UNA HACHE CUALQUIERA

H… qué no, que no quiero empezar con una palabra que inicie con una hache. No es que no me guste, la palabra, es que la hache me resulta vacía de sonido, y no, no se puede empezar así.

Una tiene en la cabeza el folio en blanco y para romper el hielo ¿qué hace el que escribe? nada. Mira esa ventana y se mira por dentro buscando una buena historia, un monólogo en soledad que tratas de transmitir, porque crees que alguien te hará el favor de leerte, con un ansia oculta, piensa que puede ser que algo de eso entretenga.

No es lo mismo cuando escribes, de historia o matemáticas, por ejemplo; uno sabe algo y lo trasmite, esto no pasa con las historias. Un poco eres la cigarra que solo entretiene y poco más.

Miro el papel en blanco y pongo una letra, la que sea, al tuntún, y espero que esa sirva de atadura para que vayan recolocándose las demás. Una hache atrae, lo sé, que miles de historias empiezan con un: “Hace mucho tiempo en un lugar…” Pero a mí no me corta el blanco, lo enmudece.

Yo creo que esto me viene de la niñez, cuando una monja chula me dio un pescozón por leer “harta” con acento andaluz, que estaba así “jarta” de aquella estúpida monja y sus aburridísimas clases. Me golpeaba diciendo: “La hache es muy valiosa, hay que tenerle respeto” y yo pensaba que esa mujer estaba “haburrida” con hache, y “hamargada”  porque no era normal. Luego pasé a inventarme palabras con muchas haches intercaladas, que pronunciaba absorbiendo el aire con ruidos de la garganta.

No me duró mucho esto, porque se organizó la dios cuando otra monja, más pardilla, se pensó que me estaba ahogando (hubiese dicho “Aghogando”) y la pobre me obligó a tumbarme en el suelo todo lo larga que era, y yo, sin querer seguir con la broma y no dejarle mal, abrí mucho los ojos, tirando el iris hacía arriba, lo que le dio una sensación de ataque, posiblemente epiléptico.

Aquella mujer embutida en los hábitos se arrodilló a mi lado. La vi colorada como un tomate, muy asustada, y aquí ya no tenía marcha atrás. Se buscaba algo en los bolsillos intentando seguir la primera disposición ante un ataque de estos, buscar algo para meterle en la boca al atacado. Se ve que no tenía otra cosa que un Cristo de madera y latón, así que esto fue lo que acabó entre mis dientes.

Me entró la risa, que una era buena, pero no tanto como para soportar todo aquel teatro; nadie sabe lo difícil que es reírse con un crucifijo en la boca, te dan toses, babeas… y al intentar ponerme de pies, ella me empujaba desde los hombros, con lo que me hacía resbalar y entonces sí que parecía un auténtico ataque.

Lo peor llegó cuando otra de las hermanas se presentó allí y al verme solo se le ocurrió decir en voz alta: “¡Ave María Purísima, esta niña está endemoniada!”

Mi cabeza no rulaba bien, sacaba haches por todas partes, risas con toses y babas, ganas de salir corriendo y un temor a las consecuencias que me hacía pugnar porque me tragase la tierra.

Acabé como bien lo puede hacer una niña “jarta” del colegio, de las monjas, de las niñas bobas que se arremolinan a la que salta; de lo que me iba a pasar si no hacía algo rápido.

Me desmayé. Lo de los desmayos lo tenía bien ensayado, no hay cosa más sencilla que esto. Uno va por la calle, una bien llena de gente, y es muy molesto, más a más si eres bajita como yo, no te dejan respirar, te llevas todos los codazos posibles y nadie te mira. Pues te desmayas y listo.

Todos se apartan de un desmayado, aunque siempre hay un par de buenas personas que te socorren, siempre hay espíritus enfermeros, creo que podría decir que el porcentaje es de diez a uno.

Cuando vayas por la calle cuenta diez personas, les preguntas qué es lo que les hubiese gustado ser, y de no serlo, uno, uno te dice que médico o enfermera, y estos son los que se lanzan, sin sacar el carnet de primeros auxilios, que lo tienen, o el broche de la Cruz Roja, que también lo tienen.

