EL MODO EN QUE LAS AVES TOMARON COLOR

La Tierra toda era un colmado de aguas revueltas, tan revueltas estaban que ni los propios lugareños sabían cómo hacer para controlarlas. Se levantaban por las mañanas húmedos y mojados. No es lo mismo estar lo uno o lo otro, no señor!

Antes de que las aguas pensasen por cuenta propia, lo hacían por natural sentimiento hacia todo lo que tocaban, tanto es así que eran las amantes de las plantas y los arboles, hijas de las nubes y del sol, fieles compañeras de juegos de todos los animales, incluido el hombre, al que querían de especial manera.

A causa de esto los hombres estaban húmedos y el agua siempre estaba a su lado. Lagrimas en la emoción, saliva en las palabras, pis, mocos o sudor en el esfuerzo, todo lo que hacían estaba relacionado con el agua; vivían en las orillas de los ríos o junto al mar, ninguna aldea estaba desprovista de un buen pozo o una fuentecilla que acababa convirtiéndose en laguna o a lo largo del tiempo en lago, dándose casos de llegar a tal amplitud que se hacía mar. Eso era estar húmedo y feliz.

Estar mojado era una condición que se estaba dando en los últimos tiempos. Al principio no había sido muy notable el asunto, la alegría en el caminar se había hecho palpable con la construcción de miles, cientos de miles de puentes. Las gentes eran capaces de puentear un rio antes que hacerse una casa y una vez que lo habían construido se pasaban el día cruzándolo, unas veces corriendo, como haciendo ejercicio y otras paseando, intentando cruzarse en el camino con esos otros lugareños que fuesen de su agrado y se paraban en la mitad a charlar gustosamente. También se utilizaban los puentes para el amor, generalmente al atardecer, cuando la luna alumbraba por su cuenta y daba a todo unas sombras plateadas dignas de un gran momento. Andaban tan a lo suyo que no se percataron que a las aguas no les gusta que las anden tapando por cualquier motivo. En el afán que tenían había tantos pasos en un mismo lugar que quedaba cubierta toda la capa de agua y esta se entristecía sobremanera, casi hasta el punto de secarse.

Algunas veces se enfadaba y en modo lluvia caía con toda la fuerza posible, tanto que arrastraba las piedras o los maderos que ellos habían puesto en su camino. Esas cosas acababan haciendo montañas y las montañas cordilleras y las cordilleras nuevos trozos de tierra donde no crecía nada porque el agua estaba enojada. Era en esos momentos cuando todo se mojaba y las gentes esperaban pacientes a ver si se le pasaba para volver a estar solo húmedos.

En esa época los pájaros hablaban con los otros animales, todos podían comunicarse estupendamente. Muchas aves bajaban a la altura de los humanos para decirles que no podían seguir haciendo eso, que era una manera egoísta de vivir, que se tenía que pensar en las consecuencias que tanta construcción podía acarrear. Ellos, las miraban despectivos ¡qué sabría un pájaro del agua! Estos volantines ni siquiera pueden llorar.

Un día de buena mañana vieron asombrados como había subido mucho la marea, tanto que algunos despertaron flotando al lado de sus zapatillas; otros habían sido arrastrados por las corrientes hasta quedar varados en las faldas de las montañas de escombros.

Todo aquello que les parecía tan bonito y tan gustoso de ser puenteado, había cambiado. Los que pudieron treparon por las montañas, por las cordilleras y llegaron tan alto que podían ver como había quedado lo que antes era un lugar hermoso para vivir.

Los animales también tuvieron que trepar, pero no todos subieron a las montañas, algunos se quedaron en el agua y es por esto que nacieron los peces… Las gentes no sabían que hacer, cada vez había menos tierra y más agua y estaban… definitivamente mojados y no húmedos. Lamentaban ser tan bobos y no haber aprovechado lo que tenían.

Andaban los ahora mojados mezclando las lagrimas con los mocos y el sudor y todo empezaba a parecer que no tenía remedio. De las muchas aves que rondaban aquel desastre, había unas que metían unos ruidos insoportables, parecía que se reían, pero nadie contaba nada gracioso Algunos se dieron cuenta de que, a su modo, ellos eran los causantes de tanta risa. Era del todo cierto, las llenas de plumas con picos anaranjados no podían parar de reír, a su modo, que era un poco desentonado y estruendoso, se estaban muriendo de risa. Una de ellas, la más grande de todas, la más blanca; que eran totalmente blancas en esos años las gaviotas, se puso sería. Hizo un gesto con un ala y todas las demás se callaron. Los pájaros no estaban terminados, todos eran muy parecidos y sus plumas rugosas, para nada suaves, solo les distinguía el tamaño. Unas eran enormes y cabezonas, con unas patas alargadas como cañas; otras podían ser chiquititas y nerviosas, saltarinas tontas que no pueden parar.

A veces cuando las nubes cubrían el cielo, con su color más suave, no se las distinguía si no te miraban a los ojos; estos, los ojos, los tenían realmente muy oscuros, tanto como la noche.

