3 CUENTOS SOBRE LA FELICIDAD EN EDAD TEMPRANA.

Voy a escribir un cuento para niños…
Título: LA FELICIDAD ESTABA EN EL INTERIOR 1.0
Erase una vez un niño que abrió los ojos. Vio lo que había a su alrededor… el sudor de su padre, las bragas de su madre, la ley o el cielo contaminado… Sintió miedo y se murió.
Fin.

Voy a escribir un cuento para niños…
Título: LA FELICIDAD ESTABA EN EL INTERIOR 1.1
Erase una vez un niño que no abrió los ojos. No vio lo que había a su alrededor… el candor de su padre, las ganas de su madre, la leyenda o el cielo iluminado… Sintió miedo y se despertó.
Fin.

Voy a escribir un cuento para niños…
Título: LA FELICIDAD ESTABA EN EL INTERIOR 1.2
Erase una vez un montón de niños, que no abrieron los ojos. No vieron lo que había a su alrededor… el candor de todos los padres, menos uno, aquel que sudaba: las ganas de las madres que tenían bragas, la leyenda de las leyes o el cielo iluminado, casi de color naranja por la contaminación… Sintieron miedo y unos despertaron; no todos tuvieron a bien, los más revolucionarios ya estaban muertos antes de nacer.
Fin.

LEYENDO PERSONAS .- 7

Estamos solas en la terraza de este agradable lugar; la calidez de las maderas recicladas, muy a la moda última, le da una apariencia de algo casero con aires hippies, me gusta el olor que tiene, a café refinado con las plantas de hierba buena recién regadas. Es hora del desayuno, acaban de abrir y han regado el suelo y las macetas.

Me pido un cortado mientras saco el táblet para escribir, no quiero perder un detalle de ella.

Estamos solas; yo me senté en la sombra, no por calor, más bien porque así veo mejor la pantalla, ella está, con toda su inmensidad en el lado por el que el sol seca el suelo y hace brillar los ceniceros.

Me pongo las gafas de sol, veo bien con ellas, están graduadas y me dan nitidez, detalles, además, nadie ve al lugar dónde llevo mis ojos, dan cierta libertad para poder escrudiñar.

Es preciosa. Ya sé que pareciera un recurso fácil hablar de alguien con bastante peso y decir que tiene una cara bonita, pero en este caso no son flores lanzadas a la concurrencia, lo es, tiene un aire a como me imaginé siempre a la hermosa Aldonza, la inspiración del hidalgo. Nada leí sobre su peso, sé que habla de lozanía, pero en mi cabeza era esta chica.

Es bella por grande, por el rosa de todo su expuesto cuerpo, lleva un vestido corto de tirantes, que deja ver mucha piel. Es bella por su pelo ondulado que decora una faz feliz.

Noto su lenta respiración que no es causa de la estrechez de sus pulmones y la gran necesidad de aire, no, es que respira lento, pausadamente, como disfrutando. Ha utilizado cerca de medio minuto para levantar la cabeza del periódico que tiene entre las manos y mirar, primero a mí y luego hacía la puerta de la terraza, como quien espera a un ser deseado, supongo el camarero.

Todo en ella refleja algo excepcional, tiene un gran secreto, uno que es como un hatillo que al abrir el nudo deja al descubierto otros secretos más pequeños, más personales.

Pensé que no veía nada especial, salvo su belleza, pero no, lo tiene, sólo que lo tiene en proporción a su persona entera.

Su secreto no es que duerme desnuda por placer, que lo es, porque si alguna vez otra persona entra en su vida, le dice que es porque tiene calor; tiene más, de distintos tamaños, por ejemplo, el que se escribe notas cariñosas en pequeños papeles y los guarda por toda la casa. Los pega en la nevera, los mete en el tarro del azúcar, debajo de la almohada o entre los pliegues del papel del váter. Son frases amables sobre ella, casi órdenes; que has de ser más cuidadosa, que te pares cinco minutos y te des un poco de crema en los codos, que te mires al espejo y te sonrías dos minutos, o aquellos en que se obliga a comer una fruta o un bombón.

