mis sobrinos vendrán de Alemania, si hubiese sido tan listo como mi hermana, a ella le habría puesto contenta ver que los suyos están haciendo lo mismo que hizo ella y que conocer el terreno ha servido a los nietos. Es de agradecer esta vida sin sobresaltos que me has dado y espero que me perdones las veces que te ofendí yendo de putas o bebiendo. Me gustaría pedirte si no es mucha molestia que mi equipo gane la copa, por una vez; seguramente hay muchos solitarios como yo que en día de gloria se deja abrazar por otros hinchas y nadie sabe lo que se alegra uno. No dejes que esta enfermera que escribe lo que le digo se vaya a la calle, ella es como yo, una agradecida, que se pudo quitar de encima a ese cabrón que la pegaba y ahora se ha quedado con los dos críos y la hipoteca. No permitas que le quiten la ayuda por su madre, que la mujer no vivirá mucho y de mientras pueden ir pagando.

Muchas, muchas gracias Señor Dios! Si muero ahora, sé que soy una ayuda, ya no estaré en el paro y eso algo es, no consumiré recursos, no gastaré una cama que hay muchos esperando. Espero que llegue el cura para que me bendiga y me cuente que todo esto que digo llega a tus oídos, que no sé yo si he de llegar al cielo o quedarme por el camino y poder ver la vida de los demás que siempre me pareció tan como de película. Ser espectador es lo que tiene, te aprendes los diálogos y sueñas con repetirlos.

Gracias por todo. Lo que me diste y lo que, está visto no tenía derecho.

Dormir es un poco morir. La siesta.

Dormir es un poco morir. Si la petite mort es eso, la gran mort es la inevitable, la siesta es un tocarla suavemente, con la punta de los dedos, pero casi rondando la consciencia.

El sonido horrible del aparato maldito, el invento del diablo a la hora de una siesta le dice al durmiente que debe romper con la parte lucida de la muerte y dejar de ver el otro plano. Estira la mano, a tientas, sobando los restos del postre y el café, tocando a ciegas como en un concurso de la televisión donde hay que acertar para llegar al destino. Allí está el causante, los causantes, que te acuerdas del mismísimo Bell, por conocido y del espíritu maldito que hace despertar a la bestia. Buscas de entre todos los botones uno que apague el ruido, uno que no te obligue a la comunicación, que deje entrever al que llama que no estás, sin ofender, no sea que sea un amigo o una noticia triste, entonces las maldiciones se vuelven en tu contra. Desearías tocar la tecla pero el fabricante debió ponerla debajo de la cavidad de las pilas e irremediablemente le das y aceptas una llamada, como se acepta algo irremediable.

Teniendo las cuerdas bocales atrofiadas por el sueño es complicado hablar, un “¿Si?” será más que suficiente… Preguntas y más preguntas que no entiendes. Se dará cuenta el interlocutor de que te daría igual que fuese el rey de un gran país o tu mismísima tía monja muerta. Contestas por inercia, con la seguridad de que el otro se ha dado cuenta de que no estás en tu sano juicio. Maldito el que llama a una hora en la que la gente debería de darse cuenta de que puedes no estar disponible, no querer estarlo. Contestas y lo más triste es que encima no es para ti. Maldito inventor que no hizo que el sonido del diablo tuviese un color, un tono para cada uno de los que están en la casa o en vez de ese ruido de estúpida onomatopeya, diga tu nombre en voz alta… no, casi mejor que no, esto podría tener connotaciones infantiles poco agradables.

Es igual, ya te han despertado y en vano intentas volver a que las sucias mantas de sofá te arropen, ellas solas podrían caminar hasta la lavadora, y hacer a la puerta una manifestación exigiendo un trato justo. Imposible, no es que no se pueda volver a dormir, se podría pero hay un velo luminoso que te quita la idea… la culpa. ¿Por qué será que todo lo que nos gusta acaba produciéndonos una culpa estúpida?, un sentimiento que no sirve para nada, salvo para amargarle a uno la vida.