Si te desmayas en la calle para hacerte hueco, tal lo haces, te levantas, te sacudes el polvo y listo, respiras. Muy fácil este social-consejo que recomiendo a los de baja estatura.

En el pasillo de la segunda planta de mi colegio, con dos monjas locas tratando de ser enfermera y exorcista, lo del desmayo era la única salida digna.

Cierras los ojos, despacio, muy despacio, escupes el crucifijo y ladeas la cabeza… esperas un minuto y mueves lentamente un brazo, abres los ojos y preguntas con tu mejor voz “¿Qué ha pasado?”

Luego te incorporas y pones cara de asustada.

No hagáis esto que acaba mal. Si no te descubren acaban llamando a tu casa para que tus padres te vayan a buscar y en un par de días tengas que ir al médico y te líen con pruebas que no van a servir para nada. Ni se te ocurra contar la aventura a nadie, porque siempre hay idiotas que no pueden aguantar un secreto, o gente que no tiene vida propia y disfrutan de la ajena. Si por lo que sea, en el mejor momento del pseudo exorcismo se te ocurre guiñarle un ojo a tu mejor amiga, mal, te pueden pillar y supongo, solo lo supongo, la bronca será terrible.

No me pillaron, ni en esta, ni en ninguna de las otras que hice, porque una desde bien pequeña sabía que las haches no se pronuncian, salvo si eres andaluz y estás “jartá” de tanta tontería como la que te rodea.

No sé, creo que voy a empezar poniendo una jota, en honor a mi infancia que por lo menos, vista desde la distancia fue muy entretenida.

“Juntas en el tiempo, en un lugar… iban de la mano, el aburrimiento y la locura.”

ZOG, REY DE LAS ROSAS DE ALBANIA.

“Mama, quiero ser rey, rey de Albania”… esto era lo que escuchaba la madre de Zoguito todas las mañanas.

Su madre, como no quería contrariar al niño, que se cogía unos berrinches que pá que, le animaba en el asunto. Lo levantaba con cuidado para no estropear los rizos que iban empaquetados en aquellos bigudíes, cubiertos por un gorrito con puntillas. Le quitaba el camisón y lo lavaba cuidadosamente con paños calientes, para a posteriori rociarlo de polvos de talco y perfume, uno para cada parte del cuerpo, pero todos con aroma a rosa.

Rosas de Pitiminí para los pequeños hoyuelos que tenía junto a la boca, Rosas de Mongolia para los huecos detrás de las rodillas, o Rosas salvajes del Caribe para la línea que separa la nuca del pelo.

Así el pequeño Zoguito se enfrentaba a un desayuno a base de frutas y bollos machacados en su jugo, que la sirvienta vienesa le daba a la boca todas las mañanas con una cuchara de oro. No voy a contar la profusión de encajes y perlas que podía acompañar la vestimenta del chico, sería tan largo y complicado de describir que no acabaríamos en dos semanas largas y de invierno.

La familia no tenía nada que ver con la nobleza real, ni mucho menos, pero cómo quitarle al niño esa ilusión, total, solo tenían un hijo y porque no dejar que se sintiese príncipe. Ya se le pasaría cuando tuviese esa edad en la que uno deja de ser amante de sí mismo para amar a otra persona.

Todo en él era real, su paso, que más parecía un deslizamiento por losas que pusiesen los mismísimos ángeles, acompañaba la entrada en cualquier lugar, cual escenario de opera prima.

Con los años, no se cumplían sus deseos, y los berrinches se oían desde la otra punta del pueblo. Su padre vendió todo lo que tenía para que el chico marchase a la capital, Ortodoksit (Tierra de ortodontistas) y allí se hiciesen realidad sus deseos. El séquito que lo acompañó en aquel viaje se componía de doscientos de los más fornidos muchachos de la comarca, todos uniformados al modo de gala y bien adiestrados en el baile, que es muy parecido a la marcha militar pero en bonito.