Otro secreto que tiene, y que nadie sabe, es que ha programado su teléfono para que suene, como una llamada a distintas horas del día, unas veinte o veinticinco llamadas que ella, con lentitud, atiende sonriente, hablando a la nada, unas veces haciéndose la sorprendida y otras, como si estaría muy atareada. No lo está, nunca ha trabajado, vive de las rentas familiares y sabe hacerlo muy bien.

Toma el café sujetando el platillo con una mano y la taza con la otra, se ven muy chiquitos entre esos dedos regordetes. Lo toma lentamente, como si estuviera muy caliente o muy dulce, o muy lejano.

Devano cuatro, cinco secretos más, pero no son peculiares, no me hacen feliz, sobre todo uno dónde se muestra una gran soledad no escogida. Ella es la gran decoradora de la soledad, la hace hermosa. Ha conseguido hacer de su vida un ritual en solitario donde ella es el eje del universo, el resto no tenemos más valor que el de admirarla, incluso en los casos en que se giran para ver el volumen de su persona, se volverán admiración. Este secreto la afea, y yo quiero ser admiradora, y no lo sabe, pero ella lo vale en toda su dimensión.

LEYENDO PERSONAS .- 6

No sé qué miraba, quizás el origen de las cosas, el mar o simplemente no veía el horizonte. Vestía como joven, bebía cerveza y su cabello era gris.
Dicen que las arrugas son las marcas que la vida te deja y que señalan las vivencias, sus marcas muestran el miedo, la perturbación a la vida misma. Le tiemblan las manos, la respiración y esa ropa no disimula que no está entera.
Fue maestra en escuela pequeña, con niños y niñas sin otro futuro que el de montarse en el mismo carro que sus padres. Y le llamaban doña a los veinte tres y los padres agradecidos le llevaban frutos y conejos muertos.
Empezaron a enfadarse cuando encaminó a uno, a uno sólo, al instituto, a un futuro mejor, porque la chiquilla podía. La niña excepcional le sirvió de excusa, y lo consiguió, aun siendo duro para todos, la niña salió del agujero, con su ayuda y el rechazo de todos.
Un día lo expuso en clase “los impedimentos, los rechazos, son escaleras que hay que subir” y ella subió sin ver las altas metas. Los padres dejaron de ser amables y se acabaron los presentes, poco a poco la fueron echando del pueblo.
La veo ahí, con sus arrugas y sus argumentos que no han desvanecido, sigue mirando desafiante. Vino a morir aquí, ya no estaba entera, un poco de ella, otro poco se había muerto, como cuando les daba clases, en el pueblo o en la barriada dónde nadie quería ir.
Cada alumno era un ser particular, una arruga nueva, una cana más. Sólo tuvo un hijo, una hija, aquella niña que saltó del instituto a la universidad y que ahora vive feliz en ese horizonte al que tanto mira. Nunca fue suya, pero se la quedó, porque estaba perdida entre la tristeza de la incultura y el futuro predeterminado al que enseñó a leer entre frutos y conejos.

LEYENDO PERSONAS .- 5

No hay mucho que contar, estoy sola, compartiendo este momento con mi yo que hoy no puede cotillear a nadie. Hace algo de frío, no hay sol, ese que hace salir de sus casas a los paseantes, y a mí que se me hace bella la calma que precede a una lluvia que no llega.
Su ropa es descuidada, más un cubrir que un recurso para la muestra. Sus movimientos son de costumbre, como un rito; se ha desprendido del peso que siempre lleva a la espalda, saca su teléfono, el tabaco y busca un mechero que se esconde entre los mil bolsillos que tiene.
Los bolsillos son las cajas de la ropa, guardan lo que eres en la necesidad, una pequeña cámara, unos sobres de papel para limpieza de lentes, una funda de gafas, un cacao que, debe estar caducado, unos analgésicos, por dar, por no querer ver al amigo con dolor, una navaja pequeña, nunca se sabe cuando llega el momento de cortar.
El tablet con el que escribe éstas líneas y que sirve para estar, sin estar, con el mundo.