Ya te has despertado y tomado la primera decisión a modo de bautizo, de prueba fehaciente de que estás ya en este otro lado y esa sensación conocida, cotidiana se siente cerca. La boca seca, sin pálpito en el corazón, la vista no encuadra y una terrible necesidad de orinar se apodera de ti. Buscas en vano el zapato sinvergüenza, ese que aprovecha y juega al escondite cuando sesteas. Los zapatos son como los hijos; tienes dos y a pesar de que quieras que ambos tomen el mismo camino de la bondad, sabes que la maldición de Caín y Abel nos persigue; uno de ellos desea la libertad y hay que retenerlo a tu lado o no servirá para nada, no tendrá futuro, romperá el del hermano.

Ya en el aseo, sentada en la fría taza intentas recordar los sueños, esos que el absurdo puebla y maneja a su antojo. Apoyas tus brazos en las rodillas parafigurando a Rodin y te das cuenta de que así podrías quedarte una o dos horas más. Los pensamientos se alejan, la tranquilidad te embriaga y… tienes que tener cuidado porque si no espabilas, bien podrías pegarte un trastazo contra el lavabo que inamovible espera tu frente.

Ya no hay vuelta atrás, necesitas espabilar y volver a tomar la vida como lo que es, un impasse entre un sueño y otro que se rompe por una llamada de teléfono, que tampoco te la ha de cambiar, ni siquiera te emociona lo suficiente como para desear despertar.

Esta es la historia de cómo tuve una revelación gracias a un “yugur”.

Hace unos años saltó a la palestra un nuevo yogur. No era el clásico ácido con su mejorado azucaramiento, con sus sabores y colores anormales o esos tropezones que le llamaban frutas, no. Tampoco tenía un vaso de material sólido alguno, seguía teniendo un recipiente de plástico parafinado, quizás más plásticoso que los simples, los vulgares que poblaban los estantes en las fresqueras de los frigoríficos. Este, en su empeño por alucinarnos tenía una forma cuidada y un color fuerte con letras que resaltaban en blanco. El color azul.

Primero nació de una conocida marca comercial que en seguida nos vendió la burra con anuncios potentes. Nos enseñaron una palabra nueva, joroña y sin decir que coño significaba le dimos un sabor, joroña es bueno, joroña es griego, joroña es sabor. El revuelo gustativo no se dio con la intensidad esperada; sí, era un nuevo yogur con textura más cremosa y sin esa acidez que muchos no soportamos. La palabra, con los años la he visto en prensa, en la zona de anuncios por palabras, donde las prostitutas se anuncian, usándola como referente a: “hacemos joroña que joroña”. Ante esto y sin saber muy bien que significaba telefonee a una de estas señoritas de vida alegre para preguntar. Mejor me callo la respuesta, entre otras cosas porque me insultó de mala manera y me animó a meterme por el orto el susodicho yogur con vasito y todo. En internet tampoco se sabe mucho de este servicio, me da a mí que estas propuestas son de chicas que trabajan en uno de esos macro supermercados tan populares.

Cambiando de tema, prosigo. Los centros de alimentación que tienen a bien copiar lo que las firmas sacan, hicieron lo que mejor saben hacer, llamar a las cosas con nombres parecidos y utilizar el color de los otros y no el precio. En un súper de estos se instaló el Griego con cuatro variantes: normal, azucarado, con chocolate y con frutos secos.

En plena alegría económica tenían cantidad de azúcar y las pintas de chocolate parecían onzas; los mejores, sin duda, los de frutos secos donde podías distinguir perfectamente las avellanas, almendras, piñones o pasas enteras que le daban a esta crema un toque excepcional. Tanto era así que en ocasiones lo cambie de recipiente y dije con la boca pequeña que lo había hecho yo. Le llamé “sorbete de puta” y todos me rieron la gracia.