Cuando lo vieron llegar en vez de pensar que era un visitante o un nuevo vecino se rindieron a sus pies, lo tomaron como un conquistador y en esas que aquel sin darse cuenta de nada y como si la cosa no fuese con él, dejó que le llamasen majestad, alteza y demás cosas de estas que van marcando lo que propiamente es un rey, aunque en este caso fuese una broma de los ortodoncios.

Un día unos desaprensivos quisieron apoderarse del país y él como persona educada que era les ofreció un almuerzo para ver sus pretensiones. Al llegar al postre no se habían puesto de acuerdo en que el país, Albania, era de los albaneses y que por mucho que Zog, ahora era ya Zog primero, quisiese, no podía complacerlos; no quería para nada, ni siquiera cuando le dijeron que podían pertenecer a un mucho más grande que tenía millones de almas dentro de sus dominios.

Zog I de Albania, a pesar de que la gente no se había enterado muy bien de que él era, sin remedio, un rey por naturaleza, se tomó muy en serio el papel y ofreció a sus invitados uno de los dulces que de la tierra eran famosos. No pudieron aguantar el olor a rosas que tenía aquella crema y ese tono verdoso que recordaba más a la deposición de una vaca que a una comida gustosa. Se lo comieron porque eran educados; fueron muriendo de a pares, hasta terminar todos tiesos y malolientes tirados en el pozo de la plaza del pueblo, que luego se taponó con piedras y cal.

Esto hizo que se dividieran las opiniones; unos se alegraban por no pertenecer a otro país y seguir siendo independientes y el resto estaban enfadados porque se quedaron sin el único pozo que proporcionaba agua clara a la ciudad.

Lo que más le gustaba al hombre, ya príncipe de los cuentos y hermosura de los jardines, era la pasta italiana y sin darse cuenta dejo que en las tierras se instalasen todos los macarronis que quisiesen. Triste decisión, poco a poco estos italianos cocineros se fueron haciendo con las recetas ancestrales de la población albanesa, por robarles, les robaron hasta los dos idiomas que hablaban y lo más terrible que podía pasar: mataron todos los rosales que allí se cultivaban.

Como esto les hacía muy desgraciados no sabían muy bien a quien culpar, la rabia les colmó y expulsaron del país a Zog y a todos sus familiares. Hizo las maletas llorando, se llevó todo aquello que le parecía debía pertenecerle, sobre todo lo que le recordaba a su estado real y se fue a Inglaterra, que es el país más amante de las rosas del mundo.

Allí vivió como en una burbuja, desentendido de lo que pasaba en su país y rencoroso, no perdonaba que le hubiesen echado. Murió en Francia, donde se trasladó pensando que le dejarían un ala de un edificio bonito, donde antaño había vivido un tal Luis. Tenía, la casa, unos jardines hermosos, llenos de rosas sin olor; no pudo ser, pero adquirió un pisito de dos habitaciones, salón comedor, esquinado y con vistas a un bello patio interior donde por suerte había un gran rosal que era primorosamente cuidado por la señora portera; una italiana a la que escupía cada vez que veía, pero ella, como buena mamma, recogía aquel escupitajo y lo echaba en el rosal. Era increíble lo bien que le venía a esta planta los jugos del real inquilino.

Murió un día de excursión en Suresnes, que es un bonito lugar cerca de Paris, famoso por la carencia de todo tipo de plantas, salvo unas rosas que no huelen, evidentemente, son de pegatinas que se usan a modo de decoración política, recuerdo de viejos encuentros. Regresó al piso por comodidad.

Hace unos días lo encontraron en la casa, allí, en estado cadavérico ha estado veinte años. Silencioso, con pago automático de los gastos, nadie, excepto la portera le echaba de menos, pero como bien dice la mujer: “Olía divinamente a rosas y no era cosa de enfadarlo, que tenía muy mal humor”

La policía ha sacado el cadáver en estado incorrupto, oliendo a la tan famosa flor; en una caja de cartón ha salido al aeropuerto camino de su querida Albania donde lo querían enterrar sin honores.

