El jardín del Edén.

Recuerdo los días en que pasaba por delante de una verja. Esquivaba algunas puntas que se rompieron y como cuchillos marcaban los brazos o rasgaban las ropas de los despistados. Nunca me apeteció entrar en el solar baldío, lleno como estaba de escombros, sin mayor estética que la de un abandono.

Un día antes de navidad, alguien puso unas telas roídas, dejó de interesarme el hueco. Alguien había ido rematando los rotos y ya no parecía un invernadero del temido Tétanos.

Pasó el triste invierno y en la primavera, el caminó se iluminó de olor, aquel espacio, ahora protegido, empezaba a ser un deseo.

Una tarde, antes de las tres, busqué un hueco por donde colarme. La entrada cerrada con un alambre no daba invitaciones, me costó, me rasgué, le vi los ojos al veneno, pero no me importaba nada, mi saliva siempre tuvo poderes curativos, mientras me cantará el “Curita Sana”

Allí, al otro lado, reventando por la explosión… miles de flores alfombraban un espacio donde las viejas vigas y los ladrillos rotos habían pasado a ser parte del jardín del Edén entre basuras. Nunca supe quien lo hizo, ni si se hizo solo, como un enfado al abandono.

Esa tarde el colegio estaba detrás de una verja oxidada, desconocida aula, sin más maestro que el olor; la bronca del ciego, al día siguiente, estaba asegurada.

3 CUENTOS SOBRE LA FELICIDAD EN EDAD TEMPRANA.

Voy a escribir un cuento para niños…
Título: LA FELICIDAD ESTABA EN EL INTERIOR 1.0
Erase una vez un niño que abrió los ojos. Vio lo que había a su alrededor… el sudor de su padre, las bragas de su madre, la ley o el cielo contaminado… Sintió miedo y se murió.
Fin.

Voy a escribir un cuento para niños…
Título: LA FELICIDAD ESTABA EN EL INTERIOR 1.1
Erase una vez un niño que no abrió los ojos. No vio lo que había a su alrededor… el candor de su padre, las ganas de su madre, la leyenda o el cielo iluminado… Sintió miedo y se despertó.
Fin.

Voy a escribir un cuento para niños…
Título: LA FELICIDAD ESTABA EN EL INTERIOR 1.2
Erase una vez un montón de niños, que no abrieron los ojos. No vieron lo que había a su alrededor… el candor de todos los padres, menos uno, aquel que sudaba: las ganas de las madres que tenían bragas, la leyenda de las leyes o el cielo iluminado, casi de color naranja por la contaminación… Sintieron miedo y unos despertaron; no todos tuvieron a bien, los más revolucionarios ya estaban muertos antes de nacer.
Fin.

LA POLICÍA DE LA COCINA

Tengo un par de desaparecidos en mi cocina y no hay policía de cocinas.

Puedo imaginar la situación y para esto limpio mis gafas de cerca con el vestido que llevo, está seco y lo remojo con el rocío de la botella de agua que me acompaña, está fría, es plástica y al frotar la tela contra ella suena un ruido desagradable, como si algo fuera a romperse de mentiras.

Ahora lo veo claro, era necesario.

Estoy preocupada, de la cocina han desaparecido dos de mis preciados instrumentos, unas utilísimas tijeras y un pelador. Si hubiera, imaginemos que sí, una policía de cocinas, todos llamaríamos en la… Paro un instante, está lloviendo, esa lluvia suave que es preludio de una noche de historias sin sentido.

Eran las nueve menos cuarto cuando me he puesto a hacer la cena; no es una de las comidas fuertes del día, más bien algo rápido y gustoso para terminarlo de la mejor manera. He ido a coger las tijeras, mis queridas cortantes de mango negro que llevan tantos años conmigo, y no estaban; necesité de ellas y solucioné el problema con una cuchillada rápida. Seguidamente tomé un par de patatas del cesto, las coloqué sobre una hoja de un periódico que no entiendo y quise pelarlas, no estaba el pelador de mango rojo.

Estoy preocupada, estas cosas no me suelen pasar, soy muy cuidadosa con mis herramientas habituales, me gustan, las tengo desde hace mucho tiempo porque son piezas de calidad y odio que me pase esto.

Tomo el teléfono imaginario de todas las cocinas, un plátano recién traído del mercado mañanero, uno que tiene por apodo “canario” por apodo y por color semejante a los pájaros estos, pero no por procedencia.

La lluvia ha mojado la calle, pero es tan suave que mis plantas piensan que es una broma, tendré que regarlas si no quiero que se enfaden.

.—Por favor ¿es la policía de cocinas?

.—Sí ¿Qué desea señora?

La voz que escucho al otro lado de la línea suena a una cuchara recién salida de la academia.

.—Mire, tengo que denunciar una, dos, desapariciones. No están en casa, unas recias tijeras y un pelador especial.

.—Ya, ya, tomo nota ¿y cuando se ha dado cuenta de la desaparición?

.—A la hora de preparar la cena, iba a…

.—¿La cena de hoy?

.—Sí, estoy muy preocupada, nunca me había pasado esto antes.

.—Mire, es demasiado pronto para hacer la denuncia. La ley, el procedimiento indica que por lo menos tiene que haber pasado un desayuno y una comida para que demos parte y se ponga en marcha toda la maquinaria.

.—Mire, no me quiero enfadar, pero haga el favor de pasarme con un inspector, un superior o lo que sea que esté por encima de usted y pueda ayudarme con esta desgracia.

.– ¡Señora! Tranquilícese, por favor.

.—Le he dicho que…

.—A ver, le atiende el inspector Inox, por favor, cálmese. Respire hondo y cuénteme que le ocurre.

Esta voz es más recia, estoy segura que es una cuchara de servir, no una de esas normales, esta es más grande, quizás de las que para servir no se usan mucho, pero son fantásticas para revolver los guisos.

.—Bien, ya tengo su dirección, iremos en una hora.

¡Una hora! No sé si me va a dar tiempo a limpiar, la tengo un poco dejada, no es que esté sucia, pero con esta desgracia no he tenido tiempo de organizarla un poco; lo más probable es que quieran que no toque nada, por si sacan huellas y eso que hace la policía.