Grecia, el país, vivía feliz recibiendo turistas que no llegaban con ganas de ver piedras, todos querían probar de primera mano ese joroña que joroña y por el que muchas de sus viejas amas ganaron tanto dinero que se pudieron comprar casas y terrenos.

Vino la recesión y jamás lo hubiese dicho, el yogur estaba conectado con la decadencia griega. Cada vez que en los noticiarios alguien explicaba algo sobre esto, el vaso se desinflaba y en el interior ya no se apreciaban tantos complementos como antaño. Ahora tiene menos azúcar, para ser honestos, bien podría ser alimento principal de un diabético; el chocolate ni brilla por su ausencia, no son ni escamitas de un pez, son como pecas solo con el sabor de la imaginación. Las palabras “frutos secos” deberían quitarlas de las instrucciones del vaso, no hay tales frutos, no de la forma que se merecen para ser llamados así. Habría que decir: Tiene trazas… Trazas e ilusión, porque nada más. Parece broma esto que digo y no lo es. Hoy me ha salido una cosa blanda con un tono oscuro y ante la duda de si era una pasa o un bicho no me he atrevido a comerla. Y es que los yogures griegos son referentes al país de origen. Ya no dicen la palabra divertida que ha tomado más usos, ahora nadie la pronuncia como si decirla fuese algo que humilla, más aun si se puede, a este bonito y viejo país.

Aún siento el dolor.

Aún siento el dolor. Supongo que los tiempos del juego habían terminado. Y ahora descansando bajo el árbol siento que he crecido. Las palabras habían escapado a nuestro control. Todas se habían unido para la lucha hartas como estaban del desgaste y sobre todo de tanto desprecio. Salieron de los libros en fila de a dos y se fueron al bosque como un reducto de libertad. Costó mucho hacernos entender entre nosotros pero al final solo los gestos cariñosos se impusieron al descontrol. Las flores, hojas y todas las ramas sostenían las palabras, volvieron porque la necesidad es mutua. 

Letras sueltas.

He cerrado los ojos y te siento aquí. Percibo el calor de tus palabras. Siento como resbalan las eles por mis mejillas y a las íes que dejan los puntos en mi cara y ahora tengo pecas. Unas zetas se han enredado en mis cejas y las es mayúsculas tumbadas en mis parpados parecen pestañas. Tengo miedo a respirar por no comerme unas erres, sin embargo las eses son deliciosas. Me amas con tus letras, me acarician y dejo que las palabras se tornen ideas prendidas en mi pelo.

Tengo que traducírtelas, están un poco enredadas y me gusta el trabajo. No dejes de hablar, me estoy haciendo un vestido. 

Volverán a lamentar…

Tanto lo lamentaran que la exudación de la pena barnizará los recuerdos. Quedaran difusos en la memoria y comenzara una nueva vida. Por todas partes personas silbando, otras harán gestos de contrariedad, como cuando te has equivocado de calle.

Los trabajadores volverán a sentirse seguros. Las madres creerán que sus hijos son listos y vagos a la vez. Los bancarios pondrán pañuelos en las mesas para llorar con el cliente. El amante seguirá pensando que ella disfrutó y ella, que ya no recuerda nada está convencida de que el amor es así. Grande y lento. Lentamente volverá a rechazarlo.

Un saludo matemático… HI.

