Una Historia muy fina…

Era una Historia muy fina, bien plantá. Tenía aires de señora antigua pero lo disimulaba bien, supongo que por la cantidad de retoques que le habían hecho a lo largo de los años. No me la imaginaba así, contenta, como con cierta chulería solo por existir.

Me recibió bien, en el saloncito ése donde comparte con otras historias la alegría de ser usadas. Nos acomodamos al lado de un gran ventanal y me indicó si quería tomar un marca páginas, a lo que le dije que no, que solo tomaría unas notas y que no se preocupase por mí, que había traído todo lo necesario de casa.

Cuando el editor me comentó que era el momento de hacer una entrevista en profundidad a una Historia me quedé helado. No era por dificultad en el contenido ¡había tanto que preguntar! Era más bien por no saber con cuál quedarme, son innumerables las posibilidades y de no acertar con una que quisiese hablar claro, era posible que acabase siendo una entrada más, pudiendo tirar a la prensa del corazón o a la de economía, según el caso. Me decanté por una de las grandes, una de ésas que se usan en las universidades como texto educativo y que todos aplauden, más por viejas que por verdaderas. Además solo era un tomo, muy relleno, casi exuberante, incluso tenía algunas figuras que delataban el contenido.

Hay Historias que lo quieren todo, explicar y mostrar. Ésta era una de ésas, por eso la escogí de entre millares; también porque se supone que contenía el cuento más real jamás contado, y esto era un grado superior.

Se quedó mirando por la ventana unos instantes, como intentando reconocer lo que allí se mostraba y al poco, se giró y dijo:

.- ¡Oh! ¡Perdón, me he abstraído! Pocas veces puedo hacer esto, ver en qué os habéis convertido.”

Sonreí como se sonríe a solas, casi imperceptiblemente, en modo a la caricia que se cree que se hará a un cuerpo como aquél.

Comencemos, dije mirando mis notas con las preguntas que traía preparadas, intentando no parecer un primerizo.

. – ¿Es feliz?

. – Sí ¿por qué no iba a serlo?

.- No sé, después de tantos años y tantos cambios…

.- ¡Ah, no! Años muchos, un ciento ya, pero cambios… Al principio me molestaba cuando llegaba mi padre y volvía a retocarme, me añadía cosas, me giraba, incluso hubo una vez que borró algo que había escrito con vehemencia. No me molestaba, eso era un decir que, como Historia, tenía vida. Me sentía bien sabiendo que era el único modo de contar y que al ser mi padre tan famoso y bien considerado, todos darían por buenas mis premisas.

Me educaron en el poder de la palabra; la imaginaba mirando una imagen con valor; la suponía poderosa, contundente, inamovible, hasta que me di cuenta de que siendo palabra me llevaba el viento, o aquellos oídos llenos de cera hecha con perjuicios de otras culturas que no eran la mía. Así repleta, cómoda en el papel, sigo siendo feliz.

.- No siempre fue así…

.- No, claro! A veces salía del estante y me llevaban a otros lugares. Estuve en manos de revolucionarios… si yo te contase…

.- Por favor, cuéntemelo. Soy todo oídos.

.- Eso, eso era lo que eran, oídos, pero sordos. De la lectura sosegada pasé al que se pasó toda una noche tomando apuntes de mis letras y al día siguiente acabamos en una calle con muchas personas que escuchaban atentos. Ese hombre había dado cien vueltas a mi historia personal, y eso no se hace. Tampoco era muy cortés, me tenía asida por una mano y me enarbolaba enfadado. Los que escuchaban hacían ruidos con las palmas y gritaban consignas. Lo pasé mal, seguía mareada cuando me colocaron en la balda.

A veces me llevaban a la universidad, y esto era otra cosa. Por lo general me venía a buscar un muchacho, y cuando llegaba veía a mi hermanos en manos de otros, pero este chico era especial. Mientras los demás tenían malos modos, poco cuidado, para éste, yo representaba algo, era la Historia y se notaba que me apreciaba. A veces sentía la caricia de sus dedos en el lomo o me estremecía cuando me tocaba con uno húmedo. Creo que me enamoré de él y eso que, en la clase, frente a los demás muchachos y el profesor, le notaba disgustado con algo de lo que me había leído. No me importaba. Muchas veces, en la intimidad, me solía hablar; reafirmaba o negaba, dudaba de lo que decía y esto, esto sí que me hacía emocionarme. Pocas veces he sentido lo mismo.

