La casa familiar y otros pises.

En cierta ocasión entré en casa de mis padres; ya no vivía allí, llevaba dos años felizmente casada, en mi propio nido.

Ese día salí, tomé el autobús sin pensar y acabé en la calle donde crecí. Me vi de niña jugando a saltar las losetas, me prohibía tocar las de color oscuro y solo las escasas blancas eran mi territorio… Salté dos, tres veces, hasta que vi a la vieja portera del 43 mirando como siempre lo había hecho, acusando por algo, por vivir. Olí a caucho y aspiré; escuché el ruido que hacen las máquinas neumáticas del taller de enfrente, ahora mucho menos que antaño. Sonreí al anciano librero que se sienta en la puerta de su cochambrosa entrada, siempre lo hizo y supe que ese día estaba allí para mí, para mi propio placer de recordar los muchos ratos pasados dentro. Ese reducto de papel húmedo y usado, que se repartía por unas monedas y que no te pertenecía del todo. Nunca me gustó que dejase marcados sus tesoros; él decía que era para que no olvidemos que las cosas tienen que circular. Los demás libreros de lance, los que tenían comercios grandes y señoriales, ésos, solo recortaban algunas cosas que no les gustaban, revistas, tebeos, libritos enanos sudados… pero el mío se molestaba en hacer que las esquinas fuesen círculos, lo suyo era un aviso, no un descrédito.

En los sitios que llueve, mojarse es lo normal, pero como en todas partes, la lluvia hace que aceleres la marcha, en un intento de no empaparte. Llegué al portal de la que fue mi casa.

No tenía llave de la gran puerta, pero a esas horas la portera estaba sacando basuras y se dejaba el portón asegurado con un pequeño triangulo de madera, bien calzada para que no llegase a cerrar. Entré y subí a mi casa, por las escaleras, porque me gustaba contarlas para saber que no habían crecido. Llamé al timbre a la vez que decía: “Soy yo” como si esto fuesen palabras mágicas.

Nadie me abrió, no se escuchaba ningún ruido por lo que pensé que mis padres habían salido. No llevaba la llave encima, pero sabía dónde estaba la de reserva, esa que de críos tantas veces usamos por pérdida de la otra.  Había hasta cuatro cerraduras en reserva para estos casos, cuando se perdía una llave, se ponía otra y si volvía a pasar lo mismo, otra. Debíamos de ser unos desastres para perder tantas veces las llaves.

Entré y me entretuve en ver que no había ruidos, que olía al perfume de mi padre mezclado con el de mi madre y supe que no hacía mucho que habían salido. Los paraguas no estaban, así que llegué a la conclusión de que tendrían para un rato largo.

Lo primero que hice fue entrar en lo que fue mi habitación ahora convertida en un miserable gimnasio con una bicicleta estática y un andador que no habían sido usados en años. Un montón de cajas, ropas de temporada y viejas estufas decoraban ese lugar que había sido tan mío. Dejé allí el bolso.

La soledad de las casas paternas da miedo.

Lo que de verdad asusta es mi mente en soledad, que hace como si tuviese un aeropuerto a mano y vuela a lugares más divertidos.

En la habitación de mi hermano aún quedaban los libros, la cama, y dos bolsas cerradas que abrí. Eran sus cosas que llevaban ocho años esperando ser recogidas, nunca supimos por qué no quería llevarse sus recuerdos; imagino que se hizo con unos nuevos. En un cajón encontré un fajo de tebeos con las esquinas redondeadas y supe que no nos pertenecían, imaginé que a lo mejor mi querido librero me lanzaba miradas desesperadas para que se le reintegrasen, como si sus enormes pilas fuesen a caer por la falta. Me los llevé al cuarto y los dejé junto a mi bolso, tenía la idea de devolverlos hoy mismo.

En el dormitorio de mis padres todo estaba igual. La misma colcha granate con borlones que parecía más una cortina de castillo que un cobertor. Las mesillas con las lamparitas feas y esas cajas de piel repujada donde metían el reloj o las pocas joyas, mi madre. Ahora también había una novedad. En el cenicero de toda la vida, ése de cristal verde muy pesado, tenían pastillas, estaban metidas en los casilleros pero recortadas, cuadraditos de plata con distintos colorines, que parecían anillos.

Su armario de lavandería, con aquella manía del hombre por tener todos los trajes desde que se casó. Los mantenía intactos, el pantalón, la chaqueta y la corbata correspondiente. Pendían de las perchas con su funda de plástico típica de las lavanderías y se les veía desesperados por vivir, me daba que ya estaban más que muertos, que jamás nadie se los volvería a poner, y pensé que si en algún momento llegaban a mis manos los rompería en pedazos, eran las capas muertas de mi padre y de nadie más. Había uno claro, uno que recordaba cuando era niña, ése con el que tengo una foto, y él me tiene cogida en brazos. Lo recuerdo bien, porque el botón de la manga se me enganchó en el pelo y a pesar de mi sufrimiento era más importante que no se rompiera aquella cosa redonda. Agarré la manga, cogí el botón, le di veinte vueltas hasta que se soltó.

Me asusté de mi inconsciente valentía y en seguida pensé qué hacer. Lo cosía, lo escondía, lo dejaba caer como si hubiesen sido las ratas… me lo metí en el hueco que hace el pecho, mis tetas eran lo mejor que tenía para esconder un botón.

Abrí los cajones de la cómoda, las pequeñas cajitas de ella donde guarda sus tesoros, o la de él, que retiene los plazos, los pagos, las averías, todo eso que pertenece a la casa y a la familia. Algunas fotos resaltaban más que otras, sobre todo las de mi hermano que estaban boca abajo. Se ve que no querían ver cómo les miraba y cómo les echaba en cara su tristeza por no devolver los tebeos, que no era eso, pero a buen seguro era sentirse triste y con la necesidad de hacerse una nueva historia.

Llegué al salón y moví un florero solo por ver que no estaba atornillado, toda aquella casa daba grima, parecía que el tiempo se había detenido, y me podía ver corretear, sentada, apoyada, leyendo, mirando… era como si nada hubiese pasado, o quizás todo era un teatro y éste era el escenario, siempre dispuesto para una representación. Las cosas se podían mover, pero nadie lo hacía.

En la cocina tuve que abrir la nevera para ver que allí había gente viviendo. Ni una mala miga de pan, ni un vaso fuera de su sitio. Tanta obsesión no puede ser buena, cuanto menos es aburrida, mortal de necesidad. Hice algo que no me dejaban. Vi la botella de agua a un lado, en la puerta, donde siempre, y bebí a morro un largo trago. No me gusta el agua, pero este trago fue un romper el hechizo, un despertar, casi parecía que fuese vino. Me hizo sonreír por mi malicia, luego reír y al final carcajearme como una loca que por fin se dio cuenta de cuál era su mal; fueron otros los que me la jugaron, ahora era libre.

Con la sonrisa en la cara me fui a la habitación para coger el bolso y los tebeos. Al momento escuché unos ruidos. No eran extraños, los normales de gente que entra en su casa. No podía escuchar bien lo que decían pero no sé por qué me entró miedo y me escondí entre las cajas. Me quedé sin respirar todo lo que pude, pensando que si salía les iba a dar un susto de muerte.

Pasaron unos minutos y apareció el ruido de las cacerolas, el olor a cebolla frita y el sonido de la televisión. Me dije que ahora era el momento de salir, así silenciosa, como un ladrón… Mi padre se levantó, escuchaba cómo se acercaban sus pasos y mi corazón se paró completamente. Iba al váter a mear, casi bendije el ruido del poco líquido que echó. Al cabo de un rato sonaban los ruidos de los platos, no iban a comer en la cocina, lo hacían sentados frente al televisor. Cuántos años peleando para que esto pasase y nunca jamás, ni siquiera la merienda pudimos hacerla de esta manera. Ahora que podía pillarlos infraganti, no me atreví a moverme.

Nadie sabe lo despacio que pueden comer dos adultos mirando las noticias, los deportes, el tiempo y los anuncios… más de media hora para terminar algo que el médico les había recomendado menguar. Llegaron los postres. Que si quieres manzana o melocotón, que si no hay otra cosa, que si te aguantas con lo que hay… Otro viaje al váter, este hombre tiene la próstata delatora, tantos años disimulando el alcohol y ahora lo sé, bebía como un cosaco. Esos pómulos, esa nariz sonrosados, no era el fresco del atardecer; ni las bromas fuera de tiesto era buen humor, era la sangre de toro que tenía en las venas al llegar a casa. Nunca les oí discutir por esto.

A los cafés y de la imaginación de una buena meada, me entraron unas ganas terribles de ir al baño. Me empecé a mover como atacada de un baile extraño, solo movía las caderas, no fuesen a caer las cajas y me descubriesen y a cada minuto peor iba a ser el resultado de ser descubierta. Lamenté no haberlos matado con el susto, no podía más.

En el momento que ella se volvía a la cocina con las tazas y los restos de la comida, me animé a salir a hurtadillas, pensaba que él estaría ya medio dormido y no me sentirían. Saqué los tebeos, doblé el bolso debajo del brazo, mis ganas no me dejaban en paz. Fui a salir y volví a escuchar a mi madre a voz en grito: “¿Te has tomado la pastilla?” El otro,  que debía de estar en un mundo aparte, pegó un salto y se encaminó hacia el pasillo.

Otra vez me retrotraje y me escondí como pude. ¿Qué me estaba pasando? Parecía idiota del todo, allí sin casi respirar.

Se ve que había tomado lo que le mandaban y volvía a sentarse en el sillón. Ella también.

En la televisión estaban viendo un programa de esos del corazón, uno donde todos gritan y perrean, casi no podía distinguir quién hablaba, parecía un gallinero. Pensé que ambos se dormirían y nada más lejos.

Mi madre se empeñaba en hablar con el presentador, insultaba a los contertulios y exigía que echasen a tal o cual. Mi padre en ésas se sobresaltaba y le recriminaba la molestia ¡por dios! parecía una casa de locos.

Esperé, me meneé, pensaba en otras cosas, me contaba cuentos, incluso me puse a ojear los tebeos, casi deseando que me encontrasen allí y sin mayores explicaciones salir corriendo al servicio y mear, una meada larga y que le enseñase a mi padre lo que era un desahogo feliz.

No sé el tiempo que estuve, me dolía la vejiga, las rodillas, la cabeza y tenía hambre, pero lo peor era la sed. La boca tenía ese gusto a trapo viejo, algo que era peor que tener ganas de orinar.

Miraba por todas partes. A lo mejor, un cubo, un bote, una botella donde poder relajar mis líquidos… Allí, en una esquina, había un viejo botellero, uno que antes había presidido la cocina, pero se ve que ahora, como otras cosas, lo relegaban a la navidad, que tampoco nadie abría botella alguna, el borrachín de mi padre solo bebía mosto y ella, ni eso.

