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Roiot, los mil soles.

 

Es la primera en la que me fijé, y es que la tengo a la vista, justo enfrente. Fue verla y enamorarme de ella, que antes ni siquiera me había molestado a ver el tipo de hoja que tiene, o esas flores que parecen ojos de lo que miran.

Es una planta descubierta, así que tendrá su buen nombre en latín, pero ahora sé que se llama Roiot, quizás no se escriba así, es que no sé pero me da que estas plantas no tienen escritura al modo que la conocemos, son más dados a ir dejando señales que dicen cosas.

Roiot, tiene singularidades dentro del mundo del arbusto, aunque no lo es del todo, pero a ella le gusta pensar que sí.

Quise hacerle un montón de preguntas, nunca me había pasado esto de poder ver y entender a las plantas, pero no quiso darme conversación, me instó a seguir “viendo” maravillas, cosa que no he dejado de hacer.

En un momento dado soltó una frase larga, dijo algo así como que nosotros, los animales tiesos, tenemos la idea de que somos diferentes unos de otros, pero que a ellas les parecíamos una panda de repetidos muy aburridos. Que las plantas podían distinguirnos, sobre todo, por el mal olor que desprendemos y que por mucho que nos pongamos perfumes no conseguíamos disimularlo. Comentó de pasada que cada tipo de planta, incluso los árboles, tenían un carácter que les hacía ser especiales, cada una de ellas a pesar de multiplicarse en réplicas eran portadoras de distintos atributos. En su caso eran conocidas, las Roiot, como portadoras del respeto, aunque a veces rozaban la impertinencia. Y dicho esto dejó de hablarme.

Es muy bella esta planta, si pudieseis ver el juego de luces que producen los rayos del sol cuando la atraviesa, os maravillaría.

 

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MINIMUN MUNDO

Introducción.

Había leído sobre la importancia de los golpes en la cabeza, una de esas cosas que van desde la pérdida de la memoria, el habla o la visión, a no pasar de tener un bulto de bonitos colores que con el tiempo se cura.

Caminaba en despiste transitorio por el paseo, no era de esperar que aquella rama me fuese a caer encima precisamente a mí, una insignificancia de persona que no tenía ninguna necesidad  de salir en la prensa y ser motivo de chanza entre los vecinos.

A los días volví a visitar el árbol atacador, pudiendo comprobar, como así me lo confirmaron  los jardineros del ayuntamiento, que estaba en perfectas condiciones, nada que objetar sobre la vida sana de aquel perenne poseedor de verdes hojas y robustas ramas.

Al principio no lo noté, me sentí un poco mareada, poco más. Los dos viandantes, que por casualidad se hallaban en la cercanía, corrieron en mi auxilio ayudándome a recomponerme. Uno de ellos llamó a la municipalidad y llegó en breve una pareja de agentes que me tomaron declaración, sin tener visos de que por mi parte hubiese gana alguna de denunciar este hecho.

Llegué a la conclusión que había sido el mismo árbol, conscientemente, el que me había hecho el favor de darme un toque, un tanto duro, con una de sus ramas. Y es que pensándolo bien ¿qué manera tendría un árbol, si quisiera, si necesitase comunicarte algo? Soltando una rama y haciéndose entender.

A partir de este día, quizás los dos o tres días posteriores, me vi forzada a utilizar lentes, ya que tenía un fuerte dolor de cabeza, que sin duda alguna era causa del golpe, y que me provocaba una visión muy distorsionada de la realidad. Sin pensarlo me puse a buscar en internet si esto mío tenía alguna cura, si a otros agredidos, o llamados, por un árbol les había pasado lo mismo.

Había pocos casos, la mayoría, en el intento, habían fallecido y es evidente que esos ya no contaban nada, pero los que sí quedaban vivos, decían que su vida había cambiado.

Un chico de Alabama, el de Estados Unidos de Norte América, contaba que había perdido el sentido del habla “normal” desde que le cayó su rama no dejaba de hablar con todo tipo de plantas, y estaba escribiendo un libro con aquellas conversaciones. En otro caso un señor, un anciano, había comenzado a caminar sin cansarse nunca, por lo tanto no había dejado de hacerlo. En su afán andarín había llegado a China desde su pequeño pueblo en la Normandía francesa. Un simple golpe, arropamiento familiar y así, sin querer se plantó sus mejores zapatos y salió por la puerta. La noticia salía en un periódico local, sin darle mucha importancia, apuntando al golpe como posible causa de este ímpetu.