Plot3D[Exp[-3*((0.5+x)^2+y^2/2)]+Exp[-x^2-y^2/2]*Cos[4*x],{x,-5,5},{y,-5,5}]

Esto es un saludo matemático en inglés, HI.
Bien… parece una tontería pero no lo es; quizás sea una de las gracias de las mates que siempre nos parecen de otro mundo y resultan bellas aun sin entender nada.
No salí de casa preparada, siempre pensando en lo poco afortunada de mollera que era para poder llegar a conclusiones como esta, un saludo, una regla o una de esas cosas que hacen los matemáticos y que cambian el mundo.
La vida es un poco como las mates, todos sabemos cosas sencillas, básicas para movernos en el circulo que vivimos y las complejas… ah! las complejas, amigo, se dejan ocultas en lugares a los que ni siquiera queremos acceder. Me gustan los trucos de esta asignatura que siempre me pareció un poco mágica, esotérica y sectaria. Qué bien empieza con la fe de que los números dirán siempre la verdad y luego nos demuestran que pueden ser hasta primos, como todos, con su retorcida complejidad y su encantadora presencia.
Me gustaría saber más, poder despejar todas las incógnitas que se me presentan, que son muchas y dispares.
Aquí, en este mundo todo tiene nombres exquisitos: “La Identidad de Euler” o el señor Gauss con su célebre: “ley de reciprocidad cuadrática” y la no menos famosa “Campana de Gauss” esa que algunos metimos en nuestra esencia para darnos cuenta de que el viejo dicho: Todo lo que sube baja, estaba más que acertado. Y en esas miramos la vida como esperando la maldición divina de los siete años, plaga va, plaga viene, que no se diga no somos ecuánimes.

El fin para Ilusión y Esperanza.

Habían quedado la Ilusión y la Esperanza en la esquina, esa en la confluyen la calle Desengaño y la avenida de Feliciano García. Llego primero la Esperanza que sale de casa con tiempo y aunque anda despacio llega puntual a todas partes; al minuto la Ilusión hacía gestos para que desde el otro lado de la calle ella la viera. Se abrazaron como siempre hacían apartándose luego un metro una de la otra para verse bien.

-Siempre estas guapa Esperanza.

-Tú sigues iluminando por dónde vas.

-Dejémonos de palabras. Caminemos.

Se encaminaron avenida arriba, hacia el final de la ciudad; el camino era largo pero no les importaba, el que sabe hacia dónde se dirige tiene medio camino hecho. Hablaban del hombre al que en homenaje habían dedicado la calle. Todo el mundo sabe que fue él quien instauro el sorteo y que pasados unos años acabó siendo una cosa más en las maternidades. Feliciano García, no se llamaba así, todos lo conocían como Félix El Ingenioso. Desde muy pequeño había dado muestras de tener una inteligencia excepcional, quedando claro para todo el mundo cuando descubrió que con solo llamar a las cosas por su nombre estás se convertían en realidad. Algunas palabras no gustaban mucho y se empeñó en cambiarlas. Cuando hubo renovado algo del lenguaje puso en camino una nueva manera de llamar a las personas. Entre todos decidieron que para tener armonía en la vida se necesitaban nombres cuyo contenido fuese el transporte adecuado para conseguir la felicidad. Se hicieron consultas a los sabios y se leyeron todos los libros escritos, incluso las notas de algunos autores y al final se decidió que los nuevos nombres serian: Ilusión y Esperanza. Daba igual que fuesen varones o hembras, estos nombres cabían en todas las personas. Se sortean los nombres en la maternidad, cara, Ilusión, cruz, Esperanza. Así lo hicieron y ahora, en estos momentos toda la población disfruta de ello.

Nuestras chicas llegan ya al borde de la ciudad, atrás dejan los edificios de colores que tanto decoran, al frente hay un prado con una calzada ascendente rodeada de flores. Es inevitable oler el aroma que desprenden, antes, cada una de ellas, las plantas, tenían un nombre con el que se identificaban, después de la renovación, gracias a Félix se decidió que nunca más se necesitaría clasificar a las personas, ni a las cosas y que era mucho más práctico que todo se unificase. Los árboles se llamaban así, árboles; los peces, peces, sucesivamente con todo lo que les rodeaba. Al final del camino estaba la Nada.