Solo encontré una botella de ron añejo, una de ésas que uno no compraría por cara y porque te la regalan en la cesta de navidad. Ahora ya no lo hacen, pero antes, cuando el hombre trabajaba solían darle un buen aguinaldo, dependiendo de los beneficios de la empresa. Se ve que ese año habían sido excepcionales y el ron era de los muy caros.

Era caro, pero me hizo un agujero en el estómago y no calmó mi sed. Seguí bebiendo, casi más para olvidar la tontería del día, que para calmar otra cosa. Me puse chula y casi había decidido que meaba en una caja, empezaba a darme todo igual y lo que era peor… me estaba entrando la misma risa tonta, con el mismo soniquete que a mi padre cuando regresaba con la nariz colorada.

Lo bueno del alcohol caro es que o te da una fiesta alucinante o te deja medio lela. Y a las lelas lo que les gusta es dormir. Me quedé dormida y nadie sabe lo que lo agradecí.

Cuando desperté, casi no se escuchaban sonidos, nada. Mi cabeza daba vueltas, mi mente no rulaba, mis ganas de mear se hicieron imposibles de nuevo, pero en la casa no se escuchaba nada.

Cerré la medio llena botella y la escondí como pude. Volví a recolocar el bolso y decidí que me daba igual lo que pasase. Me importaba un pimiento si los iba a matar de un susto, si se enfadaban y volvían a cambiar la cerradura como cuando era pequeña, me daba todo igual.

Abrí la puerta con mucho cuidado, tal y como llevaba horas imaginando, la entorné lo justo para sacar la cabeza y ver qué hacían… ¡No me lo podía creer! estaban los dos sentados en almohadones, sobre el suelo, con las piernas cruzadas. Estaban haciendo algo como yoga. La risa volvió a mi boca y me mordí los labios, dejé la puerta abierta, para que no hubiese ningún ruido que los quitase de esa meditación, me deslicé por el pasillo, olí el cuarto de baño como si fuese el último olor bendito del mundo y llegué a la puerta. La abrí con sumo cuidado y pasé al otro lado con la desgracia de que mi bolso se esparramó por el suelo.

Solo podía hacer una cosa. ¡Soy yo! grité como si tuviese diez años y giré sobre mis pies quedando de nuevo frente al pasillo. Allí los vi saltar de los almohadones, increíble agilidad la suya. Sus caras se pusieron de tonos indecibles tirando a rojo; los ojos parecía estaban viendo un fantasma.

Me hice pis en la alfombra de la entrada, ésa que pone: “Bienvenido a esta casa”

Mi padre se acercó lentamente por el pasillo, me miraba tan extraño. Cerró la puerta en mis narices, hubiese dicho que no me había visto. Repetí: ¡Soy yo! y nadie me abrió la puerta. Pegué la oreja a la madera y nada les escuchaba. Recogí mis cosas del suelo y baje las escaleras. La portera cuando me vio me preguntó si estaba bien, si había podido entrar.

Me extraño esa pregunta, le dije que sí, que mis padres estaban bien.

En la puerta me esperaba mi marido con el coche, hablaba por teléfono y decía que no pasaba nada, que todo estaba controlado, que ya volvía, como cada vez que regresaba a la casa. Decía: “Ella nunca sabrá lo que vale un susto”

Me subí al coche y olvidé. Siempre lo olvido, sé que regreso a esta calle, a este portal y llego a su puerta. Sé que vuelvo a casa mojada, pero no puedo recordar nada más. Hoy hice el esfuerzo y transcribí todo lo que hago, porque llevo una temporada que ni el ron viejo puede calmarme las ganas de mear.

FIN.

TRES ENGAÑOS, UN CUENTO PARA NIÑOS.

Título: LA FELICIDAD ESTABA EN EL INTERIOR. 
Erase una vez un niño que abrió los ojos. Vio lo que había a su alrededor… el sudor de su padre, las bragas de su madre, la ley o el cielo contaminado… Sintió miedo y se murió.
Fin.

A los niños, no les gustó.

.-No me gustó, me pido otro porfi.

.-A mi tampoco !!

.-estoy sudando Marixa, no entiendo nada… Lo leo, lo releo, lo vuelvo a leer! jaja

.-bueno, no es precisamente para niños…….

Título: LA FELICIDAD ESTABA EN EL INTERIOR 2.0
Erase una vez un niño que no abrió los ojos. No vio lo que había a su alrededor… el candor de su padre, las ganas de su madre, la leyenda o el cielo iluminado… Sintió miedo y se despertó.
Fin.

Este tampoco fue de su agrado…

.-Muy corto , no me termina de gustar , es como el cuento de Juan pimiento que nunca se acaba y ya se acabó !!

.- A mi me gusta, tiene final feliz!

.- Un cuento totalmente cierto y muy acorde con mi filosofía La ceguera es la respuesta a la felicidad.

.- Este tiene final feliz pero me ha gustado tanto como el otro…

Título: LA FELICIDAD ESTABA EN EL INTERIOR 2.1
Erase una vez un montón de niños, que no abrieron los ojos. No vieron lo que había a su alrededor… el candor de todos los padres, menos uno, aquel que sudaba: las ganas de las madres que tenían bragas, la leyenda de las leyes o el cielo iluminado, casi de color naranja por la contaminación… Sintieron miedo y unos despertaron; no todos tuvieron a bien, los más revolucionarios ya estaban muertos antes de nacer.
Fin.

Y sudaba todo eso…

.-joer…

.-  Joroba. Que joroba !!

.- ¿ Es un rompecabezas?

.- No muy de acuerdo;la felicidad es una utopía que mientras la buscas estás entretenido.

EL PEQUEÑO ACOMPAÑANTE

Había una mujer que guardaba un hombre pequeñito en un bolsillo. Lo tenía allí como quien conserva un amuleto dado por una vecina; realmente no era despreciable pero tampoco atraía suertes de ningún tipo, ninguno que ella pudiese apreciar.

Hace años tuvo un gato pero no era lo suficientemente pequeño como para llevarlo de un lado a otro en bolsillo alguno y el pobre bicho vivía enroscado a su cuello del que solo se apeaba si la mujer entraba en llantos. Tanto lloraba que las lágrimas que le caían casi ahogan al bicho y no hubo más remedio que deshacerse de este. Lo dejo en la puerta de un orfanato laico. Aquellos que guardaban a los hijos de los desconocidos siempre decían que eran muy suaves los niños, su gato también lo era, seguro no notarían la diferencia. Más a más porque se había impregnado tanto de las lágrimas que olía a persona.

No se había dado cuenta pero el hombre pequeñito adquirió la habilidad de ser el guardián de las llaves. Las llevaba atadas a la cintura con un fino cordel y cuando ella las necesitaba él sabía perfectamente cómo hacer para que las encontrase. Le daba un pellizquito en la pantorrilla, que es la zona más cercana a los bolsillos, y así, siempre estaban al alcance de la mano.

Nunca le dio las gracias por esto.

De ser el guardián de las llaves pasó a ser el sujetador del anillo, porque ella tenía un anillo mentiroso, que valía su peso en oro, lo que no era mucho teniendo en cuenta lo delgado que era. Cada vez que lloraba la medida de la mujer menguaba y el anillo tendía a escaparse. Primero lo usó en el dedo índice y esto le venía de maravilla. Solo con señalar al cielo conseguía que todos mirasen su bonito y dorado anillo.

Llorar por un déjà vu no trae nada bueno. Tuvo un pensamiento espeso, uno de esos que cuesta curar. Estornudaba ideas, sensaciones y moqueaba palabras sinsentido. Cuando se curó vio con sorpresa que el anillo había resbalado en el fondillo y al ir a recogerlo el hombre pequeñito lo tenía en el cuello. Le pareció guapo y por una vez pensó que la pieza le quedaba mejor a él. Se lo puso en el dedo anular. Un día se le quedó prendido en un saliente e inevitablemente ella no quiso soltar la mano de su brazo, ni este de su tronco, ni ella de aquél sitio tan peligroso. Permaneció allí el minuto más largo de su vida, tanto que envejeció dos meses de golpe y por supuesto, salió el dedo del empeño, menguó un tanto. De nuevo quedó el oro como collar del diminuto.

Empezaba a temer por su vida siendo la causa ese pequeño trozo de metal infernal. Esto lo dudaba un poco.

Cada vez que metía su mano en el bolsillo y lo rozaba sentía un cierto cosquilleo, era él que le besaba las yemas; no lo distinguía bien porque con ese tamaño de labios no podía competir con el gato huérfano de olor a lágrima viva. No se puso el anillo en el siguiente dedo, tenía la impresión de ser un engaño, si hubiese dado un puñetazo quizás un escalofrío de dolor le habría dado la razón. No es que ella estuviese dando puñetazos todo el tiempo, pero le gustaba llamar a las puertas de esta manera. Le relajaba mucho hacer esto. Era como pegar justificadamente y solo pasaban dos cosas: alguien que no estaba, no respondía o lo hacía y ambas cosas eran una fortuna. Esta costumbre le había dado muy buenos resultados, impepinablemente detrás de una puerta hay un mundo que solo te puede pertenecer si la traspasas, de no hacerlo es posible que tengas que imaginar qué es lo que allí hay y nunca aciertas, por mucho que lo intentes o incluso sabiendo algunos parámetros sacados, por supuesto, de algún chascarrillo escuchado por las escaleras en esos ratos en los que parecía que intentaba encontrar las llaves y disimulaba metiendo la mano en otros bolsillos o tocándose los pechos, qué a veces, solo en casos excepcionales también servían de resguardos. Ella perdía el tiempo en el lugar donde el pequeño estaba; como la vida da muchos sustos su tamaño también era menor y de a poco sentía casi bien los besos que él le daba en todas las yemas, en las uñas, en los nudillos. Le dejaba hacer y se sentía bien.

Cuando le preguntaban si estaba sola, respondía rápido que sí, que lo estaba. En la pantorrilla podía sentir un corazón que latía con fuerza; un día dijo que tenía una mariposa guardada por si llegaba la primavera de sorpresa. A todos les pareció normal la explicación, ellos no tenían mariposas guardadas pero esta mujer era muy extraña y como la veían menguar con cada contratiempo no le querían contradecir.

Una noche hizo algo que no había hecho nunca jamás; una tontería de esas que se hacen cuando la luna no está plena y hay tan poca luz que ni tú mismo te ves. Se puso el vestido para ir a dormir, con miedo por esto, salvando la distancia de la mala suerte que da hacer cosas así. A los muertos no les ponen camisones, las visten con vestidos importantes, menos mal que no suelen tener bolsillos.

