ENCIERNES, O EL LUGAR INCONCLUSO. (12)

 

 

patos

Encontré un descansado, parecía tan acomodado al entorno que solo me limité a saludar con la sonrisa; me la devolvió y sentí que era un ofrecimiento, quizás no una invitación, pero mis pies se negaban, ni poco, ni mucho querían avanzar, ellos no saben lo que es la compostura, ni la educación. Me senté a su lado, con cuidado no fuese a incomodarlo. Sin mirarme comenzó a hablar.

 

“Antes de venir a Enciernes, deje en libertad mis buenos ratos, aquellos a los que me aferraba con cuerdas de miedo, por temor a perder lo que tenía, pensando que jamás volverían a suceder. Llegué sin maletas, sin peso, casi caminaba flotando al compás de la respiración, como lo copian los bailarines. No dudé ni por un momento, los vi alejarse sin mirar atrás, y tuve la sensación de que nunca habían sido míos. Vine y no busqué, no necesitaba nuevos buenos ratos, yo era el mismo tiempo bueno. Bueno y malo a la vez, que ya no quería acaparar momentos. Aquí nada es necesario, pero hay algo que te retiene con ligas invisibles, de felicidad, quizás un tanto peligrosas.”

 

Me quedé pensando en mis ligaduras, en lo que había dejado atrás y lo que no, y me di cuenta de que los momentos los tenía bien atados, no son los recuerdos, es el modo que tengo de sacarlos a la luz y aquí nada de eso importa. 

Día 22 de abril.

 

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Aquí nadie puede decir que la vida sea hermosa. La vida en Enciernes es bella, singularmente bella y aun estando todos conformes con ella, es menester quitar de en medio tanta preciosura. Uno cree que son las hojas caídas de los árboles las que atascan las tuberías, pero no es así, es la misma belleza del otoño el que lo emboza todo. Uno piensa que es el exceso de sal lo que le da ese color al mar; no siendo esto cierto ya que es su propia lindura la que lo consigue. Y es tanto así que la misma belleza de las personas les obliga a ser altivos, que la lindeza tiende al ascenso (véase el cielo) Por esto y otras cosas hay que cuidar la vida como se cuida un jardín, que se deja listo para ser olido o visto y que no dañe al ojo o al olfato por exceso. 

Día 23 de abril.

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En Enciernes puedo sentir y no solo lo que toco, puedo hacerlo por debajo de la piel; siento la sangre correr y los meandros que hace cuando se bifurcan las venas. Puedo notar el pálpito del corazón, que es la emoción misma del recibimiento, cuando se ve bañado por el bendito caldo denso y rojo que tiene el cuerpo para decirte que está vivo. Mejor dicho, que no está muerto. Siento lo que toco y lo mancho de sudor. Siento lo que huelo y lo mancho con la respiración, y me voy, poco a poco, perdiendo entre mi aliento y el de todo lo demás. Me ha costado darme cuenta de que esto no es un lugar cualquiera, es, ese momento en que el pensamiento crea algo y la vida, algo superior a la vida, le da forma, a veces real y otras solo en proyecto. 

Día 24 de abril.

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