Ilusión y Esperanza habían caminado mucho hablando de las cosas que les rodeaban, esas que por obligación solo podían dar felicidad; todo era tan sencillo que cuando descubrieron que se amaban no pudieron por menos que asustarse. Eso no tenía nombre y de tenerlo hubiese sido una palabra nueva. Se nombraron una a la otra de diferente manera, jugando con silabas que sonaban bien.

Llegaron al final del camino, donde se corta a tajo la montaña y nada se ve. Se besaron, se abrazaron y una mirada bastó para saltar las dos a la vez al vacio. En ese momento supieron que la Nada es pareja del Vacio.

Durante un rato caían unidas por las manos y solo el viento cálido que las acariciaba les hizo soltarse; cerraron los ojos esperando llegar a alguna parte, un suelo blando hubiese estado bien. Se descalabraron porque lo que no esperaban es que en el fondo de aquella Nada estuviesen escondidas todas las necedades que sin duda, no tienen nombre.  

Decir un “Te quiero”

Habían sido muy amigas, esas que la pubertad llama “intimas” porque se lo cuentan todo, se conocen hasta el último detalle y esto, no volverá a pasar ni con el amor de su vida o el marido más querido. Se conocían desde primaria y vivían en el mismo barrio, a dos calles, por lo que siempre estaban juntas. Al llegar esa edad en la que los caminos dejan de ser paralelos con el mundo, se separaron. La una se fue a recorrer la vida con un novio impulsivo y rockero, la otra se instaló en el viejo pueblo familiar con un precioso chiquillo en los brazos. Quedarse embarazada a muy temprana edad era algo casi inevitable en esos años y aceptar el desafío de la maternidad solo se le podía ocurrir a una loca por la vida.

Un día antes de la verdadera separación habían quedado a charlar y despedirse. Se dijeron cosas repetidas de cariño y amistad, pero no salió un “te quiero”. No por falta, más bien porque antes no se veía tanta serie de televisión americana donde esto parece que sea lo normal. Se quiere al novio, al marido, al querido… se quiere al que te rodea y te hace la vida mejor, pero no se le dice, se ocultan las palabras que ni siquiera son mágicas y no conducen a un “quiero tenerte cerca”, “quiero vivir contigo siempre”, para esto se suele usar el “te amo” que es mucho menos posesivo y nos dijeron que más trascendental.

Ellas entre lágrimas y risas se dijeron adiós, no sin antes quedar en un futuro, porque una amistad como esta no se puede dejar aparcada en la memoria. Pero como el futuro no tiene dirección la cosa quedó solo en eso, intenciones traducidas a palabras con esperanza.

Muchos años pasaron y muchas cosas que hicieron que las dos fuesen felices o desgraciadas a su manera. Cuantas veces se nombraron en los pensamientos que llevan hacia atrás y que nos muestran una felicidad caduca, que no tiene sentido al no poderse recuperar. A veces se vive más en el recuerdo de otro que en la vida misma y esto te hace sentir como una viuda plañidera, que no encuentra consuelo en la ventaja que es vivir.

Las vidas se organizaron para volverse cotidianas, ambas tuvieron y perdieron hijos y maridos; ambas se pelearon por sobrevivir y hacer que la madurez fuese un pequeño resquicio de lo que aprendieron aquellos días de intimidad. Habían cambiado mucho, el camino las había cansado pero no dejaban de echarse de menos y rememorar, como quien mira una foto, los buenos ratos pasados, por muy infantiles que pareciesen desde la lejanía. Iban ganando a medida que se contaban en voz alta. Los demás sin vivirlo, envidiaban esta amistad, aunque muchos años después parecía hablasen de un tiempo muerto.