La gran voladora hizo uno de sus magníficos vuelos, planeó sobre las cabezas de aquellos animales tan tontos que no sabían volar y después de un rato de exhibición donde quedó demostrado lo bien que volaba, se posó encima de un saliente y habló:

.- A ver, ¿quién es el que manda aquí?

Los humanos no sabían que era eso de mandar, ni nada parecido, porque entre ellos siempre se había dado un sistema de igualdad, donde nadie era más que nadie, solo se sentía alguna grandeza cuando se terminaba uno de los puentes y todos se acercaban a ver lo bien que había quedado, o en su singularidad, era un autentico puente del amor.

.- No sabemos que es eso, pero podemos aprender. Fíjate si aprendimos que una rata nos enseño a hacer puentes e hicimos muchos.

.- Esta visto – dijo la gaviota – que no solo sois tontos, además no tenéis ni idea de las consecuencias que acarrean las cosas que uno hace. No sé si tenéis remedio…

.- Por favor, ayúdanos!

Esto lo dijo sin saber muy bien lo que decía, porque tampoco habían pedido ayuda a nadie nunca, todo era colaboración. La gaviota que por mucho que fuese un pájaro de los que no pueden llorar, se sintió apenada por aquellas gentes que en pocos días acabarían muertos en tan pobres montañas.

.- Bien, nosotras os ayudaremos a salir de esta, pero algo nos tenéis que dar a cambio. Algo que hace mucho tengo ganas y a vosotros os sobra.

.- Por favor, di que es lo que deseas y será del todo vuestro. Lo único que queremos es volver a vivir al lado del agua, ser gentes solo húmedas y no mojadas, ni secas como ahora.

Como ya habían llegado a un acuerdo la gaviota se fue volando a reunirse con los demás pájaros que poblaban el cielo. Por unas horas todo se volvió oscuro, no por las aves que eran blancas, más bien porque taparon el sol de tantas que allí se congregaron. Casi se quedan sordos de las voces que daban. Discutían como volver a colocar el agua en su sitio. Todos saben que es muy escaposa, si la intentas tomar en las manos, se escurre y no hay manera de sujetarla. La gaviota grande y bonita, era también el pájaro más listo de todos, mucho más que esas tontas grullas que andan por la tierra como si bailasen o que unas con forma puntiaguda, famosas por lo alto que ascendían y lo en picado que bajaban.

.- Bien – dijo la gaviota – vamos a hacer una cosa, solo una por una vez y aunque nos costará trabajo, conseguiremos que todo el agua vuelva a sus respectivos cauces.

Aquella multitud de aves se pusieron por una vez de acuerdo, casi en formación. Primero las aves más grandes, los cisnes y pelícanos; luego las medianas para terminar con las pequeñitas nerviosas. Un grito impresionante surcó el cielo y al momento todas ellas se lanzaron al agua, por tiempos… Entraban las enormes y se zambullían enteras… al momento salían para dejar paso a las medianas y luego a las pequeñas. Se encaminaron a las cordilleras hechas con pedazos de puentes y dejaron caer allí el agua que habían recogido con sus plumas. Al cabo de unas horas había bajado el agua que cubría todo y los árboles ya se podían ver, así como muchas plantas, que ahora estaban enormes de tanta agua que habían bebido.

Muchos peces quedaron esparcidos por los campos, dando bandazos e intentando llegar de nuevo al agua. Los humanos bajaron corriendo y también empezaron a saltar, estaban tan contentos por ir secándose… No había quedado ni un solo puente, pero esto ya no les importaba, ahora se lo pensarían dos veces antes de hacer nada parecido. Al poco tiempo la gaviota se puso sería e instó a que cumpliesen con lo prometido.

Las gentes corrieron a coger todos los peces que ya poco se movían y a quitarles las escamas. Hicieron montañas enormes con todas ellas y los pájaros bajaban y se rebozaban en ellas. Unos no quisieron y se quedaron blancos, otros lo hicieron demasiado y sus plumas tomaron unos colores brillantes, variados, increíblemente bonitos. Desde lo alto las gaviotas miraban la escena de como todos los pájaros se coloreaban y cuando ya casi todos lo habían hecho los humanos se juntaron para dar las gracias.

.- Gaviota… ¿y vosotras, no queréis colores?

Las pobres que habían dejado paso a todos los demás, casi habían olvidado que ellas también querían tener un nuevo diseño. No quedaban muchas escamas y las pocas que se veían en unos pequeños montoncitos estaban demasiado manchadas como para darles tonos vivos. Entonces los hombres hicieron un caldo con esas escamas por ver si se podía hacer algo. Al cabo de un rato había una sopa oscura. La gaviota se lo pensó y vio que era la última oportunidad para poder tomar color. Se lanzó en picado a ese caldo…

Quedó con un tono gris, un poco triste. Esto no era lo que esperaban. Las gentes se apresuraron a limpiarla pero solo lo consiguieron a medias. Tenía una parte blanca y otra gris. Esto no podía quedar así, pobrecillas, con lo bien que se habían portado, ahora iban a ser las voladoras con peor tono de todas.