Ha sido imposible, ya desde que la caja acartonada con su cadáver llego al aeropuerto de Nënë Tereza, en la mal llamada Tirana (el nombre que le pusieron a la capital los italianos era Tarara, en honor a la canción esa que dice: “La tarara, si, la tarara, no, la tarara madre me la quedo yo”)

El país que es pequeño se ha quedado sin habla, olía primorosamente a rosas y tanto hombres como mujeres o niños se quedaban impregnados con el aroma. Tanto les ha gustado que por fin han nombrado a Zoguito, rey, solo Rey de las Rosas. Todos saben que esta era su verdadera pasión y que no hubiese cambiado por nada este título tan importante.

Descanse en paz rodeado de rosas nuestro gran monarca Zog I, rey de las Rosas de Albania.

Un regalo me hicieron.

Cinco palabras me dan, son un regalo. Solo cinco y ni una más, vaya dádiva.

Con cinco puedo decirte en la uno que te amo, en la dos que te quiero y así me sobran tres si ando romántica.

Si te odio puedo no decirte nada, y me sobra el obsequio, que para despreciar con no hablar es más que suficiente.

Me dieron cinco y me pregunto porque no me dan más, si tengo tanto que decir y con tan pocas palabras no me podré expresar.

Las palabras no son las que me hubiesen gustado, pero soy educada y con solo una puedo quedar bien, gracias.

Hay trucos y podría multiplicarlas, o quizás utilizar las cinco que fuesen una, y en sinónimos me he de perder en el dicho, para decir lo mismo en usando una.

No quiero gastarlas, así que me las guardo; voy a ver si las puedo plantar, que lo mismo si las riego se me multiplican.

El gato mudo.

Ayer hubiese sido su cumpleaños.

Ayer hubiese sido su cumpleaños, sin ser algo especial, salvo cuando hizo los cien, entonces se plantó y aceptó ser un protagonista. Le veía orondo y rojo, como se ponía él cuando le hacían agasajos; soltaba palabras que nadie entendía, recortadas, con sorna y segundas, terceras líneas, que tampoco se comprendían y daba igual porque era el viejo, el hombre más viejo del mundo.

Me conoció desde muy pequeña, y sé de buena mano que se apenó por no ser un varón, qué eran ganas de tener un chico al que poder traspasar lo aprendido y jugar a lo que juegan los hombres y solo ellos entienden. Hice de esto una apuesta y me pegué a ese hombre que me parecía raro y curioso.

Era raro porque su tez era del todo sonrosada, un tono casi blanco y a veces azul, careciendo del normal bello que tienen los cuerpos de los hombres; sus ojos eran grises como el cielo del norte, extrañamente grises y de viejo además siguieron cargándose de nubes que le impedían ver con claridad.

Conseguí que me enseñara; nunca me insultó, medía muy bien mi defecto, el ser mujer, pero esto no quitaba para que agradeciese mi empeño. Me gustaba salir a caminar con él, y me aguantaba el cansancio, me comía el bocadillo y hasta las hormigas que también querían almorzar. Me enseñó a cazar pajaritos y cangrejos, a descifrar el bosque y leer en la arena; era un indio Navajo y un basajaun enorme que manejaba el filo mejor que nadie.

El tiempo me está retirando su imagen, pero me consuelo porque lo huelo. Los pájaros enjaulados huelen a su sudor, la orilla del mar tiene aromas de su aliento y así cientos de plantas o las herramientas más pulidas, muchas cosas me huelen a él.

Todas las personas son importantes, pero unas me permiten crecer y otras no. Me enseñan cosas y se meten dentro de mí vigilando para que las lleve a cabo. Volveré a plantar por el placer de ver crecer lo verde y tendré locuras con los manzanos que darán pequeños frutos de feo aspecto a los que querer como a un perro se le quiere. El olor de las manzanas me huele a su ropa, en cambio las uvas son sus puros pies.

Me ha costado mucho descubrir esto en la distancia, en la gran distancia que da la muerte obligada, pero ahora sé que jamás tuvo un aroma propio y que nunca lo necesitó. Sus manos de escultor, me hacían juguetes que nadie más tenía, me sentía importante y querida.

La relación era de amigo, el que por mucho tiempo que pase o la distancia que se tenga, está ahí y sabes que estás, que no hay un día en que no te plantes en su cabeza y le recuerdes algo; te recuerde la vida pasada que perdura con las fragancias varias, los de la tierra misma que él tenía encima. Sé que su sangre era de mar, lo sé porque se ponía azul con el frío y rojo en las tormentas.