Tiene pinta de ser feliz y de no hacer mucho por eso; la suerte siempre le sonrió, le hizo muecas y le dio achuchones, y lo valora, siente que no siempre es así, en otros.
Escribe historias todo el tiempo, en su cabeza esta la forma de conjuntar las palabras y que cuenten cosas. Mira el lugar intentando ver un poco más, lo oculto a simple vista y se lo inventa, podría ser el mundo más divertido y ameno.
Algún día hará algo bien, lo sabrá nada más verlo y entonces todo ha de cambiar.
No hay nadie más consciente de lo corta que es la vida, de lo inútil, de que somos la comparsa de alguien y ellos pueden aparecer en el drama que vivimos.
La realidad es un juego en el que participa sin convencimiento, sin creer demasiado que algo puede cambiar; es como si otro escribiera sobre ti, añadiendo frases, borrando palabras, puntuando.
Hace viento, se nota el frío y huele a la lluvia que debe caer en otro lugar. Siempre llueve en la lejanía.  

LEYENDO PERSONAS .-4

 Sus dimensiones son importantes, hace mucho que no guarda medida, hasta la respiración es algo costosa. Se ha sentado de espaldas al mar, al sol que le agujerea los ojos.
Lleva un anillo de boda en una mano y otro en la otra, en el dedo pequeño, puede ser el de ella, lo podría jurar por su expresión, la de un hombre solo que estuvo acompañado.
Hay cierto descuido provocado en su ropa, como si así pareciera más joven, más actual.
Fue un verdadero innovador en su momento (¿cuál es el momento de una persona?) aquellos años de buen trabajo en la compañía eléctrica, el tiempo de tener una compañera, el de los hijos que ahora están desperdigados por el mundo.
Vino a España hace mucho, vino por amor al mar, al sol y adquirió la envidia que venía adosada al apartamento que compró con ella.
Envidiaba el poder de la familia que ataba en corto a sus miembros y no les permitía marchar ni después de muertos. Y ella se fue, en desobediencia; le había pedido que no se fuera, le rogó calma e incluso se lo ordenó una mañana soleada y ella no hizo caso.
Un despertar se levantó en una cama vacía, un llamar, un desesperar, una escueta nota… El mar se la devolvió destrozada, tanto que sintió que no era ella.
Llora todas las mañanas, en las noches dónde busca sus fríos pies, en silencio o a gritos en la ducha.
Ahí está sentado, de espaldas a un mar que no le ayudó. Mira envidioso a los otros, los presume más felices que él y espera una llamada, un saludo, algo que le saque de la soledad.
No son horas para el alcohol, pero es su desayuno, su almuerzo y quedará sin cena, es, ahora su triste amigo que le permite dormir en esa vida envidiosa que lleva.

LEYENDO PERSONAS .-3

Pasear por la ciudad es buscar, un lugar, una escena, esa persona, pasear no es encontrar, es posible que el caminante regrese al punto de partida y sus ojos estén vacíos; su mente no, esa estará cansada con el olfateo.
Un sonido, un rumor, pueden colocarte en el lugar, insistiendo un poco por encima, no quieres perder tu tiempo. Hay un espacio dónde te colocas, como el que mira al mar, mujeres, miran al horizonte esperando que un punto lo rompa.
Ahí está, es una mujer.
Había más, pero ella te transporta a otras épocas. Es el vivo retrato de mi madre, cuando aún era joven y parecía mayor, luego se transformó, ya no parecía ella, la vida le hizo crecer con un aspecto que no le pertenecía. Hay constancia fotográfica de esto.
Pelo negro, rizado en mínimos bucles, difíciles de domar, eran corona de una blanca cara, muy blanca, muy limpia, con esas finas líneas que se mueven poco y que son los dadores de besos.
Su ropa está desgastada, no le gusta despilfarrar y la mantiene como un cuidador de museo lo hace con su pieza preferida.
Las otras mujeres ríen las alabanzas tontas de un bartender flaco y feo, ella ni siquiera sonríe, no debería estar ahí.
Le es imposible relajarse, puede ver el futuro y jamás se lo ha dicho a nadie.
Vio la salida de sus padres con escasos días de diferencia, vio que no iba a tener hijos, ni hombre que la quisiera. Siente dentro las penas de otros y no puede avisar.
Algo sabe que los demás desconocemos, pero se niega a intervenir; supone que hay un poder superior que tiene escrito el libro de cada uno y no quisiera que se sintiese molesto.
Cuando ve algo que podría cambiar la vida de otro, baja a la playa y coge una piedra. Si es un hecho que propiciará un gran movimiento, coge una piedra grande, si no una pequeña, todas le caben en la mano. La toma, la siente fría y le habla. Poco a poco la piedra va calentándose y es aquí cuando sabe que absorbió la predicción; la lanza con todas sus fuerzas, sabe que a veces funciona y a veces no.
El grupo se levanta, hacen que tienen prisa, como si la vida normal se les fuera a escapar. Ella se queda la última, siempre mira por ver si se puede llevar unos instantes de compañía que serán guardados hasta la próxima.  