No había muchos más casos, tres o cuatro, todos similares al mío, sin mayor relevancia que la pura anécdota del que sufre una transformación y el resto de la sociedad no lo toma como algo grande, sino más bien como una enfermedad mental causada por un imprevisto. En todos los casos los árboles estaban en buen estado, lustrosos y seguían allí, según algunas fotos que había visto en las webs.

Lo mío era la vista, algo no funcionaba bien y el óptico tampoco me sabía decir si tenía cura o me iba a quedar así para el resto de mi vida. Solucionamos algo el asunto con unas lentes graduadas, pero es quitármelas y sentir que no veo nada, o que veo demasiado. Veo y entiendo, porque ahora entiendo cosas que antes no se me hubiesen pasado por la imaginación; ni por muchos libros o consultas a los especialistas en ciencia, jamás lo hubiese dicho, pero había descubierto un mundo mínimo, microscópico.

Intentaré relatar los descubrimientos que he ido observando en este tiempo; tengo algunos apuntes sobre lo que realmente pasa en ese espacio ínfimo que no podemos apreciar, ni de lejos soñar con ver, y que no imaginábamos que allí se producía. Ahora estoy más interesada en este mundo que en cualquier otro con un tamaño normal.

Resultó que un buen golpe en la cabeza, un “ramazo” en toda regla, me ha regalado una experiencia excepcional.

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100 MANERAS DE TOMAR EL SOL

Este clip está realizado con las tomas conseguidas en el verano del 2014, en las playas de Altea y alrededores.

Cuando los cuerpos dejan de ser objetos de visión contenida para mostrarse relajados y expresivos. Esto es lo que se ha querido mostrar, la belleza de todos, absolutamente todos los cuerpos, sin otras implicaciones que el estar haciendo algo por puro placer.

No se muestran, yo los muestro, y no olvidaremos el aire fresco del mar, el juego del agua sobre las pieles y la gran fuerza del sol.

ENCIERNES, O EL LUGAR INCONCLUSO.(5)

 

 

 

 

 

Creo que ya puedo decir que hemos llegado a Enciernes y que es tal y como me lo habían contado. No terminaron el relato, porque dicen que nadie de los que por aquí estuvieron son capaces de terminar nada y a mí me da igual saber que hubo un principio y que no volveré a tener un final, aquí quiero saber si podré perder la carga que traigo, esa donde dicen que todo está escrito y que la mentira esta subrayada y que no puedo tenerlo todo porque el Todo está también inacabado. Por eso le llaman infinito a las grandes cosas y están equivocados. En Enciernes la vida no se puede decir que ha comenzado, porque por lo que veo, andan de preparativos, iniciando el proceso, que lo quieren dejar bonito por si se da el caso de ir tejiendo. 

Día 30 de marzo, 2014

 

 

 

Me puse tonta y quise hacer unas fotos a Enciernes. Saqué esa cámara que siempre llevo a todas partes y que tiene un agujero en un lado, a fuerza de clics se hizo y a la fuerza quedó marcado para cuando meto el dedo hasta dentro y le toco el alma que todas las máquinas que chupan el instante tienen. No hice cien, ni mil, no se puede hacer mucho cuando nadie está preparado, todos quer

ían estar al frente y no paraban de sonreír. Tanta risas había, tanta era la luz que desprendían que al revelarlas, las tomas quedaron deslucidas; tuve que buscar el color en las flores de los alrededores y pedirles prestados los verdes, los rojos y amarillos. Al cielo lo que es del cielo, que es el aire azul y al mar su furia para revolver los blancos y que pareciesen olas. Pedí prestado un pincel y alguien se cortó un mechón de pelo. A la tarea estaba sin darme cuenta de que ellos solos hacían las mezclas y que ahora tenía unos retratos de seres alados y peces brillantes. 

Día 1 de abril, 2014

 

 

 

 

En Enciernes el campo es playa por la noche, que las plantas se retiran al monte a dormir. Es curioso esto, no me lo esperaba, pensé que un atardecer sonrosaba el camino y que al irse el sol las luces se atenuaban. No era esto, sin duda. Los caminos toman color de flor y la tierra se tiñe de ocres que salpican a las piedras con delicadeza. Estas, las piedras, son blandas porque son finas, como señoritas de un burdel, duras por dentro y flojas por fuera. Son lo que son, por negarse a ver que ningún culo se enfade con ellas; así es que aquí no se usan camas, te postras en las piedras solo para hacerlas felices. A veces, si están de buen humor, botan de un lado a otro, y gritan fuerte para que no te tropieces con ellas. Las piedras son así, buenas y con un gran corazón. 