Unos que andaban a la orilla del mar se lanzaron a pescar a ver si podían conseguir algunos peces a quienes quitar las escamas y solucionar esto. Solo consiguieron que los pulpos se enfadasen y les lanzasen toda la tinta que tenían para estos casos de susto. Con eso en las manos y gran pena en su corazón, acariciaban a las buenas gaviotas.

Es por esto que estos pájaros son de color blanco, gris y negro, porque no quedaban más escamas para poder pintarlas. Ahora todas las gaviotas tienen un sitio preferente en los puentes, que se hicieron pocos para no enfadar al agua.

Y fin.

Esta es la historia de cómo tuve una revelación gracias a un “yugur”.

Hace unos años saltó a la palestra un nuevo yogur. No era el clásico ácido con su mejorado azucaramiento, con sus sabores y colores anormales o esos tropezones que le llamaban frutas, no. Tampoco tenía un vaso de material sólido alguno, seguía teniendo un recipiente de plástico parafinado, quizás más plásticoso que los simples, los vulgares que poblaban los estantes en las fresqueras de los frigoríficos. Este, en su empeño por alucinarnos tenía una forma cuidada y un color fuerte con letras que resaltaban en blanco. El color azul.

Primero nació de una conocida marca comercial que en seguida nos vendió la burra con anuncios potentes. Nos enseñaron una palabra nueva, joroña y sin decir que coño significaba le dimos un sabor, joroña es bueno, joroña es griego, joroña es sabor. El revuelo gustativo no se dio con la intensidad esperada; sí, era un nuevo yogur con textura más cremosa y sin esa acidez que muchos no soportamos. La palabra, con los años la he visto en prensa, en la zona de anuncios por palabras, donde las prostitutas se anuncian, usándola como referente a: “hacemos joroña que joroña”. Ante esto y sin saber muy bien que significaba telefonee a una de estas señoritas de vida alegre para preguntar. Mejor me callo la respuesta, entre otras cosas porque me insultó de mala manera y me animó a meterme por el orto el susodicho yogur con vasito y todo. En internet tampoco se sabe mucho de este servicio, me da a mí que estas propuestas son de chicas que trabajan en uno de esos macro supermercados tan populares.

Cambiando de tema, prosigo. Los centros de alimentación que tienen a bien copiar lo que las firmas sacan, hicieron lo que mejor saben hacer, llamar a las cosas con nombres parecidos y utilizar el color de los otros y no el precio. En un súper de estos se instaló el Griego con cuatro variantes: normal, azucarado, con chocolate y con frutos secos.

En plena alegría económica tenían cantidad de azúcar y las pintas de chocolate parecían onzas; los mejores, sin duda, los de frutos secos donde podías distinguir perfectamente las avellanas, almendras, piñones o pasas enteras que le daban a esta crema un toque excepcional. Tanto era así que en ocasiones lo cambie de recipiente y dije con la boca pequeña que lo había hecho yo. Le llamé “sorbete de puta” y todos me rieron la gracia.

Grecia, el país, vivía feliz recibiendo turistas que no llegaban con ganas de ver piedras, todos querían probar de primera mano ese joroña que joroña y por el que muchas de sus viejas amas ganaron tanto dinero que se pudieron comprar casas y terrenos.

Vino la recesión y jamás lo hubiese dicho, el yogur estaba conectado con la decadencia griega. Cada vez que en los noticiarios alguien explicaba algo sobre esto, el vaso se desinflaba y en el interior ya no se apreciaban tantos complementos como antaño. Ahora tiene menos azúcar, para ser honestos, bien podría ser alimento principal de un diabético; el chocolate ni brilla por su ausencia, no son ni escamitas de un pez, son como pecas solo con el sabor de la imaginación. Las palabras “frutos secos” deberían quitarlas de las instrucciones del vaso, no hay tales frutos, no de la forma que se merecen para ser llamados así. Habría que decir: Tiene trazas… Trazas e ilusión, porque nada más. Parece broma esto que digo y no lo es. Hoy me ha salido una cosa blanda con un tono oscuro y ante la duda de si era una pasa o un bicho no me he atrevido a comerla. Y es que los yogures griegos son referentes al país de origen. Ya no dicen la palabra divertida que ha tomado más usos, ahora nadie la pronuncia como si decirla fuese algo que humilla, más aun si se puede, a este bonito y viejo país.

I+G+T, Imaginación, Gasolina y trabajo.

Hubo un hombre que tenía una gasolinera. Cada día el negocio andaba peor, pocos tenían dinero para gasolina y mover el coche era algo que solo se hacía si era necesario.

Como siempre que las cosas andan mal, el repaso a la maquinaria es lo último que se hace y se estropeó la bomba. Su padre saco la vieja máquina dispensadora que trabaja con energía humana y tuvo que contratar un muchacho fuerte para que accionase la palanca.