LEYENDO PERSONAS .-2

Las calles son los volantes alegres de los edificios, ellos tienen excusas para hacer lo que quieran y es por eso por lo que los habitantes de las construcciones, mayormente casas dónde acudir, salen a contagiarse del entorno. Las casas son pequeñas para obligar a sus moradores a salir de ellas.
La vi sentada en un banco pequeño, debajo de un árbol bien cuidado. El asiento parecía muy pequeño a su lado, y es que ella era del tamaño de las copas y no de los troncos.
Su pelo negro como una noche tropical, parecía cálido, brillante, aun siendo de día se reflejaban los colores de las hojas que tenía encima.
La ropa le comprimía, más bien pareciera que era de otra persona, quizás de la que había sido hace unos años.
Escuchaba música, con los auriculares puestos, meneando los pies como si fuera un baile conocido.
El mundo está lleno de huecos y ella ya no cabía en el que le había sido asignado. Había recibido la notificación – – “En conformidad a lo dispuesto en el artículo tercero del… Éste tribunal ha decidido su división, para lo cual se deberá trasladar a la entidad correspondiente, sita… Ésta notificación es intransferible y de obligado cumplimiento…”
Levantarse había sido un esfuerzo, huir un error, pero acudir a la cita, no estaba preparada, ni siquiera le habían avisado, lo hacían siempre, no podía ser.
Sus manos están temblando, ya le han dado dos toques vía la pulsera que lleva, no irá, no la van a dividir.
La gente dividida no descansa, sienten que les falta algo y usar los sobrantes como mano de obra gratuita, no está bien; no tienen sentimientos, no parece que sufren y son un bien para la sociedad, pero las personas que fueron divididas tienen un reflejo de esta situación.
Esa preciosa cara está sonriente, de un momento a otro llegará el retén que la llevará a la fuerza. No lo harán, ya empieza el efecto de la fruta prohibida. Se muere.
Nunca antes había leído a una persona que se encontraba en esta situación, demasiadas imágenes de golpe; corrían las caras, los sentimientos, los gestos o los lugares, los aromas de su vida se mezclaban en un dulce humo. Hubo lapsus en los que se podía ver a la madre, la que cobija y convence de lo bello que eres y al instante la del ogro, varios en este caso, esos monstruos que te rompen el espejo de fuerza que te hicieron sentir.
Tenía una buena ocupación, simplemente hablaba con otros y les convencía de lo bello que es el mundo.
Ya llegan y ella, en toda su enormidad, no está.  