Llaman a la puerta del frigorífico, son ellos, han llegado antes de la hora, imagino que no tendrán muchos casos o es que han dado prioridad a mi desgracia.

.—Pasen, por favor. Esta es la cocina, aquí es dónde he descubierto la falta.

Son dos cucharones de distintos tamaños, uno parece mayor, algo cascado, es de aluminio con un agujero al final, el otro es uno de cuenco más pequeño, con el mango fino y acabado en gancho, diría que es de acero, pero no de 18/10, quizás algo menos de calidad.

Se presentan y vuelvo a relatar los hechos.

.—Señora ¿ha mirado en el escurreplatos? Es algo normal que las cosas acaben detrás y uno no se de cuenta…

.– ¡Claro que he mirado! Ahí, ahí también, los he buscado por todas partes, no los encuentro por ningún lado.

.– ¿Este es el mueble de los cubiertos?

Me han hecho sonrojar. La gente normal tiene sus cubiertos en un cajón sencillo, yo tengo un viejo mueble de oficina de tres pisos dónde guardo los cubiertos, casi ordenadamente.

Abro el primer cajón y les veo hacerse gestos, no sé si se han espantado o están alucinando.

En el primer cajón están los cubiertos de uso normal, casi normal, los tenedores, las cucharas, las cucharillas y los cuchillos sin filo, esos que casi son más paletas que cortadores. También, al fondo, están los cubiertos para pescado, postre y los finos palillos de marisco.

.—¿Podemos extenderlos en la mesa? Vamos a ir preguntado, a ver si alguno sabe algo. Usted – se dirige al compañero – colóquelos en orden y haga un inventario.

Sé que no necesitan hacer un inventario, pero me parece que han descubierto que tengo ciertas manías con esto y no quieren perder la ocasión.

Primero separa las cucharillas, son escurridizas y se esconden unas con otras, o entre las cucharas.

Hay 28 cucharillas entre las de postre, café o las de té. Han separado las que son extranjeras.

.—¿Y esto, hay alguna explicación?

Me sonrojo, sé que tener 14 cucharillas huérfanas y de otros lugares no es muy normal. Le explico que hace muchos años que las colecciono, que nunca las he robado, ninguna, las encuentro en los mercadillos. Sí, soy culpable por gozar de los hurtos de otros, pero no creo que esto sea un pecado. Las cucharillas son todas diferentes, todas de líneas aéreas distintas, aunque alguna hay de compañía nacional.

Las cucharas, tenedores y cuchillos son un caos, todas se parecen, todas son de una calidad excepcional, buen acero y de diseño liso, odio los cubiertos con pretensiones.

Una vez se me ocurrió mirar con la lupa unos cubiertos de esos que, en los mangos, tienen florituras. Descubrí que no se puede almacenar más basura en esas partes, y desde entonces sólo tengo cubiertos lisos y de acero que aguanta bien las desinfecciones.

No hay seis iguales, parecidas sí, pero no iguales. La verdad es que no he comprado nunca un juego de esos que vienen en una bonita caja con seis o doce, doce y doce, nunca jamás. Cuando me casé recibí un juego de mi madre, que los tenía guardados y luego he ido reponiendo cada vez que he encontrado.

.—He perdido muchas piezas en esta vida, muchos cambios de casa, algunas personas que no soy yo han venido y en el afán por ayudar siempre se pierde alguno. Y el niño, que tengo un niño que siempre gustó de sacar y, no meter, y al final se te escapa el conjunto de las manos. Nada que ver con la pérdida de hoy, nada.

.—Veamos lo que hay en el otro cajón.

.—Aquí guardo los cubiertos para la carne, tenedores y cuchillos con mangos de madera. Este tipo de cubierto da prestancia y hace que un simple filete o una chuleta sencilla parezca carne de verdad. Hay seis o más cuchillos con mango de pasta, su sierra es fina, pero dan muy buenos resultados y cuando viene mucha gente los saco porque no les tengo mucha estima y no me importa que se pierdan. Ya ve, estos nunca se pierden.

El inspector sonrió, me daba la razón en esto.

.—También tengo los cuchillos de uso en la cocina. Como puede comprobar hay de todo tipo y para cualquier cosa que se necesite.

Con otro gesto del policía el ayudante los fue colocando en la mesa. Tengo demasiados, lo sé, pero es que me gustan mucho, los veo como herramientas de trabajo totalmente necesarias.

Me señalaba con el dedo alguno de los raros, esos cuchillos que he utilizado en contadas ocasiones y que si no eres muy experto no sabes para qué sirven. Este es para pelar naranjas, este para trinchar pavo, estos de aquí para quesos, son diferentes, este para pescados y este para… Estuve un buen rato describiendo las utilidades de los cuchillos ahí guardados, pero en realidad sólo eran importantes dos de ellos, los que manejo a diario y ahora mismo son mis favoritos. Los demás lo han sido en un momento u otro, pero la vida avanza, cambian los hábitos y las materias primas, hay que ir renovando.

Mis dos cuchillos compañeros son de acero, uno con filo liso y el otro con sierra. El de filo liso reluce, hace poco que lo he afilado y se sabe el que mejor corta de toda la casa. Al resto no los afilo más que cuando los voy a usar, porque les tengo respeto y algo de miedo, no sea que meta la mano sin mirar, por inercia y me lleve un tajo, que no sería la primera vez, algo totalmente sin querer y mayormente culpa mía.

El policía se lleva a parte a los dos cuchillos, los está interrogando, no puedo escuchar lo que dicen.

El cazo pequeño está recogiendo la mesa y regresando al cajón los cuchillos, no deja de mirarlo todo con asombro, tengo la sensación de que pocas veces ha visto tanto utillaje en una casa.

Se me acerca con recelo y me pregunta cuántos vivimos aquí, le digo que dos, a veces tres, y si tengo muchos invitados, le digo que a veces. No puede controlarse — ¡Esto parece un restaurante! – No sé, creo que son mucho más aburridos en esos lugares.

El ultimo de los cajones es una caja de sorpresas, ahí guardo las cosas más insospechadas, útiles, sí, pero sólo de vez en cuando.