El servicio era lento y en ocasiones los clientes se desesperaban. Su hermano que no tenía un pelo de tonto y que era el encargado de la máquina de limpiar coches le dijo que bien podrían cambiarla de sitio. Y en vez de estar parada estropeándose se podía colocar justo antes de la entrada a la toma de gasolina. No le cobrarían nada más que la propina al cliente y a cambio solo tendría que estar unos minutos de espera antes de tomar combustible.

La idea se hizo realidad y al poco tiempo contrataron otra persona para ayudar en el limpia coches.

Su mujer que tenía la esperanza de casar a sus dos hijas o cuanto menos que se independizaran pensó que nada había más simpático que unas jovencitas maduras sirviendo cafés y bollos. Les puso un uniforme luminoso y un delantal con las iniciales de la empresa POC (Placid Oil Company) Ella hacia los bollos en su propia cocina. Como gustaban mucho la gente encargaba algunos para su almuerzo. Contrató dos personas más, una para el horno y otra para servir los pedidos.

Los clientes estaban tan contentos con esta nueva manera de dar servicio que preferían aprovechar su tiempo tranquilamente tomando un café con bollos, limpiando el coche por una propina y sabiendo que la gasolina servida a mano es mucho más rica que de ninguna otra manera.

Esta es la forma de actuar de una familia emprendedora. El señor Placid y su familia al tiempo montaron una cadena de gasolineras con servicio de limpieza. Daban trabajo a numerosas personas por lo que le fue concedido

Richard Price para el Selectiones Reager Digesto.

Aún siento el dolor.

Aún siento el dolor. Supongo que los tiempos del juego habían terminado. Y ahora descansando bajo el árbol siento que he crecido. Las palabras habían escapado a nuestro control. Todas se habían unido para la lucha hartas como estaban del desgaste y sobre todo de tanto desprecio. Salieron de los libros en fila de a dos y se fueron al bosque como un reducto de libertad. Costó mucho hacernos entender entre nosotros pero al final solo los gestos cariñosos se impusieron al descontrol. Las flores, hojas y todas las ramas sostenían las palabras, volvieron porque la necesidad es mutua. 

Letras sueltas.

He cerrado los ojos y te siento aquí. Percibo el calor de tus palabras. Siento como resbalan las eles por mis mejillas y a las íes que dejan los puntos en mi cara y ahora tengo pecas. Unas zetas se han enredado en mis cejas y las es mayúsculas tumbadas en mis parpados parecen pestañas. Tengo miedo a respirar por no comerme unas erres, sin embargo las eses son deliciosas. Me amas con tus letras, me acarician y dejo que las palabras se tornen ideas prendidas en mi pelo.

Tengo que traducírtelas, están un poco enredadas y me gusta el trabajo. No dejes de hablar, me estoy haciendo un vestido. 

Volverán a lamentar…

Tanto lo lamentaran que la exudación de la pena barnizará los recuerdos. Quedaran difusos en la memoria y comenzara una nueva vida. Por todas partes personas silbando, otras harán gestos de contrariedad, como cuando te has equivocado de calle.

Los trabajadores volverán a sentirse seguros. Las madres creerán que sus hijos son listos y vagos a la vez. Los bancarios pondrán pañuelos en las mesas para llorar con el cliente. El amante seguirá pensando que ella disfrutó y ella, que ya no recuerda nada está convencida de que el amor es así. Grande y lento. Lentamente volverá a rechazarlo.

La entrevista…

“A mí me educaron en la inercia y ahora no lo puedo remediar.” Con estas palabras comienza la entrevista que este periodista ha realizado en la cárcel de Seto Grande.

La tarde está algo sombría, nublada, lo que es bueno para cualquier entrevista que se precie; es mucho mejor pillar al entrevistado triste, deprimido o melancólico que alegre y dicharachero, estos últimos hablan más pero mienten con mayor frecuencia. “Gravando el dos de octubre del año en curso” (Esto siempre lo digo con voz seria, como de radiofonista viejo)

La escena no se corresponde a la idea que tenemos todos de lo que es una cárcel al uso, aquí no hay presos con trajes a rayas, ni bola encadenada a la pierna. El lugar es una habitación limpia, pintada de un gris marengo suave, con una ventana protegida por un estor de vinilo en color negro; la mesa baja es de madera con buen diseño y las sillas, en no siendo de Van der Rohe, son muy similares. De no ser por las bombillas de bajo consumo que parece se esfuerzan en iluminar, todo sería muy normal, quizás como en cualquier club de esos sobrios.

El entrevistado quiere ocultar su nombre y en un intento de seducción me habla de tu, sin conseguir este acercamiento, el usted es mucho mejor, da la sensación de que uno se mantiene al margen y no se ha de contagiar con las palabras.

Un guardia se acerca por la seña del preso, algo le dice al oído, sale raudo y al momento regresa con dos botellas de agua mineral de color azul y un cenicero. Lo dicho, esto parece un club, claro que desde que el gobierno ha cambiado, no paran de entrar miembros con buena fortuna, no por sus perpetuas, más bien por sus cuentas bancarias en países extraños.