.- Desde la primera edición ¿han cambiado mucho las cosas?

.- ¡Vaya que sí! Ha cambiado el mundo y la manera de recordar lo que fuimos. Hay un tomo pequeño a mi lado que siempre está intentando sonsacarme. Es una especie de recopilatorio de mis mejores frases, analizadas desde otro punto de vista. No me gusta. No sé si lo que cuento era la realidad o solo un espejismo, pero creo que tengo fama de certera. Cuando le pregunté si me había leído me dijo que no entera, solo algunas partes, y que con esto le bastaba para saber de qué color eran mis ideas. ¡Mezquino! A veces hago esfuerzos y le empujo hacía atrás para que nadie lo vea y no pueda contaminarse con este pequeño falso rebelde.

Como todas las buenas historias, con los años he cambiado. Crezco, mejor dicho, engordo y por mucho que haga no puedo remediar atraer grasas culturales de todo tipo. Empecé con unas páginas correctas, una medida estupenda. Mis tipos salieron de la imprenta con buen tamaño, facilitando la lectura, pero luego, a medida que pasaban los años y con las ampliaciones, mi letra se redujo, me quitaron parte del prólogo y un ciento de asteriscos, ya no importaban las aclaraciones del autor. Me comentaron que de ellas se hizo otro volumen, pero aquí no llegó. Era la época de la triste guerra, años de mucho miedo y poco uso.

.- ¿Qué supuso para sus coetáneos y para usted misma la contienda?

.- Un autentico horror. La oscuridad llegó un día sin avisar y solo el polvo nos vino a visitar durante más de una década, dos.

Una tarde escuchamos ruidos desagradables, hombres que gritaban proclamas revolucionarias. Un grupo abrió las puertas y pude escuchar cómo hablaban entre ellos. Querían salvarnos a todos, pero era imposible. Nos pusimos a temblar, y de no ser porque en la calle había mucho estruendo se hubiesen dado cuenta de que éramos nosotros. Tomaron algunos tomos de los estantes y los metieron en bolsas. Cuando estaban a punto de llegar a mi sección, el que lo iba a hacer se paró en seco. Dijo algo como que la historia era mejor no tocarla y pasó de largo.

Al rato quitaron los portones que separan la estancia con el pasillo, bloquearon las ventanas con maderas clavadas, y empezaron a colocar ladrillos con cemento. Nos quedamos poco a poco en una oscuridad total, en silencio, esperando ver si alguno podía escuchar un porqué de ese encierro. Y así nos acompañó el vacío maldito durante una par de décadas.

.- ¿Y ustedes, se durmieron?

.- No, qué va! Eso es lo que la gente piensa, que los libros duermen cuando nadie los lee. Nada más lejos de la realidad. Nosotros nos descubrimos a otros tomos. De tanto llevar siempre la misma historia nos la sabemos de memoria y nos encanta contarla. La relatamos bajito, con buen tono, que es como de deberían relatar las historias. Pero siempre los hay que dentro llevan cuentos y no pueden dejar de hacer ruiditos explicativos. Las aventuras son lo peor para esto, se empeñan en hacer una retrasmisión de todos los capítulos. ¡Ni que fuésemos tontos! Somos la Cultura con mayúsculas y eso nos viene en el lote. Guardamos las palabras pero como la voz… ésa que tiene el poder de atraer al que escucha; hay momentos en que me rindo ante esto. Lástima que no posean una buena memoria, ustedes son toscos con los recuerdos, los remueven por el corazón, la malicia o simplemente la imaginación.

Es justo decir que en este tiempo me di cuenta de que no hay que estar tan orgullosos. Hubo una época en que las gentes no tenían el modo de hacer este tipo de formato, el libro. Fue muy curioso saber de otros modos de comunicación e imaginar cómo sería si me hubiesen escrito en papiros o en una piedra como la Roseta esa. Esto nos bajo un poco los humos.