LEYENDO PERSONAS .-1

Está solo, esperando una amistad que no llega. Lo sé porque las personas que no esperan nada casi no ocupan espacio, se acurrucan entre las cosas, sin molestar, y él tenía como propia una mesa para tres.
Su cabello, demasiado recortado, ya despunta canas, sin embargo parece un trofeo, por la edad que representa es el que marca que aún sirve, todavía se ha de contar con él; y no llega nadie a la cita.
La ropa que viste es vulgar, esa costumbre del cubrirse, sin más. A primera vista se leería poco por lo que muestra.
Sus manos no siempre estuvieron limpias, tienen cicatrices pequeñas, quemaduras y ahora las intenta esconder. Nadie mira sus manos, pero ellas se abrazan entre sí, o buscan bolsillos como cuevas.
Está pensando en la falta, se indigna, no llegan, pero recuerda los días en que él tampoco llegó, las prisas que eran contenidas por la voluntad de otros y en la nave todo el mundo obedecía. Todos eran necesarios, se calculaba hasta la respiración y estaba prohibido tener excesos, ni unas risas, ni una tos, cualquier cosa pasaba a ser un agravio para la comunidad.
Si hubieran llegado no les habría dicho nada, habría sonreído mostrando los dientes falsos que se hizo para la jubilación.
Me muestra que estuvo enamorado, puedo ver la imagen de ella en su cajón mental de los recuerdos que no se quieren perder. Es hermosa, la chica, joven y alegre, por eso guarda este instante, incluso le pone flores frescas a diario y también le hizo esperar, tanto que no acudió a la última cita, no pudo ser.
Se coloca mejor en la silla, hace un gesto al camarero y saca una vieja cartera. La sujeta con fuerza, es de los que saben que hay que pagar, pagarlo todo.  

LEYENDO PERSONAS

Leyendo personas, presentación

La casa es importante, es tu castillo en ruinas; digo ruinas porque lo más acercado a un castillo es que tu casa podría ser la del guarda o el ama de llaves, y aún así puede ser que lo defenderías hasta la muerte, como si fuera el último baluarte inhiesto en una batalla de esas que son el final de los tiempos conocidos.

Y sí, mi casa es mi pequeño reducto dónde hay un yo que se despereza haciendo ruidos, que en otras situaciones parecerían desagradables, o que se viste como si hubiera sido recién recogida de la calle, en una vida de transeúnte. Pongo mucho cuidado en que sea algo particular y esté, la entrada, restringida a extraños. Quizás por eso amo estar en la calle, porque abro las puertas y me puedo dejar llevar.

Si mi casa es mi cuerpo, la calle es todo lo demás. Anhelo los días en que salir de la casa era una libertad infantil, un esconderse de la dictadura materna, un tener la posibilidad de ser tú. En la calle aprendí cosas, incluso a defenderme o a amar, aprendí a crecer y a descubrir el mundo. En la casa el sol entra por las ventanas, en la calle, entra por todas partes, y el viento, la lluvia, el aire.

Un día me di cuenta de que es la calle la que me inspira, la que me permite fotografiar los rincones, colorear los lugares, y mirar con esos ojos que se amplían, que idean. Me encuentro la mayoría de las veces sentada en un bar mirando a mi alrededor y veo.

Estos relatos son así, la escapada de mi castillo me abre puertas a otros mundos que, sin duda, son el mío. Me siento ahí en un bar cualquiera y escruto a la concurrencia, siempre hay alguien que me inspira, me muestra lo que creo que es su historia, aunque a buen seguro ellos la tratan de ocultar.

LA POLICÍA DE LA COCINA

Tengo un par de desaparecidos en mi cocina y no hay policía de cocinas.

Puedo imaginar la situación y para esto limpio mis gafas de cerca con el vestido que llevo, está seco y lo remojo con el rocío de la botella de agua que me acompaña, está fría, es plástica y al frotar la tela contra ella suena un ruido desagradable, como si algo fuera a romperse de mentiras.

Ahora lo veo claro, era necesario.

Estoy preocupada, de la cocina han desaparecido dos de mis preciados instrumentos, unas utilísimas tijeras y un pelador. Si hubiera, imaginemos que sí, una policía de cocinas, todos llamaríamos en la… Paro un instante, está lloviendo, esa lluvia suave que es preludio de una noche de historias sin sentido.