Hay pinchos pequeños para las aceitunas, un modelo gracioso que diseñó una chica que hace ropa. Los pinchos para lo propio, nada de esas porquerías en aluminio que se doblan a la más tonta. Dos afiladores de mano, uno de grano más grueso que el otro, no es lo mismo. Hay pequeñas cucharas para servir cosas especiales como guindas. Pinzas de varios tipos, no se puede utilizar la misma para unos azucarillos que para unos cubitos de hielo o las que uno usa para sacar unas gambas de la fuente, incluso las raras que son para comer caracoles con dignidad. Tapones que tapan o que dosifican. Clips de oficina para cerrar las bolsas de plástico. Reposa cubiertos de porcelana, palillos de bambú, de laca, y hasta unos muy graciosos que son unas pinzas gigantes en plástico azul. Y unas cucharas de madera, paletas removedoras, que no quiero estropear las sartenes.

Toda la mesa llena de pequeñas cosas con explicación. No las uso mucho, así que no saben ellas lo que se cuece en la cocina.

El cucharón ha mirado todo esto sin mayor interés, son cosas de poca necesidad que salen poco fuera del cajón y que al hablar gritan como perrillos chicos.

Se pone serio y me pregunta si tengo más utensilios de este tipo. Le enseño otro archivador más pequeño con unas cuantas herramientas, sacacorchos, navajas, cubiertos de excursión, abrelatas viejos, los nuevos. Las pinzas de pasteles, los cortadores de pizza, los exprimidores de lima, las pajitas metálicas, los tapones de buen corcho que no sólo te recuerdan aquel vino exquisito, te recuerdan que lo bebiste con amigos. Un cortador de huevos pasados por agua, unos batidores pequeñitos para los cócteles…

Echa un vistazo y lo deja.

.—Señora, ha hecho usted un drama de algo que no sé si la ley, la ley de la cocina, lo permite. He llegado a la conclusión que lo más probable es que usted haya tirado a la basura sus tijeras y el pelador. Me comentan los cuchillos que han sido recogidos en varias ocasiones del cubo de la basura y que cierto día escucharon gritar a un tenedor que también tuvo la misma suerte que lo perdido hoy.

.– ¿Drama? No es un drama para usted, para mí lo es, he perdido dos compañeros de trabajo y cree que no es un drama…

.—He visto que tiene por ahí un par de tijeras y varios peladores, utilícelos, deles la vida que merecen.

.- ¡Ah, no! Mis tijeras eran especiales, con el tamaño perfecto para todo y ese pelador era espectacular, no lo podré reponer.

Se encaminaron al frigorífico, abrí la puerta y se fueron sin más. Afuera en la calle ya no llovía, pero los vi caminar entre los reflejos que deja la lluvia al caer.

No le damos importancia a las pequeñas cosas, nos rodean, nos acompañan y ayudan en el día a día. Muchas pequeñas decepciones no hacen un drama, pero se almacenan y en cualquier momento ves un agujero por dónde van cayendo las esperanzas mínimas, el ir a pelar un papa y que no tengas tu herramienta preferida, ir a por algo y que ya no esté. Hay cosas más importantes, pero no son estas pequeñas cosas que no le importan a la policía de cocinas.

LA SUERTE QUE TENÍA

No se dio cuenta de la suerte que tenía hasta que la fue poniendo en una estantería.
Salía temprano a trabajar y por el camino encontraba un amigo que perdía la sonrisa a cada paso que daba; él la recogía con cuidado, se la guardaba y al pasar por la panadería la dejaba salir. El panadero que se enamoraba cada mañana, cosas del olor del pan recién hecho, la recogía con gusto y no podía menos que agradecer el regalo con un caliente bollo. Se lo daba bien envuelto en un pedazo de tela limpia que se mantenía doblado en su bolsillo hasta acabar en la estantería.
Cada retal era en sí un pedazo de suerte, una suerte regalada por una sonrisa encontrada.
Podría ser que en la fábrica hubiera un triste que antes de fichar ya estaba llorando sus desgracias; un trozo de tela con olor a pan secaba cualquier pena. Otro día era la esquina puntiaguda que limpiaba el exceso de carmín de la secretaria, que nunca era una mancha, solo era un exaltamiento del contento de esta por agradar al jefe, al contable, al peón, siempre queriendo agradar y daban igual los excesos, para eso estaba el paño.
A veces se daba el caso de acabar rojo sangre de un mozalbete que en sus correrías había tenido un percance.
Todas estas suertes acababan en la estantería y contaban las historias más sencillas y a la vez más hermosas.
Los doblaba con cuidado y allí los posaba, dándoles a cada uno un número. Tenía también un pequeño cuadernillo que engordaba cada día con las hojas pardas que sobraban de las piezas que trabajaba y que cuidadosamente cosía y cosía, teniendo ya un grueso volumen que contenía la descripción exacta de cada instante en que se había utilizado el pequeño trozo de tela.
La descripción podía ser del momento en que se había calentado, ahí, guardado en su bolsillo, con el calor de una emoción cualquiera; podía tener bien claro cuándo había perdido la identidad de su olor natural, el del pan recién horneado y había pasado a adquirir el de aquel que se había servido de él. Describía las huellas precisas, la mota de polvo quitada de un ojo bello de un compañero despistado, ese que nunca se protegía porque no era cosa de hombres. La gota de sangre que le hacía ser un poco familia del muchacho, aquel con ese olor a jabón de madre que se va perdiendo a medida que el mundo te atrapa.
El amor, el sudor, la pena, la sangre, el pan, todo esto estaba hilado en aquellos pedazos de telas.
¡Qué buena colección tenía!
Un día se levantó y no tenía que volver a la fábrica. No iba a recibir su sonrisa, ni el bollo de pan envuelto en la impoluta tela. La congoja más grande se encontró, una desconocida hasta entonces. La miró durante días y la odió con todas sus fuerzas. La congoja es mala y traicionera, te engaña siempre que puede, y acecha detrás de cada contratiempo.
Leía sus notas sobre la historia de las telas, las miraba, las doblaba y las volvía a doblar, y no pudo más.
Se le ocurrió unirlas y hacer una buena cuerda con ellas. La usó y encontró la libertad que olía a sonrisa recién horneada, y él mismo acabó envuelto en una tela impoluta.