.- ¿Qué sintió cuando por fin derribaron el muro?

Felicidad. Creo que es la única palabra posible. Por fin volvimos a escuchar ruidos y golpes, cosa que nos sacó del sopor en el que vivíamos. Llegaron aquellos tipos con sus mazas y fueron limpiando de escombros la estancia. Retiraron las tablas y la luz nos cegó.

¡Qué alegría teníamos todos! Sin duda fue un gran momento en la biblioteca.

Llegaron los encargados. Nada que ver con los antiguos guardianes que siempre eran viejitos serios de mirada severa. Estos tenían lozanía, como poseídos por un espíritu superior. Quitaron el polvo y nos bajaron de los estantes. La tarea consistía en volver a clasificarnos e ir colocándonos de nuevo.

Lo que parecía una fiesta un poco impúdica, ya que nos sobaban demasiado, se convirtió en un susto amarga vidas. Esos muchachos clasificaban los tomos por algo que nos extrañó a todos: decentes o indecentes. Miraba los montones que estaban haciendo y sentía tristeza. La cultura nunca es indecente. Sé que muchos de aquellos compañeros acabaron en un sótano y dieron gracias, en otros lugares los estaban quemando. A mí me miraron con sorna, pero dijeron que mi padre había aprendido la lección y que me dejaban en el sitio para poder cambiarme por una nueva edición.

La felicidad del principio se había convertido en un miedo terrible.

.- ¿Se salvó?

.- ¡Claro! ¿No me ves?

.- Perdón, quiero decir… ¿Qué pasó para que no cambiasen la edición?

No sé. La verdad es que creo que estos incultos tuvieron que modificar demasiadas cosas y no terminaron a tiempo. Pasaron los años y me iban cambiando de piso. Cada vez me alejaba más de las estanterías centrales, ésas que están a la altura de los ojos y que dicen que somos los más leídos.

Pasaron muchos años, muchos, hasta que hubo una nueva reforma. Nos sacaron a todos de la sala metidos en cajas secas y nos dejaron en las escaleras, por los pasillos, esperando. Llegaron obreros que parecían recién estrenados de lo bien vestidos que venían, sacaban máquinas, planos, pinturas de colores frescos…, nunca lo hubiese imaginado, la reforma era total.

Una vez terminada la obra nos volvieron a meter en la estancia. No puedo describir lo que pude sentir en ese momento. Solo diré que se hizo la luz. Una estancia clara, con estantes amplios, incluso había unas escaleras al servicio del público para llegar a los lugares más altos. Pude ver las viejas pinturas limpias, realzadas; ellas también son como libros, sin palabras, que cuentan cosas.

Un par de mesas enormes con muchas lámparas permitían que nos posásemos a gusto. A la entrada un pequeño mostrador al lado de unas pantallas antecedía a un espacio con sillones, como si quisiese decir que uno estaba en su casa. Por una vez sentí que este lugar se abría para todos sin distinción.

.- ¿En este momento dieron prioridad a los lectores y se la quitaron a los libros?

.- Para nada. Esas personas sabían muy bien que nosotros no somos nada sin ellos, pero por una vez, alguien daba importancia a la comodidad. Puede ser que la cosa resultase un poco frívola, pero a esas alturas de la vida no podíamos quejarnos. La gente empezó a llegar de una manera mucho más fluida. Allí se mezclaban jóvenes y maduros, miraban las pantallas, que supe eran máquinas que guardaban la prensa en unos pequeños rollos, microfilms, una cosa muy limpia y parecía cómoda. Lo que no quitaba para que siempre hubiese prensa y revistas a disposición de todos.

Los que nos dejaron de visitar fueron los viejos; se ve que no les gustó aquella luz, todo lo más se acercaban a reclamar algún libro y salir corriendo. Era muy extraño verles rezongar por todo. Se enfadaban exageradamente con los muchachos de pelo largo o con las minifaldas de las chicas. Pensaba que habían leído mucho, pero no les debía de servir de nada. Leer no es sinónimo de saber, no sirve de nada si no comprendes lo leído.