Eran las nueve menos cuarto cuando me he puesto a hacer la cena; no es una de las comidas fuertes del día, más bien algo rápido y gustoso para terminarlo de la mejor manera. He ido a coger las tijeras, mis queridas cortantes de mango negro que llevan tantos años conmigo, y no estaban; necesité de ellas y solucioné el problema con una cuchillada rápida. Seguidamente tomé un par de patatas del cesto, las coloqué sobre una hoja de un periódico que no entiendo y quise pelarlas, no estaba el pelador de mango rojo.

Estoy preocupada, estas cosas no me suelen pasar, soy muy cuidadosa con mis herramientas habituales, me gustan, las tengo desde hace mucho tiempo porque son piezas de calidad y odio que me pase esto.

Tomo el teléfono imaginario de todas las cocinas, un plátano recién traído del mercado mañanero, uno que tiene por apodo “canario” por apodo y por color semejante a los pájaros estos, pero no por procedencia.

La lluvia ha mojado la calle, pero es tan suave que mis plantas piensan que es una broma, tendré que regarlas si no quiero que se enfaden.

.—Por favor ¿es la policía de cocinas?

.—Sí ¿Qué desea señora?

La voz que escucho al otro lado de la línea suena a una cuchara recién salida de la academia.

.—Mire, tengo que denunciar una, dos, desapariciones. No están en casa, unas recias tijeras y un pelador especial.

.—Ya, ya, tomo nota ¿y cuando se ha dado cuenta de la desaparición?

.—A la hora de preparar la cena, iba a…

.—¿La cena de hoy?

.—Sí, estoy muy preocupada, nunca me había pasado esto antes.

.—Mire, es demasiado pronto para hacer la denuncia. La ley, el procedimiento indica que por lo menos tiene que haber pasado un desayuno y una comida para que demos parte y se ponga en marcha toda la maquinaria.

.—Mire, no me quiero enfadar, pero haga el favor de pasarme con un inspector, un superior o lo que sea que esté por encima de usted y pueda ayudarme con esta desgracia.

.– ¡Señora! Tranquilícese, por favor.

.—Le he dicho que…

.—A ver, le atiende el inspector Inox, por favor, cálmese. Respire hondo y cuénteme que le ocurre.

Esta voz es más recia, estoy segura que es una cuchara de servir, no una de esas normales, esta es más grande, quizás de las que para servir no se usan mucho, pero son fantásticas para revolver los guisos.

.—Bien, ya tengo su dirección, iremos en una hora.

¡Una hora! No sé si me va a dar tiempo a limpiar, la tengo un poco dejada, no es que esté sucia, pero con esta desgracia no he tenido tiempo de organizarla un poco; lo más probable es que quieran que no toque nada, por si sacan huellas y eso que hace la policía.

Llaman a la puerta del frigorífico, son ellos, han llegado antes de la hora, imagino que no tendrán muchos casos o es que han dado prioridad a mi desgracia.

.—Pasen, por favor. Esta es la cocina, aquí es dónde he descubierto la falta.

Son dos cucharones de distintos tamaños, uno parece mayor, algo cascado, es de aluminio con un agujero al final, el otro es uno de cuenco más pequeño, con el mango fino y acabado en gancho, diría que es de acero, pero no de 18/10, quizás algo menos de calidad.

Se presentan y vuelvo a relatar los hechos.

.—Señora ¿ha mirado en el escurreplatos? Es algo normal que las cosas acaben detrás y uno no se de cuenta…

.– ¡Claro que he mirado! Ahí, ahí también, los he buscado por todas partes, no los encuentro por ningún lado.

.– ¿Este es el mueble de los cubiertos?

Me han hecho sonrojar. La gente normal tiene sus cubiertos en un cajón sencillo, yo tengo un viejo mueble de oficina de tres pisos dónde guardo los cubiertos, casi ordenadamente.

Abro el primer cajón y les veo hacerse gestos, no sé si se han espantado o están alucinando.

En el primer cajón están los cubiertos de uso normal, casi normal, los tenedores, las cucharas, las cucharillas y los cuchillos sin filo, esos que casi son más paletas que cortadores. También, al fondo, están los cubiertos para pescado, postre y los finos palillos de marisco.