Se durmió con la mano resguardada, sintiendo como un hombrecillo enloquecía a base de besos y pequeños pellizcos en las pantorrillas y más allá. Tuvo sueños increíbles, como que la enana criatura crecía y crecía… se despertó de la pesadilla cuando los hilos no podían contener tanta grandeza y se veía casi desnuda, apenas cubierta por los jirones de la prenda. Se levantó y volvió a lo habitual, dejar lo puesto en el armario y ponerse un recatado camisón lleno de flores que no hacían cosquillas si no las ayudabas.

A estas alturas la vida continuaba un poco más complicada que en el pasado; había menguado tanto que el anillo ya solo servía de collar para otro y ella sentía que todo le quedaba grande. Había que hacer algo, esto no podía continuar así.

Se acercó al orfanato a ver si podía volver a tener a su mojado gato y se encontró que habían hecho collares con él. Todos los niños que allí se acomodaban tenían un collar hecho con las tripas y la piel del gato y de estos colgaban miles de pequeñas perlas. Las lagrimas de los chiquillos cada vez que tocaban la piel del bicho se convertían en perlas brillantes de gran calidad y los encargados las vendían por todo el mundo, porque eran curativas, resolvían todas las enfermedades de la angustia con una facilidad pasmosa.

Les dio pena verla pequeña y sin color, se apiadaron de ella y recordaron que de no ser por su impronta ellos no tendrían perlas. Le regalaron una de mediano tamaño, una que, según decían, podía curar las penas de todos los que la tocasen.

Se la metió al bolsillo como hacen todos los incrédulos, da igual la suerte que les regales acaba en ese reducto, camino del olvido.

Ya llegando a la casa se sintió cansada, era como si llevase un gran peso encima, uno como si fuese una mentira o una verdad increíble. Al llegar a la puerta del vecino dio un buen puñetazo, casi con rabia, esperando ser escuchada y socorrida. Nadie respondió. En el otro piso dio hasta dos golpes fuertes también… nada. Era raro, casi nunca tenía que golpear en más de una puerta para ser recibida, desistió.

Hizo como si no encontrase las llaves. Encorvada sobre su bolso removía las cosas, sacaba unas y luego otras; se tocó los pechos con suavidad, bajó por la cintura y se entretuvo en ella rodeándola; tocó una de sus caderas dando pequeños golpecitos con los nudillos, como si llamase a una puerta invisible. Sabía que las llaves las tenía en el otro lado bien resguardadas.

Las escuchó cuando dieron de morros contra el suelo, que las llaves al caer cierran las bocas para no romperse los dientes, esto lo sabe cualquiera que tenga llaves, el sonido es fuerte pero no molesto, por eso se pierden tantas veces.

Por fin pudo entrar al lugar donde no es necesario imaginar que hay, lo sabes y solo a veces dudas sobre si el deseo de cambio habrá hecho su trabajo y puede que te encuentres los muebles por el techo, o alguna otra persona que se apodere de tus cosas y sin darte cuenta pierdas las identidad porque esas personas te la absorben.

Una vez dentro respiró el aroma de lo que es tuyo, el suelo que te recuerda de los muchos paseos que diste en el, la pared que soporta tus penosos dibujos o el vaso que siempre te mira dispuesto. Todo le resultaba fuerte, eran los colores que se habían duplicado en tono y ahora ocupaban mucho más espacio. Por fin se decidió y metió su mano en el bolsillo, por una vez la costumbre del cosquilleo no se dio; esto la enfadó bastante, se quitó el vestido y lo metió en el armario, allí de cualquier manera, sin colgar, tirado sobre los zapatos de verano y las botas de agua.

Hizo lo que hacía siempre antes de irse a dormir, una rutina que le parecía que era parte de ella y se metió en la cama con el camisón de sosas flores. Daba vueltas y más vueltas, tenía algo durmiendo a su lado, la necesidad. Esto le hizo mirar hacia el armario y sentir que la tonta penuria le empujaba, se tuvo que levantar, de lo contrario habría caído sin remedio. Se acercó al armario, sacó el vestido abolsillado y se lo puso.

Miró su mano desnuda y tuvo un deseo, se quería poner el anillo de oro, señalar a la luna y que el pequeño hombre mirase al dedo. Fue entrando poco a poco, muy despacio para no asustarle… sacó el anillo con el hombre al cuello, este había crecido y se estaba ahogando con el aro. El muy tonto se había tragado la perla y en el subterfugio empezó a crecer; se asustó. No reaccionaba bien a la adversidad, no encontraba soluciones por las paredes vacías de su cabeza, solo se le ocurrió hacer eso que hace la gente cuando quiere sacar un anillo de un dedo remolón que ha engordado por una alegría. Metió la cabeza del hombre en su boca y la llenó de saliva, lo sacó y lo intentó de nuevo, el aro salía doblándole las orejas y aplastando la nariz. Lo miró y se lo volvió a meter a la boca, quería sorber lo que de ella quedaba por el pelo.

Sin querer pasó algo extraño, lo aspiró y con el dedo de la luna lo empujó de tal manera que acabó tragándoselo.

No le dio las gracias nunca y ahora entre lágrimas e hipos se sentía morir. No se murió no, a la mañana siguiente supo que el hombrecillo había empezado a crecer y ahora le daba besos desde dentro. Ella ya nunca más estaría sola, ahora eran dos y una perla de gato.

Te espero cuando miremos al cielo de noche: tú allá, yo aquí. Mario Benedetti.

Mario Orlando Hardy Hamlet, escribía esto mismo (Te espero cuando miremos al cielo de noche: tú allá, yo aquí.) a su amante.

El pobre había metido la pata. Y es que los escritores, siempre están metiendo la pata.

Escriben sin darse cuenta de que a veces, las letras se cansan; tanto lo hacen que puede ser que lleguen a enloquecer.

El hombre estaba sentado en su cómoda silla, lo que era ya un punto de inflexión para las letras, ellas nunca están cómodas.

Las letras son unas orgullosas figuras que andan exhibiéndose, siempre formando grupos de amigos que no han de parar según sean las fiestas a las que se les invita.

Allí sentado, mantenía los dedos colocados sobre las teclas de una vieja máquina de escribir. No era capaz de seguir tecleando. Miraba el carro que no se movía con la esperanza de que un empuje, ese que siempre hacía que los dedos bajasen con fuerza y fuesen creando una palabra, una frase o el mejor de los párrafos apareciese.

No era cosa de la postura, no podía ser. Algo le pasaba y ya empezaba a ponerse nervioso.

Pensó en levantarse, pero sabía que si hacía esto era muy posible que las letras se fuesen de juerga hacia otras hojas todas blancas; esos malditos folios que no eran suyos; esos que se colaban por debajo de la puerta y a escondidas le robaban sus letras, sus palabras… menos mal que en la loca huida de estas no eran capaces de ordenarse y sería muy complicado hacer de ellas bellas frases, párrafos o incluso capítulos.

Le entró sed y como hacía en muchas ocasiones pegó un grito de socorro: “Amor, por favor, tráeme un poco de vino”

Se mantuvo a la espera, siempre escuchaba su voz cantarina desde el otro lado de la casa: “Voy!” y al poco ella aparecía con el pedido. Era tan bella y tan luminosa que no necesitaba encender las luces. Al moverse su pelo iluminaba por donde pasaba y sus ojos resplandecían tanto que parecían focos.

Nada, no escuchó nada.

Temió lo peor… nunca hubiese imaginado que el silencio, mejor dicho, la falta de sonido, le asustase tanto.

A Mario Orlando Hardy Hamlet, nunca le había pasado algo así. Si se encontraba solo se escribía a sí mismo una bonita historia, una alegre, triste, indecisa, una que le acompañaba un buen rato. Incluso se daba cuenta de que las letras se ponían contentas.

No hay nada más triste, ni más desalentador que la espera sin respuestas. Esto no era agradable.

Hizo un esfuerzo y retiró las manos de encima de las teclas. No le pasó como otras veces que en el último momento los dedos no querían despegarse y como en un arranque de ánimo se ponían a escribir las cosas más curiosas.

Nada, se despegaron sin importancia.

El carro de la máquina seguía abrazado a la hoja blanca, se habían hecho amigos y el muy ladino comenzaba a manipularla sin compasión. Ya la había manchado por los costados.

El sillón, que no era tonto, se apartó al momento y él se pudo levantar sin mayores intentos. Respiró, se metió la mano en el bolsillo y sacó un pañuelo con el que se secó el sudor frío que le corría por la comisura de la nariz.

No encendió la luz del pasillo, caminó a tientas, pocos pasos dio cuando ya se tropezaba, daba traspiés y se tambaleaba; cayó sin remedio.

Ya sabía lo que se iba a encontrar. Cientos de páginas recostadas unas con otras, cientos de libros abiertos, cerrados, todos montando una fiesta de palabras, unas sin orden alguno y otras aclaradas, formando frases y párrafos, montones de capítulos coordinados.

Sin querer, que no quería darse cuenta de qué era lo que pasaba. Se levantó y pisó, lo que no se debe pisar, a las letras no les gusta ser pisadas y se te enroscan en los tobillos.

Miró por todos y cada uno de los rincones de la casa, ella no estaba. Intentó buscar alguna nota, aunque fuese un triste “Adiós” sin mayores explicaciones, pero allí no encontró nada.

A estas ya había encendido todas las luces y pudo comprobar cómo muchas de aquellas palabras estaban contando cuentos, muchas historias, alegres, tristes, de amor y desamor… y ella no estaba…

La muchacha, que lo amaba, había desaparecido entre las, ahora, rellenas hojas, había ayudado a las palabras que se le escapaban por debajo de la puerta y poco a poco se habían ido aclarando los cuentos; con su ayuda cientos de libros se habían formado y ella, ella estaba retenida entre cualquiera de ellos. Lejos, allá donde los índices descansan después de haber ordenado los capítulos.

Tomo un poco de vino, comió algo de pan, y se volvió a la habitación. Se acomodó en el sillón de escribir, colocó los dedos encima de las teclas de la vieja máquina y empezó a teclear.

“Te espero cuando miremos al cielo de noche: Tú allá, yo aquí”

Y se murió de pena.

FIN.

 (“Te espero cuando miremos al cielo de noche: tú allá, yo aquí.” Esta frase es del poeta uruguayo Mario Benedetti. El cuento… es un “cuento de muro” un modo de escribir en el muro de facebook, con pequeñas frases que hacen esta corta historia.) 

LA CINTA AMERICANA

Nosotros no hemos sido nunca tan patriotas como los americanos con su cinta adhesiva… ellos tienen cintas que invitan al amor a por la patria, y nosotros… ni al maldito celo sabemos cómo llamarlo, que usamos un nombre comercial. Hay una que bien podrían haberla hecho nuestra, pero se la cogieron los carroceros y nos quedamos sin el lujo de tener una cosa de estas como propia.