Nunca nadie tuvo un abuelo tan perfecto, tan excepcional. El mío ahora duerme en una meta, una de esas montañas de paja guardada, porque ese era el lugar donde le gustaba dormir rodeado de pajaritos que lo confundían con las ramas, porque a veces olía como los árboles mismos. Y lo lancé al mar para que pudiese viajar por siempre.

Aitona, Beltxa.

EL PINTOR Y LA LUNA (cuento infantil)

Miraba confusa, la niña, al pintor que mezclaba los churretones de colores en el plato.

.- Tengo sed.

Y con algo de sorpresa la miró, tomó un papel blanco y le pintó un vaso de agua azulada. Se lo ofreció pensando que la niña se daría cuenta de que él, solo era un pintor.

Antes de que pudiese hacer nada la pequeña se había tragado el papel, el vaso y la azul agua.

.- Tengo hambre.

Volvió a tomar un trozo de papel y estampó un círculo plano, como si fuese un plato, dentro pintó una papa roja, y se lo pasó sonriente.

Se la acercó y la olió. Tendió el pedazo de pliego y le dijo:

.- Está cruda, la quiero asada.

Frunció el entrecejo, esta niña no le iba a dejar pintar. La sombreó bien, recién salida del horno, incluso tenía retazos de sal y un poco de humo.

Ahora agitaba el papel, lo soplaba ligeramente. Había acertado, la papa estaba bien guisada. La sonrisa se recortó cuando vio a la chiquilla tragarse el papel, el plato y la papa.

.- Niña, eso no se come.

Siguió mezclando colores y dispuesto estaba a empezar con su lienzo cuando de nuevo la cría le pidió algo más.

.- Píntame la luna.

.- Y no te la comerás?

.- No.

Se esforzó, tomó un lienzo grande. Pintó el suelo, el cielo, la luna y una estrella que brillaba cercana. Le gustó mucho como le estaba quedando, pero aun así le preguntó a la niña si era de su gusto.

.- Sigue.

Y se esforzó más.

Tenía una bella noche, apacible, caliente, con una gran luna y una estrella brillante.

Cuando se quiso dar cuenta la niña no estaba sentada a su lado, ahora se despedía desde dentro de aquella pintura.

No salía de su asombro, pero tampoco le invadían las preguntas, era como si siempre hubiese pensado que existe la posibilidad de hacer real la pintura, tanto que se podía comer y beber, incluso irse hacía alguna estrella.

Se pintó así mismo debajo, con el brillo en la cara y un brazo agarrando el hilo invisible que hace ascender a las niñas a la luna.

Nunca más nadie la vio. Miraban el hermoso cuadro de la estrella y sentían que estaban viendo la vida misma.

Roiot, los mil soles.

 

Es la primera en la que me fijé, y es que la tengo a la vista, justo enfrente. Fue verla y enamorarme de ella, que antes ni siquiera me había molestado a ver el tipo de hoja que tiene, o esas flores que parecen ojos de lo que miran.

Es una planta descubierta, así que tendrá su buen nombre en latín, pero ahora sé que se llama Roiot, quizás no se escriba así, es que no sé pero me da que estas plantas no tienen escritura al modo que la conocemos, son más dados a ir dejando señales que dicen cosas.

Roiot, tiene singularidades dentro del mundo del arbusto, aunque no lo es del todo, pero a ella le gusta pensar que sí.

Quise hacerle un montón de preguntas, nunca me había pasado esto de poder ver y entender a las plantas, pero no quiso darme conversación, me instó a seguir “viendo” maravillas, cosa que no he dejado de hacer.