.—¿Podemos extenderlos en la mesa? Vamos a ir preguntado, a ver si alguno sabe algo. Usted – se dirige al compañero – colóquelos en orden y haga un inventario.

Sé que no necesitan hacer un inventario, pero me parece que han descubierto que tengo ciertas manías con esto y no quieren perder la ocasión.

Primero separa las cucharillas, son escurridizas y se esconden unas con otras, o entre las cucharas.

Hay 28 cucharillas entre las de postre, café o las de té. Han separado las que son extranjeras.

.—¿Y esto, hay alguna explicación?

Me sonrojo, sé que tener 14 cucharillas huérfanas y de otros lugares no es muy normal. Le explico que hace muchos años que las colecciono, que nunca las he robado, ninguna, las encuentro en los mercadillos. Sí, soy culpable por gozar de los hurtos de otros, pero no creo que esto sea un pecado. Las cucharillas son todas diferentes, todas de líneas aéreas distintas, aunque alguna hay de compañía nacional.

Las cucharas, tenedores y cuchillos son un caos, todas se parecen, todas son de una calidad excepcional, buen acero y de diseño liso, odio los cubiertos con pretensiones.

Una vez se me ocurrió mirar con la lupa unos cubiertos de esos que, en los mangos, tienen florituras. Descubrí que no se puede almacenar más basura en esas partes, y desde entonces sólo tengo cubiertos lisos y de acero que aguanta bien las desinfecciones.

No hay seis iguales, parecidas sí, pero no iguales. La verdad es que no he comprado nunca un juego de esos que vienen en una bonita caja con seis o doce, doce y doce, nunca jamás. Cuando me casé recibí un juego de mi madre, que los tenía guardados y luego he ido reponiendo cada vez que he encontrado.

.—He perdido muchas piezas en esta vida, muchos cambios de casa, algunas personas que no soy yo han venido y en el afán por ayudar siempre se pierde alguno. Y el niño, que tengo un niño que siempre gustó de sacar y, no meter, y al final se te escapa el conjunto de las manos. Nada que ver con la pérdida de hoy, nada.

.—Veamos lo que hay en el otro cajón.

.—Aquí guardo los cubiertos para la carne, tenedores y cuchillos con mangos de madera. Este tipo de cubierto da prestancia y hace que un simple filete o una chuleta sencilla parezca carne de verdad. Hay seis o más cuchillos con mango de pasta, su sierra es fina, pero dan muy buenos resultados y cuando viene mucha gente los saco porque no les tengo mucha estima y no me importa que se pierdan. Ya ve, estos nunca se pierden.

El inspector sonrió, me daba la razón en esto.

.—También tengo los cuchillos de uso en la cocina. Como puede comprobar hay de todo tipo y para cualquier cosa que se necesite.

Con otro gesto del policía el ayudante los fue colocando en la mesa. Tengo demasiados, lo sé, pero es que me gustan mucho, los veo como herramientas de trabajo totalmente necesarias.

Me señalaba con el dedo alguno de los raros, esos cuchillos que he utilizado en contadas ocasiones y que si no eres muy experto no sabes para qué sirven. Este es para pelar naranjas, este para trinchar pavo, estos de aquí para quesos, son diferentes, este para pescados y este para… Estuve un buen rato describiendo las utilidades de los cuchillos ahí guardados, pero en realidad sólo eran importantes dos de ellos, los que manejo a diario y ahora mismo son mis favoritos. Los demás lo han sido en un momento u otro, pero la vida avanza, cambian los hábitos y las materias primas, hay que ir renovando.

Mis dos cuchillos compañeros son de acero, uno con filo liso y el otro con sierra. El de filo liso reluce, hace poco que lo he afilado y se sabe el que mejor corta de toda la casa. Al resto no los afilo más que cuando los voy a usar, porque les tengo respeto y algo de miedo, no sea que meta la mano sin mirar, por inercia y me lleve un tajo, que no sería la primera vez, algo totalmente sin querer y mayormente culpa mía.