ENTENDIENDO A LAS PLANTAS

Imaginé a las plantas de mi balcón hablando de mí, y no a mis espaldas, lo hacían descaradamente a la cara ¿Y cómo lo sé?
Un día caminando por uno de esos caminos de la sorpresa, uno por el que te metes sin pensar y coincide que reconoces el sol o las cuatro nubes que lo bailan y ese muro te suena familiar, y sigues caminando porque tropezaste con una piedra que te hubiese dado las gracias de haber hablado; ellas, las piedras, aman el roce, es por esto que muchas se ponen en el centro de los caminos para que las toques. Tengo entendido que les da puntos frente a otras piedras y que en el futuro serán las que los arqueólogos toquen en primer lugar. A más roces con ellas, más posibilidades de acabar en un museo, incluso salir en televisión.
El camino se hace angosto, como una cintura estrecha, con algunos árboles que también son lo que son, chismosos, y muchas plantas de distintos tipos.
Dicen que todos los caminos conducen a Roma, pero es falso, hay centenares, miles, de caminos que no conducen a ninguna parte en concreto, que solo son vías que alguien hizo, incluso poniendo solo sus pies ahí por una única vez y esa vez, el caminante se siente seguro, pero no es cosa suya, las plantas, las piedras, colaboran para que esto ocurra.
Hay algo con lo que la propia naturaleza no cuenta, nunca lo calcula cuando ve un caminante. Lo ve, se emociona y lanza mensajes de apartarse y todos corren al mandato porque les encanta que por ahí pasen los humanos, aunque sea uno despistado; no cuentan con que hay un momento en que te gusta parar y sentarte en alguna piedra prominente, o un tronco medio limpio, o quizás en el mismo suelo acolchado por hierbas varias que no den la sensación de que te quieren comer.
Me senté en lo que pude, un buen pedrusco de cabeza plana y limpia.
Estaba en lo que se está cuando caminas por un camino de estos, observando y pensando, y no en lo mío, porque algo tiene el campo que te hace pensar en lo otro, que lo mío siempre está rondando, sea en la ciudad o la playa. En el campo una piensa en lo que observa. En la vida de los viejos árboles que siendo como lo del vaso medio lleno o medio vacío, una piensa en que dan sombra o quitan luz, y ellos ahí perennes, viviendo a cámara lenta el devenir de los días. También pienso en las plantas y el modo que tienen de ir ocupando el espacio.
Hay algunas que se lo montan solas, sin otras compañeras alrededor y otras que se mezclan apoyándose unas con otras, diría que casi es algo erótico en el mundo de la botánica, poco estudiado por otra parte.
Estaba mirando un resquicio por el que el sol entraba de rayo y todo parecía más vivo que por los alrededores, y no sé cómo empecé a escuchar.
Qué raro, pensé que les había escuchado, lo volví a pensar y lo deseé con fuerza, ya sabes, esa forma de desear con muchas ganas y que solo tiene dos caminos, se cumple o no se cumple el deseo, pero que al ser con fuerza tienen más probabilidades de cumplirse y se cumplió. Las escuchaba perfectamente.
Hablaban de mí haciendo conjeturas, que si era muy fea, que si vieja, que si con unas hojas lobuladas estaría mejor… lo que más me molestó es que no paraban de hacer ruidos desagradables, todo para indicar lo mal que olía.
Había una especialmente desagradable, con un tono de voz muy agudo y molesto. No paraba de insultar, a mí y a los que tenía alrededor. Me agaché a ver quién era y cuando la localicé le quité un par de hojas, me las llevé a la nariz y también hice un gesto de asco. La pobre no olía nada mal, al contrario, tenía un agradable perfume y me enternecí, le pedí perdón por haberle quitado las hojas y le dije que para mí ella olía estupendamente.
Me levanté y en voz alta me excusé de lo mal que olía, del poco cuidado que tenía al caminar y de todo aquello que les hubiese podido hacer en detrimento de su condición.
Una que parecía muy salvaje, así como espigada, me hizo un gesto de esos que de tener mano hubiera sido una peineta. Quizás esto no lo vi, solo lo imaginé.
Sé que las plantas en general están muy enfadadas por el poco respeto que les tenemos, ni se valoran, ni se les tiene en estima. Somos capaces de llamarles “malas hierbas” o de encerrarlas en macetas y no digo nada cuando nos las comemos con esa alegría… Llegará un día que todos sientan que las plantas también son “personas” más que nada porque tienen personalidad y desde luego, hablan.
El lenguaje de las plantas es, no es castellano, ni francés, o chino, las plantas hablan con tonos inaudibles para nosotros, y creo que se entienden entre ellas porque hay una red que les une, que por mucho que estén dispersas la tierra les sirve de antena o algo así.
Me fui caminando despacio, mirando al suelo cada vez que ponía el pie y pidiendo perdón todo el rato. Casi agradecí pisar la brea del suelo.
En la carretera iba calibrando todo lo que había escuchado, nada bueno, ni tampoco algo que nos diese una solución. Ellas esperan su momento y llegará, lo cubrirán todo. Los árboles, a pesar de sus proporciones, son menos valorados que las plantas pequeñas, pero también tienen su parcela de poder; creen que su lenguaje está más perfeccionado, porque con las raíces cubren más espacio.
Lo de que nos las comamos les sienta muy mal, ellas no se comen a nadie y crecen igualmente y creen, a ciencia cierta, la de ellas, que el día en que nosotros, los humanos y los animales, empecemos a vivir del sol, del agua y como mucho de la tierra, entonces, solo entonces, seremos dignos de llamarnos naturales y ser parte de la naturaleza misma.
Estoy en el balcón y las escucho. Estas pobres que están secuestradas por mí, se han vuelto cotillas, han aprendido muchas de nuestras costumbres, aunque las entienden muy mal o simplemente no las comprenden. No les he dicho que les percibo en su hablar, pero sé cuándo quieren agua y cuando me he pasado, que no les gusta que esté fría y que las flores que dan son de obligado cumplimiento, que de ser por ellas no lo harían.
“Así, verde, es la vida” dicen de forma habitual, y también que huelo mal…