La cinta americana no se llamaba así, tenía su buen nombre comercial que recordaba al inventor. Uno que no recuerdo, por no haber nacido aun, pero que podría tener un toque parecido a los que ponemos nosotros, tipo: “Patatas Charitín” o algo similar.

Lo que ocurrió me lo contó un americano borracho perdido, que no pudo aguantar una corrida de toros. Salió de la plaza y se acercó al bar de la esquina, y por casualidad estaba allí, esperando a un novio que tenía y que por esos días se sacaba unos cuartos como camillero; que digo yo, vaya trabajo idiota; el chico solo cobraba si eran necesarios sus servicios y lo tenían esperando a ver si alguno de aquellos taurinos era corneado. Le dejaban mirar la corrida y todos se extrañaban que en su caso leyese un libro y no gozase con aquella encarnizada batalla del hombre y la bestia. El pobre volvía siempre lleno de manchurrones con tanta sangre que parecía un caído en combate.

Esperaba con el periódico abierto, sentada en la mesita de la calle, al sol y lo vi llegar. Ya a esas horas vomitaba, supongo que el asco por la escabechina. No pudo entrar en el local, se quedó sentado a mi lado, con una peste que echaba para atrás, pero como soy una señorita, me hice la loca y seguí a lo mío, a ver si se aburría y me dejaba en paz.

No hubo suerte, llamó a gritos al camarero, gritos en un “chapurreau” castellano que se hacía hasta gracioso. Pepe se asomó y me hizo gestos para que entrase, como si así me fuese a salvar de este bárbaro. Era americano sin remedio por aquella indumentaria que usaba, parecía, en estos años, que no podían venir sin esos pantalones de cuadros o las camisas floreadas, y esas gafas tan clásicas de las películas. El tipo, no llegué a entender cómo se llamaba así que le llamamos Charly, que es muy americano.

Volvió a llamar al camarero, daba palmas, silbaba y tanto saltaba en la silla que esta termino por romperse. Parece que se le pasó algo la borrachera cuando se vio estrellado en el suelo; le ayudaron a levantarse y le trajeron un vaso de agua, nadie en su juicio quiere ver un yanqui muerto en su bar. Se recuperó y pidió un café, hay que reconocer que haberse comportado tan brutamente, al hombre le hizo reaccionar. Allí estábamos los dos esperando, él a sus amigos que disfrutaban de la corrida y yo a mi novio que esperaba lo mismo que los otros, ver sangre. En cuanto se recompuso se dio cuenta de los estragos, y de un impulso y muy serio, buscó en el bolsillo de su cazadora. Sacó un rollo de cinta ancha, de color plateada y muy serio dijo: “Cinta americana” y en un pispas había recompuesto la silla. Se quitó el polvo de los pantalones, volvió a llamar al camarero con educación y se pidió un whisky con hielo para él y un “Chus” para mí. Le avisamos que no pasaba nada, que se sentase en otra silla y no hubo manera. Me contó la historia de cómo esta cinta se llamó así y que en sus inicios se denominaba “duck tape”, cinta de pato, y que se llegó a usar para recubrir los cables de no sé qué puente enorme en Brooklyn. En los años cuarenta los de Jhonson pusieron pegamento a la cinta más usada por los americanos y nació algo que serviría incluso en las armas de la Segunda Guerra Mundial. Pero lo de llamarse Cinta Americana era, y esto lo sabía de primera mano, ya que era una historia familiar, había sido a causa de su padre. Los americanos llegaron a Europa para salvarnos del nazismo y en esas estaban cuando el batallón de su señor sargento padre se encontraba en la vieja Italia. El hombre se había quedado solo en medio de la batalla y en esas encontró un regimiento entero haciendo resistencia a la entrada de un pueblo. Todos los vecinos se habían encerrado en la iglesia, muertos de miedo. Me decía que no entendía muy bien aquel empeño por pensar que una figura venerada en aquella capilla les iba a salvar de la masacre a la que estaban destinados. El sabía que su tropa no le dejaría solo y que llegarían en breve, pero no las tenía todas consigo y aquellos pueblerinos no iban a buscar cómo defenderse, solo sabían rezar. Recordó que llevaba en su mochila dos rollos de esta cinta y en esas desde fuera comenzó a tejer una tela que iba desde la verja de una pequeña ventana al lado derecho de la puerta, a la otra que estaba en el lado izquierdo. Así gastó una de aquellas cintas. Con la otra trazó, de árbol a árbol, justo al comienzo del camino, dos tiras que se mantenían tersas y se escondió. Los milicianos de Duce llegaron en sus motos y los cuatro primeros cayeron al suelo taponando la entrada, con lo que el contingente, que no eran muchos, tuvieron que parar para ayudar a estos y retirar la cinta a base de machetazos.

Llegaron a la vieja ermita y viendo que aquello estaba cerrado comenzaron a cortar las pasadas. La cinta no es fácil de cortar, y con las manos es imposible romperla. Se iban cabreando, pero esto dio tiempo a los americanos a llegar y hacer que saliesen huyendo a toda prisa. Al bueno del sargento le dieron una medalla y desde ese día la cinta de color plateado, que es adhesiva y ancha, le llamaron, cinta americana. Esto se fue corriendo como la pólvora por toda Europa.

La historia era de lo más increíble, pero desde luego hizo que el tiempo, unos cuatro toros y medio, se me hiciese corto. Llegó mi novio enfadado porque no hubo torero herido, ni un pobre muletilla que saltase a la arena. Allí nos juntamos con los demás amigos del americano y nos fuimos de juerga por el viejo Madrid, brindando por la cinta americana con cada trago de whisky que dábamos. Tenía que haberme quedado con un rollo de aquellos… mi novio se fue con una de esas rubias de tetas grandes y labios rojos, si lo hubiese prendido con la cinta, ahora estaría casada y no contando historias hasta altas horas de la madrugada.

 

UN “ALGO” PEQUEÑO PARA ACOMPAÑAR EN LA COCINA

A veces aparece un vermú por los instantes más insospechados. Suele ser antes de las comidas, incuso en la preparación salta el deseo y miras de reojo al que tienes al lado, sabiendo, sabiendo que sabe lo que ambos deseáis justo en ese momento en que ya todo empieza a navegar por sartenes y cazuelas.

Es posible que en las prisas no se tenga a mano más que las buenas aceitunas y las pequeñas espadas de madera qué, a su lado, siempre las miran amenazantes. Los deseos se cumplen y unos deciden sacar la copa bonita y volcar en ella aquello que pareciese bendición. A veces lo vemos orando, que es un vino bueno; otras uno de trazas italianas haciendo gestos con el aroma. Emocionadas las copas se dejan llenar y los palillos causan furor entre las aceitunas.

Si es posible, es probable que a mano se tengan unos langostinos. Se tienen. Puede que sean lisos, calvos o rayados, sean como sean langostinos son y como esto solo es un aperitivo, valer, valen.

Escogidos quedan, solo uno por cabeza, que no es venda de ojos, solo un disloque al paladar que exige algo denso antes de que la bebida disimulada nos alegre el trabajo.

Se lavan, se les corta la cabeza, cual reina mala; pelamos las colas y lo ponemos todo junto en una sartencilla. Un chorrito de aceite, unos diamantes de sal, con perlas de pimienta que se añaden y en esas que la vuelta damos. Blancas se ponen y las cabezas más rojas si pueden; con un tenedor aplastamos las cabezas para sacarles los pensamientos, que como no piensan sueltan un jugo que se mezcla con el buen hacer del aceite y antes de que se nos pongan tontos lo bañamos con algún alcohol de esos que por la cocina rondan… un blanco, un coñac a quemar, un vermút. Junto pega un “chuf” y sin dejar de agitar la sartén hacemos girar las colas. Todo esto se hace en no más de cinco minutos, es pues una carrera al disimulo.

Preparamos una cama de… tosta, pan… y bien puede custodiar un aire de lechuga verde sin más.

Acompáñese de compañía y un santo vino o el cardenal vermú. Qué aproveche este aperitivo disimulado.

(Truco: Las colas preparadas quedan con fuerte sabor, pero no por esto dejaré que la salsita, casi crema hecha se pierda. Froto el pan que hace cama, o las colas… lo que bien se pueda)

¿DÓNDE LAVAN LOS DE LAS PELÍCULAS LA ROPA?

 

¿DÓNDE LAVAN LOS DE LAS PELÍCULAS LA ROPA?

 

Mi primer beso se lo di a mi hermana, encima de un traje de María Antonieta. Me molestaban los abalorios que se me clavaban en las rodillas.

La mayoría de los chicos jugaban, tenían balones o muñecas. Nosotros teníamos ropa. Nuestros padres poseían una  pequeña lavandería a las afueras del pueblo,  un pueblo en las lejanas cercanías de la capital.

Cuando hicieron la carretera nueva, la grande, la que llamaban Nacional, un tío mío que plantaba melones en primavera, y que llegado el verano recogía la cosecha, se ponía contento. Los amontonaba en el carro de mulas que tenía y se llegaba al pantano donde los vendía a los veraneantes o se acercaba a la capital y remataba la faena. Era el más viajero que conocían en la familia y a la vuelta contaba las novedades, modernidades que nadie creía.

Venía con lo que parecían cuentos chinos, y soñaba con poder algún día parecerse a todas aquellas personas que disfrutaban de sus melones.

La mañana transcurría lenta, como es costumbre en verano, cuando el campo espera paciente a que el sol trabaje dentro de las plantas y las dignifique, las haga provechosas, dignas de ser recogidas y celebradas. Las mujeres trajinaban ya preparando los almuerzos; los hombres esperaban con su ramita entre los dientes, pensando si estaría peor visto quitarse la camisa o echar más anís al agua fresca del botijo, mientras espantaban  moscas y chiquillos que no paraban de gritar.

Esta mañana no iba a ser tranquila; el ruido llegó en Jeep cargado con los ingenieros y topógrafos, se armó un gran revuelo, incluso la sobrina del cura hizo sonar las campanas presa del pánico. Los chiquillos corrían intentando tocar la estela de humo y polvo gritando enloquecidamente; siempre hacían lo mismo cuando llegaba un vehículo que no estuviese tirado por mulas. Los recién llegados daban un poco de miedo porque parecían militares sólo por las ropas y los trastos que traían. Olvidaron la hora que era y todos los del pueblo llegaron a la plaza con caras de susto. ¿Qué pensarían aquellas gentes al verles? Siempre era lo mismo a poco que pasase, todo servía para la algarabía, como si estuviesen esperando la llegada de algo bueno, algo mejor que el comer.

Los del Jeep hicieron tierra con aquellas botas militares que brillaban; preguntaron por el alcalde, que para no perder comba estaba asomado al balcón de su casa, que era también el ayuntamiento, lo normal en estos años.