El policía se lleva a parte a los dos cuchillos, los está interrogando, no puedo escuchar lo que dicen.

El cazo pequeño está recogiendo la mesa y regresando al cajón los cuchillos, no deja de mirarlo todo con asombro, tengo la sensación de que pocas veces ha visto tanto utillaje en una casa.

Se me acerca con recelo y me pregunta cuántos vivimos aquí, le digo que dos, a veces tres, y si tengo muchos invitados, le digo que a veces. No puede controlarse — ¡Esto parece un restaurante! – No sé, creo que son mucho más aburridos en esos lugares.

El ultimo de los cajones es una caja de sorpresas, ahí guardo las cosas más insospechadas, útiles, sí, pero sólo de vez en cuando.

Hay pinchos pequeños para las aceitunas, un modelo gracioso que diseñó una chica que hace ropa. Los pinchos para lo propio, nada de esas porquerías en aluminio que se doblan a la más tonta. Dos afiladores de mano, uno de grano más grueso que el otro, no es lo mismo. Hay pequeñas cucharas para servir cosas especiales como guindas. Pinzas de varios tipos, no se puede utilizar la misma para unos azucarillos que para unos cubitos de hielo o las que uno usa para sacar unas gambas de la fuente, incluso las raras que son para comer caracoles con dignidad. Tapones que tapan o que dosifican. Clips de oficina para cerrar las bolsas de plástico. Reposa cubiertos de porcelana, palillos de bambú, de laca, y hasta unos muy graciosos que son unas pinzas gigantes en plástico azul. Y unas cucharas de madera, paletas removedoras, que no quiero estropear las sartenes.

Toda la mesa llena de pequeñas cosas con explicación. No las uso mucho, así que no saben ellas lo que se cuece en la cocina.

El cucharón ha mirado todo esto sin mayor interés, son cosas de poca necesidad que salen poco fuera del cajón y que al hablar gritan como perrillos chicos.

Se pone serio y me pregunta si tengo más utensilios de este tipo. Le enseño otro archivador más pequeño con unas cuantas herramientas, sacacorchos, navajas, cubiertos de excursión, abrelatas viejos, los nuevos. Las pinzas de pasteles, los cortadores de pizza, los exprimidores de lima, las pajitas metálicas, los tapones de buen corcho que no sólo te recuerdan aquel vino exquisito, te recuerdan que lo bebiste con amigos. Un cortador de huevos pasados por agua, unos batidores pequeñitos para los cócteles…

Echa un vistazo y lo deja.

.—Señora, ha hecho usted un drama de algo que no sé si la ley, la ley de la cocina, lo permite. He llegado a la conclusión que lo más probable es que usted haya tirado a la basura sus tijeras y el pelador. Me comentan los cuchillos que han sido recogidos en varias ocasiones del cubo de la basura y que cierto día escucharon gritar a un tenedor que también tuvo la misma suerte que lo perdido hoy.

.– ¿Drama? No es un drama para usted, para mí lo es, he perdido dos compañeros de trabajo y cree que no es un drama…

.—He visto que tiene por ahí un par de tijeras y varios peladores, utilícelos, deles la vida que merecen.

.- ¡Ah, no! Mis tijeras eran especiales, con el tamaño perfecto para todo y ese pelador era espectacular, no lo podré reponer.

Se encaminaron al frigorífico, abrí la puerta y se fueron sin más. Afuera en la calle ya no llovía, pero los vi caminar entre los reflejos que deja la lluvia al caer.

No le damos importancia a las pequeñas cosas, nos rodean, nos acompañan y ayudan en el día a día. Muchas pequeñas decepciones no hacen un drama, pero se almacenan y en cualquier momento ves un agujero por dónde van cayendo las esperanzas mínimas, el ir a pelar un papa y que no tengas tu herramienta preferida, ir a por algo y que ya no esté. Hay cosas más importantes, pero no son estas pequeñas cosas que no le importan a la policía de cocinas.