EL CALLEJÓN DEL OLVIDO

EL CALLEJÓN DEL OLVIDO
No tenía este nombre porque hubiese acontecido un hecho en la antigüedad, era así renombrado por ser esta la realidad de este reducto infecto.
Estaba situado al norte de la población, un lugar donde ni siquiera el verano era capaz de calmar las humedades que lo decoraban, siempre hacía un frío que se te enganchaba al cuerpo y por mucho que quisieras no te lo quitabas de encima hasta bien pasadas unas horas, después de haberte tomado algo caliente o unos vasos de alcohol cualquiera y desde luego, a una milla de ahí.
Recibía este nombre desde el interior de las familias, y estaba prohibido acercarse, ningún muchacho del lugar dejaba que le tentase la hombría el pasar por este lugar, daba igual que alguien te propusiese demostrar la valentía o quedar como un gallina, se quedaban gallinas para siempre porque allí no se podía entrar.
Para hacer un callejón se necesita un par de edificaciones a los lados, aquí las había y no eran especialmente ruinosas; dos viviendas con vecinos normales, gente obrera de la que a veces tenían que ir al auxilio social a por comida o cuando tenían trabajo lo era de sobra y podían organizar fiestas callejeras intempestivas, con bailes y cantos hasta altas horas, pero siempre sin entrar en el callejón.
Las pocas ventanas que daban a él estaban cegadas, nadie las abría jamás y nada había colgado de las cuerdas que, en algún tiempo servían como tendederos de ropa, aquí la ropa se ponía ruinosa, cogiendo un olor a humedad y putrefacción que nadie soportaba.
El callejón del Olvido era un lugar a respetar. No se podía decir que nadie lo utilizase, porque sí se hacía, pero eran personas comidas por la necesidad, por una imperiosa necesidad.
El nombre dado no podía ser más real y cierto, allí se producían casos de verdadero olvido.
Hubo un tiempo en que este lugar era punto de encuentro para los amantes, ahí se escondías de las miradas curiosas y tenían relaciones sexuales sin mayor problema ya que no era recto, tenía cierta forma angular y un par de columnas de la finca de la izquierda que le daba buen cobijo a los que ahí se metían. Muchachos que hacían novillos y llegaban a esconderse en él, gente que vendía cosas ilegales… Incluso una vieja moto destartalada que un vecino dejó con la idea de arreglarla cuando tuviese unas perras.
En esta época no olía tan mal, aunque la humedad ya estaba pendiente de cualquier cosa seca que apareciese, el sol, ni se acercaba a las doce, que es cuando casi nada se puede escapar de su luz.
Un día, al anochecer, llegó la Juana que había quedado con el Manuel. Juana era una muchacha hermosa, por ser joven y estar fresca, y él era un buen chico del barrio, uno que ya empezaba a trabajar y que se veía a sí mismo en la lejanía como un fontanero afamado.
Ella entró rápida, sin mirar atrás, mejor así para no levantar sospechas. Lo buscó en el punto dónde no hacía mucho ya habían sellado el amor “de para siempre” que tiene la juventud. Lo vio apoyado en la pared, casi caído. Gritó y corrió a pedir ayuda a los vecinos. Nadie salió, nadie la escuchó o no quisieron escucharle. Zarandeó al hombre que, borracho, dormitaba en la esquina, no se inmutó. Regresó sobre sus pasos para ver si por el otro lado alguien podía ayudar y vio correr calle abajo a los vendedores de droga.
Como pudo, a rastras, sacó al hombre y comprobó que ya estaba muerto. Una cuchillada le había atravesado el corazón. Los gritos de la muchacha se escucharon en todo el barrio y sin remedio los vecinos bajaron a ver el sucedido.
La policía preguntó a Juana si había visto algo y quien estaba en el lugar en esos momentos. No pudo recordar nada, ni siquiera sabía cómo se llamaba, el lugar dónde estaba o quien era el fallecido. Pasaron los días y de Juana nada más se supo, algunos decían que deambulaba de un lado a otro con la mirada perdida, sin rumbo y que la familia estaba pensando si era posible meterla en algún centro para locos.
Parecía que la historia de estos dos amantes se había terminado cuando otro cadáver apareció en el mismo lugar, esta vez era el borracho que lo venía frecuentando como parada antes de llegar a su casa. La persona que lo encontró, un obrero que se metía por el callejón para acortar el camino a casa, ya no trabajó más, tampoco recordaba nada, ni quien era, o a qué se dedicaba. La policía no daba crédito.
Los vendedores de droga dejaron de ir, demasiados curiosos a la entrada o la salida, demasiados que tampoco se atrevían a cruzar de un lado a otro. Los vecinos, aquellos que sus ventanas daban a este lugar, se quejaban de los malos olores y unos ruidos extraños que por las noches no les dejaban dormir. Uno cerró, otro tapió, y el paso quedo oscuro para siempre.
El hijo del panadero, por llegar a tiempo al horno, pasó, al salir se encontraba en un estado lamentable. Llevaban días buscándole, y por lo que parecía había estado ahí dentro, sin saber encontrar la salida. No se recuperó, si bien hacía lo que se le mandaba no era el mismo, carecía de la más mínima emoción.
El callejón empezó a ser llamado “del Olvido” Las madres prohibieron a sus hijos el paso y hasta se pidió al ayuntamiento su cierre, cosa que no sucedió porque no estaba previsto que las tonterías de los vecinos fuesen a cargo de las arcas públicas.
La gente ni siquiera pasaba cerca, se cruzaban de calle; tanto miedo le cogieron al lugar que la idea de aparcar ahí el coche y así cerrar la entrada fue truncada porque rara era la semana que no salía una persona que había querido ver, o conocer, o lo mismo sentir lo que les pasó a los otros y la encontraban hecha un pingajo, como un fantasma mudo, uno que no era capaz de decir lo que había visto o sentido en este maldito lugar.
Al principio todos se alejaron, queriendo no saber, como si así el agujero negro que tenían cerca se fuese a terminar; la gente seguía pasando, entrando como personas, saliendo sin memoria y sin sentimientos.
Cada vez había más personas que entraban al callejón, casi todos por la noche, con lo que para acallar las quejas de los vecinos se colocó un policía municipal, uno que prohibiese la entrada. Fue inútil, él también entró y salió como un muerto en vida más. Ahora se podía ver una procesión de personas entrando y saliendo así.
La ciudad se convirtió en un centro de gentes sin luz, tristes, personas sin memoria de lo que eran, lo que hacían o a la familia que pertenecían. Deambulaban por todas partes, sin rumbo, y como no recordaban que tenían que comer o beber, iban muriendo.
Pocos quedaban sanos y por mucho que quisieran no podían ni pensar en el callejón del Olvido, porque les entraba unas ganas irrefrenables de ir allí y cruzar.
La madre se quedó callada, miro a todos a la cara y les dijo: Ahora ya sabéis porqué no quiero que ninguno vaya por ese callejón ¿lo tenéis claro?
Todos los chiquillos, con los ojos muy abiertos, muertos de miedo, juraron y perjuraron que jamás cruzarían por ese callejón. No solo era el hijo de la Juana, también los primos, los vecinos. Una vez al año, justo cuando el verano acaba, la mujer cuenta a los niños la misma historia y nunca, ninguno de ellos, tuvo la valentía de cruzar por ese lugar. A la mañana siguiente, cuando iban camino al colegio, miraban a los adultos y tenían claro que era una historia verdadera. Esas gentes mayores, con aquellas caras, no podían ser menos que muertos vivientes.