En un momento dado soltó una frase larga, dijo algo así como que nosotros, los animales tiesos, tenemos la idea de que somos diferentes unos de otros, pero que a ellas les parecíamos una panda de repetidos muy aburridos. Que las plantas podían distinguirnos, sobre todo, por el mal olor que desprendemos y que por mucho que nos pongamos perfumes no conseguíamos disimularlo. Comentó de pasada que cada tipo de planta, incluso los árboles, tenían un carácter que les hacía ser especiales, cada una de ellas a pesar de multiplicarse en réplicas eran portadoras de distintos atributos. En su caso eran conocidas, las Roiot, como portadoras del respeto, aunque a veces rozaban la impertinencia. Y dicho esto dejó de hablarme.

Es muy bella esta planta, si pudieseis ver el juego de luces que producen los rayos del sol cuando la atraviesa, os maravillaría.

 

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MINIMUN MUNDO

Introducción.

Había leído sobre la importancia de los golpes en la cabeza, una de esas cosas que van desde la pérdida de la memoria, el habla o la visión, a no pasar de tener un bulto de bonitos colores que con el tiempo se cura.

Caminaba en despiste transitorio por el paseo, no era de esperar que aquella rama me fuese a caer encima precisamente a mí, una insignificancia de persona que no tenía ninguna necesidad  de salir en la prensa y ser motivo de chanza entre los vecinos.

A los días volví a visitar el árbol atacador, pudiendo comprobar, como así me lo confirmaron  los jardineros del ayuntamiento, que estaba en perfectas condiciones, nada que objetar sobre la vida sana de aquel perenne poseedor de verdes hojas y robustas ramas.

Al principio no lo noté, me sentí un poco mareada, poco más. Los dos viandantes, que por casualidad se hallaban en la cercanía, corrieron en mi auxilio ayudándome a recomponerme. Uno de ellos llamó a la municipalidad y llegó en breve una pareja de agentes que me tomaron declaración, sin tener visos de que por mi parte hubiese gana alguna de denunciar este hecho.

Llegué a la conclusión que había sido el mismo árbol, conscientemente, el que me había hecho el favor de darme un toque, un tanto duro, con una de sus ramas. Y es que pensándolo bien ¿qué manera tendría un árbol, si quisiera, si necesitase comunicarte algo? Soltando una rama y haciéndose entender.

A partir de este día, quizás los dos o tres días posteriores, me vi forzada a utilizar lentes, ya que tenía un fuerte dolor de cabeza, que sin duda alguna era causa del golpe, y que me provocaba una visión muy distorsionada de la realidad. Sin pensarlo me puse a buscar en internet si esto mío tenía alguna cura, si a otros agredidos, o llamados, por un árbol les había pasado lo mismo.

Había pocos casos, la mayoría, en el intento, habían fallecido y es evidente que esos ya no contaban nada, pero los que sí quedaban vivos, decían que su vida había cambiado.

Un chico de Alabama, el de Estados Unidos de Norte América, contaba que había perdido el sentido del habla “normal” desde que le cayó su rama no dejaba de hablar con todo tipo de plantas, y estaba escribiendo un libro con aquellas conversaciones. En otro caso un señor, un anciano, había comenzado a caminar sin cansarse nunca, por lo tanto no había dejado de hacerlo. En su afán andarín había llegado a China desde su pequeño pueblo en la Normandía francesa. Un simple golpe, arropamiento familiar y así, sin querer se plantó sus mejores zapatos y salió por la puerta. La noticia salía en un periódico local, sin darle mucha importancia, apuntando al golpe como posible causa de este ímpetu.

No había muchos más casos, tres o cuatro, todos similares al mío, sin mayor relevancia que la pura anécdota del que sufre una transformación y el resto de la sociedad no lo toma como algo grande, sino más bien como una enfermedad mental causada por un imprevisto. En todos los casos los árboles estaban en buen estado, lustrosos y seguían allí, según algunas fotos que había visto en las webs.

Lo mío era la vista, algo no funcionaba bien y el óptico tampoco me sabía decir si tenía cura o me iba a quedar así para el resto de mi vida. Solucionamos algo el asunto con unas lentes graduadas, pero es quitármelas y sentir que no veo nada, o que veo demasiado. Veo y entiendo, porque ahora entiendo cosas que antes no se me hubiesen pasado por la imaginación; ni por muchos libros o consultas a los especialistas en ciencia, jamás lo hubiese dicho, pero había descubierto un mundo mínimo, microscópico.