-.“A mí me educaron en la inercia y ahora no lo puedo remediar.” Ya estamos en buena posición, marcando los territorios, prosigue: “Mi familia era normal, gente que por mucho que lo intentase no salían de la miseria, hasta que rompieron los lazos, aceptaron lo que eran y lo hicieron. Es cierto que “miseria” para mí nunca tuvo el mismo significado que para otros, pero lo era. Un empleado fiel, casi esclavo con amo déspota que cobraba un sueldo escaso y tres hijos a los que vestir, educar y alimentar. Aprendí de mi madre que uno debe tomar lo que le apetece y de mi padre a mentir con cierta calidad. Ambos hacían lo que podían. Él por las mañanas con la camioneta de la empresa transportaba a otros trabajadores y cobraba por esto, a veces hacía pequeños viajes a pueblos vecinos. Si llegaba tarde a trabajar el amo no decía nada, a la hora de comer era posible que le encargase algún mandado que le desviaba unos kilómetros de su casa, esto no lo pagaba. Nunca nos faltó en la casa material de fontanería, sobraba y mi madre solía revenderlo a los vecinos muy por debajo de su valor. Trabajaba en esto, era el almacenista de la empresa de fontanería.” Aquí su voz ha bajado de tono y bebe un poco de agua a la par que enciende otro Winston.

“Mi madre era una pobre mujer que limpiaba por horas en diferentes casas del barrio alto. Gracias a ella teníamos buenas ropas y otras cosas, pequeñeces que se traía de las casas donde había tanto que nadie se daba cuenta. Por estas sisas, cuando ingresamos en el colegio de curas no parecíamos unos desgraciados.

Evoco la primera vez que entramos en unos grandes almacenes, unos días antes de navidades, la idea era comprar algo para los abuelos que venían del pueblo. Recuerdo como a la hora de pagar la dependienta se equivocó. Vi claramente un billete verde y ella devolvió otro como ese y unas monedas. Miré a mis padres que a su vez se miraban y una gota de sudor le bajaba al hombre por la sien hasta llegar a la patilla. Giraron sobre sus pies con la bolsa en la mano y salimos corriendo del establecimiento, ni siquiera bajamos en el ascensor. Al salir ambos callaban y sonreían, esto a la fuerza tenía que ser bueno, un regalo.

En otra ocasión me encontré a la puerta del colegio, justo en la parada del autobús, ese que solo era para los que se lo podían pagar, una bolsa con ropa deportiva. En casa mi madre se puso muy contenta, con unos pequeños cambios bien le iba a venir a mi hermano.

Al ir haciéndonos mayores fuimos descubriendo pequeños chanchullos que se justificaban porque eran para sobre vivir. Ya no usábamos el coche del taller, ahora mi padre tenía un coche propio y una pequeña empresa, no declarada, de colocación. Conocía a muchos empleadores y muchos más que buscaban trabajo, con esto pudo pagar mi universidad y en el tercer año ya estaba trabajando a las órdenes de uno de aquellos que él proveía. Mi gusto por los números me hizo alcanzar el grado de contable y la facilidad para el inglés me puso al frente de una de las filiales de la firma. Ellos también subían como la espuma. Era sencillo escamotear a los trabajadores parte de los sueldos y tampoco se pagaba para cubrir la Seguridad Social, nadie miraba estos pequeños detalles. Compré aquí, vendí allá… firme, negocié y por fin tuve una oferta para ser tesorero en el partido.”

Ahora bebe lo que queda de agua, el cenicero está casi lleno. Toma la botella y la levanta, con el típico gesto que uno tendría en la mesa de una tasca cualquiera. El guardián entra de nuevo con dos botellas más. Él le comenta algo al respecto y se va sonriendo.

“Estos pobres, a poco que les des se ponen contentos. Ahora su hijo podrá entrar en una secretaría y empezar a subir, que me han dicho es listo.”

A estas alturas me da un asco moral doloroso, no me deja que le haga preguntas, casi está haciendo que escriba su biografía gratis. Me recompongo en la silla, que esto que me cuenta es de lo más aburrido, todos imaginan que ellos, esta casta de sinvergüenzas han aprendido desde la cuna.

-.Señor Tal, voy a empezar la entrevista, no sea que se nos haga tarde y no podamos dejarla concluida; ya sabe que la tengo que entregar para el suplemento del domingo…

Con un gesto condescendiente me anima a que pregunte.

-.¿Cuándo fue la primera vez qué, estando en el gobierno, le ofrecieron alguna ventaja para facilitar un proyecto?

“Mira que son todos iguales! No se enteran de nada cuando está pasando y luego vienen aquí a pedir explicaciones. Hijo, es usted un bobo o un ignorante, ya salió en el juicio que todos estamos emparentados. Pertenecemos a una secta donde el que no roba lo suficiente, el que no tiene tal o cual categoría de poder, se va a la calle. Tenemos hijos solo para que se casen unos con otros y así hacer más fácil la organización.”