Te da paciencia leer. Es un acto voluntario que exige que le dediques toda la atención. Cuando abres un libro pasas a un mundo diferente, eres parte de las historias, y da igual dónde te coloques, puedes ser el que mira o el amigo del escritor, casi como si le escuchases y te pide la misma paciencia que tienes cuando otro te cuenta algo. Es expectación, y cada vez que giras una página avanzas, te haces mayor.

.- En estos años, los lectores ¿por qué se decantaban?

Oh! Amigo, esto era lo más curioso. Los jóvenes estaban ávidos por leer las viejas historias de la Historia. Los libros ésos de los clásicos que son tan sesudos. Algunos habían desaparecido, pero muchos, los que antaño casi no se tocaban, ahora tenían las tapas sobadas y las hojas desgastadas. Por las noches se jactaban de las manchas conseguidas y no había quien aguantase cuando alguien los había subrayado, como si esto fuese importante. A mí también me tomaban y se juntaban en las tabernas y casinos para charlar sobre lecturas vividas. Nos movimos mucho en esos días.

Los adultos pedían novelas nuevas, de escritores populares, ésos que llegaban en cuadrilla. Lo normal era que los tomos viniesen solos, venían repetidos, tres o cuatro y enseguida eran rescatados para el reparto.

De mí decían que tenía mucho escrito entre líneas, cosa que nunca supe muy bien lo que quería decir, por más que me miro, tengo lo que tengo, aunque temo que cuando no gusta lo que pone, es fácil pensar que la idea es otra.

.- Y eso… ¿cambió?

.- Sí. Poco a poco llegaron más libros y paradójicamente los lectores eran menos. No lo pude entender. Unos decían que la televisión hacía mucho daño, que los lectores preferían que les contasen las historias en modo teatro, con los personajes vivos, los paisajes…, alguno había escuchado que a ese trasto solo le faltaba un poco de color. Algunos compañeros hacía tiempo que se vanagloriaban de tener hecha la película de su contenido, pero lamentaban las perdidas en el trueque y que eso, que parecía un buen reclamo para incitar a la lectura, se había convertido en un vicio que se daba a la vagancia.

Algunas personas, por lo que me contaban, decían cosas como que el libro era mejor, pero no lo notábamos, no venían a comprobarlo. Un tomo descarado, muy elitista, sobre decoración decía que ahora la gente tenía sus propias bibliotecas en las casas, nos enseñaba las fotos y no me parecía a mí que aquello fuese muy dado a la tranquilidad de la lectura, además curioso era ver que nos colocaban en lo alto, justo encima del aparato aquel que ahora los tenía tan embobados.

Lo que llegaba más a menudo eran muchachos con sus propios libros de estudio y solo utilizaban las mesas o algunos de temas concretos. En estos días fui bastante reclamada, pero solo para mirar el índice y degustar algunos capítulos. Tuve un calendario entre la 136 y la 137 durante dos años.

.- Sería muy aburrido…

.- A veces, quizás más cuando no había exámenes. Incluso algunos nos tomaban por una hora o menos. Habían puesto un horrible aparato en la planta baja, una fotocopiadora que me recordaba mucho a esas primeras máquinas de la medicina moderna. Te abrían sin cuidado alguno, te tumbaban y por un lado sacaban una hoja con muy mala impresión, era como hacerte fotos. No nos gustó nunca esto. Los libros no se deben copiar de esta manera tan miserable; te obligan a perder el pudor.

Llevábamos un buen rato charlando y mientras ella, la Historia, tomaba aliento y resplandecía con los últimos rayos de sol que entraban por el ventanal, eché un vistazo a mi alrededor.

Era curiosa la diversidad del lugar. Estábamos rodeados de personas con distintos rasgos étnicos y no todas hacían lo mismo. En un rincón dormitaba un chico de color abrazado a un libro de viajes; un poco más allá, dos chiquillas de no más quince años se afanaban por escribir en sus móviles. Se mostraban los comentarios y se hacían fotos rodeadas de libros. Una de ellas tenía delante una edición de Romeo y Julieta, y por el pósit que salía de entre las páginas debía de tener interés, ya casi lo había terminado. La otra solo manejaba el aparato, con una destreza envidiable. Ésta era su manera de comunicarse, sin duda. Me miró y no conseguí ni una pequeña sonrisa. Estoy seguro que de haberle mandado un SMS me habría contestado amablemente con ese lenguaje difícil de entender que usan ahora.