Intentaré relatar los descubrimientos que he ido observando en este tiempo; tengo algunos apuntes sobre lo que realmente pasa en ese espacio ínfimo que no podemos apreciar, ni de lejos soñar con ver, y que no imaginábamos que allí se producía. Ahora estoy más interesada en este mundo que en cualquier otro con un tamaño normal.

Resultó que un buen golpe en la cabeza, un “ramazo” en toda regla, me ha regalado una experiencia excepcional.

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SOLO ELLA LO SABE, QUE ES MÍSTICA Y LIBRERA.

Nadie sabe cómo llegó hasta ese lugar, ni siquiera dando explicaciones de esas que parecen tan entendibles y que en este caso, se notaba a la legua, que era una página en blanco al inicio de un libro. Es por esto que le llamarón Cortesía, porque era blanca y risueña, y siempre estaba dispuesta a presentar todo aquello que le rodeaba; lo contaba de tantas maneras bonitas que dejaba a todos impactados y luego nunca sabían cual escoger.

Ella apareció en ese momento que dicen “dado” y lo dicen porque así es, un momento de muchas caras y más expresiones, con dedicatoria principal, una que sorteaba las camas, las mesas y se quedaba con la fina línea de los estantes. El lugar es el que es, un pequeño gran espacio donde se resguardan de las inclemencias los libros. Su padre podía haber sido una enciclopedia y su madre un diccionario; dos que se mezclaron una tarde de cuestiones y dudas con ganas de ser resueltas y se resolvieron de la mejor manera, pasando página y llegando con los índices a lo que realmente querían.

Vida cierta tuvo, la que parece real porque en estando blanca te van llenando de palabras que significan algo. Te cuentan que además de estar impresas te las tienes que imprimir muy dentro y que luego te premian por esto. La premiaron y se fue de viaje al país donde no usaban letras.

Sin darse cuenta Cortesía se quedó, una noche y un día, encerrada en la casa del Libro Familiar y allí sigue. Nadie sabe cómo llegó hasta este lugar, porque lo suyo hubiese sido volar o correr por los cielos, nadar entre las personas o escalar hombres de películas. Allí se despertó y a la que quiso andar se hizo el suelo a ladrillos de tomos con tapas de colores sienas tostados; las paredes, que en un principio ni siquiera lo eran, se fueron conformando a base del relleno de los pegamentos que unen los lomos y las dobleces del cartón. En amarillos se quedó el tacto, con emblemas y ventanas.

Ella se movía como una lagartija por todas partes, mirando, tocando, investigando y sorbiendo cada letra que por la puerta pasaba, que ellas, las letras, se habían enterado del mejor lugar para estar.

Las gentes se acercaban para verla. Al principio la cosa funcionó bien; movía un dedo y aparecía un marca páginas, si era una rodilla se desplegaba un mapa, y si el brazo entero un libro rodaba por el suelo saliendo de ninguna parte. El local se estaba llenando de libros y de las vidas que hay en los libros y de las vivencias que se descubren y que con gusto Cortesía te dejaba ver.

No sabía cómo, pero allí estaba ella en su librería, escupiendo libros con cada movimiento y recibiendo gentes de todas partes que deseaban uno de esos ejemplares.

Hubo más cortesías por el mundo, amigas de los que escriben historias y de la gente de bien; escupidores de tomos y hasta revistas, tan sabios que los que se acercan sienten que ese es el lugar donde mejor están.

{Dedicado a Librería Molist de Coruña. Amiga mía.}

EL ARTE QUE TENGO CERCA

El arte que me rodea está implícito en lo cotidiano. Elevar a grado artístico lo que se usa con normalidad, es costoso; no está la utilería pensada para esto, pero a mí me gusta, me hace sentir bien y el encontrar belleza, la que es posible que invente por las esquinas, me relaja, hace que la vida tenga un poco más valor.