Una mañana recién levantada se miró al espejo y supo que sería un buen día. Se vio más bonita, las arrugas sonreían haciendo garabatos en su cara. Desayunó y se vistió como para algo importante, porque no se puede ser feliz sin cuidar los detalles. Y se sentó a esperar. Su hijo que la vio como en tantas otras ocasiones, no le dijo nada, no tenía remedio esta mujer que vive en otro mundo. Ya no le animaba a que saliese, que si quería encontrar algo tenía que salir en su búsqueda ella misma, que a las puertas no llega la vida. Por mucho que le decían ella no hacía nada, solo se sentaba esperando. SE había imaginado que la vida era como una cinta de aeropuerto donde las maletas pasan delante de ti y coges la que más te gusta, que siempre suele ser la tuya. “Si la vida pasa por delante, me espero y tomo lo que me guste” no calibraba la anchura de la cinta, ni la velocidad, ni nada, porque este ejemplo que ella usaba, era del todo tonto.

Esta mañana a la hora que la vecina baja a por el pan y el cartero deja las notificaciones se escuchó a lo lejos una tonadilla. La escuchó dos veces y se quedo sin aire. Era su canción la que le había enseñado su amiga. Una popular, infantil y en otro idioma. Dio un salto y bajo las escaleras como si tuviese quince años, esa era su canción. En la calle no vio al cartero que saludaba curioso por verla salir, no se fijó en el cielo azul salpicado por miles de golondrinas, solo escuchaba la tonadilla y se puso ella misma a cantar mientras corría calle arriba.

Allí la vio, en la esquina, en el cruce de todas las calles, cantando y esperando. Su amiga la sintió cerca y cantaron juntas en un abrazo. Le contó que entonaba su canción desde hacía unos años, que la vida se había portado duro con ella y que un día decidió salir en su busca, porque nunca había podido decir a nadie más un “te quiero”.

Cantaba la tonadilla y las personas le echaban unas monedas, “pobre loca” decían, pero no le importaba, sabía que esta era la única manera de encontrarla.

Nunca más se separaron y ahora se sientan cada mañana a recordar, cogen las maletas que la vida les muestra y son felices. Lamentan el tiempo ganado solo por los recuerdos y saben que nunca más se separaran.

GIRAR Y VER LA LIBERTAD A LO LEJOS…

 

Llevábamos años con una crisis memorable, por lo menos eso decía mi padre que la vio nacer y crecer, mezclarse entre las clases sociales. El pobre tenía tan buenos recuerdos de la lucha que guardaba un roído sillón donde se ve que pasaba largos ratos viendo el mundo a través de un aparato que tenían; contaba que con eso se conectaban con todo el mundo… siempre fue un exagerado, pero esas historias bien valían la pena.

Solo tengo unas pocas referencias de cómo era antes y gracias a que me enseñó, mi madre, a leer, puedo traducir estos vestigios que me voy encontrando. Mi trabajo es el mejor del mundo, no conozco otro, no conocí en otro a mi padre tampoco. Se ve que no siempre los hijos heredábamos los trabajos de los padres; hubiese podido escoger el de mi madre, pero no me gusta estar en la fábrica poniendo ganchos a las leyes. Ella hace un turno de doce horas, casi sin descansos, colocando esos ganchitos estúpidos a la ley. Dice que es un trabajo que le deja exhausta, cada cartel pesa según la ley que lleva impreso y a veces la contundencia es tal que debe ser costoso moverlos, pero como ya casi nadie sabe leer, suelen tener figuras representativas para que veamos lo que es de obligado cumplimiento, todo.

La ventaja, la única ventaja que tiene su trabajo es que ella ve gente, vecinos, antiguos colegas, muchos están ahora allí. Consiguieron lo que pretendían, la igualdad.

Hay otros trabajos, pero no puedo acceder, no se pueden heredar, solo los de los padres y eso, cuando están, por pura estadística a punto de morir. Sea como sea, si no cuadran las fechas, semana arriba, semana abajo, vendrán y lo harán las Fuerzas de Compromiso. No me gustan, me aterran, pero no hay otra, si no hubiesen firmado esto los gobernantes hubiesen muerto todos.