-.Eso es la Mafia, la de toda la vida. Dije intentando poner cara amable, con la esperanza de que empezase a largar.

Me miró abriendo mucho los ojos, hizo un ademán de pegarme, como si me fuese a dar una bofetada. Me aparté porque casi la vi venir y él se contuvo.

“Serás gilipollas! Esto es mucho más fuerte que la mafia, nosotros somos hermanos de una cofradía que no dudaría en cortar las piernas al mismísimo Al Capone. Muchos de esos malnacidos que se dedican al tráfico de armas o a las drogas, trabajan para nosotros. Todo el mundo lo hace, todos nos pertenecen…”

-.¿Y entonces? ¿Por qué están ahora presos? Si tanto poder tenían y tienen ¿por qué no siguen en el gobierno?

“Querido ignorante, esto son unas vacaciones. Mañana moriré por alguna causa natural y en breve mi hijo estará formando un gobierno nuevo. Me llevaran a las islas paradisíacas donde tengo mi dinero y allí descansaré, nosotros también nos renovamos.

Mejor… borre esto que ha escrito… ¡qué lo borre le digo!”

-.No puedo señor, esto es la única información decente que he sacado, ahora sí se puede hacer un buen articulo. Dígame, hasta qué grado está implicado el gobierno… ¿hasta dónde llega su poder? ¿También en las administraciones regionalistas, las grandes empresas que les pertenecen, son del grupo?

Acabó de beberse otra botella de agua azul y me la estampó en la cara. Cayeron mis gafas, mi cuaderno, la grabadora… Cuando desperté estaba tirado en un descampado. Mis ropas eran otras, no me pertenecían, ni siquiera llevaba zapatos. Un hombre me gritó desde una camioneta, “Sube sinvergüenza, ¿Qué pensabas que te podías escaquear? Hoy tenéis que vaciar un buque en el puerto, han llegado las nuevas armas para el gobierno y están como niños con zapatos nuevos.“

Subí y desde ese momento no he parado de acarrear, kilos y kilos de peso en estas cajas de madera que no tienen identificación. Al lado hay un yate de nombre Esperanza y veo como un séquito de gente que me resulta familiar llegan y embarcan. Alguien gordo, seboso, me saluda desde la proa… pero no recuerdo de qué le conozco.

Un saludo matemático… HI.

Plot3D[Exp[-3*((0.5+x)^2+y^2/2)]+Exp[-x^2-y^2/2]*Cos[4*x],{x,-5,5},{y,-5,5}]

Esto es un saludo matemático en inglés, HI.
Bien… parece una tontería pero no lo es; quizás sea una de las gracias de las mates que siempre nos parecen de otro mundo y resultan bellas aun sin entender nada.
No salí de casa preparada, siempre pensando en lo poco afortunada de mollera que era para poder llegar a conclusiones como esta, un saludo, una regla o una de esas cosas que hacen los matemáticos y que cambian el mundo.
La vida es un poco como las mates, todos sabemos cosas sencillas, básicas para movernos en el circulo que vivimos y las complejas… ah! las complejas, amigo, se dejan ocultas en lugares a los que ni siquiera queremos acceder. Me gustan los trucos de esta asignatura que siempre me pareció un poco mágica, esotérica y sectaria. Qué bien empieza con la fe de que los números dirán siempre la verdad y luego nos demuestran que pueden ser hasta primos, como todos, con su retorcida complejidad y su encantadora presencia.
Me gustaría saber más, poder despejar todas las incógnitas que se me presentan, que son muchas y dispares.
Aquí, en este mundo todo tiene nombres exquisitos: “La Identidad de Euler” o el señor Gauss con su célebre: “ley de reciprocidad cuadrática” y la no menos famosa “Campana de Gauss” esa que algunos metimos en nuestra esencia para darnos cuenta de que el viejo dicho: Todo lo que sube baja, estaba más que acertado. Y en esas miramos la vida como esperando la maldición divina de los siete años, plaga va, plaga viene, que no se diga no somos ecuánimes.

El fin para Ilusión y Esperanza.

Habían quedado la Ilusión y la Esperanza en la esquina, esa en la confluyen la calle Desengaño y la avenida de Feliciano García. Llego primero la Esperanza que sale de casa con tiempo y aunque anda despacio llega puntual a todas partes; al minuto la Ilusión hacía gestos para que desde el otro lado de la calle ella la viera. Se abrazaron como siempre hacían apartándose luego un metro una de la otra para verse bien.

-Siempre estas guapa Esperanza.

-Tú sigues iluminando por dónde vas.

-Dejémonos de palabras. Caminemos.