Día 2 de abril, 2014.

ENCIERNES, O EL LUGAR INCONCLUSO.(4)

En Enciernes encuentro lo que no sabía que buscaba. Había sido yo la que preparaba las llegadas, tenía bebida templada, lista para, si se diese el caso, calentarla o comenzar a soplar con viento fresco para ser refresco de bocas secas, y no, ellos ya nos tienen hecho el caldo. Se agradece esta deferencia y veo que las gentes aquí son bien aventuradas. Dije bien, que lo son, tienen todos caras de tener unas grandes y buenas aventuras, y no las llevan a sus espaldas como sería de esperar. Las presiento, sus aventuras, en los lugares más insospechados, por ejemplo, en un párpado que cae a mi paso, o en un estrecharme la mano y dejar que gire la muñeca como si estuviese abriendo una puerta. Así lo noto, y sé que nos serán contadas. 

Día 28 de marzo, 2014

En Enciernes las casas están a medio hacer. Nadie se preocupa si una entrada necesita una puerta o si no hay manera de subir a la estancia del piso alto porque no hay peldaños en la escalera. Importa poco si las tejas se sustentan por hilos invisibles y no por vigas, se caen si lo desean, y se vuelven a colocar. Ves un grupito de ellas, de tejas, con mejor sentido colocadas de platos sobre una mesa, listas para dejar que las gotas de caldo bailen de un lado a otro. Sirvieron para las sopas y nos vimos en la necesidad de ir tentando a la suerte para que sirviese, la sopa, de charco donde chapotear al compás, con los cientos, miles, diría yo, de fideos finos que la componían.

Día 28 de marzo, 2014

En Enciernes dormimos. Nunca había soñado tanto, ni me había despertado con tantas ganas. Me desperté espabilada y los sueños aun rondaban a mi lado, ellos no querían dejar de jugar y pude verlos saltar de cama en cama, de la ventana a la calle, jugueteando con otros sueños, los de otros, y se contaban como era que soñaban y no sabía yo que los sueños también sueñan y por eso no se quieren ir a dormir. Me dicen que no me preocupe por ellos, que se cansan pronto y padecen del olvido. Irán cansándose y arrugándose, y se quedarán en un rinconcito esperando que llegues cansado, y te dejes la puerta abierta y se meterán por los agujeros de la nariz, y volverán a querer tomar de tus cosas para seguir creciendo. 

Día 29 de marzo, 2014

 

 

 

ENCIERNES, O EL LUGAR INCONCLUSO.(3)

Hacia Enciernes el camino se alarga por el deseo del llegar. Veo con curiosidad pequeños indicadores que muestran la meta, hacen preguntas irreverentes y noto que de no ser correcta la respuesta, retrocedes, o un árbol enorme se presenta; asaltan las dudas y no sabes si trepar o simplemente sentarte a meditar la respuesta que diste. La vida es así, tal que así. Hay vidas llenas de muros donde solo puedes ir escribiendo los pareceres; en otras se salpican de árboles para el mejor hacer. Así es la vida, a veces parar, a veces trepar, siempre pensar como el respirar. Ya llegamos. 

Día 25 de marzo, 2014

Enciernes nos mira, ahora está cercano y podemos oler a pan en el horno, a sal marina recién espolvoreada, o un intenso rojo que nos entra por los huecos nasales como si pudiesen masticar. Me retengo, no quiero dejar que mis pies corran más de lo necesario, la visión bien merece un despacio y en despaciosamente dejo que la luz, esa que veo está a medio encender, me llegue. Llega con un brazo abierto, como dando un medio abrazo, la otra mano gesticula para que nos acerquemos. Tiene un sombrero enorme, de amplísimas alas, todo cubierto de fresas que nos miran también. El llegar es inminente, aprisiono la respiración que quisiera compartir con todos. Ventea a polvo de recién conseguidos. 

Día 26 de marzo, 2014

Llego a Enciernes andando; sé que al paso que voy da lo mismo que use un pie u otro. Mientras esto hago, dar pasos, el pie que se queda en el aire reposa, mira al otro quizás con un poco de recelo, piensa que estaría bien ir acompasados, dar el avance juntos, a la vez. Luego, luego le toca a el y vuelta a empezar. No sé el motivo, ni la razón, pero aquí mis pies han tomado la iniciativa y se sienten independientes, como si no hubiesen tenido bastante yendo colgados de mis carnes. Temo los voy a perder, se alejaran de mi y no son mis hijos, son más que eso, son casi yo, aunque mi yo, creo yo, lo tengo en otra parte más elevada. Caminar sobre cosquillas que hacen cantos que ruedan sin parar… esto es Enciernes.