En la mesa alargada, al otro lado de la sala, estaban tres chicos estudiando y no parecían muy interesados en otras cosas. Más cercana, una mujer entrada en años tomaba notas de tres o cuatro libros abiertos por la mesa. Habían puesto unos asientos individuales un tanto extraños. Pensé que no debían de ser para maduritos; sentarse, casi arrullarse allí era fácil, lo malo parecía el levantarse. Un chico llevaba ya un par de horas cambiando posturas y devorando un tomo de tapa blanda de Terry Pratchett. Seguramente le interesaba lo fantástico.

Ya no estaba la máquina de microfilms, ahora en la pared que deja libre el ventanal hay una fila de ordenadores. Todos ocupados y en pleno rendimiento. Una impresora silenciosa trabajaba sacando papeles a color. No eran páginas de libro, eran otro tipo de páginas, las webs. Pensé en que los ordenadores habían hecho mucho daño al gusto de leer con un objeto casi vivo entre las manos.

Ahora los visitantes de la biblioteca son clientes que muestran una tarjeta que parece de un banco.

Uno de ellos hace un poco de ruido al dejar su bolsa en el suelo y consigue que Historia me preste atención.

.- Sé lo que estás pensando. Me han llegado noticias.

.- ¡Vaya! – dije –  eres un libro de adivinaciones…

.- Eso es lo que piensas. ¿Cómo nos ha sentado estos nuevos trastos que han aparecido?

.- Sí, creo que esa era mi siguiente pregunta.

.- Con el tiempo empezamos a estar bastante solos. Ya te comenté que la gente quería poseernos y no tener que devolvernos. Muchos decían que eran buenos tiempos. A mí no me parece que lo fuesen. Los libros estancados se aburren y cuando pagas mucho por ellos los quieres tener por siempre en tu casa. Empieza una extraña campaña por ver qué vecino tiene más y equiparan la cultura que tengas por los tomos que posees. Cosa estúpida de la vida el querer aparentar.

Nunca hubo un lugar más dado a la igualdad que una biblioteca. Todos pueden venir y tomar eso que desean, disfrutarlo y tener la ventaja de que otros te lo han de guardar, para que siempre esté a tu disposición.

.- ¡Hombre! Si esto fuese así, no podrían vivir los escritores, los editores, los impresores y desde luego, los libreros.

.- No creas, el mundo está lleno de gente ávida por culturizarse. Todos desean estar acompañados por este olor tan nuestro. Una página con dedicatoria, una firma de autor…., un libro es el regalo perfecto. Hay gente que tiene más joyas que libros y esto no les hace más felices. Conocí una mujer que venía y se sentaba ahí donde estás, siempre leía el mismo libro, una y otra vez. Era de las que hablaban con él. Por lo que me pude enterar, ese mismo libro lo regalaba siempre. Era la única cosa con la que obsequiaba a sus conocidos. No sé qué le encontraba a un tocho romántico que acababa bien, como todos. Pienso que de tanto leerlo ella vivía aquella historia de amor, no llegué a enterarme.

Me cuentan que con esos ordenadores la gente tiene a mano mucha información, que todos los libros de todos los tiempos los puedes encontrar allí dentro. No lo entiendo muy bien, debe ser algo como los microfilms aquellos.

.- No, es distinto. El lenguaje es diferente, ésos hablan con ceros y unos.

Esto lo dije un poco para ver cómo reaccionaba. Suspiró.

.- No sé de qué nuevo lenguaje me hablas, pero veo que es como lo que contaban de la televisión, pero mucho mejor. A veces se traen unos que no abultan más que La Ilíada y no solo pueden escribir en eso, además se les ve muy interesados, leen, ven escenas, conocen a los autores. O el arte que llega a todos, ya no hace falta verlo en una lámina.