Se encaminaron avenida arriba, hacia el final de la ciudad; el camino era largo pero no les importaba, el que sabe hacia dónde se dirige tiene medio camino hecho. Hablaban del hombre al que en homenaje habían dedicado la calle. Todo el mundo sabe que fue él quien instauro el sorteo y que pasados unos años acabó siendo una cosa más en las maternidades. Feliciano García, no se llamaba así, todos lo conocían como Félix El Ingenioso. Desde muy pequeño había dado muestras de tener una inteligencia excepcional, quedando claro para todo el mundo cuando descubrió que con solo llamar a las cosas por su nombre estás se convertían en realidad. Algunas palabras no gustaban mucho y se empeñó en cambiarlas. Cuando hubo renovado algo del lenguaje puso en camino una nueva manera de llamar a las personas. Entre todos decidieron que para tener armonía en la vida se necesitaban nombres cuyo contenido fuese el transporte adecuado para conseguir la felicidad. Se hicieron consultas a los sabios y se leyeron todos los libros escritos, incluso las notas de algunos autores y al final se decidió que los nuevos nombres serian: Ilusión y Esperanza. Daba igual que fuesen varones o hembras, estos nombres cabían en todas las personas. Se sortean los nombres en la maternidad, cara, Ilusión, cruz, Esperanza. Así lo hicieron y ahora, en estos momentos toda la población disfruta de ello.

Nuestras chicas llegan ya al borde de la ciudad, atrás dejan los edificios de colores que tanto decoran, al frente hay un prado con una calzada ascendente rodeada de flores. Es inevitable oler el aroma que desprenden, antes, cada una de ellas, las plantas, tenían un nombre con el que se identificaban, después de la renovación, gracias a Félix se decidió que nunca más se necesitaría clasificar a las personas, ni a las cosas y que era mucho más práctico que todo se unificase. Los árboles se llamaban así, árboles; los peces, peces, sucesivamente con todo lo que les rodeaba. Al final del camino estaba la Nada.

Ilusión y Esperanza habían caminado mucho hablando de las cosas que les rodeaban, esas que por obligación solo podían dar felicidad; todo era tan sencillo que cuando descubrieron que se amaban no pudieron por menos que asustarse. Eso no tenía nombre y de tenerlo hubiese sido una palabra nueva. Se nombraron una a la otra de diferente manera, jugando con silabas que sonaban bien.

Llegaron al final del camino, donde se corta a tajo la montaña y nada se ve. Se besaron, se abrazaron y una mirada bastó para saltar las dos a la vez al vacio. En ese momento supieron que la Nada es pareja del Vacio.

Durante un rato caían unidas por las manos y solo el viento cálido que las acariciaba les hizo soltarse; cerraron los ojos esperando llegar a alguna parte, un suelo blando hubiese estado bien. Se descalabraron porque lo que no esperaban es que en el fondo de aquella Nada estuviesen escondidas todas las necedades que sin duda, no tienen nombre.  

UNA VARA HACE EL CAMINO

Que el camino de Santiago tiene connotaciones espirituales no lo duda nadie. Un camino lleno de huellas de los peregrinos donde la música y el paisaje hacen poesía y  la grandeza hace que los pequeños detalles se sientan importantes.

Los primeros días del viajero son expectantes. Ya sabe qué se encontrará porque muchos antes que él lo han descrito y solo es dar un repaso a las nuevas sensaciones. Las catalogamos en nuestro entender y en el corazón. Las almacenamos con cuidado porque nos acompañaran el resto de nuestra vida y además bien podrán ser guía para los siguientes caminantes.

Pueblos donde las personas se presentan como vecinos y conquistadores. Se muestran cariñosos ante nuestro deleite y gozo por alcanzar cada día una meta nueva.

Y allá va el andante en compañía de sus pensamientos y su bastón que buenos apoyos le da cuando lo necesita.

OH! Se rompió la vara francesa. Es curioso porque el níspero salvaje que nace libremente en el borde del pirineo es madera dura y con prestancia. En estas piensa el caminante que la vida es como la vara, parece fuerte y duradera.

Muchos son los arboles, grandes y pequeños que encantan los lugares. Y prueba a ver cuál sería el más apto para tal menester. Una etapa sigue a otra y la búsqueda continua. Los compañeros de viaje portan algunas de singular belleza. Unos fueron regalos de amigos, hechuras de padres o abuelos dando a la madera el carácter protector que tiene.

El caminante, no tiene bastón.

De entre los peñascos, al subir una falda ve con gusto un rebaño de ovejas. Y el pastor que odia las visitas siente pena por el hombre que no tiene apoyo.

Le cuenta de las brujas que siempre las hubo eran las mejores hacedoras de varas. Tan buenas que podían sentarse en ellas y danzar en el aire como las burbujas del jabón. Solían esconder estos palos para que no llegasen a malas manos y para no ser descubiertas podían hacerlas escobas o palas para los hornos.

Se fue contento, supo que algunas brujas de antaño habían guardado tan bien las varas que nunca las encontraban. Sus pasos andaban encaminados.

Pensó con un gesto en la boca que así, a solas casi parecía una sonrisa sincera. Con un poco de suerte y un tanto de atención podría encontrar una para si mismo y terminar su andadura con seguridad y calma.

Desde ese día se paso todo el tiempo mirando debajo de las piedras, a las puertas de los palacios rotos o en las cuevas donde las alimañas también quieren pernoctar.