Día 27 de marzo, 2014

 

 

 

 

ENCIERNES, O EL LUGAR INCONCLUSO. (2)

A Enciernes voy queriendo encontrar la luz que me dejé a medio camino. Nadie está seguro si la apagué o quizás se mantenga encendida una pequeña llama del color de la esperanza. Dicen que no se apaga, pero a veces anda perdida iluminando caras ocultas. Apartaré las sombras con los dedos y la veré caer como los churretones de miel de las bocas golosas. 

Día 23 de marzo, 2014

A Enciernes voy queriendo encontrar la luz que me dejé a medio camino. Nadie está seguro si la apagué o quizás se mantenga encendida una pequeña llama del color de la esperanza. Dicen que no se apaga, pero a veces anda perdida iluminando caras ocultas. Apartaré las sombras con los dedos y la veré caer como los churretones de miel de las bocas golosas. 

Día 23 de marzo, 2014

En recta a Enciernes, dudo si subo o si bajo, no hay referencias cardinales que me indiquen el camino. El sol nos acompaña, a veces, y hace giros, ruedos, miradas…  Me fijo en el canto de una dura roca, la nota no es suficiente como para cortar el silencio. Miro al cielo que resulta ser una bóveda llena de estrellas que hacen coros a un luminoso roncho que se coloca para unas fotos y en todas puedes decir lo que desees, amanecer para los que se encaminan, atardecer para los que prefieren soñar… sea como sea, Enciernes es la que se acerca. 

Día 24 de marzo, 2014

 

 

 

 

 

OTRO HIJO QUE SALE AL MUNDO DE LA MANO DE DOBLESPACIO MAGAZINE

Comienza un nuevo año y llega un nuevo número de la revista cultural DOBLESPACIO MAGAZINE. Llega rebosante de letras, imaginación y buen hacer, no tiene ni un hueco baldío, todo está perfectamente encajado para hacerte pasar un buen rato.

En la página 46 lo tengo acunado, un artículo sobre la cultura, la comunicación, los movimientos, la transmisión… y es que la cultura lo es todo, es el saber entendiendo.

Ródeate de cultura por un rato y disfruta. Con todos ustedes:

http://es.calameo.com/read/0026036588f43dee01ff5

Y si lo que quieres es conocer a los editores, y las muchas inquietudes culturales que manejan, esta es su dirección:

http://dedoblespacio.wordpress.com/

¡Qué ustedes lo pasen bien!

 

LA CINTA AMERICANA

Nosotros no hemos sido nunca tan patriotas como los americanos con su cinta adhesiva… ellos tienen cintas que invitan al amor a por la patria, y nosotros… ni al maldito celo sabemos cómo llamarlo, que usamos un nombre comercial. Hay una que bien podrían haberla hecho nuestra, pero se la cogieron los carroceros y nos quedamos sin el lujo de tener una cosa de estas como propia.

La cinta americana no se llamaba así, tenía su buen nombre comercial que recordaba al inventor. Uno que no recuerdo, por no haber nacido aun, pero que podría tener un toque parecido a los que ponemos nosotros, tipo: “Patatas Charitín” o algo similar.

Lo que ocurrió me lo contó un americano borracho perdido, que no pudo aguantar una corrida de toros. Salió de la plaza y se acercó al bar de la esquina, y por casualidad estaba allí, esperando a un novio que tenía y que por esos días se sacaba unos cuartos como camillero; que digo yo, vaya trabajo idiota; el chico solo cobraba si eran necesarios sus servicios y lo tenían esperando a ver si alguno de aquellos taurinos era corneado. Le dejaban mirar la corrida y todos se extrañaban que en su caso leyese un libro y no gozase con aquella encarnizada batalla del hombre y la bestia. El pobre volvía siempre lleno de manchurrones con tanta sangre que parecía un caído en combate.

Esperaba con el periódico abierto, sentada en la mesita de la calle, al sol y lo vi llegar. Ya a esas horas vomitaba, supongo que el asco por la escabechina. No pudo entrar en el local, se quedó sentado a mi lado, con una peste que echaba para atrás, pero como soy una señorita, me hice la loca y seguí a lo mío, a ver si se aburría y me dejaba en paz.