AQUELLA CARA…

Aquella cara…
Me costó mucho decidirme y en silencio comencé a preguntarle por sus rasgos.
No pareció entenderme, creo que estaba absorto en otras cosas, a lo mejor en algo de mí o de la luna, o quizás le gustasen las sombras que se reflejaban en la pared de la habitación y que parecían no ser, no pertenecer a nadie, porque iban solas de acá para allá, haciendo piruetas o bailes más que de salón.
Le pregunté por las arrugas, pero no por las predominantes, esas que sobresalen cuando sonríe; le preguntaba por las pequeñas, las que casi pasan desapercibidas. Me dijo que las pequeñas, las arrugas, pugnaban por ser cicatrices para tener algo más de prestancia, pero que, en el fondo, solo eran instantes de momentos pasados que había que recordar.
Aquella cara…
Tenía una frente amplia. No era de esas que se crecen con el tiempo, cuando el pelo se va retirando del mundo y deja que la vista tenga más apertura de campo. Era una frente poderosa, estiraba la piel como nadie lo hacía, en algunos momentos parecía que se iba a romper, que se resquebrajaría de un momento a otro, quizás por las inclemencias del tiempo, o solo ante una duda cualquiera, una sencilla duda, inocente.
Le tocaba la frente como quien toca un huevo de un pájaro que acaba de morir y no hay más, este era el último de su especie a no ser por ese huevo que tocas con la yema del índice esperando que te transmita algo.
Lo que más me gusta es su entrecejo.
El entrecejo es la parte de las cejas dónde poner la respiración. Comienzas amablemente por un lado poblado de alborotados pelos, pareciese que, a pesar de lo que dicen todos, no son las alas de las caras. Y esto lo sé porque lo he tocado, tocado a la vez que visto y oído. Son brazos. Los brazos del que baila, con esa manera que tienen de confundir, que no son alas, son potentes apéndices que vienen a ser el cobijo de una madre. Esos pelillos revoltosos, marcando las diferencias entre lo que podría ser una decencia y un delito. Y se repiten tras la respiración del entrecejo y guardan los ojos, esos grandes pozos que se llenan o vacían según las inclemencias de la vida.
Aquellos ojos…
Los ojos no los podía tocar. Tendían a cerrarse si me acercaba demasiado. Jugaban al despiste pareciendo los dos iguales, pero no lo eran. Estoy segura de que cuando llegaba mi mano a su cercanía se ponían a hablar, de sus cosas, de mis cosas, de las cosas de ninguno que flotan en el aire para ir aprendiendo a amoldarse a las miradas, sobre todo a las furtivas.
Amaba el pestañeo. Aquí podría decir algo tonto como “aleteo” pero no lo parecía, porque sus pestañas eran manos que aplaudían lo que el ojo, sí, el ojo, independientemente uno del otro. Aplaudían lo que veían. El derecho buscaba lo interesante, lo peculiar, mientras que el izquierdo sostenía el roce hasta el cansancio, como no queriendo aplaudir nada. A veces me parecía que la piel de los párpados era de seda salvaje y que en cualquier momento una ráfaga de aire, provocada por mi roce, podría hacerla volar, con las pestañas como plumones desesperados, los que parece se agarren a los lugares dónde se posan, como si pesasen mucho.
Le tocaba las pestañas con cuidado. Sé que sonaban, como un instrumento musical, las pestañas sonaban, cada una con su nota diferente, melódicamente, solo esperando el ritmo causado por el roce. Una vez las soplé, solo por ver qué pasaba. Se enredaron unas con otras. Es costoso desenredar pestañas que no quieren ser desenredadas.
La nariz era napoleónica, merecía un sombrero. Quizás era un embellecimiento de un antiguo faraón del viejo Egipto, y en ocasiones dudé de que fuese un esperpento geográfico escapado de algún mapa infantil hecho con papel maché.
Daba vueltas y más vueltas por ella, subiendo a la cima, imaginando que ponía allí mi bandera por ser única y primera en llegar a lo más alto, para después precipitarme al vacío de una comisura labial bien formada. La nariz no era un impedimento, era una barrera geológica de la caricia, un choque con las estructuras que sostenían unos pasajes suaves a cada lado y que debajo podías tener una playa o un bosque.
Aquellos labios…
Estos, los labios, eran un infierno. No sabía por dónde empezar, si por la palabra o por las esquinas.
¡Dios! Cómo me gustaban sus labios, tan llenos de vida, tan útiles a la hora de descansar en ellos; me parecían un exquisito filete de ternera roja, o un fruto salvaje de esos que no se sabe nombrar y que podría haber estado en el paraíso y entonces las manzanas no serían el problema.
Aquí me perdía en la locura. Pasaba mi pulgar, descansaban tres de ellos, o dos, y se abrían hacía los lados, lentamente, como no queriendo que esta poesía se terminase y entonces, entonces sonreías, y a mí se me volvía loca la vida y no podía más. Me costaba dejarlos para continuar el camino.
Luego, con las dos manos, recogía la barbilla en un intento de guardar estas sensaciones para quedármelas, para siempre, por siempre, quería tener tu cara en la mía, y sentir el olor que tienen los poros, el aroma de las pestañas al viento, el frescor de las cimas y en su caso la humedad de los huecos.
Y las arrugas todas parecían los mil ríos del Amazonas, secos en la alegría, húmedos en el amor.
Aquella cara, tu cara, pasaba a ser de mi propiedad porque la había absorbido toda entre mis manos.