Al principio fue la economía la que mataba a las personas, pero salía caro; luego se puso a la venta los terrenos y como no llegaba para pagar las deudas, compraron a los habitantes. Hicieron de este lugar un sitio mejor. Nadie se tenía que preocupar por nada, ya tenían amo para que guardase de su alimentación, su moral o su salud. A cambio solo había que ser obediente, comer lo justo y no ponerse enfermo. Lo de la vejez es inevitable, ya marcaron la edad perfecta para morir, justo cuando se deja de producir como ellos piensan que se debe de hacer. Padre cuenta que hubo un tiempo en que la gente se reunía para divertirse, para escuchar música o ver películas, que son trozos de la vida inventados que se ven como en los carteles con movimiento.

La música, la conozco, mi madre cuando estamos solos en el refugio me canta viejas canciones. No sabe que dice, ha olvidado el significado de las letras y aunque lo supiese no me lo diría, ella cree que es mejor no saber para no sufrir. No entiendo muy bien que es la palabra “sufrir”, claro que tampoco entiendo que significa “libertad” o mil otras que a veces se les escapan en sueños o cuando llego con uno de los tesoros que encuentro en mi trabajo.

Trabajo de Lustroso Vial. Es un poco pesado en invierno pero me gusta tenerla siempre a punto, la carretera, aunque nadie pase por aquí. Mi trozo consta de seis kilómetros y tengo que mantenerla limpia a diario. Por la mañana hago la parte contraria a la salida del sol y por la tarde la de la puesta. Así no me molesta tanto la luz, llevo protectores, unas viejas e incómodas gafas repegadas con cola para que duren, seguramente si algún día tengo suerte me tocará tener un heredero para estas monturas, las tengo que cuidar. Cuando mi padre me pasó las herramientas para este trabajo, pensé que no se podía tener nada mejor; equivocado estaba, mucho y con suerte.

Los primeros meses no me fijaba en nada, pero luego a poco que mirase me iba encontrando pequeños tesoros, trozos del pasado que recogía con cuidado y miraba por la noche, a la vuelta a casa. Los tengo escondidos en el refugio, en una caja que me hice con unas bolsas y unas maderas que también encontré. Mi madre es la que se encarga de contarme para que servían esas cosas y él nos mira con miedo y pena, ya no recuerda, no quiere recordar ni sentado en su sillón, como hemos llegado hasta aquí.

Salgo por la mañana después de haber tomado un cuenco de sopa caliente, saco la carretilla comienzo a barrer. No hay mucho que recoger, solo volver a la tierra no asfaltada las pequeñas piedras o las hojas que el viento mueve. Una vez al mes pasa un camión que reparte los víveres y el agua; recoge los desperdicios debidamente empaquetados y nos hacen un examen para ver si estamos bien, tanto física como mentalmente. Madre nos instruye a todos antes de que lleguen para que no olvidemos que es lo que debemos decir. Yo solo utilizo dos palabras, si, no, nunca otras; si se enfadan abro la boca como si fuese a hablar y subo los ojos como si se me fuesen a salir de las cuencas, les hace poner cara de asco y se van por donde han venido. A lo mejor tanta tontería hace que nunca me dejen tener relación con una mujer, pero casi no me importa. No voy a cambiar mi suerte por esto, ni necesidad que tengo, curiosamente al contrario de lo que opina padre que debo desear. Siempre dice que es algo que le ponen a la comida o al agua, algo que nos hace no tener aspiración alguna por reproducirnos o por movernos más allá de lo que nuestro trabajo nos impone. Solo vivo por salir a la carretera.