Se metieron en la casa de éste por la puerta partida del portón corralero; esta casa era importante, tenía hasta dintel coronado por un imaginativo escudo que nadie sabía a quién pertenecía, tampoco se habría podido saber de desgastado que estaba.

Hablaron con el alcalde sobre lo que venían a hacer, no tardaron mucho tiempo. Salieron todos. Los extraños se metieron en el coche, y en la calle quedaron los críos, los vecinos y el alcalde, que se dedicó a contar a diestro y siniestro las buenas nuevas.

El señor alcalde vio un gran futuro para el pueblo. Tan bien se lo habían explicado, que ya imaginaba una población multiplicada, llena de comercios, y hasta podría hacer la tan deseada alcaldía. En ese momento se usaba su casa como tal. Sin ganado y bien encalada, claro. Servía para todo la vieja casona: cartería, dispensario ruinoso y almacén. La escuela no tenía mejores recursos, usábamos una habitación bastante apañada. Allí habían preparado muchas matanzas en San Martin, fue una vieja cocina donde se juntaban varias familias para organizar y dividir el puerco que mataban cada año. Tenía ventilación, buena luz y una chimenea que era hogar y nos mantenía calientes. Se agradecía llegar y recibir como “buenos días” el aroma a grasa y chorizo, no se puede describir el ruido de las tripas de todos a estas horas. Algunos sólo habían desayunado una taza de leche con orujo, nunca suficiente para calmar el frio invierno del lugar.

La idea nueva que alegró al pueblo no podía ser más provechosa: el gobierno compraba las tierras, e incluso darían trabajo mientras se estuviese haciendo la nueva Carretera Nacional.

Mi tío había contado muchas historias, traído algunas revistas que, de no ser por este sueño de asfalto, seguirían viéndose lejanas. Ahora el futuro parecía estar más cerca que nunca y a todos beneficiaba; hubo muchas reuniones y por fin se repartió la tarta.

Mis padres no tenían muchas tierras y tampoco pasaba por encima la tan deseada obra, justo quedaba a un lado. La pequeña finca lindaba con la del hermano de mi padre, mi tío Manuel, llamado “Joray, el viajero”, que sí tuvo la suerte de ser adquirida y no toda, algún pedazo aún le quedaría libre para seguir plantando unos pocos melones.

El tío Joray, que siempre estaba dispuesto a un avance, sintió que la vida se volvía grande, tuvo una revelación y con el dinero que le dieron hizo una casa; una gran casa que sería el primer bar del pueblo. No fue la única que se hizo, muchos aprovecharon para agrandar o arreglar las suyas y comprar ganado o maquinaria nueva. Se montó un colmado. Donde se instaló un refrigerador, podías comprar hasta embutidos y cerveza.

Con ayuda del cura el alcalde marchó a la capital a pedir mejoras al ministerio correspondiente y al poco tiempo tenían en el pueblo una cuadrilla de obreros levantando lo que hoy llamaríamos un complejo cultural. Para la instalación se clausuró la era pequeña que quedaba en un promontorio, con lo cual el nuevo edificio quedaría a la vista de todos, incluso de los pueblos vecinos.

Un Teleclub.

El edificio, de dos plantas, tenía tres partes bien definidas. Una parte sería  la nueva escuela, con dos aulas grandes, y en la planta superior, la espaciosa casa para el maestro y toda su familia, que gracias a esto, ya podía ser grande. Seguía un frontón cubierto, que en estos años era más rentable hacer frontones que campos de futbol, y, por muy desconocido que fuese el juego, plantaron uno en la mitad de pueblos de este país. No estaba mal, porque con el nuestro, conseguimos también tener un lugar para la música en las fiestas, o un cine donde tenías que aportar la silla si querías sentarte. Y el famoso Teleclú, que ya contaba mi tío lo tenían en otros pueblos; el trabajo de aquellos hombres y de alguno de los nuestros en la construcción, cundió en poco tiempo, al compás de la carretera estaba ya medio terminado.

El bar con una barra larga y altísima, a mí me parecía altísima; nunca pude pedir nada apoyado en ella, ni siquiera de mayor. Tenía algo que llamaba la atención más que el frontón, la alcaldía o la nacional. Tenía una televisión: una gran caja de madera situada en lo alto, para que se pudiese ver bien desde todas partes del local. Si alguien piensa que un bar es un sitio de encuentros y charlas…,  que lo olvide. Aquí se reunía todo el pueblo y, al unísono, alargaban el cuello y levantaban la cabeza mirando a un sólo punto. A veces se oían voces de asombro, otras aplausos, siempre bocas abiertas por la expectación que proporcionaba aquella caja que emitía en blanco y negro.

Mi padre dejó el campo cuando mi tío acabó su bar de carretera. Oía contar los sueños de éste con cierta envidia.

Al poco tiempo él también colocó una televisión, incluso una máquina de discos que, por una moneda, podías escuchar la canción que quisieras. Y la gente danzaba de un bar a otro. Habíamos pasado de no tener nada a ver un mundo lleno de posibilidades que nos decía que ya no estábamos tan lejos ni tan olvidados. La vida del pueblo estaba cambiando, visto desde el momento, creo que para bien, por fin teníamos lo que en Madrid, aunque fuese de a pocos y sin tanto barullo.

Y una vez al mes, menos los meses de frio invierno, venía un camión, y todos corríamos al “Teleclu”. Llegaba el cine. Aquello era un sueño en gran dimensión. Todo tipo de películas en color, cosa que con las televisiones no se conseguía, y con aquel sonido especial que nos daba la sensación de tener la acción al lado. Cuántas sentadillas en el frio suelo comiendo pipas sin parar. Los mayores, silla en mano, pagaban y se colocaban según iban entrando. Y los bocadillos, la bebida…, aquellos polos, ahora podíamos comer helados,  que siempre nos sabían a poco o el chicle que nos pegábamos en la frente mientas comíamos las pipas.

El tío Joray tenía grandes sueños, y aquello que hizo se le quedaba pequeño. Volvió a llamar a los obreros y construyó un anexo a la casa con tres plantas, una edificación sencilla, sin mucho atrevimiento.

Ahora el pueblo tenía un hostal.

El quería un hotel, uno con bonitas letras como había visto, pero no podía ser. Los funcionarios no entendían por qué debía haber un hotel en un pueblo tan pequeño, y sólo llegó a hostal: el Hostal Nacional. Tal y como andaban las cosas en el país ponerle un nombre así siempre le daría más prestancia al negocio.

Mi padre seguía trabajando en el bar para su hermano y ahora también lo hacía mi madre. No le gustaba mucho el trabajo, ni siquiera pensando en la comparación, no se acostumbraba. Eso de tener que abandonar su casa a una hora y regresar por la noche era un no tener casa. Lo de cobrar un salario le parecía mejor, pero tenía en la cabeza que trabajar para otro se acompañaba de la necesidad de pagar cosas que hasta ese momento no habían necesitado, ni aunque fuese para poder ir a trabajar.

En el hostal madre se encargaba de limpiar las habitaciones que se habían ocupado, y la ropa sucia se la llevaba a casa porque eso le permitía pasar unas horas ocupándose de sus quehaceres domésticos. A la mujer le gustaba lavar aquella ropa que nunca se ensuciaba demasiado.

Cada vez eran más los que paraban en el hostal. Camioneros y viajeros que necesitaban tomar algo, comer o cenar, y muchos: dormir.

 

El cura, don Ramón, se había empeñado en la restauración de la iglesia. Una preciosa pieza del románico que de lejos parecía una ruina.

El curilla se había ido al obispado a pedir dinero para la restauración y le dijeron que no había calderilla, que se las apañase con sus feligreses y éstos estaban en el bar.

El tío Joray estaba tan encantado con su negocio que no dormía. Para ser más correcta la explicación diré que dormía en el bar. Tenía un camastro a un lado en la cocina y allí se tumbaba por las noches, siempre con un ojo abierto por si llegaba un cliente.

Una noche paró allí un pequeño autobús, bajaron todos a tomar algo caliente. No tenía mucho que ofrecer, ya que no esperaba tanta revolución un día, una noche cualquiera.

Preparó un bocadillo con el mejor jamón y abrió una de sus escogidas botellas de vino para el conductor. No le cobró, le invitó y dejó bien claro que si paraba allí con su autobús, él sería mucho más espléndido.

A partir de esa noche una vez a la semana paraba un autobús. Tenía preparado mucho pan y mucho embutido. Su mujer había hecho caldo y tortillas que daban al local un aroma de esos que hacen salivar. Hizo bocadillos, cafés y puso copas. Y el conductor se fue contento.

Al poco tiempo más autobuses paraban en el lugar. Contrató dos empleados más para la barra y dos mujeres que ayudaban a la suya en la cocina y en el servicio del hotel.

A mi madre cada día se le amontonaba más la colada y las pocas ganas de ir a trabajar fuera de casa.

No sólo hacía la colada del hotel. Algunas personas también le daban ropas para lavar y planchar, había cogido una merecida fama de buena lavandera. Y esto sí que le gustaba a la buena mujer; cuando alguien tenía que ir de limpio a la capital, a una boda o ennegrecer la ropa por un luto, se la llevaban a ella.

Mi padre, de tanto ser camarero, tenía algo de dinero ahorrado y pensó que bien podían hacer una pequeña casa al lado del hostal para que a mi madre no le costase tanto trabajar. Hizo una casa pequeña y un gran lavadero en honor a ella. Mirando la nueva lavandería se dio cuenta de que madre no estaba contenta. No pensó que el invierno corta las manos de las lavanderas y que la ropa no seca si llueve. Pidió un poco de dinero prestado y arregló el lavadero con los consejos de mi tío, que como veía el futuro con más claridad que nadie, le hizo poner una caldera de leña. Una grande, que no sólo daba agua caliente, también calentaba una sala para el secado y planchado.

Mi madre era la reina del jabón.

El cura, que seguía con la esperanza de arreglar la iglesia, venia al bar llorando por su pobreza y el abandono del obispado.

Otra vez el tío tuvo una revelación, una grande y santa que bien podía resolver los problemas de aquel pobre hombre y además traer beneficio a todos.

Como uno necesitaba de la gracia de Dios para seguir haciendo negocio, se empeñó en pensar una trama para que este cura siguiese siendo el cliente que bendice la casa. El otro, lo que necesitaba era curarse del pecado de la soberbia. Amén del de la gula que también lo tenía.

Hicieron piña enseguida. Una noche en la que no paraban autobuses se dirigieron a la iglesia. Casi parecían dos ladrones que fuesen a hacer una fechoría. Y lo eran.