ATISBADURA NOCTURNA

Casi no la tocaba, y no era porque no le gustase, que por las noches, cuando la miraba desde los rayos de luz que entraban por la ventana gracias a la farola de la calle, se volvía loco por ella. De tanto mirarla se sabía el volumen correcto de su nariz, el efecto transformador que tenía la tenue luz que le iluminaba las alas un día, las aletas, las narinas, que tenían distintos nombres y todos el mismo, los brazos, que a él le parecían eso, pertenecientes a un algo que saliese desde el centro y los aupase en júbilo para su alegría.
¡Qué alegre tenía la cara mientras dormía!
Esto le traía una sucesión de miradas únicas, deliciosas delectaciones de cada instante, y era, precisamente esto lo que le producía ese miedo a tocarla, no fuese a desgastarse, o quizás se quedaría pegado porque ¿quién no quiere adherirse a tanta belleza?
Había más lugares que le impresionaban, tantos que le habían producido espasmos respiratorios, solía jadear, siempre muy bajito, como lo hacen los que empiezan a ser viejos y no quieren que nadie lo note.
Ese lugar exótico que tiene al final del ojo, donde se juntan las pestañas superiores y las inferiores, ese que es un encuentro floral y que no tiene nombre. Un ángulo exquisito que tiembla de vez en cuando; un motivo habrá pero seguirá siendo una incógnita para él, porque no le importaba, solo lo disfrutaba. ¡Qué dolor no saber el nombre!
Sin nombres el recuerdo tenía que ser, forzosamente, descriptivo, ocupando mucho espacio en el lugar que tenía destinado para ella.
A veces contenía la respiración, lo tenía dominado, tanto como el movimiento, que era de gato y se acercaba y la aspiraba, no solo para olerla, además para retener también su aroma que luego le había de acompañar todo el día.
Era, en el día, cuando se tomaba un respiro de su quehacer habitual, cuando se entretenía abriendo el recuerdo y rescatando los lugares hermosos dónde había estado por la noche, mientras la observaba. La curiosidad y la necesidad también le obligaba a buscar los nombres que no tenía; buscaba literatura referente en lo médico, lo artístico o incluso en el lenguaje de los especialistas de la estética, que no dejan nada al azar, marcando como el orgullo de la especie cualquier depresión de un cuerpo.
Supo que sus cejas tenían un puente que se llamaba glabela, y que le sonaba al nombre que él le daría al ángulo que toma una tela atada al viento del norte, que parece se encoja de frío sin dejar ese don de las banderas, aunque no lo sea. Y se enamoró de un filtrum que parecía latín para remarcar la depresión que justo parte la faz encima de los preciosos labios.
Hizo del rostro un tratado y lo disfrutaba por entero, sin perder un detalle, ni uno solo.
Un día alguien le comentó que hay idiomas que sí tienen palabras para definir cosas que él había inventado, incluso algunas que imaginaba, sin llegar a saber si eran reales o inventadas en la noche.
Aprendió ¡maldita sea! que hay una palabra hermosa que habla del abrazo, apapacho, una especie de cielo consciente de la realidad de un abrazar. Y quiso hacerlo.
Resolvió su incógnita del ángulo ocular, se llama canto esa parte de unión de pestañas. Y quiso besarlo.
Iba pasando la vida entre miradas nocturnas y más silencios diurnos, y ella no aguantó más. Se hizo unas fotografías y en la nevera, después de un desayuno, las clavó. Se fue a ver si tenía más suerte y le tocaba otro que no fuese tan romántico, porque hay miradas que matan, miradas que silencian y en casos, miradas que queman.