No hubo suerte, llamó a gritos al camarero, gritos en un “chapurreau” castellano que se hacía hasta gracioso. Pepe se asomó y me hizo gestos para que entrase, como si así me fuese a salvar de este bárbaro. Era americano sin remedio por aquella indumentaria que usaba, parecía, en estos años, que no podían venir sin esos pantalones de cuadros o las camisas floreadas, y esas gafas tan clásicas de las películas. El tipo, no llegué a entender cómo se llamaba así que le llamamos Charly, que es muy americano.

Volvió a llamar al camarero, daba palmas, silbaba y tanto saltaba en la silla que esta termino por romperse. Parece que se le pasó algo la borrachera cuando se vio estrellado en el suelo; le ayudaron a levantarse y le trajeron un vaso de agua, nadie en su juicio quiere ver un yanqui muerto en su bar. Se recuperó y pidió un café, hay que reconocer que haberse comportado tan brutamente, al hombre le hizo reaccionar. Allí estábamos los dos esperando, él a sus amigos que disfrutaban de la corrida y yo a mi novio que esperaba lo mismo que los otros, ver sangre. En cuanto se recompuso se dio cuenta de los estragos, y de un impulso y muy serio, buscó en el bolsillo de su cazadora. Sacó un rollo de cinta ancha, de color plateada y muy serio dijo: “Cinta americana” y en un pispas había recompuesto la silla. Se quitó el polvo de los pantalones, volvió a llamar al camarero con educación y se pidió un whisky con hielo para él y un “Chus” para mí. Le avisamos que no pasaba nada, que se sentase en otra silla y no hubo manera. Me contó la historia de cómo esta cinta se llamó así y que en sus inicios se denominaba “duck tape”, cinta de pato, y que se llegó a usar para recubrir los cables de no sé qué puente enorme en Brooklyn. En los años cuarenta los de Jhonson pusieron pegamento a la cinta más usada por los americanos y nació algo que serviría incluso en las armas de la Segunda Guerra Mundial. Pero lo de llamarse Cinta Americana era, y esto lo sabía de primera mano, ya que era una historia familiar, había sido a causa de su padre. Los americanos llegaron a Europa para salvarnos del nazismo y en esas estaban cuando el batallón de su señor sargento padre se encontraba en la vieja Italia. El hombre se había quedado solo en medio de la batalla y en esas encontró un regimiento entero haciendo resistencia a la entrada de un pueblo. Todos los vecinos se habían encerrado en la iglesia, muertos de miedo. Me decía que no entendía muy bien aquel empeño por pensar que una figura venerada en aquella capilla les iba a salvar de la masacre a la que estaban destinados. El sabía que su tropa no le dejaría solo y que llegarían en breve, pero no las tenía todas consigo y aquellos pueblerinos no iban a buscar cómo defenderse, solo sabían rezar. Recordó que llevaba en su mochila dos rollos de esta cinta y en esas desde fuera comenzó a tejer una tela que iba desde la verja de una pequeña ventana al lado derecho de la puerta, a la otra que estaba en el lado izquierdo. Así gastó una de aquellas cintas. Con la otra trazó, de árbol a árbol, justo al comienzo del camino, dos tiras que se mantenían tersas y se escondió. Los milicianos de Duce llegaron en sus motos y los cuatro primeros cayeron al suelo taponando la entrada, con lo que el contingente, que no eran muchos, tuvieron que parar para ayudar a estos y retirar la cinta a base de machetazos.

Llegaron a la vieja ermita y viendo que aquello estaba cerrado comenzaron a cortar las pasadas. La cinta no es fácil de cortar, y con las manos es imposible romperla. Se iban cabreando, pero esto dio tiempo a los americanos a llegar y hacer que saliesen huyendo a toda prisa. Al bueno del sargento le dieron una medalla y desde ese día la cinta de color plateado, que es adhesiva y ancha, le llamaron, cinta americana. Esto se fue corriendo como la pólvora por toda Europa.

La historia era de lo más increíble, pero desde luego hizo que el tiempo, unos cuatro toros y medio, se me hiciese corto. Llegó mi novio enfadado porque no hubo torero herido, ni un pobre muletilla que saltase a la arena. Allí nos juntamos con los demás amigos del americano y nos fuimos de juerga por el viejo Madrid, brindando por la cinta americana con cada trago de whisky que dábamos. Tenía que haberme quedado con un rollo de aquellos… mi novio se fue con una de esas rubias de tetas grandes y labios rojos, si lo hubiese prendido con la cinta, ahora estaría casada y no contando historias hasta altas horas de la madrugada.