La idea de mi tío estaba clara: iban a llevarse la virgen Niña, a la que se tenía en gran reverencia y olvido. Sólo se engalanaba la pequeña capilla donde dormía cuando llegaban las fiestas. Flores y telas blancas. Procesión con velas, y vuelta a casa.

No tenía mucha historia ni valor la pieza, pero era la virgen del pueblo. Si se hubiese preguntado a un oriundo por la razón de aquel culto, ninguno habría podido contar nada porque siempre había estado allí.

El obispado tampoco quería saber nada de la historia, seguramente apostaba porque era un regalo de alguno que pasó a llevarse la cosecha en época de hambruna, sin mayor pretensión que engañar al pueblo como era costumbre.

Envolvieron la imagen en una sabana limpiada por mi madre y volvieron al bar. Unas copas de coñac escribieron la trama. La imagen debía aparecer en algún sitio llamativo del pueblo. No tenían que discutir mucho porque no había muchos sitios donde marcar en ningún mapa.

Joray recordó que, de niño, había un lugar donde dio el primer beso a una moza. El primero y el único beso porque la moza se quedo embarazada, y al poco tiempo se casaban en la iglesia destartalada que más a mano tenían.

La Fuente Fría se iba a convertir en santo altar.

Era fuente porque nacía un pequeño riachuelo de ella, y fría porque, por mucho agosto que fuese, el agua era así, muy fresca y buena.

El nacimiento original era una pequeña cueva, casi un recoveco debajo de unos olmos rodeado de zarzales y otras plantas que a la humedad venían. La caída tenia a los lados una docena de chopos que Dios los pone siempre que hay un riachuelo para decir que allí es el lugar donde el caminante debe parar a beber. El aroma se te metía en los huesos tanto como la humedad del ambiente y esto, no sólo refrescaba, alegraba el ánimo a cualquiera.

Sólo algunos chiquillos y viejos se acercan los días de verano.

Los unos para fumar a escondidas y los otros para llenar los botijos del agua cristalina y fresca que allí nace, esos que ya nadie quería rellenar de anís.

La idea era sencilla: La imagen desaparecía de la capilla. El cura se callaba y esperaba que algún alma se diese cuenta del evento. Cuando esto pasase dejarían que el mismo pueblo diese ideas para la búsqueda y se implicasen en el asunto. Esperaban que nadie mirase en la pequeña cueva, y para eso tenían preparada a la sobrina que era una mujer ya entrada en años, veintiocho y soltera. Pobre Águeda, tan despojada de todo, tan comedida en su vida, siempre desde que recordaba había vivido en la casa del cura, llegó en un cesto sin otra nota que una estampita de San José, una que el párroco repartía entre los feligreses, sobre todo las feligresas. Tenía dos modelos a regalar: Una era la clásica en papel malo, con colores desvaídos y la otra con dorados en los cantos y unas letras en latín. Ésta última era la que regalaba sólo en ocasiones realmente especiales a santas madres, santas hijas o santas cariñosas. Se quedo en la casa con el nombre de “sobrina” y nadie preguntó nunca de dónde había venido; ella también era una aparición, como la santa virgen. Ningún mozo se atrevía a quitarle el cariño al cura.

Lo tenían todo pensado; la mujer no bebía vino nunca porque le sentaba muy mal. A poco que bebiese, la borrachera era tan fuerte que no recordaba absolutamente nada de lo que había hecho. Eso lo sabía muy bien el hombre que se la beneficiaba cuando el cuerpo ya no aguantaba más el celibato. Y, lo que era mejor, si antes de que se cayese redonda le repetías alguna frase un par de veces, diez, quince…, ella era lo único que recordaba al despertarse.

Pasaban los días y nadie aludía la falta. De mientras, mi tío, que ya digo era visionario, andaba en tratos con el dueño del campo anexo a la fuentecilla. La misma no la podía comprar por ser lugar cedido al ayuntamiento por algún conde duque en los tiempos de Maricastaña y ahora explotada por una familia que pagaban el alquiler al alcalde.

Ya tenía los papeles listos y previsto el viaje al notario con el amo, el responsable, el que antes que él se lo había apropiado.

Por la mañana bien temprano llamó al Matías, que tenía una camioneta y la usaban a modo de taxi o transporte para lo que fuese menester. Se fueron a la capital a terminar con los papeles.

A la vuelta se encontró con la noticia del año: La virgen niña había desaparecido. Todo el pueblo reunido en el ayuntamiento clamaba a las autoridades para que pusieran remedio ante aquel desmán.

Nadie había visto nada, ni el cura ni la sobrina. No sabían cómo se había realizado el hurto. De serlo, porque nadie forzó la puerta. Una de las mujericas que se acercaban cada día, más a sentir el fresco del interior de la iglesia que otra cosa, una de ésas que quieren la bendición por todo lo que hacen o lo que van a hacer, descubrió la falta. Menos mal, ya estaba pareciendo triste el robo.

Al atardecer Joray regresó al pueblo y lo que se encontró le dejó perplejo. Un montón de vecinos se agolpaban en el atrio, hablaban entre ellos con caras de preocupación.

En ésas estaban cuando el sacerdote, puesto de rodillas mirando al cielo, pedía perdón a gritos. El tío casi se muere de un telele viéndole  llorar a lágrima viva. Un feligrés le pasó un vasito de orujo para que se repusiese; sólo al tercero pudo obtener resuello.

Miró fijamente a los aldeanos y les dijo que bien podía ser culpa suya. El olvido hizo que la virgen desapareciese, un castigo divino por tanta desfachatez. Cuando un cura señala con el dedo, todos sienten que la culpa recae sobre sus lomos.

La mayoría de las mujeres lloraban y algunos hombres, aunque disimuladamente. “Este pueblo está maldito”, dijo muy serio “Este pueblo estará maldito hasta que no se encuentre a la virgen Niña. Hasta que no se le construya una iglesia digna de la Madre de Dios.”

No perdieron el tiempo y se pusieron a buscar. Hicieron cuadrillas que salieron por todos los caminos. Miraron por todas partes, las habidas y por haber, y no la encontraban.

Joray, en la capital, no sólo había ido al notario para aclarar lo de las tierras. Había ido a la ferretería a comprar algunas cosas que necesitaba. Entre otras, había adquirido klein, nadie que no sea versado en química de los pigmentos podría saber el uso que se le daba a este material, pero nuestro prohombre no sólo daba buenas comidas y habitación a los que llegaban por la Nacional, también los escuchaba y aprendía.

Cogió uno de los botijos que siempre tenía a mano, le metió el Klein y esperó.

El cura ya había llevado a su casa una buena botella de anís. É     se que tenía un mono, que servía de instrumento en las navidades y, sobre todo, la bebida preferida de su sobrina.

“Vamos mujer, que hoy he llorado mucho, acompáñame.” Y un vasito triste se bebe. “Venga que tenemos que rezar para que aparezca la virgen.” Y otro vasito que cae. “El último, y nos vamos a la cama…”

La pobre chica ya casi no se tenía en pie. Esta vez, nadie jugaría con su cuerpo, sólo con su vacía cabeza.

La virgen está en la fuentecilla. La virgen está en la fuentecilla. La virgen está en la fuentecilla… una veintena de veces repitió el cura la frase. Así, hasta que vio que la moza roncaba plácidamente en su cama.

Al día siguiente, cuando el gallo hacía lo propio y con el cantar espabilaba a la concurrencia, se levantó, tenía la cabeza embotada; calentó las gachas para el desayuno y despertó al señor cura. Casi no le da tiempo de tomar los primeros sorbos que ya estaban esperando al sacerdote a que se preparase para salir a buscar la preciada imagen. La chica preparaba café y se guardercía al calor de la encendida cocina. Tenía la esperanza de que los que esperaban en la entrada no se diesen cuenta de la tardanza que culpa suya era.

El cura no dejaba de mirarla ansioso por ver si esta vez también había dado resultado tanta repetición. Le pasó el cuenco y le ofreció un pedazo de pan… ella tomó el suyo, y estaba a punto de dar el primer y caliente sorbo cuando dio un respingo y dejó caer el caliente líquido por su pecho. Esto le hizo dar un grito agudo que llamó la atención de los visitantes que se acercaron presurosos a ver qué pasaba.

Allí, con el café por el pecho, las miradas puestas en ella, soltó la frase con palabras entre cortadas…”La, la… virgen… está en… la fuentecilla”.

Todos callaron porque no daban crédito a lo que acababan de oír… La virgen está en la fuentecilla. El cura se apresuró a decir: “Milagro!”

Y salieron en grupo hacia el lugar.

Por el camino otros del pueblo se les unían, a toda velocidad se corría la voz. Hay palabras como ‘milagro’ que mueven a la gente. Joray y unos treinta más andaban buscando por la zona. Nadie se dio mayor cuenta de que además había un botijo.

El tío debió mirar escrutador a los que estaban. No podía darle el botijo a cualquiera; si se tratara de una mujer, seguro que lo primero que habría hecho es ponérselo en la nariz; si se lo diera a un hombre, habría que explicarle que tiene que llenarlo…, mejor un muchacho bobalicón. El hijo del Manuel, que era amigo de la tontuna y familiar de la ignorancia. Desde luego no podía salir mejor la aventura. Se le acercó disimulando y le preguntó si podía llenar el cacharro.

El muchacho, que todo lo que tenía de tontorrón, lo tenía de servicial, se encamino al nacimiento, puso la boca justo por donde salía más agua y a los pocos segundos comenzó a salir espuma de color azul, por el pitorro, se asustó, y al caer el botijo se resquebrajó, provocando el desparrame del liquido ultramar que corrió por toda la cañada. Alguien empujó al chaval hacia la cueva, y allí la vio. “¡La Niña, la Niña, aquí está la Niña!” Los gritos se sentían desde la otra punta del pueblo.

Cogieron la figura, y el cura la envolvió con su capa. Se fueron hacia la iglesia, unos rezando, otros contando historias de apariciones. Se preparó una misa de urgencia a la que todos acudieron. En el sermón ya se encargó el cura de que aquel “milagro” se tuviese bien en cuenta.

Pronto corrió la voz hasta la capital y llegaron los periodistas que pararon en el hostal Nacional. Unos y otros se encargaron de que aquel pueblo, donde nunca pasaba nada, se convirtiese en algo que pudiese atraer la consideración del obispado para don Ramón, nuevos clientes para mi tío y un nombre en el mapa para el alcalde.

Y el verdadero milagro se produjo. Muchos paraban en el pueblo sólo para que les contasen de primera mano que el agua cambió de color, para decir que la virgen estaba allí, o que la sobrina del cura había tenido una revelación. Se acercaban a verla a la parroquia, a la muchacha, donde ella había tomado el puesto de ser la que enseñaba la capilla y aquellos desconocidos dejaban mucho dinero en los cepillos.