LA IMPORTANCIA DE RECOLECTAR COSAS PEQUEÑAS

Las cosas pequeñas siempre me gustaron, es para pensar que el tamaño de mi casa era propicio para este gusto mío, pero con el tiempo he comprendido que no, que me gustan porque son pequeñas y muy útiles.
La casa en la que vivo es del tamaño de un suspiro y cuando llego de la calle, sobre todo si estoy algo cansada, se me escapa una exhalación, y aunque sea una pequeñita la casa queda ocupada casi por completo. Voy apartando el suspiro a los lados para que me deje pasar hasta la ventana, que, al abrirla de par en par, sale disparado hacía la calle, porque a los suspiros les gusta mucho estar en la calle.
Me han dicho que no pertenecen a nadie, aunque creas que tienes un suspiro, uno de esos profundos, los que se instalan entre el pecho y la espalda, no es tuyo, es de todos, y ellos se van repartiendo entre la gente que anda por la calle y abre la boca con demasiada felicidad.
Sé que muchas personas entran en este lugar y no ven lo mismo que yo veo, es normal, porque cuando retienes cosas, te conviertes en el guarda de su historia y aunque la cuentes una y otra vez sigue siendo un lazo que te une. No sé si contar esto, pero a veces, cuando llego y el suspiro se ha ido, les saludo, y me parece que me contestan.
Mucha gente tiene este mismo disfrute con las cosas pequeñas, unos por una cosa, otros por otra, pero todos, todos lo hacen porque se sienten bien, es una relación amorosa.
No me había dado cuenta de que estas pequeñeces son como notas, guardan el recuerdo de lo que hice tal día, con quien estaba y cuál fue la intención que tuve al guardármela en el bolsillo. Es por esto por lo que siempre llevo bolsillos, porque nunca se sabe qué cosa te has de encontrar.
No las tengo ordenadas, porque no es una colección, es lo que es y me gusta que me sorprendan, al abrir un libro, por ejemplo.
A ver, creo que me he de explicar mejor; los viajes, esto será un muy buen ejemplo del porque me gustan las cosas pequeñas.
Cuando he viajado hice muchas fotografías, es lo normal para el recuerdo de lo vivido, retener instantes que te llevarán a un instante preciso y precioso, pero esto me parece poco, lo veo y quiero oler, tocar la escena. Además de esto hago otra cosa, recojo pequeñas muestras de los lugares por dónde paso.
Mira, te mostraré lo que digo, vamos a caminar por aquí.
¿Ves ese tornillo tan robusto? Lo encontré en el aeropuerto, en París, estoy segura que pertenecía al enorme avión que nos llevó y si bien es posible que no fuese necesario, lo cogí pensando en que de ocurrir algo, yo tendría el tornillo y nada podría pasar.
Aquella semilla con alas calló delante de mí en una calle de Dublín; íbamos corriendo porque había empezado a llover y la vi en un loco giro caer. Me paré un instante para recogerla y pensé que al llegar lo mismo la podría plantar en un jardín cercano. Ahí la tengo esperando su siembra, pero en el tiempo la huelo y recuerdo la llovizna y a la gente que iba de prisa sin mirar que de los árboles caían aviones de semillas.
Tropecé con esa piedra brillante. Apareció de la nada en un castillo de Castilla, en uno dónde todas las piedras estaban bien sujetas, que las gentes de hoy se empeñan en que lo viejo no caiga. A veces la froto y sale polvo que tiñe mis dedos; regreso al momento en que quise ser rey de un lugar donde todos fuesen felices.
Abre ese libro, a ver qué encontramos. ¡Ah! Es un billete de tren al que nunca subí. Estábamos en aquella estación donde la gente corría de un lado a otro y parecía que tenían gran interés por llegar a alguna parte. Unos salían, otros llegaban, pero todos, todos, tenían prisa y allí nos paramos. Siempre es reconfortante darse cuenta de que se puede parar, y ver, y pensar, sentir el sudor caliente de los otros que corren y corren. Los ves tan vestidos, tan limpios que tienes envidia inversa y no querrías parecerte a ellos; les agradeces que ahora tu tiempo es valorado.
Siempre que quiero valorar mi tiempo miro ese billete.
Aquella vela desgastada, en las últimas, no dará luz, se ve que si la encendiese sería un peligro, pero en cambio me transporta a un santuario lleno de fieles que pedían cosas al santo. Ellos llegaban emocionados, compraban una de estas velas, blancas y largas, y las colocaban en un lugar junto a otras, no llegué a contarlas, pero podrían ser miles, muchas ya como esta, apagadas, en las últimas.
No he sabido para qué ponen las velas los religiosos, supongo que querrán que los santos o su dios les vea. La huelo y me lleva a ese lugar donde todo era esperanza.
Esperanza por conseguir alguna cosa, tener salud, trabajo, amor, paz… las gentes cuando carecen de algo buscan apoyo en la familia, los amigos o los encargados del bienestar en los ayuntamientos o el gobierno, pero si ven que esto no es suficiente, o se cansan de intentar conseguir lo que quieren y se rinden, entonces esperan que una fuerza superior, una creencia, les haga el favor. Nunca lo hacen, siguen en su pobreza que puede mejorar, o recuperan la salud porque al final el trabajo de los médicos funciona, y el amor llega, porque siempre llega, aunque sea el de un cachorrillo que te encontraste por la calle, pero ellos, ellos tienen algo que me produce desazón, tienen fe.
Dicen que la fe no se toca, ni huele, ni tiene calor, pero cuando toco el final de esta vela entiendo su fe, su necesidad de tener algo más serio que les haga el favor, aunque no responda nunca, no importa, porque la fe les dice que algo que no ven les protege, y que si tienen pesares no es más que un empuje para demostrar su valía.
Esta vela es mi fe, pequeñita y deshecha, sin futuro.
Ese botón de ahí pertenece a un traje de princesa, por eso es tan brillante. Era una pequeña niña que pedía limosna junto a una señora con pintas de reina madre enferma. El botón lo tenía en la taza junto a unas monedas. Le pregunté ¿eres una princesa?
Tenía la cara sucia, adornada por unos enormes ojos que miraban como si absorbieran hasta el aire. Estaba seria, muy seria, porque pedir limosna siempre fue un trabajo duro y serio. Le pregunté si me vendía el botón, le mostré un billete y asintió con la cabeza. Con su mano derecha hizo un gesto de princesa, me agaché ante ella, cogí el botón y dejé el billete. Juro que me detuve unos minutos esperando su bendición, y no sé si la obtuve porque mi cabeza estaba agachada en señal de respeto.
Di las gracias y me fui con mi pequeña cosa de princesa. Cuando lo miro veo a la niña, a la madre enferma y puedo sentir la dignidad aparcada en una acera.
Esa flor seca, aquel trozo de metal, esa madera del mar, aquella caracola, esa estrella, el pedazo de nube, un pico de montaña, la sal de un soso, la huella de un dinosaurio, los anteojos de Mahoma, la magia de un espejo… todas esas cosas están aquí, en esta pequeña casa, de pequeño tamaño y de gran valor.
Cuando muera me las llevaré conmigo, porque nadie más que yo sabe su contenido y a más saber, a nadie le han de servir, porque las pequeñas cosas que guardo solo me hacen el favor a mí.
¿Ves? Para esto es para lo que guardo las pequeñas cosas, tengo además otras muchas de los días pasados con amigos, un sobre de azúcar que sobró, un tapón de una gran botella de vino que nos hizo graciosos a todos, la pluma que me dejó en prenda una gaviota o la servilleta que contuvo los labios del que amo.
No abultan, no pesan, pero son mis contenedores de historias, con ellas viajo, paseo o disfruto de una buena velada; son el camino de regreso a la felicidad.