No veo muy bien desde mi estante pero cuando coincide que se sientan justo debajo de mí, les veo disfrutar. Creo que comparten cosas y son felices. Ésos que llegan con los aparatos suelen hacer gesto de cansados. Se levantan, miran los libros, los tocan con reverencia, como si nosotros fuésemos importantes. A veces sacan uno y se lo acercan a la nariz, creo que eso lo echan de menos.

Una noche estuvimos hablando con algunos de los volúmenes científicos, ellos siempre lo saben todo. Contaron la historia de cómo habéis llegado a esto. Me gustó la parte en que alguien nos ha recopilado, o la que ahora los amantes de la cultura tienen casilleros donde colocarse y que da igual el lugar en el que habites o te encuentres, que todo lo tienes a mano.

Yo debo de estar por algún lado. No sé si soy muy buscada pero estoy. Alguno dice que a mi edad ya no me quieren piratear y no lo entiendo muy bien, aquí solo hay tres o cuatro libros de eso, de piratas.

Me reí por la ocurrencia y le expliqué lo que era internet y los piratas. Creo que me dijo que eso era una analogía de ocho o nueve novelas que había escuchado en su juventud.

Hice la última pregunta.

.- Los libros ¿leen?

.- ¿Estás de guasa? Los libros no sabemos leer, solo vemos historias, formas, caudales de cultura que nos rodean. Los libros no sufrimos por los nuevos tiempos, nosotros no hemos de morir, siempre habrá un autor que quiera tener su hijo entre las manos. La cantidad de veces que se repitan solo es proporcional a la curiosidad que el mismo creé. Si su novela o su estudio gusta, otros querrán poder olerlo y lo guardaran como si fuese un tesoro. Es igual que nos copien esos piratas, es lo mismo que nos lean en un formato u otro. Nosotros somos la cultura retenida, ya éramos libros cuando los antiguos escribían en piedras, el mundo se hacía página para lo que llevamos dentro.

Noté un poco de enfado por su parte y no quise seguir preguntando. Me despedí dando las gracias y la coloqué en su lugar, un sitio preferente para los libros con solera, con historia que cuentan lo que es capaz de hacer un hombre cuando quiere transmitir algo. Al salir ojeé lo que los internautas hacían. Uno chateaba con una mujer bella, le explicaba como era de bonito su país y le mostraba fotografías de playas de ensueño. El de al lado leía un archivo, parecía una tesis o similar. El siguiente miraba fotos de motos, diagramas y esquemas de cada una de las partes de una de ésas. Un chico árabe leía algo en su bonita escritura y asentía con la cabeza, es posible que fuese un tema religioso. En el último asiento estaba una muchacha. La web que tenía abierta era la wikypedia y leía muy atenta toda la información. Me paré a ver por donde tiraba la chica y pude comprobar que lo suyo era la historia, la de aquí, ésa que mi libro interlocutor de esta tarde tenía dentro. Tuve la osadía de acercarme y tocarle el hombro.

.- Perdona que te moleste – esos hermosos ojos, casi me fulminan –  Mira, en esa zona tienes un libro de Historia que te encantará, dice más y mejor de lo que puedas encontrar en la Wiky.

.- Sí, lo sé. Allí está mi libro de historia favorito, lo escribió mi abuelo. Es un tesoro familiar que casi nos lo sabemos de memoria. Pero los tiempos han cambiado y ahora estoy preparando mi tesis doctoral que tiene como tema mi abuelo el historiador.

Ahora la noté mucho más tranquila, menos enfadada por la intromisión. Me quedé mirando a esa chica de grandes ojos; ella, sin duda, era el resultado de una buena historia. Sin poderlo remediar le pedí que se viniese a tomar un café. Me sonrió, se giró, fue cerrando ventanas, tomo su bolso y se vino conmigo. Hablamos un par de horas de su abuelo y al final, cuando ya nos íbamos, le comenté que había hecho una entrevista al libro. Ella se río con una sonora carcajada.

.- ¿Pero no sabes que los libros no saben leer? Ven, yo tengo el poder de hacerte ver cómo era mi abuelo, dicen que me parezco mucho.

Y así es como empezó un capitulo nuevo en mi vida, el amor; es una manera de transmitir cultura.

FIN

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