La iglesia se arregló y nunca más este pueblo fue tranquilo. Siempre había alguien interesado preguntando por el milagro.

Por fin mi tío pudo ampliar el hostal y convertir al Nacional en el Hotel Nacional. Todas las habitaciones tenían baño. Algunas, incluso, bañera y cama doble. Había encargado muebles del más puro estilo castellano para la decoración y, como no podía ser menos, mandó llegar desde la capital a un fotógrafo que retrató la fuentecilla, el caño con el agua que previo toque se convertía en azul, la iglesia recién restaurada, y por supuesto, imágenes de nuestra virgen Niña por todas partes.

El terreno que había comprado al lado de los chopos se convirtió en una campa donde los coches podían aparcar, y una caseta que hacía las veces de merendero, sobre todo en primavera y verano, era el dispensario para aquellos feligreses que querían tomar algo fresquito que no fuese pura agua azul. También se vendían pequeñas botellitas para el recuerdo, y como el hombre era honrado a su manera, todo ese dinero recaudado, el de las botellas nada más, se entregaba a la iglesia para lo que el buen cura hiciese menester.

A estas alturas mi madre ya tenía lavadoras para las coladas y planchas grandes semi industriales. Dos muchachas del pueblo le ayudaban en la lavandería, que incluso tenia nombre: Lavandería Niña. Y mi hermana María Niña también corría por todas partes.

En este pueblo muchas mujeres se llaman Niña, y los comercios. Incluso un pastel que tiene una capa de crema azulada por encima y también tiene referencia a este nombre: Niñitas. Aquí, el que no corre vuela, y todos han podido olvidar el cómo se hicieron con el bonito ayuntamiento que tenemos, o el primer bar.

Al poco tiempo el bar de carretera era un referente dentro de los gustosos por la comida de pueblo. Mi tía era una magnífica cocinera, y eso también ayudo lo suyo. La mujer a estas alturas había ido muchas veces a la capital, donde se quedaba impregnada de todos esos platos que los restaurantes finos hacen. Con sólo probarlos una vez era capaz de reproducirlos; si bien el resultado final siempre tenía un toque, un punto azul que los hacía diferentes a todo lo conocido.

Llegó el cine real.

El coche que traían tenía el mismo color que el agua: azul, y eso no creo que llamase la atención a nadie más que a mí. Yo también tuve mi revelación.

Eran gentes del cine que querían hablar con el alcalde para ver si podían rodar allí, porque estaban haciendo una película y necesitaban un pueblo como el nuestro. Era una empresa que había construido unos estudios para hacer cine y televisión, a unos cincuenta kilómetros. Se les dio de comer y se les trató como sólo mi tío sabe tratar a los clientes.

No podía faltar el alcalde en esta importante comida; para la hora del café ya tenían resuelto el tema, y todos quedaron contentos.

Había que hacer unos cambios en las calles, siempre para bien. Le hicieron ver que, tener un pueblo con ciertas características, no sólo sería bueno para el turismo, también ellos podrían utilizarlo para futuras producciones.

Y se hizo. Convirtieron mi pueblo en un increíble lugar de otro siglo. Dieron trabajo como extras a muchos. Otros vinieron a pasar unos días, bien en el hotel, bien en casas de los vecinos, y todos pillaron cacho.

Cuando estaban en plena producción uno de los encargados vio llegar al hotel a mi madre con la montaña de ropa limpia. Y el olor le volvió loco.

Olía especialmente bien la ropa recién lavada de la mujer. Ella tenía un secreto para hacer que estuviese esencialmente limpia y oliese tan especial.

Nunca se lo dijo a nadie, pero cuando enlacé esta historia caí en la cuenta. Aquello que trajo mi tío para hacer el milagro de la virgen niña, Klein, se lo encontró mi madre. Y seguramente pensó seria jabón o algo similar para lavar la ropa. Y lo usó… vaya que si lo usó.

El hombre que instaló las primeras lavadoras también le suministraba los productos para la lavandería, y era conocedor del milagroso elemento. Simplemente venía con el pedido una vez al mes.

El hombre preguntó si había algún problema a la hora de llevarle la ropa que usaban en la película, aun siendo especial, llena de oropeles y cristales brillantes o esas veces que la falsa sangre remata una escena. Para mi madre no pudo ser mejor momento, se aburría de tanto lavar las blancas sabanas del hotel y siempre agradecía algo que se saliese de la norma.

Aquel encargado del atrezo en la película quedó encantado con la colada y pidió ser cliente de tan buena lavandería. Mi madre se excusaba diciendo que ella no sabía cómo lavar esas prendas tan raras y de materiales diversos. Eso no era un problema. Tenía una sastra que, a su vez, tenía una amiga que le explicaría lo que era necesario para el lavado y planchado de estas prendas.

Mientras duró la producción estas mujeres iban y venían por mi casa como si fuese la suya. Una de ellas era madre de artista y animaba a mi hermana a que entrase en el mundo del cine, lo que ella, que era una presumida, tomaba con entusiasmo y se pasaba todo el tiempo fantaseando que de mayor… quería ser artista.

Muchas prendas raras entraron en la casa o descansaban en el almacén de la lavandería. Nos solíamos meter ella y yo, jugábamos a disfrazarnos y a hacer teatros como lo que veíamos en la televisión.

Recordaba aquellas películas que ya no ponían en el frontón, y las revivía con estos trajes. Si ella era la princesa, yo era el soldado salvador. Si la santa, yo el romano salvador. Siempre éramos parejas que jugaban a salvarse.

El día era lluvioso y frio.

Los del cine, los pocos que quedaban en el pueblo, estaban en el hotel jugando a las cartas y bebiendo. Mi padre les atendía como de costumbre y mi madre andaba en la cocina con la costurera y su amiga. Nosotros hacíamos teatro en la lavandería.

Ella estaba especialmente bonita. Querer ser artista le sentaba muy bien, incluso se había pintado los labios con un rojo intenso, y los ojos tenían una larga raya que les daba un aire oriental. Yo me había puesto una casaca y ella quería ponerse el vestido de María Antonieta, por eso se había quitado el suyo.

No me había fijado, pero tenía un cuerpo como el de las actrices de las películas. El cine nos envolvió. No nos dejó de la mano. Seguimos todos los pasos que conocíamos de las películas y nos inventamos los que suponíamos seguían. Allí, clavándome en las rodillas las lentejuelas de un traje de época, besé a mi hermana, y fue mi primer beso y su primera película.

 

Y fin.

LA VERDADERA HISTORIA DEL REY ZOG I DE ALBANIA.

“Mama, quiero ser rey, rey de Albania”… esto era lo que escuchaba la madre de Zoguito todas las mañanas.

Su madre, como no quería contrariar al niño, que se cogía unos berrinches que pá que, le animaba en el asunto. Lo levantaba con cuidado para no estropear los rizos que iban empaquetados en aquellos bigudíes, cubiertos por un gorrito con puntillas. Le quitaba el camisón y lo lavaba cuidadosamente con paños calientes, para a posteriori rociarlo de polvos de talco y perfume, uno para cada parte del cuerpo, pero todos con aroma a rosa. Rosas de Pitiminí para los pequeños hoyuelos que tenía junto a la boca, Rosas de Mongolia para los huecos detrás de las rodillas, o Rosas salvajes del Caribe para la línea que separa la nuca del pelo. Así el pequeño Zoguito se enfrentaba a un desayuno a base de frutas y bollos machacados en su jugo, que la sirvienta vienesa le daba a la boca todas las mañanas con una cuchara de oro. No voy a contar la profusión de encajes y perlas que podía acompañar la vestimenta del chico, sería tan largo y complicado de describir que no acabaríamos en dos semanas largas y de invierno.

La familia no tenía nada que ver con la nobleza real, ni mucho menos, pero cómo quitarle al niño esa ilusión, total, solo tenían un hijo y porque no dejar que se sintiese príncipe. Ya se le pasaría cuando tuviese esa edad en la que uno deja de ser amante de sí mismo para amar a otra persona.

Todo en él era real, su paso, que más parecía un deslizamiento por losas que pusiesen los mismísimos ángeles, acompañaba la entrada en cualquier lugar, cual escenario de opera prima.

Con los años, no se cumplían sus deseos, y los berrinches se oían desde la otra punta del pueblo. Su padre vendió todo lo que tenía para que el chico marchase a la capital, Ortodoksit (Tierra de ortodontistas) y allí se hiciesen realidad sus deseos. El séquito que lo acompañó en aquel viaje se componía de doscientos de los más fornidos muchachos de la comarca, todos uniformados como de gala y bien adiestrados en el baile, que es muy parecido a la marcha militar pero en bonito. Cuando lo vieron llegar en vez de pensar que era un visitante o un nuevo vecino se rindieron a sus pies, lo tomaron como un conquistador y en esas que aquel sin darse cuenta de nada y como si la cosa no fuese con él, dejó que le llamasen majestad, alteza y demás cosas de estas que van marcando lo que propiamente es un rey, aunque en este caso fuese una broma de los ortodoncios. Un día unos desaprensivos quisieron apoderarse del país y él como persona educada que era les ofreció un almuerzo para ver cuáles eran sus pretensiones. Al llegar al postre no se habían puesto de acuerdo en que el país, Albania, era de los albaneses y que por mucho que Zog, ahora era ya Zog primero, quisiese, no podía complacerlos; no quería para nada, ni siquiera cuando le dijeron que podían pertenecer a un mucho más grande que tenía millones de almas dentro de sus dominios.

Zog I de Albania, a pesar de que la gente no se había enterado muy bien de que él era, sin remedio, un rey por naturaleza, se tomó muy en serio el papel y ofreció a sus invitados uno de los dulces que de la tierra eran famosos. No pudieron aguantar el olor a rosas que tenía aquella crema y ese tono verdoso que recordaba más a la deposición de una vaca que a una comida gustosa. Se lo comieron porque eran educados; fueron muriendo de a pares, hasta terminar todos tiesos y malolientes tirados en el pozo de la plaza del pueblo, que luego se taponó con piedras y cal. Esto hizo que se dividieran las opiniones; unos se alegraban por no pertenecer a otro país y seguir siendo independientes y el resto estaban enfadados porque se quedaron sin el único pozo que proporcionaba agua clara a la ciudad.

Lo que más le gustaba al hombre, ya príncipe de los cuentos y hermosura de los jardines, era la pasta italiana y sin darse cuenta dejo que en las tierras se instalasen todos los macarronis que quisiesen. Triste decisión, poco a poco estos italianos cocineros se fueron haciendo con las recetas ancestrales de la población albanesa, por robarles, les robaron hasta los dos idiomas que hablaban y lo más terrible que podía pasar: mataron todos los rosales que allí se cultivaban. Como esto les hacía muy desgraciados no sabían muy bien a quien culpar, la rabia les colmó y expulsaron del país a Zog y a todos sus familiares. Hizo las maletas llorando, se llevó todo aquello que le parecía debía pertenecerle, sobre todo lo que le recordaba a su estado real y se fue a Inglaterra, que es el país más amante de las rosas del mundo.