Un día me encontré una caja con extraña forma, era de metal oxidado, pero aun se podían ver algunas letras blancas sobre fondo rojo. Madre señala la pieza como arma diabólica y padre por fin ha recordado que la vida tenía una cosa que se llamaba “chispa” y que fue, entre otras, la causa de tanta desgracia, vivir, para la que le suponía la más terrible de las desgracias. Él también tenía sus secretos, no los escondía en el refugio, los tenía a unos metros del evacuadero, allí donde se iba a depositar lo que nos sobraba después de comer. Una pequeña construcción con dos depósitos, uno para la orina y otro para las defecaciones mayores; serán controlados y recogidos por los del camión una vez al mes. Si has comido algo que no corresponde a lo que ellos traen, o si no comiste eso, lo sabrán y puedes ser castigado. Nunca pasó, pero tampoco dimos motivos. A pocos metros, debajo de unas piedras, estaba el tesoro de mi padre y parte del de mi madre. El suyo era un museo de cosas que se había encontrado en la carretera, y el de ella una selección de ganchos de carteles que no colgaran nada nunca.

Este día es de los que tenemos que pasar todos en el refugio, llueve, casi parece que fuese a nevar; lo que cae del cielo dicen que es venenoso. El refugio es el sótano de la casa, una parte que no sale en los planos; se ve que el antiguo poblador de la misma lo construyó para guardar algunas herramientas, la caldera o un generador. Lo encontraron un día que el suelo cedió. Taparon la bajada con trozos de madera de otras partes y nos escondíamos allí cuando queríamos no estar vigilados, por las noches era mejor, porque los controles solo saltaban cuando había movimiento, no en la quietud a la luz de la luna.

Mis padres han traído sus tesoros y yo con un poco de miedo he sacado el mío. Los hemos colgado por las paredes, encima de las mesas y por una vez, van a contarme la verdadera historia de este mundo que desconozco. Uno a uno va pasando por sus palabras aquellos trozos que representaban una forma de vida, cuando la gente podía hablar usando todas las palabras, cuando no pertenecían a nadie y ser de un lugar u otro era un rito, un orgullo que se aplaudía. No saben la verdad de cómo llegamos a esta situación, yo tampoco la sé, pero visto desde estas piezas comprendo que lo echen tanto de menos. Me cuentan como la gente vivía unos junto a otros, sin miedo o con el miedo justo y como ellos tenían que proveerse de la comida, la ropa o lo que necesitasen. Buscar una pareja no era complicado y no siempre para procrear, pero que cuando llegaban los hijos era una fiesta. Había centros para todo, para nacer, para morir, para educarse, para guardar el dinero, comer… me enseña unas monedas y las comparamos con las que yo tengo, son diferentes pero iguales, lo que era por causa de haberse juntado un montón de países. La misma causa que hizo que ahora nos veamos donde nos vemos.

Hablaron del amor, que era algo inesperado que le pasaba a la gente, algo irremediable y maravilloso. Me costó entender esto y lo del sexo, también, tuve que fijarme que mi madre era distinta, que no tenía eso que nosotros usábamos para mear. Mi padre se puso muy pesado para que la mujer me diese un beso en los labios y así poder entrever de qué se trataba. Me dio un poco de asco, pero entendí que eso era, mezclarse, juntarse tanto que pareciesen uno.

Hablamos de todo toda la noche y me sentí feliz; ellos también, se reían ante mis preguntas y se sonreían cuando se miraban. Me senté mucho rato en aquel sillón que tanto le valía para ayudarse en el recuerdo.

Al día siguiente vino el camión del suministro y se llevo a mi padre, le obligaron a despedirse con una inclinación, no le dejaron besarnos. A la siguiente vuelta, se llevaron a ella, dijeron que estaba enferma y que me la devolverían, pero en los siguientes camiones no llegó nadie. Seguía manteniendo limpio mi trozo de mundo hasta que me aburrí, cogí algo de la comida del mes y mi caja con los tesoros de la familia. Comencé caminando por ese asfalto que estaba cuarteado y marcaba el camino. Era su camino, así que al llegar el medio día, después de tres o cuatro kilómetros rectos, giré. Nunca antes había girado y esto me hizo convertirme en un hombre libre.

Detrás, con suerte, puede estar el mar.