Fue en una de estas donde tuvo el sueño más raro que jamás haya tenido caminante alguno. Una vara se le aparecía e izándose hacia el cielo señalaba la estrella más brillante. Hacía sombra sobre un angulo del camino y este acababa en un hórreo alto y pequeño. Allí en uno de sus tornarratos una cruz dibujada con carbón hacia de santo y seña.

Un viento frio deshizo el hechizo y despertó al durmiente.

Nadie podría en su sano juicio salirse del camino y seguir la ruta marcada por tan “real” sueño. Llegaríamos al hórreo viendo con gusto su estructura pero no daríamos cuenta de esta seña. El andante la ve nada mas acercarse. La mira dos veces por si aún la ensoñación continuase.

Dos vueltas da. Se aleja y acerca por reconocimiento del lugar, es un sitio vivido, aunque sea en sueños. Y lo toca porque es tan bello que no parece real. Siente la necesidad de sentarse y no ve mejor enclave que la silla que hace con el suelo el pie marcado por la cruz. Y el dormir se torna brillante, casi cegador.

Ella de larga melena ensortijada le toca el hombro y sin ver como sus labios hablan le escucha alto y claro. Le cuenta como su bastón era un preciado tesoro. Le dice que su hermana poseída por la envidia conto a todo el mundo que ella era la causa de los males más comunes. Ensuciaba la leche de las vacas para señalarla. Envenenaba a las gallinas o dejaba la puerta abierta para que entrase la raposa. Y los vecinos que tenían más miedo que cordura incitaron  a los padres para que la echasen de casa. Fácil era que el frio invierno o los zorros hiciesen el resto.

Antes de salir de aquel mal lugar escondió la vara. Se juro a si misma que solo una persona de buen corazón podría volver a tocarla. Alguien que la necesitase.

Quizás la fiebre del cansado hizo mover la mano hacia dentro.

La humedad refresca y el descanso renueva.

Poco necesitó para sacar de la tierra el palo. Lo limpió y pudo notar la destreza del que sabe hacer una buena vara. El tamaño no era demasiado grande y el peso casi insignificante. Dudo de su estabilidad.

Comió algo y pensó que debería proseguir el camino, volver sobre sus pasos y retomar la hazaña. Había estado solo mucho tiempo y aunque no era persona de charlas gustaba oír las bromas de los más jóvenes y las aventuras de los más viejos.

No pudo dar tres pasos. El bastón se doblaba al tiempo que sus piernas. Volvió al hórreo y decidió comenzar al día siguiente.

Esta noche durmió bien, sin sobre saltos y con la sensación de ser vigilado. Al despertar tenía a su lado unas nueces y varias manzanas.

Durante varios días hizo intentos para proseguir y le resultaba imposible. Cuando no era una cosa era otra o lo que es peor, los pies se negaban a caminar.

¿Qué hace un andante si sus pies no quieren obedecerle?

Ya la desesperación estaba en el agua. Llovía perlas de desconsuelo y caían rayos que no iluminaban nada. Y se sintió morir de pena. El viaje iniciado con respeto y esperanza se estaba terminando a los pies de un hórreo que a pesar de su belleza le estaba resultando la cobija más desoladora. En todo momento se sentía protegido por…nunca supo por quien o que divina providencia. Todos los días recibía gratuitamente un poco de comida y el agua del manantial cercano era suficiente para mantenerse. Pero no conseguía salir de aquel lugar.

Pensó tanto en su vida que casi la olvida. Repitió tantos sueños que por poco deja de dormir y ya no podía más.

Luchaba y perdía la batalla y como un buen soldado esperaba que alguien superior llegase con nuevas órdenes.

A la hora en la que el sol apunta más alto y es más caluroso se recostó en el pie de piedra, como al principio. Con la vara a los pies y la mochila al lado. Tuvo un sueño.

Soñó que la vara se izaba hacia el cielo, se levanto para verla bien. En la veloz caída se clavo a sus pies y sin saber porque la agarro, se acomodo como cuando era niño y jugaba a los caballitos.

Y voló. El suelo quedaba a varios centímetros, ya no lo tocaba. No tenía miedo, solo ansiedad por ver qué pasaba. Y voló. Primero vio el riachuelo, luego el tejado del hórreo y por fin las copas de los arboles.

El viento le besaba la cara y se sentía cómodo en esta situación tan inusual. Pensó que para ser un sueño era muy agradable. Diviso el camino que tendría que haber tomado si no se hubiese parado. Vio otros caminantes, las hesperias, los pueblos, el campo y por supuesto el mar.

No podría decir cuánto tiempo había estado en esta situación. No le importaba nada porque casi deseaba que no se terminase. Vio algunas ciudades importantes, incluso le pareció ver la catedral deseada. Y el vuelo proseguía.

La costa llena de aldeas y playas se acercaba y poco a poco fue bajado. Un faro rimbombante miraba al horizonte. Por fin había llegado a Finisterre. Había llegado al fin del camino, del mundo y de su vida.