Allí vivió como en una burbuja, desentendido de lo que pasaba en su país y rencoroso, no perdonaba que le hubiesen echado. Murió en Francia, donde se trasladó pensando que le dejarían un ala de un edificio bonito, donde antaño había vivido un tal Luis. Tenía unos jardines hermosos, llenos de rosas sin olor; no pudo ser, pero adquirió un pisito de dos habitaciones, salón comedor, esquinado y con vistas a un bello patio interior donde por suerte había un gran rosal que era primorosamente cuidado por la señora portera. Una italiana a la que escupía cada vez que veía, pero ella, como buena mamma, recogía aquel escupiñajo y lo echaba en el rosal. Era increíble lo bien que le venía a esta planta los jugos del real inquilino.

Murió un día de excursión en Suresnes, que es un bonito lugar cerca de Paris, famoso por la carencia de todo tipo de plantas, salvo unas rosas que no huelen, evidentemente, son de pegatinas que se usan a modo de decoración política, recuerdo de viejos encuentros.

Hace unos días lo encontraron en la casa, allí, en estado cadavérico ha estado veinte años. Silencioso, con pago automático de los gastos, nadie, excepto la portera le echaba de menos, pero como bien dice la mujer: “Olía divinamente a rosas y no era cosa de enfadarlo, que tenía muy mal humor” La policía ha sacado el cadáver en estado incorrupto, oliendo a la tan famosa flor; en una caja de cartón ha salido al aeropuerto camino de su querida Albania donde lo querían enterrar sin honores. Ha sido imposible, ya desde que la caja acartonada con su cadáver llego al aeropuerto de Nënë Tereza, en la mal llamada Tirana (el nombre que le pusieron a la capital los italianos era Tarara, en honor a la canción esa que dice: “La tarara, si, la tarara, no, la tarara madre me la quedo yo”) El país que es pequeño se ha quedado sin habla, olía primorosamente a rosas y tanto hombres como mujeres o niños se quedaban impregnados con el aroma. Tanto les ha gustado que por fin han nombrado a Zoguito, rey, solo Rey de las Rosas. Todos saben que esta era su verdadera pasión y que no hubiese cambiado por nada este título tan importante.

Descanse en paz rodeado de rosas nuestro gran monarca Zog I, rey de las Rosas de Albania.

 

Muchas, muchas gracias Señor Dios!

Muchas gracias por todo lo que me has quitado en esta vida. Ya sabes que soy un obrero de baja categoría desde que aquél verano mi padre me dijo que me tenía que poner a trabajar, que me fuese a la costa, que allí había trabajo de camarero. Gracias por haber podido trabajar toda la vida en eso, sin mayores intenciones, que ya se sabe que camarero lo puede ser cualquiera, pero uno bueno, siempre dispuesto con los clientes, siempre aguantando a los jefes con un humor cambiante.

Gracias por no dejarme comprar un piso en el dos mil, estaba claro que con mi sueldo de camata era imposible pagar las letras, incluso cuando juraba que de media conseguía el doble en propinas. No hay palabra que cubra mis juramentos y ni el jefe quiso ayudar en este caso… en este, ni en ningún otro, que tampoco lo ponía fácil si quería tener un día de fiesta. No pude ir ni al funeral de padre que murió en agosto y ya se sabe ese mes es sagrado, perdón, para los hosteleros.

Gracias por todos los puestos de trabajo que he tenido, incluso por esos que al ser de temporada no me querían dar de alta y ahora parece que nunca trabajé. Gracias por no dejarme casar con la cocinera, tantos años ahorrando para la entrada del piso y al final, lo que quería es irse al pueblo, tantos años esperando que se aburrió de cocinar, de turistas, de mí. Gracias por dejarme comprar la moto con parte de aquel dinero y por permitir que el resto se me fuese en alcohol. Menos mal que tuve ese accidente, porque de no ser así, hoy seguiría bebiendo y habría olvidado darte las gracias.

Aquí estoy en el asilo del pueblo, con una botella atada a la pierna para mear, compartiendo habitación con tres viejos más y sin nadie que me visite. Ahora me alegro de no haber tomado drogas, mi cirrosis estaría peor. Veía a mis jefes irse, al cerrar al casino y envidiaba eso, pero gracias a Dios nunca tuve suficiente dinero, ni una buena corbata para poder acercarme aunque solo fuese a mirar.

Gracias por no dejarme tener mayores agujeros, esos que la gente desea pagar con la quiniela. Gracias por la vez que me toco los ciegos y compre sellos de no sé qué galería de coleccionista. Menos mal que se perdieron, no hubiese sabido que hacer con ellos. La chica que me los ofreció no paraba de frotar sus tetas en mi brazo y no lo pude remediar.

Agradezco tu favor al ponerme al lado a esa buena mujer, con aquella manera dulce de hablar, pero podrías haber hecho un esfuerzo y no dejarle que me robase todo lo que había ahorrado, que no era mucho, lo justo para volver al pueblo y arreglar un poco la casa de los padres.

Agradezco este dolor que no se me deja en paz, que no es cosa de tomar nada mejor, total he de morir lo mismo y los médicos dicen que no hay para pruebas. Les he oído decir que es normal pá lo que me queda. A ver si tengo suerte y duro unos meses más, porque me han dicho que mis sobrinos vendrán de Alemania, si hubiese sido tan listo como mi hermana, a ella le habría puesto contenta ver que los suyos están haciendo lo mismo que hizo ella y que conocer el terreno ha servido a los nietos. Es de agradecer esta vida sin sobresaltos que me has dado y espero que me perdones las veces que te ofendí yendo de putas o bebiendo. Me gustaría pedirte si no es mucha molestia que mi equipo gane la copa, por una vez; seguramente hay muchos solitarios como yo que en día de gloria se deja abrazar por otros hinchas y nadie sabe lo que se alegra uno. No dejes que esta enfermera que escribe lo que le digo se vaya a la calle, ella es como yo, una agradecida, que se pudo quitar de encima a ese cabrón que la pegaba y ahora se ha quedado con los dos críos y la hipoteca. No permitas que le quiten la ayuda por su madre, que la mujer no vivirá mucho y de mientras pueden ir pagando.

Muchas, muchas gracias Señor Dios! Si muero ahora, sé que soy una ayuda, ya no estaré en el paro y eso algo es, no consumiré recursos, no gastaré una cama que hay muchos esperando. Espero que llegue el cura para que me bendiga y me cuente que todo esto que digo llega a tus oídos, que no sé yo si he de llegar al cielo o quedarme por el camino y poder ver la vida de los demás que siempre me pareció tan como de película. Ser espectador es lo que tiene, te aprendes los diálogos y sueñas con repetirlos.

Gracias por todo. Lo que me diste y lo que, está visto no tenía derecho.

Dormir es un poco morir. La siesta.

Dormir es un poco morir. Si la petite mort es eso, la gran mort es la inevitable, la siesta es un tocarla suavemente, con la punta de los dedos, pero casi rondando la consciencia.

El sonido horrible del aparato maldito, el invento del diablo a la hora de una siesta le dice al durmiente que debe romper con la parte lucida de la muerte y dejar de ver el otro plano. Estira la mano, a tientas, sobando los restos del postre y el café, tocando a ciegas como en un concurso de la televisión donde hay que acertar para llegar al destino. Allí está el causante, los causantes, que te acuerdas del mismísimo Bell, por conocido y del espíritu maldito que hace despertar a la bestia. Buscas de entre todos los botones uno que apague el ruido, uno que no te obligue a la comunicación, que deje entrever al que llama que no estás, sin ofender, no sea que sea un amigo o una noticia triste, entonces las maldiciones se vuelven en tu contra. Desearías tocar la tecla pero el fabricante debió ponerla debajo de la cavidad de las pilas e irremediablemente le das y aceptas una llamada, como se acepta algo irremediable.

Teniendo las cuerdas bocales atrofiadas por el sueño es complicado hablar, un “¿Si?” será más que suficiente… Preguntas y más preguntas que no entiendes. Se dará cuenta el interlocutor de que te daría igual que fuese el rey de un gran país o tu mismísima tía monja muerta. Contestas por inercia, con la seguridad de que el otro se ha dado cuenta de que no estás en tu sano juicio. Maldito el que llama a una hora en la que la gente debería de darse cuenta de que puedes no estar disponible, no querer estarlo. Contestas y lo más triste es que encima no es para ti. Maldito inventor que no hizo que el sonido del diablo tuviese un color, un tono para cada uno de los que están en la casa o en vez de ese ruido de estúpida onomatopeya, diga tu nombre en voz alta… no, casi mejor que no, esto podría tener connotaciones infantiles poco agradables.

Es igual, ya te han despertado y en vano intentas volver a que las sucias mantas de sofá te arropen, ellas solas podrían caminar hasta la lavadora, y hacer a la puerta una manifestación exigiendo un trato justo. Imposible, no es que no se pueda volver a dormir, se podría pero hay un velo luminoso que te quita la idea… la culpa. ¿Por qué será que todo lo que nos gusta acaba produciéndonos una culpa estúpida?, un sentimiento que no sirve para nada, salvo para amargarle a uno la vida.

Ya te has despertado y tomado la primera decisión a modo de bautizo, de prueba fehaciente de que estás ya en este otro lado y esa sensación conocida, cotidiana se siente cerca. La boca seca, sin pálpito en el corazón, la vista no encuadra y una terrible necesidad de orinar se apodera de ti. Buscas en vano el zapato sinvergüenza, ese que aprovecha y juega al escondite cuando sesteas. Los zapatos son como los hijos; tienes dos y a pesar de que quieras que ambos tomen el mismo camino de la bondad, sabes que la maldición de Caín y Abel nos persigue; uno de ellos desea la libertad y hay que retenerlo a tu lado o no servirá para nada, no tendrá futuro, romperá el del hermano.

Ya en el aseo, sentada en la fría taza intentas recordar los sueños, esos que el absurdo puebla y maneja a su antojo. Apoyas tus brazos en las rodillas parafigurando a Rodin y te das cuenta de que así podrías quedarte una o dos horas más. Los pensamientos se alejan, la tranquilidad te embriaga y… tienes que tener cuidado porque si no espabilas, bien podrías pegarte un trastazo contra el lavabo que inamovible espera tu frente.

Ya no hay vuelta atrás, necesitas espabilar y volver a tomar la vida como lo que es, un impasse entre un sueño y otro que se rompe por una llamada de teléfono, que tampoco te la ha de cambiar, ni siquiera te emociona lo suficiente como para desear despertar.