Tomo feliz mi café de la misma taza madre. Siete años lleva dándome un agrado visual digno de mención; sus perfiladas curvas, la ligereza de la porcelana vieja, es singularmente agradable. Tiene venas como persona de trabajo duro y un asa que pareciese un ojo avizor. Cada marca es seña de su vida, como un anciano, personaje de una novela antigua, ella es mi arte del café; a veces le hablo bajito, y le digo que celebramos un nuevo azucarillo, o inauguramos un brick de leche; hacemos fiesta de la dedicación y el calor.

Un retorcido cable se abre paso entre un estante y otro. A modo de garabato entrañable de la casualidad, es, sin duda alguna la obra a la que le falta firma. Hace sombras según entra el sol por la ventana y al atardecer parece un signo, una clave de sol perdida en un mundo sin rectas.

Hay, a la derecha del trazo, un poco más arriba, una cesta que contiene. El contenido no es interesante, son restos de otras obras terminadas o que no llegaron a ser importantes y no merecen exponerse, como bocetos sin clasificación. Es, el cesto, la obra que me gusta mirar.

Seguramente mano experta le dio vida a la simple piel de árbol, seguramente el tiempo le dio ese color entre tostado y quemado que tiene, pero a buen seguro hay sudor en sus entrelazadas formas. Lo veo avanzar y retroceder con la estación. Si es verano está constreñido, será el calor y cuando ya las lluvias llegan, se hincha, se relaja. De tanto que lo miro veo su sangre correr, esa que va rellenando los huecos y que se mezcla con el polvo. En ese estado de colgadura, desprende olores que identifico con el campo húmedo.

En un rincón hay una caja de mistos que debió tener vida propia. Ahora se empapa con el aceite y la grasa que fluyen de los guisos. Lo que fue blanco se hizo amarillo, la zona de rasca asemeja un mapa aéreo del desierto que avanza sin compasión. Tiene en su cara popular una vista de una obra famosa, me gustó la pintura y la agregué para que me acompañara en la cocina. Ahora la intento mantener erguida, en la postura donde se puede apreciar mejor el arte anexo, pero ella se empeña en colocarse de otra manera, de tal forma que las cerillas de cabeza roja se asoman y me miran.

A veces veo un Picasso en las mondas de las frutas. Su colocación es espontanea, compostura dolorosamente retorcida, lacia y que juega con sombras y huecos que la hacen hermosa. Un conjunto que retengo durante el tiempo en que una mano desconocida, bien puede ser el mismísimo aire, y que la hace degradarse como una pintura vieja. Con las patatas no pasa lo mismo, se me aproximan toques de paleta, más pequeños y soleados.

Un corcho que parece un Pollock. Un cacillo de acero que me permite ver la luna sin necesidad de mirar al cielo, con sus menguantes y crecientes, según el azar lo pose.

Tengo la vida rodeada de sombras adecuadas, de luces que las cortan, y de colores o formas que me ilustran en un lenguaje donde todo es arte y parte de mi. Hay sustos que se descomponen formando un bodegón asimétrico y caduco; hay renglones por donde se puede pasear para ver un paisaje lunar, que sin duda mereció ser horneado.

Yo misma me instalo a un lado, hago gestos de admiración y paso con sumo cuidado por las cosas cotidianas para que no se rompa el embrujo, sin ser esto una premisa, porque cada día resuena otra compostura y una nueva obra será descubierta y explorada.

Estoy rodeada de un arte sacro, que santa es mi vida. Estoy condenada al disfrute, donde las manchas se hacen figuras que se transforman en otras figuras, que se deshacen por las acciones intencionadas o no. Luego vendrán los artistas a pintarme los ojos, querrán que les diga que me gustó su obra, y yo tendré que discernir, imaginado que lo tendría en mi casa y saber si es posible servir el café usando la tela como bandeja.

100 MANERAS DE TOMAR EL SOL

Este clip está realizado con las tomas conseguidas en el verano del 2014, en las playas de Altea y alrededores.

Cuando los cuerpos dejan de ser objetos de visión contenida para mostrarse relajados y expresivos. Esto es lo que se ha querido mostrar, la belleza de todos, absolutamente todos los cuerpos, sin otras implicaciones que el estar haciendo algo por puro placer.

No se muestran, yo los muestro, y no olvidaremos el aire fresco del mar, el juego del agua sobre las pieles y la gran fuerza del sol.